lunes, 26 de diciembre de 2011

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA. Jan Potocki


La vida del conde Jan Potocki (1761-1815) fue en sí misma toda una aventura capaz de colmar las expectativas de una buena obra biográfica. Nacido el seno de una familia de la alta nobleza polaca recibió de desde joven una esmerada educación en Suiza, dominaba varios idiomas además de las lenguas clásicas. En Francia frecuentó los círculos ilustrados y enciclopedistas y desarrolló su afición por las ciencias. Hizo muchos viajes a Turquía, Egipto, Grecia, Túnez y España y todos le aportaron una cierto sentido cosmopolita. En su mentalidad política se alejó del  conservadurismo de la aristocracia y abrazó  ideas progresistas y liberales. Era partidario de una especie de revolución pacífica propiciada desde arriba por la monarquía polaca de Estanislao II, último rey de Polonia de mentalidad ilustrada y liberal. Jan Potocki vivió pues entre los siglos XVIII y XIX y de acuerdo con las tendencias culturales de aquella época fue una mezcla de racionalista ilustrado y aventurero romántico.  Mostró una entusiasta afición por los avances científicos pero también por el esoterismo y las ciencias ocultas. Fue escritor, historiador, etnógrafo, pero sobre todo viajero y aventurero. Su vida estuvo llena de contradicciones ya que siendo liberal y nacionalista polaco sirvió al zar ruso Alejandro I en el preciso momento en que los polacos se unieron a Napoleón para recobrar sus libertades, con el resultado final de sobra conocido. Quizás fue también víctima de estas contradicciones cuando puso fin a su vida al estilo romántico, disparándose una bala de plata que el mismo fabricó.
El “Manuscrito encontrado en Zaragoza” es la obra más famosa del escritor polaco. Se trata de una novela gótica, un subgénero que se puso de moda a finales del XVIII, a partir de la publicación de “El castillo de Otranto” de Horace Walpole, considerada la primera de este estilo. Eran novelas de suspense ambientadas en escenarios tales como ruinas de castillos, criptas y sótanos de monasterios, bosques tenebrosos habitados por seres fantásticos, fantasmas, demonios etc. En general mostraban un gusto desmedido por lo medieval (de ahí lo de gótico), pero también por lo exótico y oriental. Se ha considerado que la novela gótica fue el precedente de la novela romántica. Actualmente aún sobrevive el subgénero gótico aunque muy mermado en calidad literaria y con un componente de “terror” sobredimensionado.
En “Manuscrito encontrado en Zaragoza” el autor nos muestra su visión de España, y sobre todo de Andalucía que conoció bastante bien en el curso de sus viajes. Antes que los viajeros del XIX como Merimé, fue Potocki el primero en ofrecer la imagen tópica y típica de una España de contrabandistas, bandoleros, toreros, bailaoras,  gitanos, brujas, cabalistas, inquisidores etc. En fin, la España de “charanga, pandereta, y sacristía” que tanto ha perdurado en el tiempo.
La narración tiene una estructura parecida a “Las mil y una noches” o “El Decamerón”, es decir, historias y relatos incluidos a su vez dentro de otros relatos. La acción se desarrolla en un marco histórico y temporal concreto, la España de comienzos del siglo XVIII, durante el reinado del primer Borbón, Felipe V. A partir de ahí, el personaje principal, en viaje por Sierra Morena, vive toda una serie de experiencias fantásticas y contacta con otros personajes que le cuentan sus historias. A lo largo de la novela el escritor demuestra sus saberes enciclopédicos y su conocimiento de la España de aquella época, la mentalidad popular etc. Algunos relatos son la justificación para exponer sus ideas en torno a la ciencia y los avances científicos, otros muestran su gusto por el esoterismo, en particular por la cábala hispanojudía. La mayoría no obstante reflejan la afición del autor por  brujas, demonios, vampiros, muertos vivientes y toda una completa galería de seres fantásticos. En la narración se aprecian además otros aspectos tales como la concepción nobiliaria del honor y su salvaguarda mediante instituciones como el duelo. En fin, una obra amena y rica en matices. Como curiosidad destacar que Potocki solo comete un error geográfico de bulto cuando considera que Sierra Nevada es la prolongación de Sierra Morena.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

ANTOLOGÍA DEL CUENTO ESPAÑOL DEL SIGLO XVIII. Marieta Cantos Casenave


Una muy buena antología recopilada por Marieta Cantos Casenave una acreditada doctora en filología hispánica, especialista en literatura española de los siglos XVIII y XIX.
Los cuentos seleccionados fueron editados en distintos periódicos y colecciones a lo largo de todo el siglo XVIII, muchos de ellos ligados a la tradición oral y otros a la  literaria de estilo cervantino. En su conjunto resultan interesantes porque nos permiten conocer los gustos populares de aquella época en cuanto a temática, también por sus peculiaridades referidas al estilo literario, lenguaje etc. Por todo ello la lectura de estos cuentos debe asumirse con una cierta dimensión histórica, es decir, sin olvidar encuadrarlos en sus coordenadas temporal y espacial, en la España dieciochesca. Los relatos elegidos en este compendio pueden ser agrupados en tres tipos claramente diferenciados.
Una primera agrupación de historias que manifiestan una clara intención didáctica, de las que se deduce una lección ética, una especie de moraleja o enseñanza instructiva al estilo de aquellas fábulas morales que en este mismo siglo pusieron de moda el francés Jean de la Fontaine y los españoles Tomás de Iriarte y Félix María de Samaniego. En su conjunto estos cuentos reflejan bien la ética social e individual de este siglo.
Un segundo grupo es de temática oriental, al estilo de los cuentos de “Las mil y una noches”. Son la expresión de un gusto orientalista  compartido por la mayoría de los intelectuales ilustrados, españoles y europeos. Y es que en el XVIII, a medida que Europa abandonaba el espíritu de cruzada y conjuraba el miedo al peligro turco de siglos anteriores, comenzó a despertarse la curiosidad por el mundo oriental y los países islámicos como Persia, Egipto, o el imperio otomano.  Algunos autores de la Ilustración utilizaron el recurso literario del la mirada de un supuesto protagonista oriental para criticar los usos y costumbres occidentales; tal es el caso de las “Lettres persanes” de Montesquieu o las “Cartas marruecas” de nuestro José Cadalso. Comenzó también en este siglo la literatura de viajes a Egipto y Oriente Medio que culminaría a principios del XIX con los grandes viajeros europeos, entre otros Gustave Flaubert (Viaje a Oriente) o el español Domingo Badía (Los viajes de Alí-Bey).
Al tercer grupo de cuentos pertenecen una serie de relatos de amores imposibles y de resultado dramático, generalmente ambientados en un mundo caballeresco medieval habitado por personajes típicos como el guerrero cristiano, la princesa mora, el bandolero, la gitana; pleno de embrujos, figuras fantasmales etc. Este último tipo o categoría me parece un claro precedente de la literatura romántica que triunfó un siglo más tarde. Quizás algunos de estos cuentos fueron la fuente de inspiración de Gustavo Adolfo Becquer en sus Leyendas.
Para terminar, la edición de esta antología está muy cuidada para tratarse de un libro de bolsillo. Como en otros títulos de la colección “Letras Hispánicas” de Cátedra, la portada es austera pero la selección de cuentos se precede de un amplio estudio analítico de los mismos en la introducción, frecuentes anotaciones al texto y abundante bibliografía

miércoles, 14 de diciembre de 2011

UN DÍA DE CÓLERA. Arturo Pérez-Reverte


Arturo Pérez-Reverte comienza la introducción de la obra con esta frase: “Este relato no es ficción ni libro de historia”, y tras su lectura debo decir que estoy totalmente de acuerdo con esta afirmación. Se trata de un relato a medio camino entre la novela histórica y el ensayo histórico, y en esto precisamente radica su originalidad. Es la narración de unos hechos reales, protagonizados por personajes reales con nombre y apellido, pero  contados en forma novelesca. En mi opinión es historia con algunos toques de ficción.
Parece que el escritor ha indagado en los archivos históricos y recopilado  abundante documentación sobre los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, y con este material ha escrito una crónica detallada de los mismos que nos recuerda un reportaje periodístico. Y es que Reverte cuenta los principales eventos del levantamiento popular como si estuvieran ocurriendo o hubieran ocurrido hace pocas horas, minuto a minuto y con profusión de detalles. La técnica narrativa utilizada es la del narrador omnisciente, es decir, un narrador que está fuera de la historia y la cuenta en tercera persona, no participa de la acción pero conoce el pasado y el futuro de los protagonistas de la misma. Este recurso narrativo le sirve para reforzar la sensación de crónica objetiva de los hechos al tiempo que le permite salir ocasionalmente de la misma y anticiparnos el destino final de algunos personajes que sobrevivieron a la tragedia.
          El libro se complementa con un mapa antiguo del Madrid de 1808 en el que podemos localizar y seguir el comienzo de la algarada popular, los puntos de resistencia y el despliegue de las tropas francesas. En fin, “Un día de cólera” es la historia vivida como un relato cercano. Igual que en otras de sus novelas, Pérez Reverte exalta el patriotismo ciego del pueblo español, de los madrileños en esta ocasión, malogrado por políticos corruptos y reyes ineptos. Frente a los afrancesados adopta una postura neutral; hubieran podido ser un núcleo de regeneración y modernización del país como portadores de los ideales ilustrados y liberales, pero el devenir histórico los convirtió en traidores.

