miércoles, 30 de noviembre de 2016

JUEGOS DE LA EDAD TARDÍA. Luis Landero

Como lector habitual puedo decir que sólo en muy contadas ocasiones he vuelto a leer lo ya leído. Sin embargo algunos escritores como Italo Calvino o Jorge Luis Borges recomiendan la relectura en etapas de cierta madurez. Se dice que en la primera lectura nos centramos más en el contenido, intentando comprender el ambiente y los conflictos planteados por el autor, mientras que una segunda nos abre el acceso a lo literario, a los aspectos estructurales que definen la estética de la obra. Es el caso que, a solicitud de mi club de lectura y tras veinticinco años, he releído esta novela  y estoy plenamente de acuerdo con esa opinión. En la primera ocasión el relato me decepcionó un tanto y consideré inmerecida la popularidad que alcanzó entonces, pero ahora lo he disfrutado en aspectos y valores que antes no percibí, quizás favorecido por esa evolución y madurez que aporta el tiempo.
Juegos de la edad tardía (1989) fue la ópera prima del escritor extremeño Luis Landero (1948), la obra más premiada de su corta producción narrativa y todo un éxito editorial en la década de los noventa, en suma, la que supuso su consagración como uno de los grandes narradores de la literatura española contemporánea. Un título asociado para siempre a su autor en la memoria de los lectores.
La novela tiene una clara inspiración cervantina en cuanto al estilo literario basado en una prosa brillante, barroca aunque clara y directa, sin cultismos pero no exenta de ciertos hallazgos verbales (ej. zabuquear), muy precisa en lo descriptivo y rica en asociaciones incluso sinestésicas. También el protagonista tiene rasgos quijotescos, y en los personajes secundarios que animan el enredo argumental encontramos similitudes y estereotipos cervantinos y de la novela picaresca.
Estamos ante  un relato agridulce pero tratado con humor, de estética surrealista oscilante entre el absurdo kafkiano y el grotesco esperpento. Es la historia de Gregorio Olías, un hombre marcado por el afán de ser alguien en la vida, que intenta superar con fantasía su frustración y la mediocridad del mundo en el que vive imaginando un alter ego, Augusto Faroni. Al principio sólo es un juego ilusorio pero en su relación con Gil, frustrado como él y creyente al estilo de Sancho, el personaje ficticio termina por eclipsar al real, evoluciona desde la ilusión íntima hacia una mentirosa ficción en la que Gregorio- Faroni queda atrapado y desdoblado, a medio camino entre realidad y fantasía.
La ambientación de la historia es deliberadamente imprecisa. El protagonista vive en  una ciudad grande pero en un barrio triste y deprimido que no difiere mucho del ambiente rural pobre y atrasado en el que vive Gil  su amigo e interlocutor. Tampoco conocemos la época pero por unas pocas y claras alusiones podemos suponer que estamos en la España de los años sesenta. El tratamiento del tiempo narrativo es original; desde el principio se fija un presente, datado en un cuatro de octubre, y desde el mismo se evoca el pasado del protagonista hasta llegar a la fecha señalada, y a partir de ese punto la historia hace crisis y se proyecta hacia el futuro, se acelera progresivamente y se torna enrevesada hasta desembocar en un desenlace brusco mediante la aparición de don Isaías, un personaje que aparece velado en algunos momentos de la trama argumental y que puede ser la representación simbólica del destino. La ruptura, al estilo del deus ex machina de la tragedia clásica, supone la salida de la locura quijotesca y el retorno a los orígenes en un epílogo final menos dramático y más amable que en la novela cervantina.
En la imaginación y reflexiones de Gregorio Olías aparecen de forma recurrente alusiones de marcado sentido alegórico. Así la aporía de Zenón (Aquiles y la tortuga) o al conquistador Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, que en mi opinión simbolizan la dimensión épica de la ambición y el fracaso. También las referencias a la Trinidad o al mito platónico de la caverna, como expresión de la personalidad desdoblada  y las múltiples facetas que caracterizan al ser humano; o la recurrente y onírica imagen de la isla como refugio  interior y aislamiento ante la agresividad del mundo y la propia frustración.
Estamos ante un relato no solo divertido sino también abundante en matices en el que subyacen ideas como la ambición y el fracaso, la imaginación y la cultura como superación de las limitaciones personales; la fama que evita la segunda muerte que es el olvido, o los límites éticos entre fantasía y mentira. Y todo sustentado por un estilo y lenguaje capaz de aportar fuerza estética al fracaso vital del protagonista. En resumen, una buena novela que por sí misma justifica a un gran escritor. Amena y profunda a un tiempo, merece la popularidad que tuvo y creo aún tiene




domingo, 20 de noviembre de 2016

EL RELOJERO DE YUSTE. José A. Ramírez Lozano

De las muchas y variadas sugerencias que pueden incitarnos a la elección de una lectura, ninguna mejor que las inspiradas por el propio autor cuando la comenta y despliega ante nosotros las motivaciones y matices de la obra, e incluso sus ideas en torno a la creación literaria. No soy asistente habitual a las presentaciones de libros pero cuando acudo a una de ellas, la personalidad del escritor y  una exposición interesante son a menudo reclamo suficiente para mi curiosidad. Ese ha sido el caso de José A. Ramírez Lozano (1950) cuando vino a nuestra ciudad hace poco para promocionar el que creo es su último libro editado. Este escritor extremeño, autor de una considerable producción narrativa y poética, has sido para mí un feliz descubrimiento gracias a esta novela. La introducción y los comentarios fueron ilustrativos y el posterior coloquio en torno a la misma resultó muy animado.
El relojero de Yuste (2015), subtitulada Los últimos días de Carlos V, tiene un título tan explícito que no puede llamar a engaño. Estamos desde luego ante una novela histórica pero, estoy de acuerdo con lo dicho en la sinopsis de contraportada, no es una más. Es una biografía novelada que nos ofrece un retrato del emperador en su declive final. Una versión bien documentada en lo histórico al tiempo que una visión muy personal del escritor sobre el personaje que, resaltado en sus defectos, dudas y contradicciones, humaniza y desmitifica su figura histórica que termina por ser cercana y emotiva para el lector.          
En su retiro, acosado por la enfermedad y frustrado en su ambición de un imperio católico, europeo y universal, Carlos V está rodeado o recibe visitas de una serie de personajes, casi todos históricos, entre los que destacan su relojero italiano Juanelo Turriano (Giovanni  Turriani), Francisco de Borja, su confesor el fraile Juan de Regla o su hijo bastardo Jeromín, el futuro Don Juan de Austria. Los diálogos entre ellos son abundantes y se reproducen en una imitación aceptable del lenguaje de la época que, sin entorpecer la lectura, da fuerza a la ambientación y hace verosímiles las cuestiones que tratan. En el relato asistimos a la lucha larvada entre una mentalidad medieval e inquisitorial, representada por los frailes jerónimos, y el  erasmismo, encarnado en Turriano y el mayordomo flamenco Van Male. Entre esos dos polos se debate el emperador que, obsesionado por la ortodoxia religiosa en la que ha fundamentado la unidad de sus reinos, intuye el comienzo de una era política propiciada por las nuevas ideas. No en balde algunos historiadores han considerado a Carlos V como el último caballero medieval y primer príncipe renacentista.
Toda la historia está saturada de elementos simbólicos muy claros; la cerveza frente al vino, las campanas opuestas a los relojes, todo traduce esa tensión entre religión y ciencia, entre cerrazón inquisitorial y apertura científica, en una época y una España que evoluciona desde la Reconquista medieval a la Era de los Descubrimientos. Los elementos simbólicos se refuerzan en los agónicos sueños del emperador, con esa lucha continua y desesperanzada contra la Muerte, encarnada a menudo en los fantasmas de su pasado. Las alusiones pictóricas son frecuentes. Destaca entre ellas la referencia a  El caballero, la muerte y el diablo, el famoso grabado de Durero de claro sentido alegórico. También a los retratos del emperador, realizados por Tiziano en distintas etapas de su vida, fiel reflejo de sus triunfos pero también de su derrota frente al paso del tiempo. Por último ese retrato de la emperatriz Isabel de Portugal que Carlos lleva consigo a todas partes, el recuerdo de su único amor. Todos esos elementos otorgan al relato un sentido poético que trasciende lo puramente histórico e induce a melancólicas reflexiones sobre el tiempo y la muerte que pueden resumirse en aquella locución latina sic transit gloriae mundi que advierte sobre la vacuidad de la fama.
En resumen, se trata de una novela entretenida que se lee con facilidad y no cansa porque no se extiende más de lo necesario. Muy asequible para los no familiarizados con la historia, aunque los algo más versados en ella la disfrutarán más. Por cierto, una curiosidad final; el relojero e ingeniero Juanelo Turriano fue el responsable involuntario de la muerte del emperador cuando construyó un estanque junto a su palacio en Yuste. En aquel clima supuestamente saludable y seco, Carlos V murió de malaria en septiembre de 1558.


