sábado, 20 de abril de 2013

ATALA. RENÉ. EL ULTIMO ABENCERRAJE. François René de Chateaubriand


De vez en cuando  la lectura de los clásicos nos hace retroceder en el tiempo y de forma paradójica la literatura antigua nos rejuvenece  aunque sólo sea al recordar, con mucha o poca nostalgia, según el caso, nuestra pasada adolescencia. Algo de esto me ha pasado al encontrar, después de tantos años, estas tres novelas de François Auguste René, vizconde de Chateaubriand _ con este largo nombre y título lo estudiábamos_  que me han devuelto al bachiller y a la asignatura de Francés, el idioma que entonces se enseñaba  y comprendía también arte y literatura  francesa.  Me llamaban la atención los  extraños nombres de algunos escritores galos, a  menudo  largos  y compuestos como el ya citado y otros como Jean Baptiste Poquelin, o  François Marie Arouet, que afortunadamente  se abreviaban con sus apodos, Molière o Voltaire, más asequibles a la memorización que era la base de la enseñanza de la época.  La obra  literaria  de la mayoría de los autores franceses  nos era desconocida porque nunca nos facilitaron  su lectura. Se editaban en colecciones las comedias de Molière, y alguna leí en su momento, pero eran poco recomendables las obras de Rousseau, Voltaire, Montesquieu,  o todo aquel que sonara a liberal, así que nos limitábamos a Alejandro Dumas  y como mucho Víctor Hugo.
         Chateaubriand (1768-1848) no pecó nunca de liberal. Fue un aristócrata que huyó de Francia con la Revolución, admiró primero  y  después se enemistó con Napoleón y terminó por defender la monarquía absoluta y ocupar cargos públicos durante la restauración de Luis XVIII. Su beligerancia política le obligó  a exilios y  largos viajes,  y como escritor ha sido  reconocido como el fundador del romanticismo en la literatura francesa.  Su  carácter  conservador  y apasionado lo llevó a defender  la religión cristiana frente al laicismo  de los ilustrados  y  su obra más conocida y polémica en su época fue  El genio del cristianismo, una especie de ensayo apologético  sobre el mismo.
         Atala (1801), René (1802), y Las aventuras del último abencerraje (1826), son tres de sus novelas  que por su corta duración suelen editarse  juntas en un mismo volumen (yo las encontré  en formato electrónico).  Las dos primeras datan de sus comienzos  literarios y fueron escritas después de un largo viaje por el norte de América. En Atala  describe la exuberante naturaleza  del profundo sur, en particular   del delta del Missisipi y los territorios  de Luisiana y Florida, y lo hace de forma minuciosa  pero también idealizada mediante un lenguaje poético que  nos remite al romanticismo. Describe también la vida de los indígenas americanos de la zona, en particular de la tribu de los natchez, a  la que pertenece la protagonista. Chateaubriand  no reconoce en los indios  la figura del buen salvaje, acorde a la naturaleza y gobernado por la ley natural, algo muy típico de los ilustrados; sólo se siente atraído por  lo exótico de sus costumbres siempre que sean atemperadas por la conversión al cristianismo. En René, el protagonista es un francés de carácter melancólico, atormentado por un amor imposible y culpable, que huye de la civilización y se refugia entre los natchez. Ambas novelas junto con una tercera forman una trilogía dedicada a este pueblo indígena.
         Las aventuras del último abencerraje es una novela más tardía, escrita después de un viaje por el sur de Europa y norte de África en el que  pasó por España y visitó Granada. Al parecer quedó impresionado por los palacios nazaríes que le inspiraron  este relato basado en una leyenda local, anticipándose en algunos años a los Cuentos del la Alhambra del norteamericano Washington Irving.  Narra los amores entre un moro de la tribu de los abencerrajes y una cristiana, ambientada después de la conquista de la ciudad, en época de Carlos V.  Como dato curioso señalaré  la visión tópica del carácter de los españoles, orgullosos, defensores a ultranza de su honor, y más preocupados por las pasiones que por la razón, según el escritor.
         Los tres relatos tienen elementos comunes muy del gusto de los románticos; son historias de amor imposible , en dos de ellos entre cristiana y pagano o musulmán, platónicos y castos por no consumados, en los que la religión siempre triunfa de forma trágica frente a la pasión. En  todos predomina el destino aciago considerado como una fuerza, quizás divina, contra la que es imposible luchar. En los tres subyace un elogio del cristianismo como único recurso del hombre para conseguir la paz espiritual. A estos se les puede añadir muchos otros detalles  típicos del romanticismo; combates épicos , cortesía medieval,  tristes ruinas, bosques umbríos, selvas impenetrables etc.  A propósito de estas últimas diré como nota curiosa  que  se las llama repetidamente  “desierto” por traducción literal del francés desert  termino que al parecer designa en ese idioma tanto  los territorios  áridos y sin vegetación como  el concepto de lugar o espacio no habitado  por humanos (la selva).
         En resumen y para terminar, son tres novelas de gran belleza  formal, algo ingenuas si las contemplamos desde nuestra perspectiva actual, interesantes como paradigma del romanticismo literario, y de agradable lectura.  Atala, René, y El último abencerraje  por fin han  dejado de ser para mí unos nombres memorizados  hace muchos años y  hasta ahora vacíos de contenido.
         

