miércoles, 9 de septiembre de 2026

EL VERANO EN QUE MI MADRE TUVO LOS OJOS VERDES. Tatiana Tibuleac

    Tatiana Tibuleac (1978) es periodista y escritora. Nació en Chisináu, la capital de Moldavia. A su país se le considera como uno de los más pobres de Europa, e igual que su vecino Rumanía, fuente importante de emigración. Ahora aspira a ingresar en la Unión Europea, mientras está gravemente afectado por el conflicto entre Ucrania y Rusia.

    Estos datos preliminares son importantes porque explican el interés de la escritora por los emigrantes y su desarraigo cultural. Ya trató el tema en una colección de cuentos titulada Fábulas modernas (2014), y la obra que acabo de leer tampoco es ajena a esta materia.

    El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2017) ha sido su primera novela, que acumula ya muchos premios y sobrepasa el ámbito literario moldavo colocando a Tatiana Tibuleac en la nómina de escritores europeos a destacar. El título es largo, pero se trata de una novela corta que es todo un ejemplo de concisión, porque en apenas 200 páginas desarrolla una trama compleja que exige máxima atención del lector y un cuidadoso comentario para no incurrir en espóiler.

    El protagonista es Aleksy y escribe su historia como narrador en primera persona, que incluso expresa ante el lector sus dudas en cuanto a la culminación de la misma. El relato se desarrolla en capítulos muy cortos. Inicialmente se da cuenta de las circunstancias familiares y ambientales que rodean la infancia del protagonista y después se centra en dos plantos temporales. El primero y principal, son los recuerdos de un Aleksy adolescente en el último verano que pasó con su madre y los conflictos emocionales que entonces sufrió. El segundo plano es la actualidad que nos muestra a un Aleksy, socialmente triunfador, aunque arrastra nuevos traumas físicos y psicológicos, distintos a los del pasado, pero no menos dolorosos. Ambos planos se suceden mediante el frecuente recurso de la analepsis retrospectiva. El desenlace final queda a la imaginación del lector porque la realidad queda semioculta entre las brumas de la ensoñación y el delirio.

    En cuanto a la ambientación del relato destacaré que se trata de emigrantes polacos en Inglaterra. El protagonista pertenece a la tercera generación, la que no conoce ni ha viajado a su país de origen. Familia desestructurada por un padre que abandona a la esposa. Abuela y madre que malviven con un modesto negocio de compraventa y trauma familiar por la prematura muerte de una hermana del protagonista, la pequeña Mika. Madre desentendida de la educación de su hijo. En cuanto a éste, padece una enfermedad crónica y sufre de ocasionales brotes esquizoides que precisan de medicación preventiva. En fin, factores todos predisponentes al drama.

    Lo que trasciende de la historia son las conflictivas relaciones maternofiliales, en las que aparecen sentimientos negativos como el rechazo físico, los celos y el odio, pero también positivos como el sacrificio, la compasión y el amor.

    La obsesión de Aleksy son los preciosos ojos verdes de su madre. Eso la salva de todo lo negativo. En cuanto a su amor por la joven Moira, platónico o no, tiene un sentido alegórico muy claro. Las Moiras en mitología griega son las que tejen la fortuna de cada ser humano, representan el destino ineludible.

    En lo referente al estilo literario de la novela: El lenguaje es claro y preciso pero muy denso, porque la escritora aprovecha los flashback para abrir nuevas pistas en la narración, que sirven para desvelar otros elementos anteriormente citados. Las descripciones no evitan la crudeza ni los detalles truculentos, pero no obstante todo el relato destila un evidente tono poético. A esa sensación contribuyen sin duda esos capítulos que, con solo una frase, atribuyen a los ojos verdes melancólicas emociones que resumen los capítulos anteriores.

    Para terminar, estamos ante una buena novela. Pero todos los libros tienen su momento, y este verano de acusados calores que embotan la mente no era el mejor. Yo la recomendaría a futuros lectores para esas tardes de invierno, frías, oscuras o lluviosas, al amparo de braseros, estufas o chimeneas, que aclaran el intelecto e invitan a la propia introspección.

 

 

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