En el periodo de la liturgia cristiana previo a la Pascua, hemos asistido a este Concierto de Cuaresma patrocinado por la Catedral y colaborado por varias entidades laicas. El marco, como es habitual, el Coro de la Catedral de Jaén.
La audición ha sido interpretada por la Coral Polifónica de la Basílica de San Juan de Dios de Granada, acompañada en lo instrumental por el grupo Ensemble La Danserye. La primera es un coro, de unos 35 interpretes, especializado en música sacra, particularmente del periodo renacentista y barroco. El segundo lo componen cinco músicos, y tiene el empeño de revivir la música del mismo periodo mediante una labor de investigación histórica. Para ello reconstruyen artesanalmente los instrumentos de la época, principalmente de viento, revisan y adaptan antiguas partituras y las interpretan con reconocida maestría.
Volviendo a la Coral, dispone entre sus miembros de un elenco de solistas de acreditado currículum que abarca toda la gama de registros vocales, desde soprano hasta bajo-barítono. En mi opinión, hasta bien entrado el periodo barroco el papel de los solistas casi siempre fue secundario, quedando englobados en la masa coral, y así me pareció apreciarlo en este recital. No obstante, en algunas piezas destacaron sus voces. No voy a reseñar sus nombres, pero a mí me gustó particularmente la actuación puntual de la soprano, el contratenor y el bajo-barítono, sin desmerecer la de los otros solistas.
Cada una de las piezas que integraban el programa fue presentada por un narrador que nos habló de la historia de las composiciones, de su relación con los pasajes litúrgicos, además de las particularidades técnicas, aunque estas últimas no están al alcance de un mero aficionado como yo.
La primera interpretación fue el Ave María a 8 voces de Tomás Luis de Victoria (1548-1611) una obra polifónica típica renacentista, que también evoca aires gregorianos. Con la segunda partitura, el Jubilate Deo de Giovanni Gabrieli, el narrador indicó su origen veneciano, el influjo musical de la basílica de San Marcos y la particular viveza de los coros que, sin apartarse de la austeridad sacra, anuncian la transición de la música renacentista a la barroca, propia de la escuela veneciana. La tercera pieza fue instrumental a cargo de la Ensemble. Era la Paduan Cantus VI de Samuel Scheidt (1587-1654), una pavana o danza cortesana del renacimiento. Aquí el predominio en graves de los instrumentos de viento nos sugiere esos bailes lentos y solemnes de la época. La cuarta obra interpretada fue el Miserere mei, Deus, la composición más conocida del romano Gregorio Allegri (1582-1652). Fue una obra exclusiva para ser cantada en Semana Santa en la Capilla Sixtina. Se dice que el papa Urbano VIII prohibió su copia bajo pena de excomunión. Un anatema inútil poque el joven Mozart, tras oírla la pudo transcribir al papel de memoria. Después se han hecho múltiples versiones, con distintas improvisaciones y ampliaciones de la masa coral desde los dos coros iniciales de cuatro y cinco voces.
La obra final de este concierto, que estaba en el subtítulo del mismo, fue Musikalische Exequiem de Heinrich Schültz (1585-1672). Al compositor se le considera el precursor del barroco alemán y a esta obra la primera misa de Requiem en esta lengua. Fue compuesta por encargo de su mecenas, el conde Von Reuss, que en vida mandó construir su propio sarcófago funerario en el que hizo escribir la letra de estas exequias. Vanidad de vanidades, “Finis gloriae mundi” que diría Valdés Leal.
Por último, una reflexión referente a este recital: La religión cristiana es una equilibrada mezcla de fe dogmática, profundamente sentida por muchos, de rituales grandiosos, de religiosidad popular y devoción a las imágenes, todo ello dirigido a la esperanza humana de trascendencia vital superando la muerte natural. Al margen de todo esto, y de los claroscuros que ofrece la historia de la Iglesia, no se puede negar su ingente labor de promoción en nuestra cultura occidental. Hablo de su importancia en el mecenazgo del arte en general, también en la música. Por su estética, debo reconocer que este concierto de música sacra tuvo por momentos la virtud de elevar nuestro espíritu hacia esa ilusión de trascendencia. Por la belleza hacia Dios.
En el lado negativo, un frio glaciar para el que fuimos preparados y unas anti-musicales sillas que se encargaron de maltratar nuestros doloridos huesos. El balance final me pareció positivo y el público agradeció con nutridos aplausos a coro y músicos.

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