domingo, 4 de diciembre de 2011

LO QUE ESCONDE TU NOMBRE. Clara Sánchez


             “Lo que esconde tu nombre” es un buen ejemplo de thriller psicológico en el que la intriga y el suspense no están ligados a  una gran intensidad de la acción o los efectos impactantes sino más bien  a la inquietud  que se genera en el lector ante lo oculto y misterioso disfrazado de una apariencia de normalidad. El trasfondo argumental es de por sí inquietante, aunque basado en lo  real y de sobra conocido; la impunidad de antiguos jefes nazis refugiados en distintos países, entre ellos  España, donde vivieron muchos años sin ser molestados bajo la apariencia de una  total normalidad.  El desarrollo de la trama da pie a la escritora Clara Sánchez para reflexionar sobre las atrocidades del nazismo, la memoria histórica, el sentimiento de responsabilidad o su ausencia en muchos de los verdugos, la justa necesidad  de expiar  la culpa, la  sed de venganza y la autocompasión de las víctimas.
          La estructura del relato está soportada en dos personajes que  son ambos narradores en primera persona. Julián es un octogenario  republicano superviviente del campo de exterminio de Mauthausen, antiguo colaborador de una organización que persigue a los nazis ocultos, que acude a un pueblo de la costa alicantina siguiendo a una pareja de ancianos noruegos  apaciblemente retirados en una urbanización de lujo, que son en realidad dos antiguos nazis. Sandra es una joven embarazada, solitaria, con pocos medios económicos, que no sabe bien  a dónde dirigir su vida, retirada una temporada en el mismo pueblo y que traba amistad con la pareja de noruegos y se ofrece a  prestarles cuidados y hacer de acompañante  por un sueldo. Este es el nexo de unión de los dos personajes principales que entran a su vez en contacto. Sus relatos se yuxtaponen y alternan  permitiendo de esta forma contraponer dos visiones  distintas de los hechos  basada en la distancia generacional; la experiencia  de la maldad  en uno, frente a la ingenuidad y el distanciamiento de quién ni vivió ni guarda memoria de lo ocurrido. A medida que Julián pone  a Sandra en contacto con la cruda realidad del pasado se produce en ella un cambio gradual, desde la incredulidad y la duda hasta la madurez y una asunción de responsabilidad que la pone en situación de peligro.  A partir de un cierto momento se entra en un juego de sospechas y de apariencias engañosas en el que los personajes  son a la vez perseguidores y perseguidos. La tensión y la intriga se dosifican sabiamente para mantener el suspense durante toda la novela.
          En algunos momentos se aprecian en el argumento influencias cinematográficas, en particular de las películas  “Encadenados” de Hitchcok  y “La semilla del diablo” de Polanski, lo cual no es de extrañar si consideramos que la autora fue  durante un tiempo crítica de cine.  El estilo de la narración es sencillo y directo, sin veladas insinuaciones la trama se va revelando progresivamente. El lenguaje es funcional y correcto  aunque con algunas imperfecciones evidentes para un lector medio. La novela consigue atrapar la atención aunque es cierto que ha recibido críticas por el desenlace de la trama que algunos consideran  algo frustrante  y poco expeditivo. Hubieran preferido quizás un final de justicia ejecutiva o venganza plenamente satisfecha. Yo disiento de esta opinión porque hay que considerar que tanto verdugos como víctima se encuentran, por la edad, a un paso de la muerte  que en alguna  medida supone una liberación.  La forma de venganza del protagonista es más sutil, pretende mantenerse con vida el tiempo suficiente para  desequilibrar por el miedo y la sospecha  las mentes criminales de sus verdugos  al tiempo que  obliga a enfrentarse con su pasado a aquellos que aparentemente carecen de sentimiento de culpa.
          Se ha dicho  que Clara Sánchez  ha recibido  cartas amenazantes por esta novela. No ignoro que este hecho se hace público con claras intenciones de marketing y que puede aumentar un éxito de ventas. No obstante he podido leer bastantes críticas negativas en  Internet, algunas claramente ideológicas, otras criticando el estilo literario o los déficit de la trama argumental con tal radicalidad que hacen sospechar otras razones menos claras.  Esto me lleva a una pregunta: ¿qué tiene la memoria que ofende tanto, no solo a los protagonistas  de la historia, casi desaparecidos, sino a sus descendientes biológicos o ideológicos?. Está claro que es una pregunta retórica que no necesita contestación.
          Para resumir, una novela con algunos defectos formales pero interesante y que atrapa en la lectura.   

domingo, 27 de noviembre de 2011

MÚSICA POLICORAL DE JUAN MANUEL DE LA PUENTE


Acabamos de asistir y disfrutar de un concierto coral  incluido en la programación  del  XV Festival de Música Antigua de Úbeda y Baeza que este año ha  superado el marco de sus sedes habituales para distribuir las actuaciones por distintas localidades de la provincia, incluida ésta en la capital. El concierto que nos ocupa puede considerarse original y único en muchos aspectos. En primer lugar las obras interpretadas son inéditas y resultado de lo que podemos llamar “arqueología musical” concretada en el Proyecto Atalaya, promocionado por las universidades andaluzas, cuya finalidad es investigar y rescatar del olvido parte del patrimonio musical andaluz oculto en distintos archivos históricos. Uno de los frutos de este proyecto cultural ha sido el rescate de la obra musical de un autor hasta ahora desconocido, Juan Manuel de la Puente, compuesta en la primera mitad del siglo XVIII.  Es además la primera vez que parte de la obra de este autor se interpreta en el mismo espacio para el que fue concebida hace ya 300 años, el Coro de la Catedral de Jaén y sus aledaños; y esto tiene especial importancia si se considera que su música tiene una especial dimensión espacial y arquitectónica ligada a la sonoridad natural de las catedrales.
          Juan Manuel García de la Puente (1692-1753) era natural de Guadalajara,  se  formó como clérigo y músico en la Catedral de Toledo y en 1711, a la temprana edad de 19 años, fue elegido  maestro de capilla  de la nuestra, cargo que desempeñó  hasta su muerte.  Durante  más de 40 años fue maestro de músicos y  compuso en torno a  un millar de obras que reunió en varios volúmenes; parte de la misma es la que ha sido encontrada e investigada en los archivos diocesanos. La sede episcopal de Jaén seguía siendo rica  a principios del siglo XVIII, pero la ciudad  había perdido ya importancia estratégica desde la caída del reino de Granada y a partir del siglo XVII inició un lento declinar económico  que la  alejó también de los grandes centros artísticos y de poder. Quizás por este motivo la fama de nuestro músico no traspaso la barrera local a pesar de que su obra presenta ciertos rasgos originales. En la misma destaca la abundancia de composiciones policorales en las que se contraponen distintos coros o grupos de voces, apoyadas por instrumentos, que se alternan y responden  hasta reunirse en grandes bloques sonoros totales. Esta alternancia se reforzaba al combinar solos o arias con estribillos del coro. La policoralidad se enfatizaba con distintos efectos sonoros de  retardo y eco; en ocasiones se separaban los coros  ubicándolos en distintas alturas y lugares, con sus instrumentos, aumentando así el efecto espacial en el diálogo entre los mismos y contribuyendo en suma a una especie de sonido  estereofónico  que resaltaba el dramatismo  de la música y su capacidad para despertar emociones. No debe olvidarse que en general son composiciones de música sacra y su interpretación en el marco de la catedral evocaba en los fieles  el poder y la suntuosidad de la Iglesia  al tiempo que les reforzaba en su fe y los motivaba a la contemplación religiosa. Todos estos aspectos mencionados, sin ser exclusivos de nuestro autor, si contribuyen en conjunto a singularizar su obra y dotarla de una cierta originalidad.
           El programa monográfico sobre  Juan Manuel de la Puente estaba integrado por  un miserere y cuatro villancicos, entendiendo estos últimos no en su acepción actual de canción navideña, sino como composiciones musicales típicas españolas y portuguesas, con letras basadas en la tradición popular, que tuvieron su máximo auge en el  renacimiento, se extendieron a Latinoamérica, y que a partir del siglo XVIII fueron gradualmente sustituidas por la cantata barroca. Podían ser de tema profano o religioso y estaban compuestos  por  coplas y estribillos que se iban alternando, las primeras cantadas por solistas y los segundos por el coro.  El canto se apoyaba con instrumentos generalmente en tono grave. Como música sacra podían estar dedicados a la natividad pero también a otros temas religiosos, en concreto estos cuatro incluidos en el programa exaltan el dogma de la Inmaculada Concepción, el Santísimo Sacramento, o la Asunción de la Virgen, advocación de la Catedral jiennense.  Como dato curioso debemos destacar en estas piezas la profusa utilización del  bajón, un instrumento de viento-madera que data de la etapa renacentista, muy utilizado en la música eclesiástica, que con su tesitura grave reforzaba los bajos del canto polifónico, y que a partir del barroco fue sustituido progresivamente por el fagot. De los cuatro villancicos interpretados el mejor y más espectacular fue el primero, titulado “Oid, infelices  moradores”. El recital terminó con la interpretación del  “Miserere  mei, Deus”, un salmo que se interpretaba en Semana Santa. Si los villancicos pueden considerarse como una transición entre formas musicales renacentistas y barrocas, este Miserere representa el triunfo del barroquismo musical. De la Puente lo compuso para  siete coros situados en distintos puntos del presbiterio, crucero y coro.  El salmo está integrado por veinte versos que alternan y contrastan, los impares  cantados por  los coros con gran acompañamiento musical y los pares  cantados por  un solista en un estilo que recuerda al canto gregoriano. A su vez las partes corales son interpretadas alternativamente por los solistas y  por toda la masa coral. Todos estos recursos reforzados por efectos de ecos y temblados aportan a la obra un dramatismo y teatralidad muy típicos del barroco.
          En resumen un recital que me ha sorprendido por  su carácter inédito y por la originalidad de los recursos musicales y corales  que también se pueden encontrar en músicos no consagrados con los laureles de la fama.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

