sábado, 9 de abril de 2011

REQUIEM. W. A. Mozart

La Misa de Requiem forma parte de la liturgia católica y está integrada por un conjunto de ruegos por las almas de los difuntos, que se celebra en entierros y funerales. Su nombre proviene de las primeras frases del  Introito: “Requiem aeternam dona eis, Domine/ et lux perpetua luceat eis”. Difiere de las misas normales en que las partes gozosas como el  Gloria, el Credo, o el Aleluya son suprimidas y se sustituyen por el “Dies irae” un himno del siglo XIII que describe el Juicio Final. Este tipo de servicio religioso era con frecuencia cantado  en gregoriano y muy pronto comenzaron a aparecer composiciones musicales polifónicas para acompañar los cantos. El primer Requiem conocido fue compuesto por Ockeghem en 1460 y desde entonces hasta la actualidad se han compuesto unos dos mil, en todos los estilos musicales históricos. Para adaptar a la música el texto de las oraciones fue necesario en muchas ocasiones añadir o suprimir algunas y fragmentar otras de tal forma que casi todas las composiciones presentan variaciones sobre las partes tradicionales de la liturgia. Es por esto que están considerados como música sacra pero no canónica.
        Conozco varios Requiem, desde los más antiguos como los de Cristóbal de Morales y Tomás Luis de Victoria, hasta los de Berlioz, Brahms, Verdi, Fauré o Dvorak. Pero mi preferido, el que más me impresiona oír, es el de Mozart. Es también, desde luego, el más popular sin que esto suponga un demérito sino más bien un reconocimiento a esta obra póstuma del genial compositor austriaco. Es de sobra conocida la leyenda que lo rodea, encargado y pagado por un desconocido de aspecto misterioso que se presentó al músico en un momento en que estaba mermado de salud y debilitado por la fatiga, lo cual le hizo pensar que se trataba de un enviado del Destino que le anunciaba su propia muerte. Aunque la realidad de este hecho se demostró posteriormente más prosaica, lo cierto es que Mozart falleció ese mismo año de 1791 quedando la obra inacabada y dejando anotaciones para que fuera terminada por su discípulo Süssmayr. Para aumentar  el misterio, los críticos actuales no terminan de estar de acuerdo sobre la autoría de algunas de las partes, aunque todas en conjunto llevan el sello y la originalidad del músico de Salzburgo.
El Requiem de Mozart fue compuesto para orquesta, coros, y voces solistas (soprano, tenor, contralto y bajo) y en la forma de combinar magistralmente dichos elementos recuerda en cierto modo a una ópera. En la estructura tradicional de este tipo de obras, el largo himno del “Dies irae” fue fragmentado en varios pasajes o movimientos. En el Introitus tiene un comienzo orquestal  “in crescendo” y  se suceden los coros que entonan un canto a la apoteosis celestial de los fieles (lux perpetua) con el solo de la soprano que parece evocar el descanso eterno del difunto (requiem aeternam). En las siguientes partes de la obra se alternan pasajes de especial dramatismo e importante participación coral con otros de refinado lirismo protagonizados por los solistas mientras la orquesta acompaña y equilibra a unos y otros. Entre los primeros destacan El Dies irae, Rex tremendae magestatis, o el Confuntatis maledictis en los que el texto recuerda la justa cólera divina y el castigo de los pecadores en el ultimo día del juicio. Entre los segundos los solistas apelan a la clemencia divina en el Recordare Iesu Pie o se destaca el goce de los elegidos en el Benedictus. Las partes finales del Sanctus y el Agnus Dei refuerzan de nuevo la participación coral en un crescendo que termina repitiendo la apoteosis del Lux aeterna.
       
La representación del Requiem de Mozart que hoy nos ocupa fue interpretada por la banda sinfónica y los coros de nuestra ciudad, ambas formaciones tuvieron una interpretación digna. La banda, por su economía de medios en la cuerda, restó algo de brillantez al conjunto de la obra pero fue compensada con el lugar de la representación, el Coro de la Catedral, un marco sin duda muy apropiado que reforzó y ambientó el sentido religioso de la misma. Entre los solitas destacó la soprano y el tenor, los otros dos mas mediocres. En mi modesta opinión, el bajo fracasó al entonar el Tuba Mirum, un fragmento en el que su actuación debe sobresalir.
        Siempre insisto en mis preferencias por la música clásica interpretada en directo, aún con intérpretes modestos, frente a las mejores interpretaciones en disco. En esta ocasión debo destacar un aspecto negativo. El concierto fue gratuito y esto aportó  un numeroso grupo de espectadores cuya motivación no era la audición de la obra, al menos no la única. Esto añadió un factor de ruido ambiental bastante desagradable que por momentos rompió la magia de la interpretación.

Introitus- Lux aeternam                               Dies Irae                                         

Benedictus

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