martes, 1 de noviembre de 2016

LARGO NOVIEMBRE DE MADRID/ LA TIERRA SERÁ UN PARAÍSO/ CAPITAL DE LA GLORIA. Juan Eduardo Zúñiga

Juan Eduardo Zúñiga (1919) es un autor muy valorado por la crítica pero escasamente divulgado entre los lectores. Su obra narrativa, no muy extensa, es de una calidad incuestionable, galardonada con varios premios de ámbito nacional, pero ninguno de esos, como el Nadal o Planeta, que hacen visibles y mediáticos a los escritores. De otra parte Zúñiga parece recelar e  incluso rehusar deliberadamente  el marketing y la fama, quizás amparado y refugiado en otras de sus facetas, la de traductor y especialista en lenguas eslavas, en particular ruso y búlgaro, plasmada en numerosos e importantes estudios sobre la literatura de estos países del Este europeo.
En la producción del escritor madrileño destaca el relato breve. En los años 40 y 50 publicó muchos de ellos, siempre en revistas, pero la mayoría no fueron recogidos en libros. Tras largos años de ausencia literaria, en 1980 editó su primera colección de cuentos con el título El largo noviembre de Madrid, libro varias veces reeditado que supuso su consagración en esta especialidad narrativa. A partir de entonces, espaciadas en el tiempo, le siguieron otras colecciones entre ellas las dos que, con la primera, completan la trilogía que hoy nos ocupa, quizás las más conocidas del autor. En 2010 editó la última, Brillan monedas oxidadas, que leí entonces y me conquistó por la riqueza en matices de su prosa.
Los manuales de literatura encuadran a nuestro autor entre un grupo de escritores españoles que hacia mitad del pasado siglo cultivaron un estilo conocido como realismo social, caracterizado por una visión crítica de la sociedad española del momento, que pretendía promover cambios en sus estructuras y remediar la evidente e injusta desigualdad.  Pero Juan Eduardo Zúñiga es  un caso especial porque, junto a esa escritura comprometida, ha desarrollado una estética propia de marcado carácter alegórico. Por eso muchos dicen que cultiva un realismo simbólico que en ciertos aspectos lo aproxima al posterior realismo mágico.
La infancia del escritor quedó marcada por la Guerra Civil y el prolongado asedio de la capital y sus mejores cuentos, los más conocidos y premiados, son el fruto de esa experiencia traumática. Este cuidado volumen de Cátedra, extensamente introducido por  Israel Prados, recoge la que se conoce como Trilogía de Madrid y la Guerra Civil, integrada por tres colecciones que el autor editó a largo de más de veinte años, en orden cronológico: Largo noviembre de Madrid (1980), La tierra será un paraíso (1989) y Capital de la Gloria (2003). La primera agrupa 16 relatos casi todos inscritos en el marco temporal de comienzos de la guerra, cuando se inicia el cerco de Madrid y menudean los bombardeos de aviación y artillería sobre la ciudad. La segunda, de sólo 7 cuentos, da un salto temporal a la primera posguerra; años de humillación y miedo, de represión de los vencidos y aparición de una heroica pero inútil resistencia interior. Por último, en la tercera colección formada por 10 relatos, volvemos atrás y asistimos a los días previos a la rendición de la capital.
De lo dicho hasta ahora se evidencia el protagonismo de Madrid como escenario omnipresente en los cuentos; los frentes de lucha en la Casa de Campo o la Ciudad Universitaria; sus barrios obreros, Tetuán o Carabanchel, castigados por los bombardeos; la  Gran Vía y el Edificio de Telefónica como puntos de referencia para la artillería enemiga, y otros muchos lugares emblemáticos de aquel largo asedio de la capital. Por el telón de fondo de los relatos desfilan milicianos, brigadistas, comunistas, “emboscaos” y saboteadores quintacolumnistas. Percibimos además el horror de los bombardeos, el ánimo de resistencia del pueblo y también el hambre, la miseria y el cansancio de los vencidos; todo esto enfocado desde el bando republicano pero narrado con total ausencia de efectismo melodramático  y sin ánimo tendencioso.
Pero con todo, el asedio de Madrid, mucho más rico en elementos y matices que los resumidos antes, es sólo el  marco ambiental imprescindible, el trasfondo y escenario de unas historias esencialmente humanas, donde los auténticos protagonistas son hombres y mujeres que viven y sufren bajo las circunstancias extremas de la guerra y nos muestran su afán por sobrevivir, la necesidad de satisfacer las pasiones básicas, la contingencia y el riesgo de la propia existencia, mientras ponen en evidencia virtudes como la lealtad, el amor y el sacrificio, pero también las inclinaciones y pulsiones más negativas y secretas como la traición, la venganza, el egoísmo y la codicia.
El narrador de los relatos es variable. En muchos es el protagonista en primera persona quién cuenta su experiencia, en la mayoría un narrador omnisciente, en tercera persona, que penetra en los pensamientos y sueños de los protagonistas.
El estilo literario de Zúñiga es rico y sugerente. De una parte es un maestro en el uso de la elipsis sintáctica, pero sobre todo narrativa cuando omite elementos implícitos en la historia que se dan por sobrentendidos. En los cuentos abunda la analepsis, con frecuentes saltos temporales cuando el narrador recuerda su pasado o mediante el recurso a lo onírico. Cabe destacar la utilización de elementos esotéricos (adivinos, echadoras de cartas) como expresión de la fuerza caprichosa e inexorable del destino. También la ambientación nocturna, las evocaciones fantasmales de los protagonistas, los lugares oscuros  y el secretismo, refuerzan la sensación opresiva y misteriosa de muchos relatos. En cuanto a lo estructural, destacar la complicada sintaxis con largas oraciones sucesivas enlazadas por comas y la escasez de puntuación, que en mi opinión supone una dificultad y un reto para el lector.
Finalmente quiero insistir en ese equilibrio del escritor entre el compromiso ético, alejado de revanchismo, que utiliza la memoria histórica como medio de dignificar a los vencidos, y una intención estética propia que otorga singularidad al estilo realista de su generación. Recomiendo esta trilogía a los lectores que queremos, de una vez por todas, enterrar con decoro a todos los muertos de nuestra guerra civil, sin maniqueísmo y sin distinción de bandos e ideologías. Pero aviso, es un buen plato que debe ser degustado poco a poco, sin prisas, a pequeños bocados, solo así  disfrutaremos de unas historias ricas en matices pero de una complejidad estructural que requiere pausa y atención en la lectura.  

   

domingo, 23 de octubre de 2016

EL LAGO DE LOS CISNES. Piotr I. Tchaikovsky

Es la segunda vez en pocos años que tenemos la suerte de asistir a la representación de esta obra emblemática del ballet clásico. La primera fue hace seis, en diciembre de 2010, y estuvo a cargo del Ballet Estatal Ruso de Rostov. En esta ocasión, en los comienzos  de su gira por más de cuarenta ciudades españolas, nos ha visitado El Ballet Nacional Ruso, la primera compañía privada, fundada en 1989 coincidiendo con el derrumbe de la Unión Soviética. Está dirigida por un matrimonio de antiguos bailarines, Sergei y Elena Radchenko; él fue pareja de la mítica Maya Plisetskaya en el Teatro Bolshoy de Moscú, y ella la primera bailarina del no menos famoso Teatro Mariinsky de San Petersburgo. El repertorio de este grupo  incluye los principales títulos clásicos, incluidos los tres ballets de Piotr Illich Tchaikovsky (1840-1893), La Bella Durmiente, El Cascanueces y éste que nos ocupa, sin duda el más famoso.
El Lago de los Cisnes  fue compuesto por el genial músico ruso en 1875. Fue un encargo del Bolshoy y la coreografía original fue creada por Julius Reisinger.  Parece que en el proceso compositivo hubo desacuerdos entre músico y coreógrafo y en su estreno en 1877 la obra no fue bien aceptada por el público por lo que sufrió varias revisiones posteriores. La coreografía más aceptada y representada actualmente es la de Marius Petipa (1818-1910), un maestro de ballet francés que, afincado en Rusia, fue el principal artífice del gran ballet ruso del XIX.
La obra se representa en cuatro actos y el libreto se dice inspirado en un cuento de hadas alemán. El argumento es bastante conocido: El príncipe Sigfrido se enamora de Odette, una princesa que sufre el embrujo del mago Rothbar, convertida en reina de los cisnes que sólo adopta forma humana durante la noche. El amor  y la fidelidad del príncipe es el medio de romper el hechizo pero, cuando se celebra un baile en el que debe elegir  esposa, el malvado brujo le presenta a su hija Odile (cisne negro) bajo la apariencia de Odette. Sigfrido engañado le jura fidelidad eterna. En el último acto descubre la mentira y, tras luchar y vencer al mago, recupera a su amada. Existen varias versiones de este final, algunas en tono más dramático. 
La música de esta obra es brillante y espectacular. Algunos de sus pasajes  son muy conocidos, entre ellos el Vals de los Cisnes  o el tema de Odette que se repite como leitmotiv asociado a las apariciones de ésta. También es muy popular el pas de quatre conocido como Danza de los pequeños cisnes. En los dos actos (I y III), ambientados en el palacio, se suceden distintas danzas, húngaras y rusas, napolitanas, polkas y mazurkas, valses y hasta una danza española (tempo di bolero) en el acto III. Contrastan las alegres melodías de baile en estos actos con el romanticismo y la armonía de los otros dos (II y IV) que se desarrollan en el ambiente brumoso y nocturno del lago.
En cuanto a la actuación, destacada la pareja de primeros bailarines en los numerosos pas de deux que ofrece la representación, y también algunos otros personajes como el bufón. En todo momento,  los armónicos y sincronizados movimientos de las bailarinas corales evocaron la elegancia de los cisnes.
En fin, un estupendo y espectacular ballet que recordaremos con agrado porque no abundan las ocasiones de ver este tipo de representaciones en nuestra ciudad.    

