Damos por sentado que la literatura y el séptimo arte tienen lenguajes bien diferentes, aunque exista cierta permeabilidad entre los mismos y compartan algunas técnicas narrativas. Actualmente es muy frecuente que un escritor elabore su obra pensando en la correspondiente versión cinematográfica, hasta el punto de que muchos textos nos parezcan de entrada auténticos guiones. A ese respecto, entre los lectores pueden surgir las siguientes dudas: ¿Cuál debería ser el orden de preferencia, ¿ver la película o leer antes el libro. ¿Qué enriquece más, el audiovisual o lo escrito?.
En mi caso, y en cuanto a la obra que
hoy comento, debo admitir que ambas experiencias tuvieron algo de frustrante.
En los años 70, estudiante novato y ansioso por descubrir el cine europeo en
las salas de arte y ensayo, tuve ocasión de ver la versión de esta novela,
El joven Törless (1966), opera prima del director alemán Volker
Schlöndorf, premiada en Cannes. La película me dejó indiferente, en parte
por mi escasa cultura cinematográfica, pero también por las dificultades que
comporta la traducción de los conflictos íntimos de un adolescente al lenguaje
audiovisual.
Ahora, después de tantos años, quizás
pecando de exceso de confianza en una mejor preparación y capacidad crítica, he
afrontado la lectura de la novela original. Pero incluso reconociendo ciertos
valores que la hacen superior a su adaptación al cine, encuentro algunos
aspectos que desorientan y me hacen descartarla como una obra perfecta.
Las tribulaciones del estudiante
Törless (1906) fue también la primera novela del escritor austriaco Robert
Musil (1880-1942). El éxito editorial le indujo a compaginar la
literatura con su trabajo de bibliotecario y editor de una revista.
El argumento trata de las experiencias
del joven Törless en un internado militar. En el Imperio Austro-húngaro
eran colegios privados que recogían a hijos de la alta nobleza y los formaban
para ser parte de la oficialidad del ejército o el alto funcionariado imperial,
previo paso por academias militares o
las escuelas profesionales correspondientes. Primera decepción: Salvo
una breve descripción del castillo que sirve como colegio, calificado de oscuro
y decadente, encontraremos pocos indicios del modo de vida en esos internados,
ni alusiones a los estratos sociales o indicios de confrontación en aquel
imperio multiétnico y multi-religioso en franco estado de descomposición.
Toda la trama se centra en los
conflictos emocionales de un adolescente inmaduro. Quizás sean las propias
experiencias del escritor que pasó esta etapa de su vida en uno de esos
internados. Törless, que proviene de una familia de ricos burgueses
liberales, traba amistad con Beineberg y Reiting, de origen noble
y carácter rudo frente a la mayor sensibilidad de aquél. Un descubrimiento
fortuito sobre un alumno, los coloca en posición de chantaje y a partir de ese
momento, Basini, la víctima, se convierte en un auténtico esclavo de los
otros y es sometido a un duro acoso moral y físico. Törless se mantiene
alejado en lo posible por sus escrúpulos morales, pero no es totalmente ajeno
por miedo a convertirse en otra víctima de la crueldad de Beineberg y Reiting.
La acción evoluciona hasta un
desenlace lógico, pero lo importante aquí
es la descripción del perfil
psicológico de Törless, su indefinición sexual que le lleva a rozar la
homosexualidad. La humillación y el complejo de Edipo en el trato ocasional con
prostitutas. La moral indefinida y las continuas oscilaciones entre la
racionalidad propia de su formación y cierto espíritu romántico.
Como es muy difícil poner en boca de
un adolescente sentimientos que ni él mismo comprende, el autor renuncia a la
narración en primera persona del protagonista y al monólogo interior. Convoca a
un narrador omnisciente en tercera persona, que sabemos es un adulto por la
complejidad de sus reflexiones en las que aparecen tangencialmente ideas de la
filosofía de Nietzsche o del positivismo kantiano, pensamientos muy alejados de
la formación de un adolescente, pero también del lector medio que no tiene que
estar necesariamente formado en estas filosofías. Así las cosas, vista la
dificultad esencial de expresar mediante palabras ciertas emociones, y habiendo
pasado por esa edad en la que ni nosotros mismos nos comprendimos, no llegamos
a entender tal complejidad en la interpretación de la psicología de Törless,
por más que en ocasiones detectemos cierto sentido poético o esteticista en las
reflexiones del narrador.
En casos como este, siempre acepto de
antemano mi incapacidad, formativa o sensible, para penetrar en la esencia de
la obra. Por eso no puedo dar un suspenso como calificación. Espero que otros
más sagaces que yo puedan llegar a conclusiones más positivas sobre la misma.
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