Hemos asistido a un nuevo concierto incluido en el ciclo de audiciones titulado “Aula 26 abierta”, ofrecidas por el Conservatorio Ramón Garay de Jaén.
En esta ocasión, a tenor de los compositores incluidos en el programa, entiendo que hablamos de músicos que pertenecen al estilo conocido como nacionalismo musical. Este movimiento se desarrolló en toda Europa entre finales del XIX y principios del XX. Buscaba en resumen incorporar a la música elementos propios de las raíces culturales de cada región o país. Entre otros muchos compositores podemos citar al alemán Wagner, al bohemio Dvorák o al ruso Rimski-Kórsakov.
En España los autores buscaron esa identidad propia española y la encontraron en los ritmos y danzas del folclore popular que incorporaron a sus obras. Los músicos más destacados de este movimiento fueron Isaac Albéniz, Enrique Granados y Manuel de Falla. Los dos compositores de nuestra particular audición fueron quizás los últimos de ese estilo que hemos comentado a grandes rasgos.
Antón García Abril (1933-2021) en su obra concertante pretendió aunar la tradición nacionalista española con ciertas innovaciones de vanguardia. Debo reconocer que es un compositor poco conocido entre los aficionados melómanos. Sin embargo, a todos nos suenan muchas de las bandas sonoras que compuso para series de TV como El hombre y la Tierra o películas como Los santos inocentes. De este músico aragonés se interpretó el Concierto Mudéjar (1986) compuesto en origen para guitarra y orquesta. En esta obra es menos reconocible el folclore español, pero es muy exigente en el protagonismo de la guitarra.
Por el contrario, Joaquín Rodrigo (1901-1999) fue uno de los compositores más populares en nuestro país. Mediante sus obras para guitarra consiguió consagrar este instrumento como solista de concierto. Ciego desde la infancia, escribía sus trabajos en braille y posteriormente eran transcritos. Los que tenemos cierta edad lo recordamos con sus gafas oscuras tocando el piano o la guitarra.
Del genial Maestro Rodrigo se interpretaron en el programa sus dos obras más populares. La primera fue Fantasía para un gentilhombre (1954), un concierto escrito para guitarra y orquesta con cuatro movimientos. Sus aires de antiguas danzas españolas nos sumergen en el ambiente de nuestro siglo de Oro. Sus matices son sutiles según los expertos, pero como aficionado pienso que son cosas de sentir.
Como colofón final se interpretó el famoso Concierto de Aranjuez (1939) igualmente compuesto para guitarra y orquesta. De sus tres movimientos: Allegro con spirito, Adagio y Allegro gentile, el primero y último nos sumergen de nuevo en el ambiente popular del siglo XVII, con los vivos crescendo y alternante decrescendo del primero y los pasos de danza del tercero. El Adagio es el más conocido de los tres, con el lirismo que impone su tempo lento y la melodía intimista que rezuma tristeza. Ha sido universalmente reproducido en audiovisuales de todo tipo. También han sido muchas las opiniones sobre los motivos de Rodrigo al componer esta obra y su momento de presentación en la España de posguerra de 1940. Sin entrar en esos interesantes detalles, diré que, para los que hemos visitado Aranjuez, la música del Concierto queda indisolublemente unidad a sus famosos jardines.
He dejado para el final lo más sorprendente de la audición que hemos presenciado. Todas las obras incluidas en el programa han sido arreglos para solo dos instrumentos. El guitarrista fue Antonio José Manzano López, profesor del Conservatorio. He asistido a muchos de sus conciertos y estoy de acuerdo en lo bien justificado de su personal currículo en el que consta la edición de varios discos, en particular dedicados a los tangos del argentino Astor Piazzolla.
El segundo instrumento, el sustituto de la orquesta, fue el piano de José María Fernández. Menos conocido y más joven que el guitarrista, pero de una ejecución impecable. Se trataba en suma de una apuesta original y un tanto arriesgada, porque obliga al oyente a desconectar del acompañamiento orquestal muy conocido y adaptarse al diálogo entre la guitarra solista y la melodía del piano. Debo decir que en esta ocasión el experimento resultó un éxito por la excelente coordinación de los intérpretes.

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