sábado, 1 de diciembre de 2012

HIMNOS HOMÉRICOS


Los Himnos  homéricos se titulan así porque en la antigüedad fueron atribuidos a Homero, personaje casi mítico al que se consideraba creador de la poesía épica grecolatina. Actualmente los historiadores han demostrado que fueron compuestos en época arcaica y posterior al mismo, entre los siglos  VII y VI a.C, pero en general se admite que los autores anónimos eran continuadores de la tradición homérica. Son cantos en honor de los dioses que no formaban parte del culto ni se  cantaban en los templos  sino en el ágora, la plaza  principal de las ciudades griegas, en las festividades de los mismos. Pertenecen a la tradición oral y fueron compuestos por los aedos, palabra que significa cantor, que los recitaban acompañados por una lira. En tiempos posteriores fueron fijados por escrito y en época clásica reunidos en recopilaciones o antologías. Estas a su vez fueron parcialmente alteradas por sucesivas copias y en el devenir de la historia se han perdido muchas de ellas; al final lo que nos ha llegado han sido unos pocos himnos completos y algunos fragmentos de otros. Por todo lo dicho, los estudios filológicos son casi el único recurso para  su datación cronológica.
          La poesía grecolatina no se basaba, como la actual, en la rima  de los versos  sino en su ritmo, y éste en la sucesión y alternancia de sílabas largas y breves en cada verso según una combinación determinada. Los himnos homéricos, igual que la Ilíada y la Odisea, están compuestos en hexámetros dactílicos una estructura rítmica que aportaba al verso unas pausas y sonoridades que reforzaban la solemnidad propia del género épico. Así pues, la datación filológica y estos hexámetros  son los dos pilares que permiten entroncar los himnos con la antigua tradición homérica.  
          En la estructura de estos cantos se aprecian tres partes bien definidas. Comienzan con un proemio o introducción en el que se cita al dios  y se destacan sus ancestros y sus virtudes.  Se sigue de la narración épica, verdadero núcleo del poema, que casi siempre relata algunos de los mitos propios de la deidad  o los detalles de su culto en determinados templos y ciudades. Terminan con una salutación o especie de súplica al dios en demanda de sus favores. Tanto la introducción como el final están repletos de frases o fórmulas que se repiten en casi todos los himnos, tales como:  “comienzo a cantar…” o los  finales como: “ y yo me acordaré de ti y de otro canto”. Si en la primera el aedo nos indica el comienzo de un himno, en la segunda manifiesta una clara intención de enlazar con otro.
          La recopilación de los Himnos homéricos incluye 34 poemas o cantos. El grupo más importante  lo integran los llamados himnos largos o completos, como los dedicados a Dioniso, Deméter, Apolo, Afrodita o Hermes. Los himnos cortos son los fragmentarios. Algunos incluyen sólo el proemio o la salutación final  como los de Hera, Asclepio, o Ares. En otras ocasiones son ambos los que aparecen con ausencia del bloque central narrativo. Algunos estudiosos han sugerido que estos últimos pueden ser una especie de bocadillo prefabricado apto para servir de cobertura a cualquier relato.
          En cuanto al contenido destacan mitos como los del rapto de Perséfone, el robo de las vacas de Apolo por Hermes, los amores de Afrodita con el troyano Anquises, la aventura de Dionisos y los piratas, y también detalles alusivos a los misterios de Eleusis, la fundación del oráculo de Delfos , los rituales del culto a Apolo delio y otros.
          Quiero destacar la  importancia de estos himnos como fuente histórica para la mitología grecolatina, junto a las epopeyas antes citadas y algunas obras más como  “Las metamorfosis” del romano Ovidio. Este es su principal valor y  por eso mismo su lectura puede ser desalentadora para quién no esté interesado o relativamente iniciado en los mitos clásicos.  Los cantos están precedidos por un estudio introductorio interesante pero que incide demasiado en aspectos filológicos  de cierto nivel. Al final  se detalla una amplia bibliografía para ampliar el tema, pero en cambio carece de anotaciones al texto, y esto resulta un grave inconveniente porque los antiguos aedos casi nunca citaban  a los dioses  por sus nombres más conocidos actualmente sino mediante epítetos alusivos a su genealogía, virtudes, o lugares de culto, bien conocidos por el auditorio al que estaban destinados los cantos pero que obligan al lector actual a un trabajo extra de  documentación que se hubiera podido ahorrar con las notas aclaratorias al respecto.
          La  civilización griega fue original en muchos aspectos, y entre ellos uno de los más destacados es su mitología. En las culturas politeístas que la precedieron, los dioses  simbolizaban casi siempre  fuerzas telúricas  o de la naturaleza, y en las religiones monoteístas anteriores y posteriores  a la misma, Dios  crea al hombre  a su imagen y semejanza aunque imperfecto. Los griegos fueron los primeros en crear  dioses a imagen y semejanza del hombre, con virtudes y hasta vicios humanos. Y esta especie de antropocentrismo  mítico-religioso, junto con la filosofía, fue el germen que fecundó el humanismo renacentista y las corrientes de pensamiento racionalista posteriores  que son la base de nuestra cultura occidental. Por esto, frente a las mitologías orientales o precolombinas, por poner ejemplos exóticos, sentimos la mitología grecolatina como propia y enraizada en nuestra cultura. 
          En resumen, un libro interesante y enriquecedor a pesar de los inconvenientes citados, pero sólo para lectores muy aficionados y algo conocedores del tema.     


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