DIEZ DÍAS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO. John Reed


“Diez días que estremecieron al mundo" no es estrictamente un ensayo histórico, entendiendo historia en su sentido de ciencia, como análisis e interpretación de los hechos históricos utilizando criterios de objetividad. No obstante, esta obra tiene, en mi opinión, valor y consideración de auténtica fuente histórica referida a la revolución rusa de octubre de 1917.
           El norteamericano John Reed (1887-1920) no es desde luego un historiador objetivo. Era periodista, poeta, y desde joven simpatizó con las ideas marxistas militando en algunos grupos activistas de su país. Como corresponsal de guerra siguió los principales eventos de la revolución mexicana iniciada en 1910 y después de 1914 los acontecimientos de la Gran Guerra europea. En 1917 llegó a Rusia justo a tiempo para ser testigo de la revolución bolchevique en octubre de ese año. Acreditado como periodista hizo un seguimiento diario y minucioso de  aquellas jornadas revolucionarias y las dejó plasmadas en la obra que nos ocupa. El propio autor reconoce en la introducción sus simpatías por el movimiento de los soviets pero eso no menoscaba la objetividad del relato de los sucesos de esos diez días en Petrogrado; una narración detallada, que se pretende lo más objetiva posible y apoyada por abundante material de discursos, proclamas y artículos de prensa insertados en el texto o como notas en el apéndice final. Son escasas las opiniones personales del autor, testigo directo de los acontecimientos. Con la perspectiva histórica actual podemos criticar un cierto grado de ingenuidad idealista respecto a los logros futuros de la revolución, pero hay que recordar que en aquellos momentos el movimiento comunista fue la gran esperanza de las sociedades oprimidas. El triunfo bolchevique fue el segundo acto de la Revolución Rusa que pasó de ser antimonárquica a anti-burguesa. No es este el sitio donde analizar las causas profundas y complejas de esta revolución, pero los hechos de octubre del 17 pusieron de manifiesto algo que me parece claro, la burguesía rusa estaba poco desarrollada como clase y su implicación con el zarismo hubiera hecho casi imposible la instauración de una democracia de tipo occidental.
Insisto en la idea inicial, esta crónica periodística, tiene el interés de la experiencia histórica, de los hechos vividos personalmente, en este caso con cierto grado de entusiasmo y emoción. Para mí es también historia. A fin de cuentas, la objetividad e imparcialidad total es una pretensión casi utópica de la historia, una cualidad valorable en el escritor; pero es sin duda el lector quien, en última instancia, debe utilizar su capacidad crítica para discernir sobre el grado de imparcialidad de cualquier historia. Y a fin de cuentas, se pueden obtener conclusiones válidas incluso de la parcialidad de una fuente histórica.

domingo, 13 de noviembre de 2011

CUENTOS BLANCOS. Manuel Vázquez Montalbán


De la vida y obra de Manuel Vázquez Montalbán (1936-2003) se pueden resaltar  muchos aspectos. En primer lugar su gran erudición y el  carácter polifacético que le llevó a cultivar como escritor diversos  géneros literarios, poesía, novela, cuento, y ensayo; pero también a destacar en  periodismo como articulista y crítico literario. Una de sus pasiones fue la gastronomía y toda su obra está salpicada de referencias a recetas culinarias  además de dedicar a este tema alguna monografía.
Pero en mi opinión, lo más destacable de la obra de  este autor es su dimensión política y sociológica. Son muy conocidos sus orígenes humildes y republicanos y su  militancia juvenil comunista y antifranquista que le llevó a pasar tres años en la cárcel. Después le llegó el desencanto, con el fracaso de los ideales del mayo francés del 68, y la progresiva renuncia ideológica de la izquierda española en aras del  “posibilismo” y de la “modernidad”. Aunque finalmente escéptico, nunca renunció a una cierta coherencia ideológica a la hora de denunciar y criticar las deficiencias  de nuestro sistema democrático. En los ensayos y narraciones de los años 60 y 70 utilizó lo que él llamaba “escritura subnormal”, una especie de subterfugio o recurso al surrealismo para poner de manifiesto las contradicciones entre una sociedad ansiosa de libertad y un régimen franquista agotado y sólo sustentado en la caduca supervivencia del dictador; una situación muy similar a la de Cuba en la actualidad.
A finales de los 70 le llegó el éxito editorial y la fama cuando inició  la serie de novela negra que tiene como protagonista principal al detective  Pepe Carvalho, un personaje con algo de autobiográfico, de origen izquierdista, buen gastrónomo, que a pesar de estar “de vuelta de todo” en  política, intenta mantener unos mínimos éticos que le aportan  una cierta dignidad.  El recuso al género policiaco, de lectura entretenida y amena, sirvió a Vázquez Montalbán como instrumento y excusa para realizar un profundo análisis sociológico y una crónica de la transición española a la democracia, con todos sus claroscuros.  A partir de los años 90 el escritor  se plantea nuevos retos en la expresión literaria, con obras de tipo experimental  mezcla de  periodismo o ensayo con novela. En algunas de sus obras reflexiona sobre el sentido de la historia y el compromiso en la sociedad actual que es esencialmente ahistoricista, y propugna el retorno a la memoria histórica.
          Los “Cuentos blancos” son una antología de relatos cortos editados en diversos medios  entre los  años 1982 y 2000.  El interés de los mismos es variable y siempre en función de los gustos  de cada lector. En general son bastante buenos y su temática variada. Algunos tienen un marcado tinte surrealista, como “Bestiario” donde se ridiculiza a las autoridades  deportivas y políticas del año 82, presentándolos  como una banda mafiosa en torno al pastel de los Mundiales de Futbol. De este mismo estilo es “El festín de Pierre Ebuka” donde el juicio a un caníbal da pie a reflexionar sobre la decadencia europea.  En “La piedad peligrosa” se critica el posibilismo progresista del “felipismo” que supuso el abandono de los ideales de izquierda.  En “El niño y el perro”, uno de los mejores, se pone de manifiesto la contradicción entre el discurso político y económico progresista y la dura realidad de los marginados por el sistema. “… y en invierno viajar hacia el sur” refleja  a la perfección  la mentalidad de los hijos de emigrantes en Cataluña, su dicotomía económica y cultural, su conflictiva añoranza del sur. En unos relatos  se critica  la televisión basura o la trasnochada dialéctica marxista; en otros se reflexiona sobre la memoria histórica, el sentido de la vida, los ideales perdidos y otros muchos temas.
          En resumen podemos decir que estos cuentos son un compendio de las ideas y obsesiones recurrentes a lo largo de toda la obra literaria de Manuel Vázquez Montalbán. Pequeños relatos que aúnan la capacidad crítica y satírica del escritor con un estilo siempre emotivo que puede llegar a ser tierno y hasta poético. Por cierto, y para terminar, la portada elegida por la editorial "Círculo de lectores" me parece, como poco, desafortunada.
  

