viernes, 3 de julio de 2015

ALGUNOS MUCHACHOS Y OTROS CUENTOS. Ana María Matute

Hace un año que nos dejó Ana María Matute (1925-2014), miembro de la Real Academia Española y figura destacada en el panorama literario de nuestro país durante el pasado siglo, merecedora de muchos premios y reconocimientos en su dilatada trayectoria. Algunos piensan que fue la mejor novelista de la posguerra española. De la escritora catalana  he leído Olvidado rey Gudú (1996), una de sus últimas novelas y la preferida por la autora. Hace muchos años leí esta colección de cuentos que comento, y me impresionaron entonces por su crudo realismo social  que me pareció  acrítico, envuelto en onírica fantasía y en una prosa poética un tanto impenetrable. Ahora los he retomado a propuesta de mi club de lectura y con una mirada algo más experta creo entender un poco mejor las claves que definen esta obra.
          Para empezar debo destacar algo admitido por la crítica, y es la relevante influencia de la propia biografía en toda la producción narrativa de Ana María Matute.  A los cuatro años de edad padeció una grave enfermedad que la mantuvo retirada en un pueblo de las montañas riojanas. Tenía once cuando comenzó la Guerra Civil y ese trauma marcó definitivamente toda su obra. La suya fue en esencia una infancia perdida, de ilusiones y esperanzas truncadas por la angustia de la guerra y la miseria de posguerra. Eso explica que casi la mitad de su producción sean cuentos infantiles y que la mayoría de sus personajes sean niños o adolescentes. También que  sus novelas estén ambientadas en ese oscuro periodo de nuestra historia y sea  recurrente el retrato de una sociedad mísera y humillada, dominada por el egoísmo y el materialismo.
          Algunos muchachos y otros cuentos (1964) reúne todos esos elementos señalados como esenciales en la obra de la escritora. Está integrada por siete relatos cortos, el primero de los cuales da título a la colección. Los protagonistas de todos ellos son, como se ha dicho, niños o jóvenes que muchas veces cuentan la historia en primera persona, y es precisamente esa mirada infantil la que aporta un distanciamiento entre la dura realidad que les rodea y como la viven y entienden  desde su propia afectividad, envuelta en sutiles ensoñaciones y maliciosas suposiciones. De distinta forma todos se rebelan contra la ruindad y miseria que perciben pero al final terminan devorados por  ese mundo del que no quieren formar parte.  Algunos de los cuentos, me refiero a El rey de los zennos y No tocar son de estilo totalmente surrealista, de fantasía desbordante e incongruente, rica en elementos simbólicos y míticos. Fantasía enriquecida por un lenguaje lírico que impregna en mayor o menor grado todos los relatos, capaz de relacionar  sensualmente imágenes y sonidos o  sugerir de forma  velada  relatos bíblicos y mitológicos (Caín y Abel, Helios), e incluso transmitir la idea de eternidad elevando a lo intemporal un espacio geográfico, en concreto una isla balear.
En cuanto al segundo polo de la narrativa de Ana María Matute, señalaré que se la considera como una escritora esencialmente realista. Añadiré que sigo creyendo que el suyo es un realismo exento de crítica política. No denuncia tanto los desastres de la guerra o los abusos del régimen como la degradación moral que la miseria provoca en los seres humanos.
En fin, solo dos libros he leído de esta autora pero creo que tengo ya formada una magnífica opinión de su obra que me parece una acertada y original mezcla de fantasía, modulada por la estética modernista y surrealista, y realismo social esencialmente ético. Fue además una gran maestra del lenguaje literario, sin duda merecedora del sillón K que ocupó en la Real Academia.       

No hay comentarios:

Publicar un comentario