martes, 27 de septiembre de 2016

LA ASESINA. Aléxandros Papadiamantis

La literatura contemporánea griega es para mí, y creo que para muchos lectores, una especie de terra incognita, un territorio desconocido e inexplorado hasta el momento. Si nos ceñimos al siglo XIX, y al movimiento realista, podemos citar con pleno conocimiento, o al menos de oídas, varios nombres de escritores; Pérez Galdós en España, Balzac y Flaubert en Francia, o los rusos Chejov, Gogol, Tolstoi, entre otros. Ahora llega a mis manos esta novela, que por su breve y explícito título sugiere puro realismo, y descubro que su autor está considerado el mayor prosista de la Grecia moderna y ésta  su obra cumbre. 
Se dice de Aléxandros Papadiamantis (1851-1911) que fue el Dostoyevski griego, porque su literatura, igual que la del genial escritor ruso, explora la piscología humana en el contexto social e histórico de su época. Nació en Scíathos, una pequeña isla de las Espóradas muy próxima a la costa de Tesalia, en la Grecia central. Era de familia pobre, hijo de un pope ortodoxo, y tuvo que pagarse trabajando los estudios de filosofía en Atenas, que nunca terminó. Alcanzó fama, en su tiempo y entre su pueblo, con cuentos y novelas que publicaba en prensa por entregas. Vivió humildemente sin sacar auténtico provecho económico de su popularidad, y al final de su vida retornó a su isla natal. Algunos lo consideraron una especie de monje o anacoreta seglar.
          Las novelas de Papadiamantis reflejan la idílica vida del campo pero también la miseria de los campesinos y de los barrios pobres de Atenas. La piadosa religiosidad del pueblo siempre subyace en esos ambientes. Escribió en su propia versión de la kazarévusa, una variante de la antigua koiné helenística que fue utilizada hasta 1976 como idioma culto y de la administración frente al demótico o griego popular, que finalmente  se impuso como lengua oficial. Por ese motivo la traducción de sus obras presenta cierta dificultad añadida.
          La asesina (1903) es una novela corta que narra la historia de Jadula Fragoyanú, una mujer que trabaja duramente para sacar adelante a su familia. Hace de todo pero es muy valorada como curandera, herborista y comadrona. Las penosas condiciones de vida que sufre y aprecia en su entorno, junto con un pensamiento religioso que la arrastra a conclusiones aberrantes pero lógicas, la inducen a unos asesinatos piadosos, una especie de contradictoria eutanasia religiosa. Cuando se recupera de la enajenación y es consciente de sus actos huye acosada por el remordimiento y el relato concluye con una frase lapidaria en un final que recuerda la antigua tragedia griega. A propósito de ésta última, la protagonista presenta rasgos y actitudes que remiten al personaje trágico de Medea. La inspiración clásica está presente en varios momentos; así cuando la protagonista reza una oración en la que pide protección a la Virgen mientras alude a las antiguas Parcas, las diosas que personifican el destino.  
          La historia se ambienta en la isla de Scíathos y se cuenta  en tercera persona por un narrador omnisciente que ocasionalmente pasa a primera persona cuando nos muestra los pensamientos de Jadula. La trama argumental se estructura en dos planos temporales; la acción se desarrolla en 1870, en el presente de la protagonista, considerada anciana con 60 años. Desde ese tiempo va evocando su pasado, la infancia durante de la Guerra de Independencia griega, su juventud bajo la incipiente república de Kapodistrias y la madurez en tiempos de la monarquía de Otón I y Jorge I. Las referencias temporales son escasas pero muy precisas, pensadas para que un lector griego se oriente con facilidad, pero exigen un esfuerzo adicional a los lectores de otras nacionalidades. El estilo literario es directo, asequible y muy descriptivo, como suele serlo en los autores realistas del XIX.
          Papadiamantis demuestra en esta novela una profunda comprensión de la psicología femenina. Además de la protagonista, casi todos los personajes secundarios son mujeres mientras que los hombres son enfocados casi siempre desde una óptica femenina. El escritor, a pesar de su fuerte convicción religiosa, no juzga los actos de Jadula sino que los enmarca, sin justificarlos ni condenarlos, en el contexto social que los condiciona, en suma es humano y piadoso con su protagonista.
          Se trata pues de una novela interesante y de fácil lectura. Una pequeña reparación de mi ignorancia en cuestión de literatura griega moderna y el descubrimiento de un buen escritor. 


sábado, 24 de septiembre de 2016

CARMINA BURANA. Carl Orff

Este año, el XVII Festival de Otoño de Jaén ha tenido una estupenda inauguración. Nada menos que los Carmina Burana, del compositor  alemán Carl Orff, una de las piezas más conocida y popular de la música clásica moderna. Que yo recuerde, es la primera vez que se interpreta en nuestra ciudad y el escenario  fue el más acorde posible para ambientar estos cantos de los goliardos medievales, la Plaza de Santa María con la Catedral como telón de fondo.
            En esta cantata escénica,  que fue compuesta para solistas, coros y orquesta, todo es espectacular, tanto la brillante polifonía coral como una original orquestación en la que predomina el ritmo más que la melodía, con una papel destacado del metal y la percusión. La obra está integrada por 24 cantos, la mayoría en latín, agrupados en tres partes, precedidas por el apoteósico Fortuna Imperatrix Mundi  con el que también finaliza la obra.
          Para esta ocasión se ha conseguido reunir un numeroso coro  integrado por varias agrupaciones, la Cantoría de Jaén, la Coral Aída, el Orfeón Santo Reino, y el Coro de la Orquesta Sinfónica del Festival de Otoño de Jaén, y un conjunto instrumental integrado por 70 músicos que se presentaba en esta obra. La ejecución musical  me pareció magnífica en todos los aspectos, y con el tempo adecuado al ritmo trepidante que exige la interpretación de muchas de las escenas. La parte coral también fue espectacular por el número de voces y la conjunción de las mismas. Los tres solistas, tenor, soprano y barítono resultaron excelentes. Naturalmente, por tener mayor protagonismo en los cantos, destacaron los dos últimos. En particular el barítono integró canto y escenificación en alguna escena de la II parte, titulada In Taberna, representando a un monje borracho.
          Como la interpretación se daba en espacio abierto fue necesario la instalación de micrófonos y ese precisamente fue el talón de Aquiles del espectáculo, con alguna que otra reverberación. En particular la notable actuación del tenor  resultó dañada por altibajos de sonido.
          De cualquier forma quiero destacar que la ejecución de una obra musical tan exigente en voces y orquestación como ésta, demuestra la madurez alcanzada por las agrupaciones corales y las orquestas de nuestra ciudad y provincia. Día a día las he visto crecer, creando afición y cantera  de músicos y cantantes, mientras asumen en cada ocasión mayores retos musicales.
          Espero que podamos disfrutar en un futuro, no demasiado lejano, de una nueva interpretación de los Carmina Burana, a ser posible en local cerrado. Sin duda mermaría la ambientación pero ganaría en sonoridad natural.