domingo, 14 de abril de 2013

LOS ENAMORAMIENTOS. Javier Marías


Esta última novela del escritor y académico Javier Marías  recibió, tras su aparición en 2011, el elogio casi unánime de la crítica  especializada y parece que tuvo un notable  éxito de público. En el 2012  fue galardonada con el Premio Nacional de Narrativa  que el autor madrileño rechazó  dando pie con su actitud a la consiguiente polémica, ampliamente publicitada, lo  que sin duda ayudo a incrementar las ventas. Y  no obstante, después de su lectura, tengo la sensación de que se ha premiado aqui  la madurez narrativa del escritor  y su trayectoria literaria antes que la novela en sí misma.
         Para comenzar diré que la obra responde a  un cierto gusto por  la mezcla de géneros literarios, algo original y arriesgado pero muy de moda en la narrativa actual. Esto me resulta tan claro que no sabría decir  si  me parece más una novela fracasada por su tendencia a la digresión ensayística o  directamente un ensayo camuflado bajo la estructura de una novela, entendido  aquel no es su aspecto informativo sino en cuanto al tratamiento  y reflexiones sobre unos temas  de forma libre, subjetiva, y con voluntad de estilo literario. 
         Los enamoramientos  se enuncia desde el principio como una ficción narrativa que se puede incluir en el subgénero detectivesco. Para empezar, en las primeras frases se nos avisa ya de la comisión de un asesinato absurdo, una muerte por apuñalamiento “por confusión y sin causa”; una introducción que recuerda mucho  por cierto  al comienzo de “Crónica de una muerte anunciada”, quizás un homenaje premeditado al escritor colombiano.  A partir del delito consumado, María Dolz, la narradora y protagonista nos cuenta  en primera persona su relación con los otros personajes al tiempo que se desarrolla la trama argumental.  Pero también desde el principio el relato se ve interrumpido por  abundantes digresiones de tipo ético o filosófico en torno a varios temas que superan  la ficción narrativa  al tiempo que imprimen un ritmo lento y fragmentario a la acción.  En ocasiones estas divagaciones  casi metafísicas son tan extensas que nos cuesta seguir el hilo del relato. En estas condiciones la historia pierde tensión narrativa y tiende a provocar el cansancio del lector. Afortunadamente, y de forma paradójica,  el libro se salva gracias a  estas   reflexiones que son en realidad el núcleo del mismo y giran en torno a varios ejes temáticos: el estado de enamoramiento, esa enajenación que pone en evidencia lo mejor y lo peor de nosotros; la muerte considerada desde un óptica con matices existencialistas; o los difusos límites de la realidad y la imposibilidad de conocer la verdad o de tener certezas porque hasta nuestras propias verdades cambian con el paso del tiempo.  Estos son los temas que trascienden el argumento y que aprovecha el escritor para envolvernos con su prosa y su estilo elegante y sencillo al mismo tiempo, que toca nuestra experiencia y sensibilidad más que  nuestra razón y nos hace cómplices de lo que dice porque en ocasiones todos hemos sentido lo mismo. Son estas  reflexiones  las que mantienen nuestro interés  y no la ficción que parece destinada sólo a ser  la excusa que las motiva y las justifica. Una ficción además relativamente previsible incluso en su final.  La única crítica que se me ocurre es  la evidencia de cierto grado de reiteración  en estas divagaciones  y por tanto la sensación de que a la novela le sobran  cien páginas.
         No quiero ser más explícito  en lo referente a la trama  novelesca, si diré que gira en torno a dos triángulos amorosos que se superponen.  Tampoco conviene serlo en cuanto a  los temas que son motivo de reflexión subjetiva e intimista y que el autor pone en boca de la protagonista.
         En resumen, teniendo en cuenta lo dicho hasta aquí, pienso que se trata de un interesante experimento narrativo  a condición de que el lector quiera y consiga superar los esquemas  tradicionales  de la novela, porque considerada exclusivamente  como ficción novelesca me parece un  rotundo fracaso.