Cuando abordo la lectura de los clásicos siempre escojo ediciones bien anotadas y sí es posible con alguna introducción a la obra, hecha por especialistas. Pretendo con ello salvar los escollos de lenguaje y estilos narrativos muy alejados de nuestra sensibilidad actual, y comprender mejor el mundo grecolatino y el humanismo renacentista que son las fuentes de toda la literatura occidental.
Tras la lectura de este volumen de La vida del Buscón de Francisco de Quevedo (1580-1645) introducida y editada por Fernando Cabo Aseguinolaza, puedo asegurar que peca por exceso en anotaciones y documentación. Tiene unas 1400 notas al texto, que pueden parecer sobradas, pero no lo son tanto si consideramos que el lenguaje de Quevedo abunda en jergas locales y profesionales, dobles sentidos, contradictorias ironías y alusiones metafóricas a la mitología clásica y la historia sagrada. Es seguro que cualquier lector puede entender el argumento a grandes rasgos sin consultar las notas, pero dejará de comprender la mentalidad de la época y los matices de los personajes y sus actos.
En cuanto a la introducción de Fernando Cabo, si consideramos que es uno de los mayores expertos en novela picaresca española, resulta impresionante por el análisis pormenorizado de la novela al que añade las opiniones de importantes escritores y críticos literarios. Pero este nuevo exceso me parece menos justificado. Quizás lo sea para lectores que se enfrentan por vez primera a la obra, pero bastante menos para lectores de larga trayectoria, porque anula su propia capacidad de análisis. En mi caso, como lector de experiencia, es la segunda vez que me enfrento al Buscón, pero ¿ qué puede añadir un aficionado a la crítica de un especialista?. A pesar de lo dicho, renunciando a una imposible originalidad subjetiva, intentaré resumir a grandes rasgos algunos aspectos de la biografía del autor y su obra.
La vida de Quevedo fue tan aventurera como la del Buscón, pero muy alejada de los elementos sociológicos de la picaresca. Pertenecía a una clase de hidalgos nobles algo mermados en riqueza. No obstante, existen ciertos paralelismos entre el escritor y su personaje: Si Pablos fue el servidor de don Diego Coronel, Quevedo sirvió al duque de Osuna y le siguió en sus éxitos y su caída en desgracia. Muchos de los lugares de aventuras del personaje, Madrid, Alcalá o Sevilla, son los mismos que frecuentó el escritor.
No hay duda en inscribir el Buscón de Quevedo en el género de la novela picaresca española, cuyos precedentes más famosos son El Lazarillo de Tormes y el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán. Se trata de personajes de baja estofa, con una vida determinada de antemano al fracaso. Delincuentes que narran su vida en primera persona en lo que es una falsa autobiografía. La intención es satírica de crítica social pero también moralizante, con nociones de castigo y redención muy acordes con la religiosidad de la época. Pero hay algo que se debe destacar: Dado que la mayoría de la población era pobre y analfabeta, la novela picaresca estaba destinada al disfrute de los nobles y más aún, de los letrados y los clérigos. La influencia censora de estos últimos explica las dificultades de datar la redacción del Buscón, porque Quevedo rehusó públicamente el haberla escrito por miedo al Santo Oficio que no vio con buenos ojos la sátira de clérigos y prelados.
Para terminar, hay que descartar en el Buscón
la intención moralizante. Sus pícaros aceptan el castigo con fatalismo, pero rechazan
la redentora salvación. El supuesto honor y altura ética de los nobles queda
aquí en entredicho. En el libro primero se destaca el posible origen converso
de los Coronel. En el libro tercero y último la actitud de Don Diego, ante la
estafa del casamiento de Pablos, es ambigua y de dudosa moralidad porque no descubre el engaño de su antiguo sirviente y en el fondo busca también la burla de sus rapaces primas.
En suma, esta sátira realista y cruel
que recurre a lo escatológico en multitud de ocasiones, parece buscar ante todo
el humor y el deleite del lector

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