jueves, 22 de septiembre de 2016

LAS BACANTES. Eurípides. Sennsa Teatro Laboratorio

En estos días, en el marco del programa cultural Noches de Palacio, ya en las postrimerías del verano, he asistido a la representación teatral de Las Bacantes, en el patio de los Baños Árabes de nuestra ciudad.
          Sé que no abundan los amantes de la tragedia griega, demasiado alejada de nuestra sensibilidad actual. Pero se trataba de una versión libre de la tragedia de Eurípides, y puedo asegurar que la fidelidad al texto original se reduce a unos pocos fragmentos. En cambio resultó ser un espectáculo total con predominio de la coreografía acompañada de música, canto y declamación. Los actores desarrollaron la trama con un ritmo trepidante, físico y agresivo hasta recordar la gimnasia circense, y consiguieron transmitir esa tensión dramática al espectador hasta el punto de dejarnos extenuados en nuestros asientos. Los cantos y bailes rituales de las bacantes, la música, el atrezo y vestuario, los juegos de luces, todo contribuyó a crear esa atmósfera fantasmagórica y esotérica de los misterios y ritos dionisíacos.
          La trama argumental representa el enfrentamiento entre Dionisos que simboliza la parte instintiva del ser humano, sus pasiones, el subconsciente, la fantasía y hasta la locura, y el rey Penteo que representa la racionalidad, la lógica, el poder y las leyes. En resumen, el conflicto que provoca esa dualidad de la naturaleza humana.
      La actuación de los actores del grupo sevillano Sennsa Teatro Laboratorio fue magnífica. Creo que dejó satisfechos a los amantes de la tragedia clásica, pero incluso los que no lo son quedaron impresionados.
       La obra tiene muchos aspectos destacables que analizar, y la representación merece un comentario más amplio, pero una cierta sobrecarga de eventos culturales en corto periodo de tiempo me obliga a ser sucinto.

martes, 20 de septiembre de 2016

LA LOCA DE LA CASA. Rosa Montero

La idea de mestizaje parece ser una de las pautas que definen el panorama literario actual. Y como la novela sigue siendo, por muchas razones, el género mayoritariamente preferido del público, la creación literaria tiende a introducir  dosis de ficción o técnicas de la narrativa en otros géneros considerados más serios. Surgen así nuevos subgéneros como la historia novelada - no confundir con novela histórica- o la biografía novelada. Muchos autores hablan de explorar los difusos límites entre ficción y realidad, pero yo sospecho además la intención de atraer y asegurar el éxito editorial. Esto no supone de mi parte una valoración negativa y no defiendo, desde luego, la estricta separación entre géneros, pero a veces me parece detectar cierto interés por suscitar en el lector esa sensación de mezcla o mestizaje  literario.
La obra que comento hoy, puede ilustrar esa impresión personal. La sinopsis promocional de contraportada comienza con la siguiente frase: “Este libro es una novela, un ensayo, una autobiografía”. De inmediato nos viene a la mente un nuevo subgénero, real o ficticio, el ensayo novelado. Pero si repasamos y profundizamos en el concepto de ensayo, como obra de reflexión subjetiva sobre un tema, generalmente humanístico, tratado con estilo literario, de forma no sistematizada, abierto a lo anecdótico y a la divagación, comprenderemos que este género puede incluir en sí mismo aquellos aspectos narrativos o autobiográficos. Sin embargo, el lector medio suele tener una idea de ensayo muy próxima al tratado o la disertación, subgéneros didácticos emparentados con el primero pero bastante más graves y objetivos, y por tanto menos o poco amenos.
Tampoco debe extrañar que Rosa Montero (1951) haya escrito este libro, sea cual sea la etiqueta que lo clasifique. A fin de cuentas su propia carrera literaria es híbrida. Muy popular y valorada por sus artículos de prensa en El País -otra modalidad de ensayo-, que alterna con  una considerable producción narrativa entre la que destaca su novela más conocida, La hija del caníbal. Esa dicotomía entre periodismo y ficción literaria la resuelve en esta obra  cuando declara su predilección por la segunda.
La loca de la casa (2003) es un libro con vocación y voluntad  meta-literaria. Así se reconoce cuando en la introducción la escritora, que es narradora en primera persona, manifiesta su intención de escribir sobre “el oficio de escribir”, es decir, literatura sobre literatura. A partir de ahí despliega sus reflexiones en torno a la creatividad narrativa como vínculo que une la fantasía con la realidad, el caos y la locura con la razón. La imaginación -la loca de la casa, en palabras de Santa Teresa- es la premisa básica de la ficción novelesca, y la inspiración (las Musas, o el daimon) es el desencadenante, autónomo e inconsciente, del impulso creativo. El pensamiento de la autora se recrea en aspectos tales como el paralelismo entre pasión amorosa y literaria, ambas fruto de una locura pasajera; la literatura como deseo de trascendencia o como  expiación y  purificación de culpas; o las relaciones entre locura y literatura. Y de lo   metafísico deriva hacia aspectos más pragmáticos, como el proceso de elaboración de una novela; la difícil relación del escritor con el poder; el fracaso literario y las imposiciones del mercado editorial; la figura de la esposa del escritor, y otras muchas cuestiones. Rosa Montero ilustra  estas reflexiones con sus propias experiencias y anécdotas de otros escritores. Nos cuenta su obsesión por los enanos, trasunto de sus carencias y enfermedades de la infancia, y curiosidades como la vanidad de Italo Calvino o la sumisión de Goethe a sus patronos, los duques de Weimar. Rechaza el sexismo en la literatura y las dificultades de las mujeres escritoras pero no evita destacar la diferente sensibilidad narrativa ligada al género. Encontramos también numerosas referencias a lecturas que la impresionaron o sirven de ejemplo a sus opiniones. Pero es en el terreno de lo personal, donde la escritora nos previene sobre la irrealidad de lo autobiográfico, porque las traiciones de la memoria, lo evanescente de los recuerdos, o el interés del escritor por mejorar la propia imagen, tienden a difuminar los límites entre lo vivido y lo imaginado.
El estilo es libre y no sistemático aunque presenta ideas recurrentes que aportan cohesión a la exposición. El lenguaje es directo y sin artificio lo que suma amenidad sin restar profundidad. Las alusiones a obras como Ensayo sobre la tolerancia de Voltaire, Las Guerras Judías de Flavio Josefo, o un cuento de Marguerite Yourcenar, no son florituras eruditas sino precisas y pertinentes al relato expositivo, y su intención divulgativa no desorienta al lector. Algunas historias, como la de Humboldt y el loro de los atures, superan lo ilustrativo y rayan en lo poético.
En fin, en mi opinión se trata de un estupendo ensayo que se lee con facilidad. Los lectores que escribimos, aun sin ser escritores, podemos sentir y compartir muchas de esas reflexiones en torno a la narrativa. Muchos pensamos lo mismo pero no lo sabemos expresar adecuada o bellamente con palabras. Esa es la dificultad y la grandeza del oficio de escribir.

