martes, 30 de julio de 2019

LA LADRONA DE LIBROS. Markus Zusak


El escritor australiano Markus Zusak (1975) alcanzó fama internacional con esta novela que fue superventas, galardonada con varios premios y finalmente llevada al cine. Tras su lectura, debo reconocer que  La ladrona de libros (2005) merece sobradamente el éxito obtenido. Se trata de una obra que puede ser entendida como literatura juvenil, pero también como novela histórica por su ambientación en la Alemania hitleriana.
La literatura en torno al holocausto judío es abundante y siempre nos produce una mezcla de sentimientos, horror y compasión entre otros. La visión de aquel genocidio a través de la mirada infantil resulta aún más dramática y conmovedora a nuestros ojos. Baste citar El Diario de Ana Frank, un testimonio real sobrecogedor, o más recientemente la novela El niño con el pijama de rayas (2006) de John Boyne, que también ha sido adaptada al cine.
La ladrona de libros se llama Liesel Meminger, una niña alemana dada en adopción a la familia de Hans y Rosa Hubermann que viven en Molching, un pueblo ficticio a las afueras de Múnich. La comprensión y la bondad de su padre de acogida le  ayuda a superar el trauma que le produjo la muerte de su hermano pequeño, y con su madre adoptiva, una mujer ruda pero con buenos sentimientos, mantiene una relación tensa pero cariñosa. La historia se desarrolla entre los años previos a la Segunda Guerra Mundial, con el ascenso del nazismo, y  llega hasta la fase final de la misma cuando,  tras la derrota de Stalingrado, comienzan los bombardeos de los aliados. En este periodo Liesel vive su paso de la infancia a la adolescencia en un ambiente de penuria económica y cartillas de racionamiento. Sus vivencias, la relación con los vecinos, su amistad con Rudy Steiner y con Max Vandenburg, un judío escondido en el sótano de su casa, son una continua fuente de emotividad, una apelación directa a nuestros sentimientos más nobles. Los personajes que aparecen sucesivamente en la trama nos ayudan a comprender las distintas actitudes individuales frente a la brutalidad del régimen nazi; desde el fanatismo triunfalista que deviene en frustración suicida, pasando por la egoísta o miedosa indiferencia ante el dolor ajeno, hasta la piedad como valiente forma de reivindicar la propia dignidad humana. 
Liesel siente una especial atracción por los libros y la palabra escrita, que son para ella un paliativo calmante  frente al dolor y el miedo. Un miedo que inicialmente es inquietud ante sucesos que la niña intuye más que comprende, y poco a poco se va haciendo palpable con los acontecimientos para terminar de materializarse en el horror de los bombardeos.
Aunque toda la acción se focaliza en la protagonista, la historia está narrada desde el punto de vista de la Muerte. Una narradora original y desprovista de rasgos macabros como calaveras y guadañas. Tampoco tiene carácter religioso porque al llevarse a las almas en realidad se lleva el ánima, es decir, la animación del cuerpo. Es imparcial pero no totalmente fría porque a veces insinúa cierta compasión. Es incluso poética cuando destaca los colores en el momento de ejercer su función (blanco de la nieve, rojo de las bombas). A menudo se dirige al lector para aclarar el sentido de las palabras o desvelar parcialmente el futuro que conoce. Su papel crece hasta convertirse en un personaje más de la novela.
Me importa no ser más explícito en el resumen del argumento. No quiero arruinar un relato que merece ser leído y apreciado en su emotividad al tiempo que disfrutamos de la variedad de matices y de las ideas trascendentes que lo inspiran. En resumen, una novela que enriquece y de alguna forma nos hace mejores.