domingo, 6 de noviembre de 2011

ÉTICA Y POLÍTICA. José Luis López Aranguren


En este tiempo que nos ha tocado vivir, inmersos en la crisis económica, cuando la corrupción social y política nos resulta tan habitual que no nos impide votar a los corruptos mientras se tambalea nuestra fe en la democracia, puede resultar atractiva la lectura de este ensayo que pretende estudiar las relaciones entre ética y política y  las posibilidades de moralizar ésta última. A priori sospechamos que  este enfoque ético del mismo situará la  cuestión en un plano  utópico o ideal, alejado  de soluciones pragmáticas, pero esto no es del todo cierto como luego se verá. Sí podemos adelantar que  no se trata de una obra de lectura fácil  porque la especulación filosófica requiere un lenguaje técnico y un razonamiento lógico que exige toda nuestra atención. Además este ensayo sobrepasa en cierta medida la intención divulgativa puesto que es el resumen de un curso monográfico que el  autor dio en 1960-61 dirigido  a estudiantes de Filosofía.
          José Luis López Aranguren (1909-1996), como muchos otros de  los intelectuales que vivieron nuestro pasado reciente, tiene una biografía con matices contradictorios. De educación conservadora, durante la guerra civil fue militante de Falange, pero después de la misma perteneció, junto con Dionisio Ridruejo y otros, al grupo de intelectuales falangistas que se distanciaron del nuevo régimen.  En los años cincuenta obtuvo la  cátedra de  ética y sociología en la universidad madrileña y  en los  sesenta  participó, junto a Tierno Galván, en una protesta estudiantil por la falta de libertad de asociación. Fue sancionado y se autoexilió dando clases en varias universidades extranjeras. En política evolucionó progresivamente hacia posiciones  próximas a la socialdemocracia y su labor intelectual y humanista  fue reconocida  con la instauración del nuevo régimen parlamentario.
          El título del presente ensayo expresa claramente el objetivo del autor que no es otro que buscar una síntesis entre el ideal ético y la realidad política englobadas ambas en el concepto de eticidad. Previamente estudia las complejas relaciones  históricas de la política con la ética, entendida esta última no como individual sino en su dimensión social. Unas relaciones que oscilan entre dos extremos; desde el realismo político (“el fin justifica los medios”) hasta la ética apolítica propia de la burguesía liberal que propugna una moral privada y reducción de la política al mínimo. Se analizan también los ejemplos prácticos que ilustran el intento de moralizar la política  como forma de control del poder político; la división de poderes de Montesquieu que intenta preservar la libertad individual, el contrato social de Rousseau que tiende a la democracia y la soberanía popular, o la ética social  marxista centrada en  la conciencia de clase.
          Aranguren propone que las complejas relaciones ético-políticas deben de estar presididas por la alteridad, una especie de religioso amor al prójimo pero en sentido laico, es decir, una justicia social inspirada en el hecho de superar el egoísmo y ponernos en el lugar del otro (alter ego). Para el autor el Estado debe tender hacia la aliedad, un concepto que implica  institucionalizar  la moral en la política.  Entiende el autor que sin una buena base económica es imposible la democracia, que la importancia creciente de la economía predomina sobre la ideología política y que el estado social del bienestar tiene sus limitaciones porque en aras del utilitarismo tiende a manipular la información política y  convertir  al ciudadano en un productor y consumidor sin opinión, que tiende al materialismo.  Como forma de superación propone el estado de justicia social que concreta en un Estado que, mediante mecanismos reguladores, controle los abusos del libre mercado (democratización económica y social); que fomente los servicios públicos frente al consumo privado y promueva la salud, la instrucción y los servicios de protección social; que convierta los medios de comunicación en un servicio público que sirva no para manipular al ciudadano sino para informarle y formarle en su opinión.
          Se puede objetar que estos argumentos son en parte los propios de la socialdemocracia que triunfaron en los países escandinavos y no tanto en otras naciones, pero debe destacarse el carácter innovador que tuvieron si el ensayo “Ética y política” se sitúa en sus coordenadas precisas de tiempo y espacio, la España franquista de los años 60.  Aún ahora, en la proximidad de unas elecciones desalentadoras, nos resultan actuales y apropiadas algunas de las ideas que contiene la obra: Los partidos no son buena fuente de información política. La democracia representativa exige la responsabilidad del ciudadano. La educación política del mismo debe de ser racional y nunca emotiva. La responsabilidad política exige no elegir entre líderes sino entre programas políticos.  En democracia debe de existir una cierta tensión diferencial entre los programas generados por los partidos políticos.
          Ahí quedan esas ideas tan obvias, tan lógicas,  que no obstante hemos terminado por considerar utópicas en el actual estado de nuestra democracia. Por eso es tan importante leer de vez en cuando a los filósofos, aunque nos exijan un esfuerzo intelectual adicional, para recordarnos lo que debería ser, para remover nuestra conciencia y sacarnos de la pasividad, para convertirnos en ciudadanos y no en consumidores , antes satisfechos y ahora preocupados por nuestro bienestar.

domingo, 30 de octubre de 2011

EL HEREJE. Miguel Delibes


Lo reconozco, en mis últimas lecturas he abusado del  llamado thriller histórico, ese subgénero novelesco tan de moda que aporta una ambientación histórica a una trama de misterio, suspense, o policiaca, casi siempre relacionada con tópicos como el Santo Grial, templarios, cátaros, masones, y otros grupos mas o menos heréticos o esotéricos. Saturado de este tipo de novelas he agradecido la lectura de ésta que hoy comento, simplemente una buena novela histórica, es decir, un relato bien construido, de lectura amena, con unos personajes cuya andadura  vital se inserta en un marco histórico determinado, que en cierto sentido los trasciende y  sirve para explicar y  justificar muchas de sus experiencias.  Este esquema, aparentemente fácil pero  no tanto, lo encontramos en  “El hereje” (1998), la última novela  de su autor y su primera y única incursión en la novela histórica.
          Miguel Delibes (1920-2010) fue escritor de larga trayectoria como periodista y novelista, reconocido con múltiples premios literarios y elegido miembro de la Real Academia Española.  Se le ha considerado como uno de los grandes escritores españoles de postguerra. Su obra literaria se caracteriza por la  profundidad psicológica con que retrata a sus personajes (Cinco horas con Mario), y por la crítica social de la España rural atrasada y pobre (Los Santos Inocentes). La naturaleza como inductora de la conducta y experiencia de sus personajes es otra de sus señas de identidad. Fue un gran enamorado del paisaje castellano y apasionado por la caza. Ambos temas  son tratados con frecuencia en sus noveles y artículos de prensa. Casi toda su obra fue escrita durante el régimen franquista. En su doble actividad como periodista y novelista tuvo frecuentes enfrentamientos con la censura, pero afortunadamente su talante conservador y su adhesión juvenil a la rebelión nacionalista  lo abrigaron contra una supuesta desafección. En cierta forma fue uno de los intelectuales que resistieron al régimen desde dentro, de una forma subliminal, con un status a medio camino entre elogiable y sospechoso.
          El argumento de “El hereje” está basado en un hecho real, el proceso de un grupo de reformistas luteranos de Valladolid a mediados del siglo XVI que culminó con la ejecución de muchos de ellos en el famoso Auto de fe de 1559, presidido en la plaza mayor de la ciudad por el joven rey Felipe II.  El personaje principal, Cipriano Salcedo, es uno de los miembros de este grupo, cuyo nacimiento en 1517 se hace coincidir simbólicamente con el comienzo de la reforma protestante, cuando Martín Lutero cuelga sus 95 tesis en las puertas de la iglesia de Witemberg. En el prólogo se presenta al personaje a la vuelta de un viaje por Alemania y mediante sus conversaciones con el capitán del barco se nos  pone al tanto de los principales hitos de la reforma protestante; sus antecedentes en las ideas teológicas de Erasmo de Rotterdam; la condena del luteranismo en las dietas alemanas de Worms y Spira; el apoyo político a las nuevas doctrinas de algunos príncipes alemanes, y el acuerdo final  de compromiso aceptado por el emperador Carlos basado en el principio de que la religión oficial de cada pueblo seria la aceptada por su príncipe (cuius regio, eius religio). También se consideran los aspectos sociales del luteranismo (guerra de los campesinos), la radicalización de reformistas como Calvino y Zuinglio y la contrarreforma iniciada en el Concilio de  Trento.  No se trata de una lección de historia sino de una puesta en escena de la narración posterior que comienza con una analepsis o  retorno retrospectivo  (flashback) a la infancia del protagonista nacido en el seno de una familia de  propietarios rurales rentistas, sin títulos de nobleza.
          No indicaré más detalles sobre la trama argumental pero si  quiero destacar  la perfecta ambientación histórica que refleja las costumbres y usos  de la época, la economía castellana basada en el trigo y el comercio de la lana con Flandes, las marcadas diferencias sociales, la pobreza del mundo rural y los abusos que soportan los pobres con el único recurso defensivo de la picaresca. Destacan aspectos curiosos como la praxis médica de escasa base científica, anclada en los antiguos presupuestos galénicos y con remedios como la sangría, más letales que curativos en la mayoría de los casos.  Es también una recreación histórica de Valladolid en la época de Carlos V, su frustrado intento por convertirse en la corte definitiva de los Austrias, la hipocresía social, la obsesión por la pureza de sangre y por los títulos nobiliarios, el aislamiento cultural impuesto por la censura y la prohibición de importar libros extranjeros, los escrúpulos religiosos, las controversias teológicas, y el opresivo ambiente de sospecha y delación fomentados por el Santo Oficio. Dentro de este interesante marco histórico, los personajes están descritos con profundidad en cuanto a su carácter, y sus vivencias son emotivas pero realistas, con pocas concesiones al heroísmo. La narración en su conjunto interesa desde principio a fin a pesar de que el final se presupone desde el comienzo.
          Esta época de la historia de España fue crucial por cuanto creo que condicionó en cierta medida nuestro carácter como pueblo, con virtudes y defectos algunos de los cuales aún mantenemos. La lectura de “ El hereje” inspira una pregunta a modo de distopía o futurible histórico ficticio: ¿Cómo hubiera sido España si la reforma protestante hubiera triunfado en nuestro país?.  Mi opinión subjetiva es que tendríamos menos patrimonio histórico, menos catedrales, menos imaginería y  tradiciones religiosas; pero quizás seríamos también mas emprendedores y comerciantes, menos rentistas, mas industriosos y menos agrarios; en fin, mas europeos y menos latinos. Lo que todo esto nos hubiera aportado de bueno o malo  no lo sabremos nunca.  