domingo, 4 de septiembre de 2016

LA MARCHA RADETZKY. Joseph Roth

El autor de esta novela  se consideraba a sí mismo parte de la literatura alemana desterrada, integrada por autores que vivieron en el periodo de entreguerras europeo y fueron proscritos en su patria. A ese grupo perteneció también su amigo Stefan Zweig (1881-1942) y la biografía de ambos escritores presenta notables similitudes en esa dramática época. 
Joseph Roth (1894-1939) era austriaco y de origen judío como aquel. Vivió del periodismo y alcanzó en esta especialidad bastante consideración en Viena y Berlín. Su producción literaria fue extensa pero con la llegada del régimen nazi tuvo que exiliarse y sus libros fueron prohibidos y quemados públicamente. El mundo de su juventud se hundió con la Gran Guerra y su prematura muerte, durante la primavera de 1939, le evitó ser testigo de la nueva hecatombe europea que se puso en marcha en el otoño de ese mismo año. Aunque nació en Ucrania siempre se consideró ciudadano austrohúngaro y escribió en alemán. En su juventud simpatizó con el socialismo pero también fue firme defensor de los Habsburgo y en su madurez se convirtió al catolicismo por nostálgica fidelidad a esa monarquía. Se dice que a su funeral acudieron judíos y católicos, monárquicos y comunistas, lo que prueba un carácter abierto y tolerante. Su tumba en París tiene un sencillo epitafio: “écrivain autrichien mort à París”. En fin, su obra literaria fue reconocida de forma póstuma pero, como en el caso de Stefan Zweig, progresivamente olvidada.
La marcha Radetzky (1832) es la obra más conocida de Joseph Roth. El título, que se refiere a la famosa composición de Johann Strauss (padre), aparece con frecuencia a lo largo del relato y creo que tiene un doble simbolismo, el esplendor de un mundo y también su ocaso. El propio mariscal  Radetzky representó el canto de cisne del ejército austriaco, sus últimas victorias en el siglo XIX y el frustrado intento de modernizarlo, con fatales consecuencias a principios del XX.  
          La novela cuenta la historia de los últimos cincuenta años del Imperio Austro-húngaro a través de los Trotta, una humilde familia eslovena encumbrada a la nobleza gracias al abuelo, el héroe de Solferino; un teniente de infantería que salvó la vida del joven emperador Francisco José I en esa batalla. La suerte de tres generaciones de esa saga familiar corre paralela a la de la monarquía vienesa que, amparada en la tradición, la disciplina y la rigidez burocrática, es incapaz de adaptar sus estructuras a los nuevos tiempos y asiste impasible a la progresiva desintegración de su imperio multinacional, acelerada por el auge de los nacionalismos y la revolución social. Las vicisitudes de los Trotta  nos introducen en un mundo aristocrático de lujo, valses y brillantes uniformes militares, que todos conocemos por las películas de Sissi. Una sociedad, deslumbrada por falsos oropeles y refugiada en anticuados códigos de honor, que contempla con ignorante naturalidad el servilismo y miseria de los campesinos, la agitación del incipiente movimiento obrero, la tendencia separatista de las distintas etnias, o el resurgir de la xenofobia antisemita.  El reflejo de esa inconsciencia suicida queda patente en el episodio del baile de gala en el que se anuncia el asesinato de Sarajevo, acogido con estupor y eufórico ardor guerrero por los caballeros y con aturdimiento sembrado de malos presagios, por parte de las damas. Una escena muy parecida, que todos conocemos, se desarrolla en el baile de los confederados, una de las primeras en la película Lo que el viento se llevó.
          La trama argumental está muy bien elaborada y se desarrolla de forma armónica  hasta el dramático desenlace que sospechamos y deseamos al mismo tiempo como colofón. Porque la desaparición de un mundo y de una forma de vida, envueltos en auras de épico romanticismo, debe tener una resolución trágica. Sin embargo el escritor no abusa de ese efecto; la historia trascurre de forma natural e inexorable hacia el lógico final, en algunos momentos, hay que decirlo, con cierta lentitud y falta de tensión. El lenguaje es elegante y directo, oscilante entre lo nostálgico y la ironía. El narrador es omnisciente y utiliza la tercera persona. En solo una ocasión parece tomar protagonismo, quizás sea la propia voz del autor, y se dirige al lector con reflexiones personales, desde un  tiempo futuro a lo narrado, cuando habla de los cambios sociales posteriores a la guerra. El único personaje histórico, el emperador Francisco José, participa como protagonista en varios momentos de la acción. Se dice que esta técnica fue novedosa en cuanto a la novela histórica pero no puedo asegurar si es cierto.
En resumen, se trata de una buena lectura, amena y con interesantes aspectos divulgativos, algo importante en este subgénero literario que actualmente no pasa por buen momento, por saturación de títulos y escasa calidad de los mismos.
          Comentaré por último algo anecdótico. La portada del libro es un pequeño desastre por culpa de ese “Oficial de cazadores a caballo de la Guardia Imperial, a la carga” (Théodore Géricault-1812), una imagen perteneciente a las guerras napoleónicas. No puedo dejar de hacer esta aclaración, a riesgo de resultar pedante, porque en una novela histórica este anacronismo tiene su importancia y no debe ser pasado por alto. En lo  relacionado con la Historia, se debe intentar la precisión. No todo vale y no conviene mezclar churras con merinas.     

          

martes, 30 de agosto de 2016

VIENTO DEL ESTE, VIENTO DEL OESTE. Pearl S. Buck

El concepto de libro, entendido como soporte físico de la obra literaria impresa, está actualmente en revisión tras la aparición de nuevos formatos como el libro electrónico (e-book) o el audiolibro. En la evolución hacia esas modernas técnicas de edición somos aún muchos los lectores que nos aferramos a la tradición. Nos gusta el libro como objeto, valoramos su presentación en la portada, su estructura  en la encuadernación, calidad del papel o caracteres tipográficos. Nos deleita el olor de sus páginas nuevas cuando las desplegamos en esa primera y quizás única lectura que nos abre a nuevos mundos. El libro de papel impreso tiene además una cualidad que me impresiona –valga la redundancia- y  es que envejece con nosotros, como propio en nuestra biblioteca u olvidado y ajeno en los anaqueles de las librerías de viejo. Me refiero a esos libros que, aún con buen uso, tienen ya las sobrecubiertas rozadas y agrietadas en los bordes, cuyas hojas han perdido la tersura y el blanco virginal, que adquieren con los años una textura ligeramente rígida y rugosa, una tonalidad de suave ocre y sobre todo un olor especial e indefinible pero no desagradable. En fin, esos libros usados son una metáfora del paso del tiempo, la expresión del saber y la cultura sedimentada, la serena desilusión ante el desenlace ya conocido, trasunto de nuestro propio escepticismo vital, pero también un evocador retorno a las ilusiones juveniles. 
Esta introducción de claro matiz nostálgico me la inspira la novela de hoy que fue superventas hace muchos años pero no leí entonces. Ahora la vuelvo a encontrar y me reclama su lectura como asignatura pendiente de aprobado. Su portada quedó grabada en mi memoria como otras muchas de aquella colección que fue muy popular en los años 60 y 70 del pasado siglo. Me refiero a la Reno (Plaza & Janes), una serie de libros de bolsillo muy económica, de hojas sin coser unidas al lomo por cola y encuadernada en rústica tapa blanda, pero con unas sobrecubiertas muy coloristas que representaban las escenas más destacadas o dramáticas de la trama argumental. Con esos libros conocí en mi juventud a escritores como W. Faulkner o J. Steinbeck, y aún conservo en mi biblioteca títulos como Sinué el egipcio (M. Waltari) o Chacal (F. Forsyth), en buen estado de conservación.
Pearl S. Buck (1892-1973), fue una de las estrellas de Reno, que llegó a editar, junto a esta novela, hasta 16  de sus títulos más conocidos, entre otros La buena tierra (1931), La madre (1934) y La estirpe del dragón (1942). La escritora norteamericana era hija de misioneros presbiterianos establecidos en China y vivió cuarenta años de su vida en ese país. Fue educada por su madre y un tutor chino y dominó desde la infancia el idioma inglés y el mandarín. Su profundo conocimiento de la cultura china y sus tradiciones la indujo a divulgar sus valores en el mundo occidental y a ese fin dedicó la mayoría de su obra literaria. Una tarea que llevó también al terreno del activismo social, concretado en la fundación de una agencia de adopción de niños asiáticos y en  la  Asociación East and West, dedicada al intercambio cultural entre oriente y occidente. Quizás como reconocimiento a esta labor divulgativa recibió el Premio Nobel de Literatura en 1938.     
Viento del este, viento del oeste (1929) fue la primera novela de la escritora. Se trata de una historia intimista narrada en primera persona por la protagonista Kwei-Lan, una joven de 17 años, hija de una familia perteneciente a la antigua aristocracia imperial, educada en los valores tradicionales y preparada para ser una buena esposa en un matrimonio concertado desde su nacimiento. Su marido por el contrario se formó como médico en Estados Unidos y tiene una mentalidad moderna y occidental. El fuerte contraste entre las dos formas de entender la vida y la relación matrimonial provocará en la esposa una lucha interna de sentimientos enfrentados que finalmente superará, al tiempo que en su propia familia se desarrolla un intenso drama provocado por el mismo enfrentamiento cultural.
Aunque no se dan referencias temporales ni espaciales, la narración está  ambientada en la China de comienzos del  siglo XX. Unas décadas antes el país había iniciado su apertura a occidente, no exenta de conflictividad política. La protagonista cuenta sus vivencias y dirige sus confidencias a una amiga, a la que llama hermana, extranjera pero conocedora de las costumbres orientales, que bien pudiera ser la propia escritora. El lenguaje es sencillo y directo al tiempo que emotivo.
El relato destaca la rigidez protocolaria en las normas de conducta de la sociedad china y describe sus costumbres, matizadas por la visión ideal y poética de la protagonista, en un tono amable que incita a la comprensión, la tolerancia e incluso cierto grado de admiración. No obstante, la escritora no puede evitar la vanidosa exhibición de superioridad cultural, tan típica de la mentalidad misionera y colonial occidental, cuando en los avatares de la historia se resalta la utilidad de la moderna medicina occidental y se reduce la oriental a meras prácticas supersticiosas.
Cuando fue editada la novela tuvo la virtud de suscitar el interés del lector occidental por la cultura china. Al español llegó algo más tarde y fue muy comentada entre los jóvenes de los años 60. Ahora, el paso del tiempo ha desvaído sus páginas y atenuado el interés y la emotividad de la historia narrada. Y pese a todo, sigue siendo un buen libro que merece ser recomendado.
Para terminar una aclaración. Ha sido la antigua portada del volumen editado por Reno, escaneada en Internet, la que ha despertado mis recuerdos y provocado las reflexiones en torno a los libros de la colección. Pero, tengo que confesarlo, no he tenido en mis manos el viejo ejemplar impreso, lo he leído en formato electrónico. De nuevo la tradición, el progreso y la evolución. Viento de ayer, viento de mañana.

