viernes, 2 de noviembre de 2012

L'ARTE BAROCCA. Concierto lírico


Hace una semana asistimos a un concierto ofrecido por el grupo Xauen Lírica, una formación de cámara, vocal e instrumental, que comenzó su andadura en el 2003 y está integrada por una soprano y en la parte instrumental piano, violín, violonchelo, trompeta y percusión. El repertorio, agrupado bajo el título L’Arte Barocca, incluía piezas de este periodo, mayoritariamente de Haendel y Vivaldi  aunque también estuvieron representados otros autores como Pachelbel, Caccini, Monteverdi y Boccherini. El orden del programa quedaba resumido en el subtítulo del mismo: “come  in celo… cosí in terra”,  una inversión de la conocida frase de la oración del Padre Nuestro que quizás pretende aquí expresar por analogía el ansia humana de perfección a semejanza de la divina, y en la música barroca, la búsqueda de la exuberancia y el virtuosismo para ofrecernos una representación atractiva de lo divino y humano. Acorde con este dualismo celeste y terrenal, la primera parte estuvo integrada por piezas de música sacra y la segunda por otras de carácter profano. Algo más de la mitad de las piezas eran vocales con acompañamiento e intercaladas entre ellas algunas exclusivamente instrumentales, estas últimas muy conocidas como el  Canon de Pachelbel, o  la Cantata 147 y el Aria de la suite nº3 de Bach. Lástima que se haya abusado hasta la saciedad de estas composiciones interpretadas incansablemente en bodas y bautizos por lo que me producen cierto hastío a pesar de su belleza. Los instrumentistas, a excepción del pianista, eran estudiantes del conservatorio y su actuación fue correcta. El piano no pudo lucirse y quedó limitado al acompañamiento. Para mi gusto el más destacado fue el trompetista que sobresalió en algunos solos y ofreció un buen contrapunto a la voz de la cantante en muchas piezas. El violinista tuvo una actuación más discreta y en el famoso  “Canon en re mayor” de Pachelbel, música progresiva y de variaciones sobre una misma melodía, le faltó brío y se dejó apagar por el violonchelo que le arrebató el protagonismo que le correspondía. Por el contrario la violonchelista destacó en el Pasacalle del quinteto para cuerda “Música nocturna de las calles de Madrid” de Boccherini, esa pieza inspirada en el folklore popular español que casi todos hemos oído alguna vez y que se popularizó aún más cuando fue interpretada en la escena final de la película “Master and Commander” de Peter Weir.  A mí me gustó bastante la Zarabanda del Salmo HWV.67 “La llegada de la Reina de Saba” de Haendel, una pieza muy conocida que evoca una procesión real con todo su boato y solemnidad.
          El papel más destacado correspondió a la cantante, una soprano bastante experimentada y con un programa especialmente diseñado para su actuación. Pienso que se trata de una soprano lírica, es  decir, aquella que dentro de su registro agudo tiene un menor timbre para los agudos que la soprano ligera pero en cambio su voz es más fuerte y  brillante en las notas centrales. En alguna ocasión presentó capacidades propias de soprano de coloratura con facilidad  para ejecutar sucesiones de notas rápidas, ornamentando y dando colorido (de ahí el nombre) a la melodía. Esto que digo se evidenció bien en la pieza final  “Agitata da due venti” un aria de la ópera “Griselda” de Vivaldi que me recuerda  mucho a otro pasaje muy conocido  que ilustra  igualmente el concepto de coloratura  musical, la famosa aria de la Reina de la Noche en  “La Flauta Mágica”  de Mozart. Me gustó particularmente su interpretación de los oratorios de “El Mesias” y “Sansón” de Haendel, y del “Ave María” de Caccini, que nunca antes había oído, preciosa aunque no sea tan conocida como la de  Schubert.
          Por último quiero destacar el escenario del recital, la Sacristía de la Catedral de Jaén. No insistiré en aquel tópico del marco incomparable, y tampoco su acústica es la mejor del mundo, pero  si quiero resaltar una vez más que la música es una llamada a los sentidos y un acumulo de sensaciones  y el escenario también puede formar parte de las  mismas. El canto de la soprano acompañada de la trompeta en las piezas de música sacra; la pureza de líneas de la ornamentación renacentista, austera y elegante a un tiempo; la ingenuidad devocional de los relicarios que adornan el pequeño altar en contraste con la vanidad mundana de los escudos episcopales  pintados sobre el mismo; los ángeles músicos que nos observan desde los tímpanos de ambos lados de la sala. Todo parecía reforzar esa sensación de espiritualidad y armonía entre lo terrenal y lo celestial simbolizada por la voz humana ascendiendo hacia la bóveda. “Cosi in terra come in celo”.

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