viernes, 21 de octubre de 2011

FILARMÓNICA DE CÁMARA DE COLONIA


Dentro de una larga gira por España, la Filarmónica de Cámara de Colonia ha ofrecido recientemente un concierto en nuestra ciudad. Se trata de  una pequeña orquesta  de  cuerda de tan sólo ocho músicos, con un oboe como único instrumento de viento y tres solistas de gran calidad, un primer violín, un violoncelo y  algo menos el mencionado oboe.
Con una orquesta tan reducida el programa  suele estar diseñado para el lucimiento de los solistas y nada mejor  para alcanzar este objetivo que escoger piezas musicales escritas para uno o dos instrumentos con acompañamiento de orquesta. El concierto, y en particular el concierto barroco, es la pieza que mejor se adapta a esa finalidad.  Otra condición que  parece necesaria para realizar con éxito una gira internacional es  programar  obras muy populares que puedan ser reconocidas por un público amplio con distintos grados de formación musical. Si se incluye además la obra de un músico de la nación que se visita, el triunfo puede asegurarse.
          En este caso se dieron como es lógico todos los presupuestos anteriores.  La base del programa estaba formada por los conciertos para violín y orquesta de Vivaldi que componen la obra conocida como “Las cuatro estaciones” y otro concierto de Bach para violín y oboe, composiciones todas ellas muy conocidas. Se completó con un Divertimento de Mozart y  un Nocturno de Tschaikovsky, para violoncelo y orquesta, menos conocido.
No se interpretó una obra de Albéniz que figuraba en el cartel anunciador, pero en el bis final se  dio el toque español incluyendo  una pieza de Pablo de Sarasate. 
          La interpretación en conjunto resultó excelente. Sólo destacaré algo que en mi opinión resultó negativo, y es el tempo demasiado lento con que fueron ejecutados los conciertos de Vivaldi. No me refiero a los movimientos centrales de los mismos, los “largo” y los “adagio” que requieren una velocidad de interpretación lenta, sino a los movimientos más rápidos como los “allegro”. Esa lentitud afectaba  en general al acompañamiento orquestal pero no a los solos del violín. Era como si  se pretendiera resaltar el virtuosismo del instrumento solista reduciendo la brillantez del conjunto. Pero no debemos olvidar que muchos de los movimientos de “Las cuatro estaciones“ pretenden evocar escenas relacionadas con el devenir de las estaciones del año, tales como fiestas populares de carácter agrícola (vendimia, siega del trigo), o manifestar la alegría  por una naturaleza floreciente y llena de vida.  Estas escenas requieren  del  “allegro” interpretado con la necesaria velocidad rápida que les aporte esa brillantez y vivacidad que se pretende transmitir.  Mientras se desarrollaba la ejecución de estos conciertos no pude evitar compararla con la interpretación de los mismos por  otra orquesta de cámara de gran tradición, la italiana  I Musici. En dos ocasiones, hace ya muchos años, pude disfrutar de su audición y puedo asegurar  que la diferencia entre esta de ahora y aquellas va de lo bueno a lo excelente.
Quiero destacar por último las magníficas interpretaciones solistas  del violinista y el violoncelo que se lucieron especialmente en los bises finales. El primero con una composición de Sarasate, “Aires gitanos”, y el segundo con unas “Variaciones” de Paganini.
         
               

sábado, 15 de octubre de 2011

ANTOLOGÍA POÉTICA. Constantino Cavafis


Constantino Cavafis (1863-1933)  ha sido, hasta hace poco, un poeta desconocido para mí.  Leí ocasionalmente algunos de sus poemas históricos y  ahora encontré esta amplia antología que recoge la totalidad de sus “poemas canónicos”, es decir, aquellos de publicación autorizada por el escritor, junto con algunos otros inéditos. Tras su lectura debo de reconocer mi sorpresa ante la calidad de los mismos, y eso es decir mucho porque admito ser un mal lector de poesía, y  es que, aunque  aprecio bien la belleza formal de un poema,  a menudo me cuesta mucho comprender  o sintonizar con la sensibilidad del poeta, algo que suele ser tan individual e íntimo del mismo.
          Cavafis  tampoco fue muy conocido en su época. En vida editó una mínima parte de su obra y su fama  no trascendió el ámbito local de Alejandría, su ciudad natal y en la que vivió casi toda su vida.  A partir de la segunda mitad del siglo XX comenzó a ser reconocida su aportación al griego moderno y terminó por consagrarse como gran figura literaria. En su juventud recibió la influencia de los movimientos literarios de las vanguardias francesas de finales del siglo XIX,  parnasianismo, decadentismo y simbolismo. Algunos de los rasgos  heredados de éstos, reconocibles en su obra, son  el anhelo de perfección formal, casi obsesivo en Cavafis, un esteticismo manifiesto en la temática relacionada con el arte y la belleza y en particular el gusto por los temas exóticos, orientales y de la antigüedad clásica; propio del decadentismo es su pesimismo vital, la exaltación de la individualidad, y el refugio y evasión  en el refinamiento, el erotismo, y otros paraísos  más o menos artificiales.
          El propio poeta dividió su obra en tres grupos; poemas eróticos, filosóficos e históricos. Pero esta división no está del todo clara porque muchos de los filosóficos y eróticos tienen además una clara ambientación histórica. Sus poemas homoeróticos lo  hicieron famoso entre la comunidad gay a partir de los años 60. La homosexualidad del poeta  es explicita y manifiesta en estos poemas que son mas estéticos y éticos que sensuales por cuanto se exalta en ellos la belleza física y el amor vivido como experiencia única, pero también los conflictos que genera, tales como el sentimiento de culpa asociado a la mentalidad cristiana, los celos,  o la impotencia ante el paso del tiempo.
          Los poemas filosóficos tratan una amplia variedad de temas, entre otros, la muerte como destino fatal del hombre, reflexiones sobre la soledad, sobre la identidad cultural, la añoranza de la juventud, la relatividad de los valores humanos y el escepticismo  vital , el goce estético por la belleza, el arte y la cultura como forma de superar nuestros miedos.
          Se ha llegado a calificar a Cavafis como poeta histórico y aunque resulta indudable su dominio sobre las fuentes clásicas grecolatinas y su amplios saberes sobre periodos históricos poco conocidos por el público en general, no creo que su pretensión sea hacer historia sino escoger determinadas épocas de la antigüedad como marco para ilustrar sus ideas acerca de  la vida y del arte.  A este fin elige deliberadamente periodos de decadencia política o de  profunda crisis, tales como los reinos helenísticos después de Alejandro, en continuo proceso de descomposición política frente al naciente poderío romano, pero famosos por sus riquezas y refinamiento cultural. El conflicto entre el paganismo y el creciente poder político del cristianismo que terminó por debilitar al imperio romano. El intento de Juliano por restaurar el paganismo en un imperio ya oficialmente cristiano, una causa perdida de antemano. El imperio bizantino como lento y esplendoroso declive de la cultura grecolatina en Oriente. Algunos de estos momentos históricos le sirven  para elogiar la cultura helenística, de la que se siente orgulloso heredero, como fuente de mestizaje cultural entre oriente y occidente, o destacar  la tradición cosmopolita y multicultural de la ciudad de Alejandría que aún perduraba en época del poeta.
          Los poemas históricos son desde luego mis preferidos. La historia ofrece al poeta la oportunidad de mostrar  claramente la ironía subyacente por lo demás en toda su obra. Un claro ejemplo de esto es el poema titulado “el plazo de Nerón” en el cual el tirano descansa tranquilo al escuchar el  ambiguo oráculo de Delfos que aparentemente le augura un reinado prolongado, cuando, interpretado en otro sentido, le está anunciando en realidad su próximo derrocamiento por Galba.
          En fin, además de la temática histórica, me gusta su lenguaje, sencillo y conciso al tiempo que elegante y simbólico. Para terminar quiero destacar la importante influencia de Cavafis en poetas posteriores tales como Luis Cernuda y también en el ambiente literario anglosajón. En particular su presencia es constante en la novela “El cuarteto de Alejandría” del británico  Lawrence Durrell. Como dato curioso añadiré que uno de sus poemas más emblemáticos “Esperando a los bárbaros” ilustra bien una de las teorías de los historiadores actuales que piensan que las invasiones bárbaras, aunque provocaron la deposición del  último emperador, no fueron la causa directa de la caída de imperio romano que por entonces estaba ya totalmente agotado, más bien vinieron a vivificar y animar  a la  sociedad romana ya que esencialmente mantuvieron sus instituciones y legislación además de su cultura mediante el uso de la lengua latina, al menos en los ambientes palatinos. Otro  más,  el novelista catalán Terenci  Moix debió ser gran admirador de Cavafís  porque tituló una de sus novelas más conocidas  “No digas que fue un sueño”, con un fragmento del poema titulado “El dios abandona a Antonio”.
          