miércoles, 24 de agosto de 2016

MI VIDA QUERIDA. Alice Munro

Antes de iniciar el comentario de una obra suelo recoger de forma somera algunos datos biográficos del escritor que me ayudan a contextualizar la lectura, pero evito consultar otros comentarios o críticas sobre la misma para que mis propias opiniones no resulten condicionadas por las de otros. La de hoy es una clara excepción a ese veto previo que me impongo, porque esta colección de cuentos me ha dejado sin ideas, sin palabras, literalmente in albis-que dicen los latinos-y no precisamente por fuerte impresión o impacto emocional. Será necesario, pues, recurrir más de lo que quisiera a ideas y opiniones ajenas.
No conocía a Alice Munro (1931) y resulta que esta veterana escritora fue galardonada con el Nobel de Literatura en 2013. Nació en Ontario, la región de los Grandes Lagos norteamericanos. Era hija de granjeros y parece que su infancia se vio afectada por las penurias económicas propias de la gran depresión y las posteriores restricciones en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Ha vivido dos matrimonios y varios cambios de residencia pero siempre en Canadá. A partir de los años 70 se estabilizó de nuevo en su región natal y se consagró como escritora. Su especialidad son los relatos cortos que ha agrupado y editado en sucesivas colecciones. Creo que sus cuentos están claramente marcados por la propia biografía y, si la repasamos,  encontraremos reflejados en ellos los lugares, el ambiente social y quizás experiencias o impresiones de su infancia y juventud.
           Mi vida querida (2012) es su última colección de cuentos. Está integrada por diez relatos y, a modo de apéndice final, otros tres que la autora califica de autobiográficos y parecen una confesión de sentimientos y sensaciones en torno a los recuerdos de su infancia.
                     La mayoría de las historias están ambientados en pueblos de Ontario o la Columbia Británica. Pequeñas villas rurales de ambiente un tanto opresivo, donde todo el mundo se conoce y nunca pasa nada especial, que recuerdan a los pueblos del medio oeste norteamericano. Comunidades que aún respiran la atmosfera puritana de los primeros colonos, bajo la dirección de pastores evangelistas, anglicanos o unitarios. Los narradores son múltiples, omnisciente en tercera persona, narrador testigo, y en muchos casos enfocados desde la perspectiva de una narradora protagonista en primera persona, niña o joven, que cuenta vivencias de su infancia o juventud, a veces como recuerdos cuando ya son adultas. El marco temporal predominante son los años 40 y 50 del pasado siglo, años de depresión económica como se ha dicho; con cierta similitud al mismo periodo histórico que en nuestro país se dio en llamar la España en blanco y negro. El tren aparece en muchos relatos quizás como símbolo del viaje como devenir de la vida o como ilusionada huida hacia otra vida posible.
          Dicen los críticos y admiradores de la escritora que su prosa es natural, cercana al lector y abundante en elipsis que buscan su complicidad. Que estas historias giran casi siempre en torno al amor. Que exploran las relaciones humanas en contextos cotidianos. Que sus personajes  se dejan arrastrar por la inercia de los acontecimientos y se caracterizan por la inacción. Por esto, y por la calidad y el crudo realismo de los relatos, se ha llamado a Alice Munro, la Chejov canadiense.
          Naturalmente estoy de acuerdo con estas apreciaciones, sería presunción por mi parte no compartirlas. Pero añadiré que los frecuentes vacíos o elipsis, quizás fáciles de rellenar por un lector canadiense, suponen una cierta dificultad para lectores menos familiarizados con las costumbres y ambiente de ese país. Que el amor que trasciende los relatos suele ser frustrado o insatisfecho, y en ocasiones con matices crueles. Que las relaciones interpersonales, descritas con frio realismo, quedan despojadas con frecuencia de emotividad. Que los giros inesperados, un elemento característico del relato breve, son a menudo previsibles.
          Es normal que en una colección de cuentos, cada lector tenga sus favoritos. Los míos son estos: Corrie, el amor defraudado que se mantiene por inercia. Admunsen, la relación entre una joven y un hombre maduro en un entorno triste. Llegar a Japón, el viaje de una mujer casada en pos de una ilusión. Grava, el sentimiento de culpa que se arrastra toda una vida. Como siempre, lamento ser tan poco explícito. Me lo agradecerán quienes quieran leer estos relatos.
         En fin, cuando un libro como este me deja algo insatisfecho, más si se trata de una autora consagrada y elogiada por la crítica especializada, siempre sospecho de mi propia ignorancia o capacidad de análisis. Quizás tampoco he sintonizado con la sensibilidad de la escritora o con una mentalidad tan distinta de nuestra mentalidad latina. En cualquier caso tengo que admitirlo, estos relatos me han dejado frio y no han conseguido engancharme en una lectura casi de tirón, algo que me pasa con muchas otras colecciones de cuentos. En mi opinión les falta esa chispa indefinible que atrae y atrapa en la lectura. Deseo a futuros lectores mejores sensaciones que la mías.  

sábado, 6 de agosto de 2016

OBRA POÉTICA. Baltasar del Alcázar

Tengo que reconocer mi deuda con este antiguo poeta sevillano del que he tomado en préstamo parte de sus señas de identidad. Para empezar, titulé mi blog con el nombre del personaje que encabeza su poema más conocido, el que empieza con los versos: En Jaén donde resido/vive Don Lope de Sosa.. Más tarde seguí  utilizando ese literario pseudónimo en las redes sociales, y  para rematar la faena puse como foto de mi perfil el único retrato conocido del poeta, un dibujo publicado nada menos que en 1599. En el retrato aparece avejentado, con barba cana, engolado a la moda de su tiempo y ostentosamente laureado de una fama literaria que, según dicen, acaso no traspasó los límites de su ciudad natal. Estas apropiaciones las justifico por mi inicial recelo hacia la red y la intención de mantener el anonimato. Ahora cuando, a pesar de todas esas precauciones, Google me conoce bastante más de lo que debiera y me felicita por mi cumpleaños, me busca amigos o conoce mis aficiones, me alegra pensar que al menos no puede utilizar mi imagen y nombre real. He mantenido pues esa pequeña usurpación de personalidad que me exonera de pagar derechos de imagen o de autor, inexistentes en el siglo XVI.
   En el marco poético del Siglo de Oro, que comprende todo el XVI y gran parte del XVII, a Baltasar del Alcazar (1530-1606) se le puede encuadrar en la llamada Escuela sevillana, cuyo máximo representante fue Fernando de Herrera (1534-1597) y a la que también pertenecieron Gutierre de Cetina (1520-1557) y Rodrigo Caro (1573-1647) entre otros. De lo poco que he leído sobre este grupo de poetas renacentistas, deduzco que fueron una especie de transición entre la lírica petrarquista típica de Garcilaso de la Vega y los dos grandes de la poesía  barroca, Luis de Góngora y Francisco de Quevedo

