miércoles, 1 de julio de 2026

THÉRÈSE RAQUIN. Émile Zola

    A Émile Zola (1840-1902) se le considera el pionero del naturalismo literario francés. Sin embargo, en franco contraste, su vida tuvo indudables tintes románticos. Fue uno más de la bohemia parisina. En el escándalo del caso Dreyfus, se implicó en defensa del capitán de origen judío cuando publicó el artículo  “J’accuse…!”, y eso le valió un proceso judicial en el que fue condenado y tuvo que exiliarse en Londres. En política fue un ferviente republicano, muy próximo al anarquismo, en los tiempos de mayor apogeo del Segundo Imperio al que criticó duramente en sus escritos.

     La novela que hoy comento no figura entre las más conocidas del escritor, tales como El vientre de París (1873) o Nana (1880), pero causó gran escándalo en su tiempo. Tanto que Zola se vio obligado a justificarla en un prólogo en el que denunciaba además la hipocresía moral de los burgueses biempensantes. En el mismo, distinguía entre carácter y temperamento, dos términos sinónimos en castellano, pero con distintos matices en francés. El primero se refiere a los rasgos de la personalidad individual y el segundo está más ligado a las bajas pasiones, a la animalidad del ser humano. Esto último es lo que pretende analizar. Esa al menos es su declaración de intenciones.

    Thérèse Raquin (1868) es la historia de dos protagonistas, Thérèse y Laurent, de un amor adúltero y de un crimen. No voy a detallar los pormenores de la acción que en realidad son pocos, aunque muy dramáticos. Me centraré en los distintos aspectos o planos narrativos que, en mi opinión, presenta la obra. Adelanto antes una simple conjetura personal: Quizás la novela fue editada previamente por entregas. Me lo hace suponer el suspense que suscitan los finales de muchos capítulos, intentando atrapar al lector para el siguiente.

    Fiel a la estética naturalista, el escritor se recrea en la descripción de lugares y viviendas tales como la casa familiar del Pont-Neuf, siempre destacando la mediocridad, la pobreza y los aspectos más lúgubres. Son tan minuciosas que habrán sido de fácil reproducción en las versiones al cine de la novela.

    El análisis psicológico es otro rasgo naturalista. Un narrador omnisciente penetra en la mente de los protagonistas y nos muestra sus instintos básicos, el egoísmo, la traición, la cobardía, el miedo, el rencor, el remordimiento y la venganza. Las escasas virtudes de algunos personajes están viciadas por la ingenuidad, la ignorancia e incluso la superstición.

    Destacaré también la profunda crítica social en la que se pone en evidencia la hipocresía, la codicia de los ricos, la extrema pobreza y la explotación de las clases trabajadoras, la inutilidad de la burocracia, los sobornos y la compra de cargos públicos. También la crueldad social que es ilustrada mediante las visitas de curiosos a la morgue para ver los cadáveres o el gusto por presenciar las ejecuciones públicas. El lector actual puede comprobar cómo ha cambiado nuestra emotividad en algo más de siglo y medio, ahora que las imágenes crueles son censuradas o llevan la coletilla “puede herir la sensibilidad del espectador”.

    Como curiosidad quiero acentuar como, en la época de la primera revolución industrial, aún persistían teorías muy antiguas. Así cuando el escritor quiere analizar el temperamento de los protagonistas, recurre a la teoría hipocrática y galénica de los cuatro humores del cuerpo humano que configuran a su vez cuatro temperamentos: Sanguíneo, colérico, melancólico y flemático. Zola los mezcla y define a Thérèse entre colérica (nerviosa) y melancólica, lo que hoy llamamos trastorno bipolar. De Laurent dice que es sanguíneo (optimista) y flemático (perezoso). Por el contrario, la descripción del síndrome de enclaustramiento que sufre la señora Raquin tras un ictus me parece muy actual.

    Resumiendo lo anterior: El comportamiento instintivo y animal de los protagonistas condiciona su libre albedrío y los muestra predestinados a su final. Si hubiera que destacar tres aspectos en su comportamiento, yo señalaría la carnalidad, el remordimiento y el terror.

    Por último, quiero hablar de algunos rasgos que me parecen más propios del romanticismo que del realismo naturalista: El fantasma del ahogado que se interpone entre los dos amantes y arruina su relación. La cicatriz en el cuello de Laurent que parece enrojecer y revivir con los recuerdos del crimen. Para atenuar esa sensación de brumosa irrealidad, el autor lo relaciona con ideas delirantes y pesadillas nocturnas de los protagonistas.

    Para terminar Thérèse Raquin es una buena novela. Nos puede parecer muy alejada de los modelos narrativos actuales, pero es un buen ejemplo para ilustrar el movimiento naturalista del siglo XIX

 

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