domingo, 9 de octubre de 2011

CONCIERTO LÍRICO


Cuando me ofrecieron la invitación para este nuevo concierto en la Sociedad Económica me sorprendió la extraña asociación de instrumentos musicales que acompañaban a la cantante. Más tarde, cuando revisé el programa, comprendí  que no existía tal asociación sino que cada uno de ellos acompañaba en solitario los distintos temas interpretados por la soprano. 
Se elaboró un recital con carácter antológico, y en cierto modo didáctico, que pretendía ofrecer una visión general de la evolución del canto a través de la historia y, con ese objetivo, se precedió la interpretación de los distintos temas con explicaciones al público sobre sus características particulares. Entre estas se destacó  el predominio mayor o menor de la voz sobre  la instrumentación, el grado  de libertad o rigidez en el canon interpretativo, y otros aspectos relativos a la lírica en distintas épocas.
          El programa estaba dividido en bloques bien definidos, correspondientes a otros tantos estilos. En el primero se cantaron tres canciones sefarditas según arreglos musicales acompañados por el saxo y otros instrumentos de viento que aportaron el  toque orientalista propio de estas  composiciones populares, tan particulares de la España medieval.  El  bloque dedicado al renacimiento era también hispánico, integrado igualmente por canciones populares acompañadas a la guitarra. En los apartados dedicados al barroco, clasicismo, y romanticismo el programa se hizo europeo y se interpretaron fragmentos de obras de Haendel, Mozart, y Puccini, con el  piano como principal instrumento acompañante. Fue entonces cuando la soprano se ganó al público gracias al volumen de voz que requieren algunas arias de la ópera romántica. Y sin embargo, al margen de los espectacular,  fue este aspecto el menos destacado entre las dotes de la cantante que  mostró mejores cualidades, tales como una gran extensión de registros dentro de su tesitura y el dominio de técnicas  como el vibrato y otras modulaciones de la voz. El apartado final, dedicado a la música atonal del siglo XX, despertó menos entusiasmo quizás por  la incomprensión que  generalmente mostramos hacia este tipo de música que requiere una determinada sensibilidad y educación musical.
          Tras las disonancias finales, la cantante supo recuperar el favor del público, mayoritariamente vetusto y conservador, interpretando en el bis “Ojos verdes” de Valverde-León-Quiroga, una copla especialmente sensual y emotiva que tradicionalmente ha formado parte del repertorio de todos los grandes de la canción española, en cuya letra se dice que también participaron García Lorca y Miguel de Molina.

jueves, 6 de octubre de 2011

PODER Y AUTORIDAD



En el idioma castellano “autoridad” y “poder” son términos prácticamente sinónimos, más aún si se aplican a la política. Si dudamos de lo que es obvio, podemos asegurarnos consultando estos vocablos en el diccionario de la Real Academia Española. Pero las palabras, como los seres vivos, nacen, cambian, se enriquecen o corrompen, y en ocasiones mueren;  y esta especie de andadura evolutiva se manifiesta claramente en las dos que encabezan el título.
Marco Tulio Cicerón
Ambas tuvieron su  origen latino, en los remotos tiempos de la re publica romana. Se entendía entonces como potestas  la facultad que tenían los magistrados para ejercer sus funciones de gobierno; la de los pretores para emitir edictos legislativos, o las decisiones ejecutivas de los cónsules. La potestas tenía su máxima expresión  cuando se ejercía cum imperio, es decir, con derecho a decidir sobre la vida o muerte de los ciudadanos, poder extremo limitado por fortuna a los cónsules en campaña de guerra o a los dictadores en momentos de grave riesgo para el estado. El significado de auctoritas era entonces bien distinto. No era un poder sino el prestigio que la experiencia otorgaba a los ancianos (seniores) y les capacitaba para servir de modelo ético a la comunidad y para dar consejos políticos. Era una capacidad que se reconocía a los senadores para aprobar dictámenes consultivos y la cualidad exigible a los magistrados que desempeñaban funciones religiosas como los miembros de los colegios sacerdotales encabezados por el pontifex maximus. En resumen, la potestas era un derecho político reconocido al magistrado, mientras que la auctoritas era el poder moral que otorgaba el prestigio personal.
Julio Cesar, en los momentos de peligro durante las batallas, solía desmontar de su caballo y se colocaba entre las filas de sus legionarios asumiendo junto a ellos el riesgo de la derrota, y con este tipo de gestos se ganó la autoridad militar y la fidelidad de sus tropas, pero no consiguió una autoridad política suficiente, y esto le costó la vida. En cambio su sobrino Octavio disfrutó de una auctoritas precoz la cual le permitió reformar el caduco régimen republicano dando paso así al imperio y eso de forma paulatina, mediante el respeto aparente de las antiguas instituciones. Es significativo a este respecto que rechazara el título de rex, odioso para los romanos, y adoptara el de princeps senatus, es decir, príncipe o primero entre los senadores, aquellos que gozaban de prestigio o autoridad política.
En el devenir histórico ambos términos, “poder” y “autoridad” han llegado a equipararse desde el punto de vista conceptual, incluso han ampliado su significado. Así, además de cualidad o facultad política han pasado a designar de forma genérica a quienes ejercen la función de gobierno, y hablamos en este sentido de “autoridad municipal” o de “poderes públicos”. Pero la evolución semántica de estos vocablos ha sido bien distinta. En el caso del “poder”, se ha enriquecido progresivamente con distintos calificativos como “absoluto”, “dictatorial”, “popular”, “democrático”, “legislativo”, “judicial”, y otros muchos que han multiplicado su significado. En cambio el término “autoridad” ha ido perdiendo su acepción primigenia, quizás porque el prestigio personal, basado en la moralidad y la experiencia, es cosa rara en política. En este empobrecimiento paulatino tuvo que buscar el emparejamiento sinonímico con el poder para sobrevivir como palabra, y aún así no pudo evitar corromperse en el camino. Un ejemplo; no hace mucho que un académico de la historia, de reconocida autoridad intelectual, calificó de forma eufemística como “régimen autoritario” lo que fue una de las dictaduras más crueles de nuestro país. Claro está que se puede alegar en su defensa que la corrupción conceptual de la autoridad ya lleva mucho tiempo instalada en nuestro idioma. Así decimos “padre autoritario” para referirnos no al que educa a sus hijos con la experiencia y la rectitud moral de la antigua auctoritas, sino al que abusa del poder paternal, no en balde llamado institucionalmente patria potestad.
Manuel Azaña
Tan rara virtud es la autoridad en política que en su original acepción ha quedado restringida solo al campo de la ciencia y de la cultura. Cuando revisamos nuestra historia reciente solo recuerdo un político con auténtica autoridad, el republicano Manuel Azaña que sin embargo, y por los sucesos dramáticos de todos conocidos, tuvo un poder legítimo que se demostró insuficiente. En ocasiones la autoridad se ejerce una sola vez. Tal fue el caso de nuestro rey que, limitado en poderes por la Constitución, impuso su autoridad la noche del 23 de febrero de 1981 y por esto muchos españoles aún se declaran “juancarlistas” antes que monárquicos.
Actualmente, “carisma” es el  término más cercano en contenido semántico a la antigua autoridad. Pero el carisma es más bien atractivo personal del político, también hace referencia a  su capacidad de liderazgo. Carismáticos fueron en su momento Adolfo Suarez y Felipe González. Cuando ahora miramos a nuestro alrededor vemos políticos “populistas”, “posibilistas”, “cortoplacistas”, pero no políticos con autoridad, ni siquiera con carisma. Y es precisamente, ahora, inmersos en una crisis económica que nos amenaza con la ruina de varias generaciones, actuales y futuras, cuando necesitamos políticos con autoridad, auténticos hombres de Estado, que nos exijan si es preciso “sangre, sudor y lagrimas” en forma de impuestos y austeridad pero que con su rectitud, ejemplo, y amplitud de miras, nos ofrezcan  a cambio la confianza de saber que el timón del gobierno está en buenas manos. Políticos que renuncien a retoricas baratas y sean capaces de explicarnos con sencillez la actual coyuntura evitando disfrazar la verdad atendiendo a cálculos electoralistas. Que apliquen medidas, por drásticas que sean, que atiendan a la salvación del Estado sin desmontar por ello el estado del bienestar que  tanto nos ha costado conseguir.
Dentro de muy poco, el pueblo volverá a delegar en la urnas la potestas a nuevos políticos pero lo que realmente necesitamos es la auctoritas, porque es la AUTORIDAD con mayúsculas la mejor legitimación del poder.