   Como otros muchos en su siglo, nuestro autor fue antes soldado que poeta. Militó en las galeras de Don Álvaro de Bazán, fue hecho prisionero aunque no terminó mutilado –recordar al manco de Lepanto-  y parece que estuvo un tiempo destinado en la guarnición del castillo de Jaén. Después entró al servicio del duque de Alcalá y del conde de Gelves, entre otros cargos fue alcaide del castillo y villa de los Molares y se dedicó a negocios especulativos y de rentista. No debió de sufrir penurias económicas porque padecía de gota, la enfermedad de la nobleza, y a ese mal dedicó algunos de sus poemas. En el plano literario, no gozó de fama en su época, sus poesías no fueron publicadas y se han conservado gracias a un manuscrito de su amigo, el pintor Pedro Pacheco, que las recopiló, junto a su único retrato, en un libro de ostentoso título: Libro de Descripción de Verdaderos Retratos de Ilustres y Memorables Varones. La posteridad tampoco le hizo justicia, ha sido casi ignorado por la crítica literaria, escasean los estudios sobre su obra y en los manuales de literatura se cita apenas su nombre asociado al poema ya mencionado, Cena jocosa, que se pone como ejemplo de poesía  burlesca de tema anacreóntico.
          Este volumen, titulado Obra completa (2001), es la segunda de las dos únicas ediciones conocidas que  recogen la obra del poeta, un total de 237 poemas más otros 15 de dudosa atribución. Se trata de una edición de alta calidad, precedida por una estupenda introducción de Valentín Nuñez Rivera, tan técnica que los lectores poco especializados deberían leer a salto de párrafo, seleccionando sólo las ideas importantes.
        Su producción lírica fue muy variada. En cuestión de métrica dominó tanto los versos endecasílabos como los octosílabos, también las estrofas, cuartetos, tercetos y principalmente los sonetos. En cuanto a las composiciones, escribió odas, epístolas, epigramas, glosas, canciones y villancicos. Sus temas son igualmente variados; poesía religiosa en la que exalta a la Virgen o el dogma de la Eucaristía muy valorado por la Contrarreforma; poesía amorosa fijada en sonetos de estilo petrarquista; poesía culta de tema mitológico clásico; poesía laudatoria a sus mecenas  nobiliarios; sonetos misivos dedicados a los escritores sevillanos de su generación. Pero su auténtica originalidad es la poesía burlesca, satírica en su contenido y basada en la parodia que vulgariza los códigos estéticos y los ideales renacentistas. Su burla se extiende, de forma inmisericorde, a las costumbres de su tiempo; a las mujeres, que no son aquí el ideal de dama sino prostitutas, retratadas en sus defectos físicos, livianas de costumbres y manipuladoras en el amor; a los maridos cornudos y a las limitaciones venéreas en la edad senil. Viaja a contracorriente cuando se ríe abiertamente del tema pastoril y bucólico al estilo horaciano y reivindica la vida ciudadana. La sátira se extiende a la propia poesía cuando critica la obsesión por los versos consonantes que obligan al abuso de arcaísmos y cultismos para conseguir la rima a costa de hacer el contenido ininteligible. Sus poesías eróticas abundan en disemias o palabras y frases de doble sentido y parodian la lascivia de frailes y monjas. El poema titulado Diálogo entre dos perros es un claro precursor de la novela picaresca y en concreto del Coloquio de los perros de Cervantes.
          En fin, la lírica de Alcázar es una exaltación de los goces de la buena mesa y del amor, y también una burlesca desmitificación de los valores éticos y estéticos imperantes en su momento, que no respeta ni asuntos tan serios entonces como el honor, la guerra, el amor o la poesía. Es también contradictoria, religiosa en su deseo de expiación de culpas propias y adhesión al dogma, pero profundamente anticlerical; culta pero crítica con su propia estética y popular en el fondo. El conjunto de su obra abunda en curiosidades; como ejemplo cabe señalar un poema en el que se burla de la fiesta de los toros, y otro en el que satiriza los pronósticos de los astrólogos.
          Para terminar, no diré que todos los poemas resulten interesantes, algunos son bastante crípticos, otros aburridos por exceso de cultismos. En el libro hay que buscar las perlas, que son muchas, y pasar por alto el resto. En cualquier caso, con esta lectura, entendida como curiosidad literaria, creo haber saldado mi deuda con Baltasar del Alcázar.





martes, 19 de julio de 2016

LA SUITE DE MANOLETE. Joaquín Pérez Azaústre

Este libro resulta buen ejemplo para ilustrar como se puede elaborar un argumento a partir de elementos temáticos heterogéneos y en principio inconexos, pero bien amalgamados y estructurados, para conseguir una historia atractiva que sustente la atención del lector hasta el desenlace. Creo que ese resultado lo ha alcanzado, en este caso y con cierta maestría, Joaquín Pérez Azaústre (1976), escritor cordobés que, a pesar de su relativa juventud, tiene editada ya una considerable obra literaria en géneros como poesía, novela y ensayo, que alterna con frecuentes colaboraciones en prensa.
La suite de Manolete (2008) es la cuarta y penúltima de sus novelas. Un relato de intriga con matices de serie negra que mezcla con inteligencia ficción y realidad, en un juego que especula con los imprecisos límites entre una y otra, cuestión muy de moda en la narrativa actual. La historia se localiza temporalmente en 1989, y los protagonistas son tres amigos, antiguos compañeros de estudios, Bruno Díaz, Fabián Alder y Jon Garcés. A éste último le encargan una biografía sobre Manolete y muere de forma inesperada y sospechosa. El suceso coincide con el estreno de una ficticia película sobre el diestro cordobés, del mismo título que la novela, producida por un ambicioso magnate de la presa con cierto perfil mafioso. Bruno inicia una investigación que lo sumerge en una espiral de acción mientras indaga sobre inquietantes hechos del pasado, y es en ese terreno donde lo real penetra en la trama. Por lo pronto aparece otra película, Brindis a Manolete (1948) de Florián Rey que se estrenó un año después de la muerte de aquel, protagonizada por Paquita Rico y Pedro Ortega, un actor mediocre pero casi un doble del torero (véase foto de portada). También se incorpora al relato el conocido como asunto Adonais 1950, una especie de fraude literario protagonizado por el poeta José García Nieto y una falsa poetisa, Juana García Noreña, pseudónimo con las mismas iniciales del escritor, que escondía a una mujer real, Angelines Fernández Borbolla, utilizada en una farsa que la mantuvo en candelero  durante un tiempo hasta ser descubierta y  desaparecer después cuando dejó de ser noticia. Un destino que guarda cierta similitud con el de Lupe Sino, la actriz y novia de Manolete que compartió con el diestro las portadas de las revistas del corazón y se eclipsó totalmente tras su muerte en 1947. En la evocación de esas historias del pasado, algunos de sus protagonistas reales penetran en la trama como personajes que dialogan con los ficticios en un juego de matiz metaliterario; tal es el caso del periodista Eduardo Haro Tecglen o el propio poeta García Nieto
          En el desarrollo argumental, entre exposición y desenlace, se intercala, a modo de largo inciso que ocupa un cuarto del texto completo, una biografía novelada de Manolete, la redactada por el amigo de Bruno, Jon Garcés. Es aquí donde el novelista da rienda suelta a su admiración por el torero, reconocida en las notas finales, y nos ofrece su imagen a medio camino entre lo épico y el lirismo, entre la pose austera y solitaria del héroe y su íntima necesidad de amor, entre el opresivo peso de la fama y la alegría vital de la juventud. Una imagen que no evita algunos claroscuros del personaje que humanizan su figura. Porque Manolete fue un mito necesario en la mísera, humillada y autárquica España de posguerra. Tenía todas las condiciones necesarias para serlo y la principal, la imprescindible desde Aquiles y Alejandro, fue su prematura y trágica desaparición, esa muerte que inmortaliza al héroe, lo fija en una eterna juventud sin mácula y lo conduce a la apoteosis  mítica.
          La biografía no supone una defensa de la tauromaquia, y digo esto para alivio de anti-taurinos y animalistas en general, lo que interesa aquí es sólo el hombre y su mito. A su tono poético solo hay que reprocharle la inclusión, a modo de copia y pega, de unas pocas notas de prensa sobre las corridas del diestro cordobés. Y aunque parezca una digresión, está bien trabada con la trama sin llegar a romper totalmente el hilo conductor de la acción, de forma que se consigue mantener la tensión durante todo el relato.
       Valorada en su conjunto, a la historia solo cabe reprocharle algunos aspectos poco creíbles en Bruno, el protagonista principal, y tampoco añade ningún plus el epílogo, con un salto temporal de cinco años, que solo pretende completar la historia con una feliz secuela que sobra en mi opinión. Pero con todo es una interesante novela de intriga, bien trabajada, entretenida y de lectura fácil, sin merma de cierto estilo literario.  

