miércoles, 4 de marzo de 2026

EL PROFETA. José María Zavala

    Cuando he terminado la lectura de esta novela histórica que me propongo analizar, no puedo sino añorar aquellas otras de mi juventud que trataban de forma tangencial la pasión y muerte de Jesús. Me refiero a Ben-Hur de Lewis Wallace o Barrabás de Pär Lagerkvist, ya clásicos en este subgénero, auténticos superventas en su época y con varias versiones a la pantalla.  La comparación con ésta es aún más odiosa de lo que presume el dicho por la enorme distancia que las separa en calidad.

    El escritor es José María Zavala (1962). Si atendemos a todo lo que nos cuenta de su biografía y obra en su propia página web, tenemos la impresión de estar, al contrario que Pirandello, ante “un autor en busca de personaje”, un curioso personaje con tintes de iluminismo. Es periodista, escritor, guionista y director de cine y dice ser un experto en la historia reciente de España. Confiesa que en su vida tuvo un punto de inflexión, una especie de transformación paulina que califica como “conversión turbativa” (inquietante), por intercesión del Padre Pío. A partir de ahí edita una serie de libros de carácter hagiográfico sobre santos y unos cuantos documentales sobre testimonios de sus milagros, todos ellos calificados como best-sellers. 

    Sobre lo dicho, nada que objetar. La fe, como virtud íntima o proclamada, es una opción respetable. Otra cosa son una segunda serie de libros editados por el escritor, también supuestos bests-sellers, sobre nuestra historia reciente. Todos ellos con evidente intención de revisionismo y negacionismo histórico, o pura pseudohistoria impregnada de nostalgia ideológica de tiempos pasados. En fin, nada raro en este tiempo político que nos ha tocado vivir. 

    Centrándonos en la novela histórica El profeta (2025), Zavala pregona su éxito asegurando que lleva ya cinco ediciones, no confirmadas por su editorial. Sabemos que este tipo de novelas tienen un componente de ficción en lo referente a los protagonistas, pero en general suelen estar bien documentadas en cuanto a la ambientación y los hechos históricos que rodean la trama argumental, pero éste no es el caso.

    Sobre el mundo antiguo grecolatino se cometen en la obra muchos errores, que en general no será percibidos por un lector medio, pero hay dos de ellos de bulto que me interesa resaltar: El primero es identificar a las matronas romanas como parteras. Es bien conocido que estos dos términos son sinónimos solo en castellano. En Roma, las matronas eran las mater familias o dominas (amas de la casa) y las parteras se llamaban obstetrices. El segundo error es reiterado en dos ocasiones. En época de Tiberio, que es el reinado donde se desarrolla la acción, no existía el Coliseo o anfiteatro Flavio. Tuvieron que pasar los reinados de Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón hasta que en el año 70 lo comenzara a construir Vespasiano y lo terminara Tito en el 80.

    La estructura narrativa de la novela tampoco es original. Es el protagonista, Lucio Fedro, quien a final de su vida nos cuenta la historia como en una crónica. Este esquema que fue quizá inaugurado por Mika Waltari en Sinué, el egipcio ha sido repetido posteriormente hasta la saciedad.

    La ficción histórica de Lucio Fedro parece ideada para envolver los milagros de Jesús y su pasión y muerte. Pero a muchos lectores creyentes o educados en el cristianismo, nos parece una mala copia de los Evangelios. Mucho mejor el original.

  Volviendo al relato de ficción; entre las aventuras de los personajes encontramos reflejos de Ben-Hur, y mucho antes de la mitad del mismo sabemos cómo terminará. Estamos ante una novela maniquea de muy buenos y muy malos, totalmente previsible. La conversión del centurión Lucio Fedro y su evolución desde el escepticismo pagano a la fe del Nazareno tampoco es un tema nuevo. Tengo documentadas al menos siete novelas y dos películas protagonizadas siempre por un centurión que experimenta la misma transformación.

    Es opinión de muchos que estamos ante una novela religiosa. La duda está en saber a quién va dirigida y si su intención es el proselitismo religioso. En mi modesta opinión, con esta novela José María Zavala representa en el personaje de Lucio Fedro a un luchador que no evita la violencia si es por el bien de la patria, dispuesto al martirio por la misma, o por su nueva moral religiosa. El autor aúna de esta forma sus dos reiteradas inclinaciones, religiosa y política. Quien dude de esto, y de a quién va destinado este libro, no tiene más que informarse sobre el título de uno de sus capítulos: ”Prietas las filas” primer verso de la primera estrofa de un himno conocido, no solo por los adeptos, sino por todos los que tenemos suficiente edad para reconocerlo.

    Para terminar, estamos ante una mala novela histórica que podría ser pasable, como otras muchas, si no fuera porque su extensión de 512 páginas la hace insufrible. 

 

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