viernes, 23 de septiembre de 2011

RECITAL LÍRICO


Este año vivimos inmersos en la desaceleración, o la crisis, como se quiera llamar a  la actual depresión económica que nos amenaza con la  quiebra del país.  En esta situación  la  cultura suele ser la primera víctima ofrecida en el altar  de los sacrificios que imponen las políticas de austeridad. Y aún así  nos sentiremos aliviados si  los recortes  no deterioran  demasiado la educación de  nuestros hijos, ya de por sí deficiente, porque sabemos que ésta es condición previa de aquélla. 
          Esta introducción viene a cuento porque  los efectos de la crisis  ya se comienzan a notar sobre  la programación de espectáculos y actos culturales  de nuestra ciudad.  Por lo pronto se han suprimido dos festivales de música tradicionales en la temporada estival, uno de jazz y otro de música antigua. Me temo que el conocido como “Festival de otoño”, que incluye en su programación conciertos musicales y teatro, será el siguiente en desaparecer a falta de las habituales subvenciones de la administración municipal   y las cajas de ahorro, que han renunciado a sus obras sociales al reconvertirse en bancos.
          En medio de este desierto  cultural es grato  disfrutar ocasionalmente del  pequeño oasis que representa el recital lírico que hoy nos ocupa, ofrecido por una  sociedad privada de larga evolución histórica,  desde sus orígenes ilustrados y  de vanguardia hasta posiciones más tradicionales y conservadoras, en lo que tienen de positivo y noble estos términos, en cuanto a conservar, promover, y mantener la inquietud cultural  de sus socios.
          Los intérpretes fueron en esta ocasión una pareja de soprano y tenor, ambos  de reconocida trayectoria profesional, que interpretaron un programa a base de arias de ópera y canción napolitana en la primera parte  y  fragmentos de zarzuela en la segunda.  La interpretación fue brillante y amena por la popularidad de algunas de las piezas escogidas. Para mi gusto destacó más el tenor y  tras la audición creo saber  la razón.
          En el folleto de presentación  se le calificaba como tenor lírico-spinto y esto me ha dado ocasión de  documentar mi escasa cultura musical. Resulta que este tipo de tenor llega a su tesitura de agudos con una exagerada presión subglótica de aire y esto le presta un canto más potente. En realidad desde el punto de vista técnico parece que es más defecto que virtud ya que  la potencia de la voz  se tiene a costa de renunciar a  otros virtuosismos basados en inflexiones o modulaciones de la misma. Este tipo de tenor se pudo de moda en el XIX cuando las óperas románticas impusieron una mayor orquestación y el spinto (empuje) permitía al cantante sobreponerse a la orquesta e interpretar papeles de personajes más dramáticos y emotivos. Fue, en suma, esta  fuerza y emotividad de la interpretación del tenor la que apagó un tanto  a la soprano. 

jueves, 15 de septiembre de 2011

LA AVENTURA EQUINOCCIAL DE LOPE DE AGUIRRE. Ramón J. Sender


La figura del conquistador vasco Lope de Aguirre parece haber ejercido una fuerte atracción en la literatura y el cine. Además de la presente novela, hay otras cuatro más, escritas por autores muy conocidos, entre otros el venezolano Arturo Uslar-Pietri. Hay además dos buenas películas sobre su aventura amazónica, “Aguirre, la cólera de Dios” de Werner Herzog, y “El Dorado” de Carlos Saura.
Lope de Aguirre (1510-1561), de origen vasco, hijo de hidalgos pobres, pasó al Perú atraído por las riquezas  del recién descubierto imperio inca. Participó en las luchas civiles entre Pizarro y Almagro y despues se enroló en la expedición de Pedro Ursúa que, a través del río Amazonas, partió a la búsqueda de “El Dorado”. Finalmente se rebeló contra la corona española declarándose independiente  y fue derrotado en Venezuela. Lo que hace interesante la figura de este conquistador y aventurero es la multiplicidad de matices  de su personalidad, orgullo herido, resentimiento, rebeldía,  ambición de riqueza pero más aún de poder, traición pero teñida de ansias de libertad e independencia, anticlericalismo en un católico confeso, asesino cruel pero padre amante.  Muchos de esos aspectos se insinúan en la carta que dirigió a Felipe II.
Sus contemporáneos lo llamaron “el loco” y él a si mismo se llamó traidor y se apodó “el peregrino” y “príncipe de la libertad”. Esta compleja y contradictoria personalidad se manifestó en la aventura  de “el Dorado”. La búsqueda del mítico país del oro que fue el sueño y el  ambicioso motor de los conquistadores españoles en América. En su caso, el sueño se disolvió en las aguas del río Amazonas y en el inacabable infierno verde de la selva tropical, en un dramático viaje que recuerda mucho al de Kurtz, el personaje de la novela “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad.  Es la inmensa selva la que conduce a la locura de este personaje literario y parece que tuvo el mismo efecto sobre el conquistador vasco. 
La novela de  Ramón J. Sender nos aproxima de forma bastante creíble a los hechos históricos y a la figura del personaje. Para ello se ha basado en su biografía y en la carta remitida a Felipe II que, en mi opinión, es como un fiel autorretrato de Aguirre. Siguiendo esta misma senda está  la película de Carlos Saura que, aunque fiel a los datos históricos, deja algo difuminada y sin personalidad la figura del protagonista. En cambio la del alemán W. Herzog, con la soberbia interpretación de Klaus Kinski, se aparta bastante de lo verosímil histórico pero acrecienta al personaje e incide en la visión de Conrad, en la selva que enloquece al hombre, en el viaje hacia la muerte. Un efecto letal que puede resumirse en la frase final de Kutz en “Apocalypse Now” (inspirada en la novela de aquel), puesta en boca de  Marlon Brando  “… ¡¡ el horror ¡¡ ”.

jueves, 8 de septiembre de 2011

EL RECURSO DEL MÉTODO. Alejo Carpentier


          Es la tercera novela que leo de este autor cubano y, como las dos anteriores, “El Siglo de las Luces” y “¡Écue-Yamba-O¡”, esta tampoco me ha defraudado. Me gusta su estilo barroco exuberante en sinónimos, su gran  erudición, las frecuentes alusiones marginales a personajes, acontecimientos políticos, movimientos literarios o artísticos, que te sitúan claramente en un momento histórico determinado sin necesidad de recurrir a fechas o citas explícitas.
          Alejo Carpentier (1904-1980) fue un escritor cubano que recibió desde la infancia una educación esmerada y cosmopolita; sus padres, un arquitecto francés y una profesora de origen ruso, le imprimieron un cierto mestizaje cultural, y su formación posterior se  enriqueció con viajes frecuentes y estancias prolongadas en Venezuela, Haití, y Francia. En este último país entró en contacto con el surrealismo y posteriormente se integró en las vanguardias latinoamericanas del “realismo mágico” siendo reconocido como uno de los miembros de este movimiento. Aún así, los críticos reconocen discretas diferencias conceptuales entre “realismo mágico” y lo que entiende Carpentier como lo “real maravilloso”, es decir, un sentimiento de sorpresa ante lo inusual o inesperado, una sensación que el escritor hace extensiva a la realidad de toda América latina, como comunidad cultural, sin distinción de países. Es lo que podría considerarse como un “surrealismo suramericano”  
                En “El recurso del método” el escritor cubano  trata la figura del “dictador bananero” que, como se indica en la introducción de la contraportada del libro, constituye todo un subgénero de la literatura latinoamericana con novelas como “El Señor Presidente” de Miguel Ángel Asturias, “Yo el Supremo” de Roa Bastos y “El Otoño del Patriarca” de García Márquez. Se olvida, no sé si deliberadamente, otro título de este subgénero que a mi entender es el precursor de todos ellos, me refiero a “Tirano Banderas” de Valle Inclán.
          Aunque Carpentier introduce en su obra elementos surrealistas en relación a sueños o ideas del personaje, nada tienen que ver con el “realismo fantástico” llevado al extremo por García Márquez o el  excesivo localismo saturado de mitología  de Miguel Ángel Asturias, que con tanta frecuencia hacen tediosa y dificultan la lectura a los europeos. Es mi opinión personal, supongo que muy discutible. Lo cierto es que Carpentier, con ser cubano hasta la médula, es para mí el autor latinoamericano más europeo, de ahí la facilidad para asimilar su obra literaria. El barroquismo, tan propio del escritor, enriquece el lenguaje y el estilo de sus novelas sin perder por ello claridad.