viernes, 1 de julio de 2016

MIL SOLES ESPLÉNDIDOS. Khaled Hosseini

Khaled Hosseini es poco o nada conocido en España, pero en Estados Unidos alcanzó cierta fama gracias a tres novelas que han sido superventas. Esta es la segunda de esa serie y cuenta, como las otras dos, una historia ambientada en Afganistán. Si repasamos la biografía del escritor afgano-norteamericano veremos que nació en Kabul, en 1965 y en el seno de una familia perteneciente a la élite cultural de su país. Su padre era diplomático y su madre profesora. Con once años se trasladó a Teherán y luego a París por los destinos de su padre en esas embajadas, y no pudo regresar a Afganistán por la guerra latente que se prolongó allí durante unos treinta años. La familia se afincó en Estados Unidos donde estudió y ejerció la medicina hasta que sus éxitos editoriales le indujeron a consagrarse a la literatura. Podemos suponer en el escritor un profundo mestizaje entre sus raíces orientales y la educación occidental, y sabemos que su experiencia afgana no se limita a la infancia sino que se amplió cuando viajó en 2006 a su país natal como embajador de ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados. Desde entonces ha creado una fundación de ayuda a los mismos y pienso, después de esta lectura, que sus novelas son una especie de contribución literaria a esa causa humanitaria   
          Mil soles espléndidos (2007) es una historia de ficción que se puede asimilar al género literario que los anglosajones denominan Factión, “literatura of facts” o Nonfiction novel. En este tipo de obras, los hechos narrados son ficticios pero verosímiles. Se aproxima, aunque no es totalmente equiparable, a la novela testimonio. Tiene un carácter historiográfico pero subjetivo, una especie de expresión intrahistórica que se personaliza a través de las vivencias de los personajes en épocas difíciles fomentando en el lector una visión valorativa de la historia, casi siempre de tipo aflictivo, porque apela a su íntima subjetividad más que a la objetividad racional.  En este tipo de literatura, muy del gusto norteamericano, prevalece la emotividad del contenido antes que la forma estética del relato.
          Todo lo anterior, y en particular lo último, parece aplicable a nuestra novela, repleta de escenas tiernas y emotivas, dramáticas y hasta crueles, descritas en un estilo totalmente desprovisto de cualquier artificio literario, tanto en su estructura narrativa como en el lenguaje, y por tal motivo de muy fácil lectura. Podemos confundir ternura con poesía, a fin de cuentas los buenos sentimientos tiene algo de poéticos pero, en el sentido estricto del término, la única alusión poética de la novela está en su título que hace referencia a unos versos del persa del siglo XVI, Saib-e-Tabrizi, que tampoco son de traducción literal al español.
          El libro cuenta la historia de Mariam y Laila dos mujeres afganas de distinto origen social cuyas vidas quedan unidas, por el destino y las circunstancias históricas, en una hermosa amistad que llega hasta la renuncia y el sacrificio. Están rodeadas de multitud de personajes que son expresión de todos los vicios y virtudes  propios del  ser humano, desde la cobardía, el resentimiento y la crueldad, hasta la tolerancia, la amistad y la abnegación. Afortunadamente el escritor no los reparte de forma maniquea evitando así una historia de buenos y malos, y por eso son personajes muy humanos y creíbles. La excepción es el zapatero Rashid, personificación de todos los aspectos más despreciables del machismo como elemento dominante en la cultura islámica. Porque lo que trasciende el relato es la opresión de la mujer en la sociedad afgana que llega a ser auténtica esclavitud en los regímenes integristas. A través de las dos protagonistas principales, sobre todo Laila, es también un canto a la dignidad de las mujeres y su valentía para rebelarse contra la tiranía de las normas sociales y religiosas para ser elementos activos de la sociedad. El ambiente histórico que envuelve la trama argumental  comprende unos de los periodos más convulsos de la historia afgana, desde la revolución comunista  de 1978 y la posterior invasión soviética, pasando por la larga guerra de desgaste de los muyaidines, la retirada rusa en 1989, la posterior guerra entre distintas facciones tribales, el integrista régimen de los talibanes, hasta la invasión norteamericana del país en 2001 tras el atentado a las torres gemelas. Se evidencia también la profunda división étnica y religiosa de Afganistán, que es una realidad histórica desde tiempo inmemorial y fuente de continuo sufrimiento para la sociedad civil. Y con todo no es la ambientación lo importante, no estamos ante una novela histórica aunque tenga elementos que nos la recuerden. Pero sí cabe destacar que es tendenciosa porque muestra los estragos bélicos de soviéticos y muyaidines, y la crueldad de los talibanes, mientras evita mencionar los mismos desastres en cuanto a la invasión americana. Me parece adivinar en  todo el relato una cierta intención catártica que busca fomentar la compasión y la piedad del pueblo norteamericano ante la triste condición de la mujer afgana y purificarlo de su mala conciencia justificando la intervención militar como una causa justa de liberación. En el epílogo parece que se pretende aprovechar ese estado de aflicción ante la miseria y padecimientos de los afganos para inducir sutilmente a la colaboración con las ONG humanitarias. Todos esos elementos explicarían que esta novela haya sido un best seller. Los años pasados y la inestabilidad del actual régimen afgano sustentado por Estados Unidos nos avisan de la inutilidad de esa catarsis aunque siga vigente la necesidad de ayuda a los refugiados.
      En fin, sobre todo una bonita y emotiva historia que se lee con agrado y facilidad, pero con bastante limitación en lo literario.     

miércoles, 15 de junio de 2016

MADAME BOVARY. Gustave Flaubert

Resulta empeño muy difícil comentar algo novedoso sobre esta obra que ha sido motivo de una ingente producción de ensayos y estudios analíticos. Algunos dicen que es la segunda mejor novela de la historia de la literatura, después de El Quijote. En cualquier caso, la crítica se muestra unánime cuando la considera como obra fundacional de la novela moderna y máximo exponente del movimiento literario realista.
Madame Bovary (1857) es posiblemente el mejor ejemplo a destacar entre los clásicos del XIX, no solo porque sus personajes son relevantes como modelos paradigmáticos de su época, sino porque en sus rasgos éticos y psicológicos, perfectamente caracterizados, son extrapolables a la nuestra, y las pasiones que muestran son atemporales. Gustave Flaubert (1821-1880), siempre obsesionado por la precisión, el estilo y “le mot juste” -en sus propias palabras- tardó más de cuatro años en escribirla, en plena etapa de madurez vital y literaria, y el resultado fue una obra maestra de perfecto equilibrio entre forma y contenido. En el plano formal porque el estilo literario, basado en un lenguaje elegante y sencillo, es también poético con algunos toques románticos, al tiempo que la precisión descriptiva es plenamente realista. En lo referente al contenido, porque la protagonista es víctima de su romanticismo libresco en un mundo real de convenciones y prejuicios burgueses.
          Es verdad que Madame Bovary es más bien una anti-heroína y que su historia y su apasionado carácter esconden una evidente crítica del romanticismo, pero su dramático final no está exento de tintes épicos. Cuando Carlos Bovary  atribuye el desenlace a la fatalidad pone en juego un elemento muy del gusto de los románticos y del propio autor que era un gran conocedor de los clásicos grecolatinos. Así pues, aunque se reconoce a Flaubert como el fundador del movimiento realista, se le atribuye además un cierto nexo con el movimiento anterior en un plano de transición entre los dos estilos literarios. Tras haber leído esta novela y tres obras más de las suyas, estoy de acuerdo con quienes opinan que fue una mezcla de temperamento romántico y realismo literario. ¿Cómo si no puede entenderse que, perteneciendo a la alta burguesía normanda, nos muestre un profundo desprecio por su propia clase social?. Porque la obra es también una aguda crítica de esa sociedad burguesa y provinciana, de la que destaca su vulgaridad y a la que retrata mediante personajes arquetípicos como el usurero y el boticario arribista, o en sus prejuicios y usos sociales tales como el matrimonio de conveniencia.
          Pero el tema central de la novela es el adulterio. Un asunto escandaloso para la mentalidad de la época, que le costó al escritor un proceso judicial por atentado contra la moralidad del que afortunadamente fue absuelto. No obstante, pienso que el tratamiento es aquí paradójicamente moralizante porque el desarrollo de la trama y el desenlace parecen establecer una clara relación causal entre pecado y expiación o penitencia, entre adulterio y castigo. Emma, joven soñadora muy influenciada por lecturas románticas, recibe una esmerada educación que le impulsa a rechazar  su modesto origen y ambicionar el brillante mundo de la aristocracia y  alta burguesía. Con la intención de salir de su familiar ambiente rural, casa con el médico Carlos Bobary y pronto ve frustradas sus ilusiones. A partir de entonces, amparada en su alocada e ingenua fantasía, inicia un proceso de progresiva degradación sentimental y ruina económica,  una progresión lógica hacia el desastre final que recuerda en cierto modo a las antiguas tragedias griegas. El lector lo intuye pero no importa, queda envuelto en las precisas  descripciones nunca tediosas, atrapado por la elegancia del lenguaje sin inútiles ostentaciones, y por un narrador omnisciente que se aproxima tanto a los personajes que nos los acerca, como si hablaran en primera persona. También percibe sutiles cambios de narrador en algunos pasajes y diálogos Dicen los expertos que esa sensación de proximidad, y un falso efecto de saltos temporales en una acción que es lineal y continua, lo consigue el escritor mediante el uso de tiempos verbales de imperfecto, condicional e interrogativo, que aportan esa impresión de movilidad sin alterar el ritmo y la unidad temporal. Son sutilezas técnicas que el lector nota pero  escapan a mi análisis de aficionado.
             En fin son muchos los aspectos que pudieran comentarse,  pero antes que extenderme mejor remitir a los detallados estudios que suelen introducir esta novela en las buenas ediciones. Terminaré añadiendo que es una lectura más que recomendable, casi obligatoria para los buenos lectores, aunque sea tarde como en mi caso. Los grandes de la literatura nunca defraudan.