En tiempo de Cuaresma he asistido a la segunda audición del VII Ciclo de Música Sacra, titulado Sacrum, organizado por la Catedral con la colaboración de Caja Rural, y la no menos importante, dos de las mejores corales de Jaén. Ha sido un goce para el oído de los melómanos aficionados como yo, y también casi un acto de expiación penitencial, a merced de frio, viento y lluvia en una desapacible tarde y noche.
La protagonista en esta ocasión ha sido la Coral Aída, con un número de cantantes en torno a los 25, y no obstante el
reducido número, sonaron de maravilla gracias a su acreditada experiencia y
arropados en lo acústico por las maderas del Coro de la Catedral. En esta
interpretación fueron acompañados en la parte instrumental por el órgano y una
trompeta. Desde el punto de vista de la sonoridad, el primero es el adecuado
para resonar en grandes espacios como las catedrales que tienden a dispersar la
música. Igual ocurre con la trompeta que se deja oír con claridad gracias a su
tonalidad aguda.
El coro y los músicos fueron coordinados por Ángeles
Rozas Carballo, una directora malagueña de aquilatado curriculum, que
actualmente dirige la coral y desempeña su labor docente en el Conservatorio de
Jaén. El órgano, alternado con el teclado, fue interpretado por Fernando J.
Camacho Rizquez, un joven músico que sorprendió por su maestría. La
trompeta estuvo a cargo del británico Malcolm Hardy. Aparte de su buena
ejecución, hay que destacar la dificultad para versionar a una sola trompeta
algunas de las piezas que fueron originalmente compuestas para pequeños grupos
de cámara.
Es de
agradecer también que las composiciones de música sacra que integraban el
repertorio fueran muy reconocibles por los simples aficionados como yo. No
obstante, como en todo buen concierto, se introdujeron algunas otras piezas
novedosas.
Como prólogo al programa, el trompetista interpretó
una composición del barroco inglés, la Trumpet tune and air de Henry
Purcell (1659-1695), famosa por su tono épico al estilo de las
fanfarrias. Los entendidos dicen que esta pieza se le atribuye falsamente a al
músico londinense y en realidad formaba parte de una semi-ópera titulada The
Island Princess, compuesta por Jeremiah Clarke y Daniel Purcell,
hermano del anterior.
La obra más larga del repertorio, mi particular
descubrimiento, fue Misa Coral Pio X
de Julià Vilaseca, la casi única obra citada en hemerotecas de
este compositor catalán. Integrada por las habituales partes de una misa en
latín; Kyrie, Credo, Agnus Dei, etcétera, a la que no
faltó ni el Gloria.
Otra novedad fue el Ave Maria de Giulio
Caccini (1551-1618), un compositor renacentista italiano, precursor del
barroco. El acompañamiento de la trompeta sonaba sorprendentemente moderno.
El programa continuó con distintas piezas cortas,
muy conocidas, de los más famosos músicos del barroco. El décimo movimiento de
la Cantata 147, Jesus Bleibet meine Freude de J.S. Bach
(1685-1750). El Agnus Dei, la versión para coros del muy famoso Adagio
de Albinoni, impropiamente atribuido al compositor veneciano. En el
clasicismo, el Ave Maria de F. Schubert (1797-1828)
adaptado para trompeta y órgano. El motete Ave Verum Corpus de W.A.
Mozart (1756-1791) acompañado de órgano. De Cesar Franck
(1822-1890) se interpretó el Panis Angelicus, quinto movimiento de una
misa, tan famoso que se suele interpretar aislado de la misma. Una pieza
originalmente compuesta para tenor, orquesta de cámara, en la que el coro tiene
un papel auxiliar. En nuestra adaptación coral me gustó el crescendo vocal muy
bien cantado. Para finalizar se interpretaron tres obras de compositores del
XX, bastante menos conocidas, salvo quizás el Pie Jesu de Victor
Johnson.
El concierto me pareció estupendo. Así lo interpretó
el público que lo agradeció con una persistente y merecida salva de aplausos
que nos hicieron entrar en calor, emocional y físico, en el gélido ambiente de
la Catedral.
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