Finalmente quiero destacar el  juego que Carpentier mantiene desde principio a final de la obra en cuanto a mantener incógnita la localización y el nombre del país gobernado por el Primer Magistrado. Por supuesto todos los nombres de ciudades (Nueva Córdoba, Puerto Araguato, Ciudad  Moreno) son ficticios, pero sucesivamente se aportan datos que te hacen pensar en distintos países reales sin que podamos concretar ninguno, reforzando así una total ambigüedad al respecto. Por el contrario, las coordenadas temporales de la acción están claramente establecidas entre finales del XIX y primer tercio del siglo XX, ya que alude a dictadores reales de ese período como Porfirio Díaz o Estrada Cabrera. Pienso que esta ambigüedad es deliberada y supone el reconocimiento de la figura del “dictador bananero” como fenómeno generalizado en aquella época, que pudo afectar a cualquier país hispanoamericano, el  “patio trasero” de los yanquis. Después vendrían las sangrientas dictaduras militares del cono sur, pero estas tienen claros aspectos diferenciales  con respecto a las anteriores.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LOS PUENTES DE LONDRES. James Patterson


Otra novela de la serie negra, entretenida y liviana, ideal para refrescar las neuronas entumecidas por la solanera estival. Es obra de  James Patterson, un escritor norteamericano especializado en novelas de acción y suspense. En las reseñas biográficas consultadas destaca la abundante producción de best sellers con todos los records en su haber, diecinueve números uno consecutivos, y en ventas superior a autores tan renombrados como Stephen King o Dan Brown.  En lo negativo, se le acusa  de que su prolífica obra literaria se debe al trabajo asociado de muchos coautores lo que en el argot literario se conoce como “negros”.
          Los puentes de Londres es la décima novela de un total de diecisiete que constituyen una grupo dedicado por el autor al personaje de Alex Cross, un psicólogo del FBI. Como no he leído ninguna de las otras, espero que esta no sea una de las mejores porque, en tal caso, el conjunto de la serie merecería el justo castigo del “dios de las letras” al estilo de las bíblicas Sodoma y Gomorra.
          El “malo” de la trama argumental, un terrorista internacional, frio, vengativo, sádico, todopoderoso, y altamente tecnificado, recuerda un poco a los personajes malvados de la serie de James Bond (Ian Fleming) tales como el Doctor No, o Goldfinger, unos malos de perversión inútil y algo ingenua. En nuestro caso, el siniestro personaje conocido como “El Lobo” dispone además de medios de destrucción masiva desproporcionados y un sistema de autoprotección que roza lo ilusorio. En cuanto al personaje central, el detective psicólogo Alex Cross, se manifiesta como una persona familiar, con hijos de varias mujeres repartidos entre las dos costas, que vuela en avión de continuo para verlos y por requerimiento de su trabajo. Aparte de hacer turismo a costa del contribuyente, se limita a observar y sufrir impotente los sucesivos ataques terroristas, sin molestarse en hacer el menor análisis deductivo o inductivo que permita descubrir  la identidad del Lobo al que descubre finalmente gracias al azar.
          La estructura narrativa está muy fragmentada, con frecuentes flashback, aunque la amenaza terrorista, que es la base del argumento, impone una cierta unidad de tiempo al relato.
          En fin, espero no desanimar a nadie con esta crítica negativa. Repito que este tipo de literatura intrascendente cumple bien su función de entretener y  no hacer pensar demasiado. Eso si, en mi opinión estas novelas no deben de buscarse  en los mostradores de “los más vendidos” de las librerías. Es preferible encontrarlas en ediciones de bolsillo o incluso como regalo de algún periódico o revista; una fórmula mucho más barata que atenúa la sensibilidad crítica y hace más tolerable su lectura.

jueves, 25 de agosto de 2011

LA CONJURACIÓN DE VENECIA. Francisco Martínez de la Rosa


 Debo de reconocer que mi inclinación hacia los sucesos históricos dramáticos  fue muy anterior al interés que, tiempo después, sentí  por la Historia, escrita con mayúsculas. Aunque, bien pensado, era lógico que una cosa condujera a la otra.  Ya desde niño me impresionaban episodios tales como la traición y muerte de Viriato, o el asesinato de  Cesar en el Senado romano. El dramatismo de éstos se solía reforzar con frases de dudosa historicidad, aquello de: “¡Roma no  paga a traidores¡” o “¡Tu también, Bruto, hijo mío¡”, conduciendo de esta forma lo histórico hacia lo melodramático. Años después reconocí todos los ingredientes de mis gustos juveniles en el “drama histórico” un subgénero teatral que alcanzó su máxima expresión de calidad con Shakespeare y su serie de dramas sobre los reyes ingleses. En el siglo XIX, el romanticismo europeo, y el español en particular, puso de nuevo de moda este tipo de dramas que se adecuaban bien a los postulados y gustos de aquel movimiento cultural y literario.
          Sirva lo dicho como prólogo a los comentarios sobre  “La conjuración de Venecia” de Francisco Martínez de la Rosa; un autor que evolucionó desde su educación neoclásica hasta asumir los principios del romanticismo francés  que introdujo en nuestro país, siendo por ello considerado como  precursor y primer representante de este movimiento en  España.
          Martínez de la Rosa (1787-1862), fue diputado liberal en las Cortes de Cádiz, por ello sufrió cárcel durante la restauración absolutista de Fernando VII. Ocupó cargos en el gobierno durante el llamado Trienio Liberal (1820-23) y evolucionó hacia un liberalismo moderado. Con el restablecimiento del absolutismo se exilió en Londres y París y en ésta última entró en contacto con los autores románticos franceses. Durante la regencia de María Cristina fue  jefe de gobierno durante el periodo 1934-35 pero pronto se vio superado por posturas más progresistas al tiempo que el partido moderado, del que fue líder y fundador, evolucionaba a posiciones cada vez más conservadoras.
          Esta breve e incompleta semblanza biográfica es importante por dos razones. La primera es la valoración negativa de la actividad política del personaje por parte de la crítica histórica contemporánea, lo que repercutió en un injusto menosprecio de su obra como dramaturgo. La segunda se refiere a la importancia que la ideología política del escritor tuvo en “La conjuración de Venecia”, un drama histórico cuya trama tiene un alto contenido simbólico; a saber, la lucha por la libertad y contra la tiranía. Pero no nos engañemos, se trata de una lucha al modo ilustrado del XVIII, “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. En el argumento se deja claro que es una conjuración nobiliaria en la que se rechaza la participación del pueblo por miedo a una revolución. Esta lectura simbólica de la obra tuvo bastante que ver con el gran éxito obtenido en su estreno en 1834, un momento de triunfo de los liberales frente a los absolutistas.
Al margen de la lectura en su contexto histórico. El drama tiene aspectos que merecen ser destacados. Está basado en un hecho real, una conjuración de nobles  venecianos contra el dux  Gradénigo en 1310. El rigor histórico está respetado al máximo si bien se cometen algunos anacronismos intencionados para reforzar el dramatismo argumental. Lo más destacable en este sentido es la excelente ambientación histórica en cuanto al exotismo orientalista del lugar, el tiempo de carnaval, las costumbres, trajes de época, juegos de luces y sonidos etc. Otro aspecto importante es el conflicto dramático que gira entre dos polos; el amor secreto y desgraciado de la pareja Laura- Rugiero, y  el desconocido origen de éste que se aclara precisamente antes de su muerte, cuando descubre a su padre que resulta ser precisamente su juez y ejecutor.
El lenguaje de los diálogos es sencillo, con momentos más retóricos que no obstante se adaptan bien a las vicisitudes del drama sin excesivo histrionismo. En fin, la obra contiene casi todos los elementos esenciales del drama romántico; amor, conflictos íntimos, tensión, sufrimiento y el destino. Este último, tema favorito de los románticos, es entendido aquí no a modo del romanticismo escéptico que conduce inevitablemente al fatalismo, sino desde del humanismo cristiano como la interacción del libre albedrío del hombre con la Providencia Divina frente a la existencia del mal.
          “La conjuración de Venecia” debe resultar espectacular en una representación teatral  pero  también es interesante para ser leída, porque la lectura pausada nos hace descubrir matices en los diálogos que pueden pasar desapercibidos en la escena. Esto es, si cabe, aún más importante en los dramas de Shakespeare, que por cierto tuvieron una clara influencia en Martínez de la Rosa y su obra dramática.