martes, 9 de julio de 2019

HISTORIA UNIVERSAL DE LA INFAMIA. Jorge Luis Borges


Intentar resumir en esta entrada la rica y compleja obra literaria de Jorge Luis Borges (1899-1986) me parece vana presunción. No obstante, interesa destacar algunos aspectos de la misma que pueden venir al caso de esta colección de cuentos que hoy comento.
El primero es la equiparación intelectual entre escritura y lectura. El genial escritor argentino fue siempre lector impenitente y llegó a decir que su concepción del paraíso era una biblioteca. Entendía que la literatura se nutre de la lectura de textos que surgen de otros y remiten a un texto original quizás perdido. Su objetivo no era tanto la originalidad sino la recreación de un universo fantástico basado en la reelaboración literaria o en una realidad empírica que consideraba igualmente ilusoria. Fruto de esa intensidad lectora fue la enorme erudición que reflejan sus historias.
Otro aspecto a destacar es la evolución literaria del autor desde postulados basados en la realidad o la verdad racional, hasta un claro predominio de la intención estética. No cree en el conocimiento objetivo como forma de explicar el mundo por lo que adopta un eclecticismo basado en la pluralidad de perspectivas, expresado con un estilo barroco de tipo quevedesco en el que, mediante una prosa austera y precisa, construye mundos alternativos de alto contenido simbólico utilizando recursos como la ironía o la paradoja, reflejos o paralelismos, hasta convertir el relato en una gran metáfora, en ocasiones con cierto trasfondo metafísico.
Borges consideraba el cuento como un género esencial frente a la novela que obliga al relleno. Por eso nunca escribió una, pero es universalmente conocido como el mejor escritor de relatos breves. Sus historias mezclan fantasía y realidad. Son una amalgama de citas eruditas de textos históricos frente a otras referidas a libros apócrifos; geografías reales junto a novelescas; recuerdos vividos e inventados; gramáticas utópicas y matemáticas imaginarias. Todo ese conjunto de elementos cohesionado mediante un lenguaje perfecto y elegante dan lugar a ficciones de gran originalidad. Los mejores cuentos de la obra borgiana ofrecen varios significados que se organizan por capas que resultan transparentes u opacas según el punto de vista del lector, es decir, de su experiencia. Debido a esto, la comprensión completa del texto puede quedar velada parcialmente o limitada a las capas más superficiales del mismo. El escritor funciona entonces como una especie de demiurgo en el centro del laberinto (un figura muy de su gusto) que, siendo el urdidor de la trama es el único privilegiado que la conoce al completo.
Historia universal de la infamia fue la primera colección de cuentos de Borges. En el volumen que he leído se recogen catorce cuentos; los trece de la primera edición (1935) y uno de los tres añadidos en 1954. En el prólogo los propone como ejemplo de barroco literario, según su definición: “cuando el arte exhibe y dilapida sus recursos”. Aunque todos los relatos se basan en crímenes y personajes reales, están reinventados y tergiversados de tal forma que se convierten en fantasías originales. No debe extrañar que el escritor que acuñó el término realismo mágico situara el inicio del movimiento literario a partir de la publicación de este libro.
Un primer bloque de cuentos está encuadrado temporalmente en el siglo XIX y son historias de criminales. En El atroz redentor Lázaro Morell, ambientado en el profundo sur, un aparente libertador de esclavos es en realidad un despiadado ladrón y asesino. El impostor inverosímil Tom Castro es un caso de suplantación de personalidad. Ambos criminales aprovechan la ilusoria esperanza de sus víctimas. La historia de la Viuda Ching, cuenta las aventuras de una mujer pirata china y tiene un poético final con la fábula de “los dragones y la zorra”. En El proveedor de iniquidades Monk Eastman se inspiró sin duda Martin Scorsese en su película Gang of New York. El asesino desinteresado Bill Harrigan reinventa la historia de Billy the Kid. El relato que protagoniza Kotsuké, venganza por honor a la japonesa, ha sido imitado por el director japonés Kazuaki Kiriya en su película The Last Knights, mediocre a pesar de buenos actores.
         Un segundo bloque tiene como fuente principal Las mil y una noches de nuevo reinventados y saturados de elementos simbólicos tan del gusto de Borges; espejos, máscaras o velos, laberinto, etcétera. Una mención especial precisa el relato que une ambos bloques, Hombre de la esquina rosada. Se trata de una historia que se aparta de mitologías universales para reivindicar cierto nacionalismo literario en el localismo de su Buenos Aires natal. En ella se reproduce el ambiente del hampa porteña, los malevos o compadritos de los barrios marginales, que hablan en el argot conocido como lunfardo o jerga orillera, en un ambiente de matones tabernarios y tangueros. El tema aquí es el reto, el combate singular de tintes homéricos como reconocimiento del otro en el acto de darle muerte. Con un final inesperado en el que el narrador se dirige al propio Borges.
         En resumen, una estupenda colección de cuentos, con mucho menor contenido alegórico que las que le sucedieron, Ficciones (1944) y El Aleph (1949). Si estas últimas son la culminación de eso que se ha llamado universo borgiano, la que nos ocupa parece un ejercicio preliminar. Algo que reconoce el autor en el prólogo tardío de 1954.  Pero eso no supone merma en la calidad literaria de estos cuentos envueltos en una atmósfera irreal, saturada de elementos épicos y líricos. Me gusta Borges, incluso cuando no consigo penetrar sus metáforas que me dejan, no obstante, un agradable regusto de misterio.

                 

miércoles, 3 de julio de 2019

EL GRAN GATSBY. Francis Scott Fitzgerald


Esta novela no consiguió en el momento de su edición el éxito de ventas que pretendía su autor, y eso a pesar de ser bien acogida por los principales críticos de la época. El reconocimiento público fue tardío, casi póstumo, algo que se da con frecuencia en literatura. En la actualidad es ya un clásico de la narrativa americana.
Francis Scott Fitzgerad (1896-1940) está considerado como el más genuino representante de la llamada Generación Perdida, integrada por el grupo de  escritores norteamericanos que desarrollaron su obra durante una década, conocida allí como la era del jazz, que nosotros recordamos como los locos años veinte. Una época de gran prosperidad económica en los Estados Unidos, que se inició tras la victoria en la Gran Guerra y culminó con el crack del 29. Años de grandes contrastes donde se forjó el ideal del sueño americano, pero que  también estuvo marcada por la especulación financiera, la corrupción política y el gansterismo, que fue tan bien retratado por la novela negra y el cine, con el jazz como telón de fondo musical en los escenarios de Chicago y Nueva York. La biografía de Scott Fitzgerard es en parte reflejo de la mentalidad de su época, de esa moral de triunfo a costa de todo y todos, de la frivolidad, el derroche y los excesos que le condujeron al alcoholismo y a una muerte precoz. Sus novelas, cuatro y una inacabada, son a un tiempo críticas con su entorno y de importantes matices autobiográficos, lo cual presta al escritor un cierto aire de rebeldía o inconformismo frente a esa sociedad a la cual pertenece.
El gran Gatsby (1925) pudo tener otros títulos, entre los cuales dudó el autor. Uno de ellos era Trimalción, referente a un personaje del Satiricón de Petronio, famoso por sus excesivos banquetes. Fue rechazado quizás por demasiado cultural, pero es muy ilustrativo de la desmesura en las fiestas del protagonista. Su historia la cuenta un narrador testigo en primera persona. Es Nick Carraway, un joven vecino de Gatsby, amable y un poco sarcástico, pero aún optimista frente a la bondad del ser humano. En cierto sentido admira a su vecino y después amigo, pero representa el contrapunto ético de éste. Su moralidad queda bien definida desde el principio cuando refiere un consejo de su padre sobre la tolerancia: “Antes de criticar a nadie, recuerda que no todo el mundo ha tenido las ventajas que has tenido tú”.
En la primera parte de la novela nos retrata al resto de los personajes; Tom Buchanan, un millonario, racista y fuerte hasta la brutalidad. Su esposa Daisy, prima retirada de Nick, joven atractiva y superficial. George Wilson, mecánico despreciado por Tom, y su mujer Myrtle, amante secreta de éste. Por fin, Jordan Baker, amiga de Daisy, golfista aficionada a la que Nick trata de seducir. El retrato psicológico de los personajes es de trazos breves pero muy precisos. En cambio, sobre Jay Gatsby deja caer una deliberada ambigüedad que lo convierte en un protagonista misterioso, con riqueza acumulada de origen incierto, que da grandes fiestas en su mansión a las que acude la alta sociedad neoyorquina y una pléyade de parásitos. Un personaje sobre el que todos especulan y casi nadie conoce.
En realidad, lo interesante de esa primera parte es el ambiente social que rodea a los personajes y sus fuertes contrastes. La diferencia entre el East Egg y West Egg, barrios ficticios de Long Island, donde se acumulan las mansiones de los ricos de rancio abolengo y los nuevos ricos. Junto a estos, el “valle de las cenizas” un vertedero industrial que los separa de Nueva York, donde malvive el matrimonio Wilson. Y en esos ambientes, el esnobismo, la hipocresía y superficialidad, el egoísmo y los excesos de esa nueva clase de aparentes triunfadores, con el trasfondo insinuado del crimen organizado.  
Es en la segunda mitad de la novela cuando se desvela el misterio que rodea a Gatsby; su origen familiar y el de su riqueza, el motivo de esas enormes fiestas y la relación entre los personajes. A partir de ese momento la trama adquiere un tinte de tragedia griega donde los dioses o el azar, en una precisa concatenación de causas y efectos, parece dirigir a los personajes hacia su dramático e inexorable destino.
En resumen, una novela muy bien construida y una narración que va creciendo en intensidad e interés. Con descripciones cargadas de sutileza y también ironía. Y con algún pequeño y casi inapreciable error (véase los chales de la antigua Castilla) sobre otras culturas como la nuestra. Nada importante tratándose de un norteamericano.
Una obra muy recomendable.