El término vacación, o vacaciones como solemos decir, viene de latín vacatio que significa estar libre o vacío de una tarea. En la antigua Roma los únicos que tenían vacaciones permanentes eran los patricios. Los caballeros o la plebe no tenían ese periodo anual de descanso, solo los días festivos sacralizados en el calendario, los días nec fasto en los que estaba prohibido hacer negocios o impartir justicia. El festivo tampoco contaba para los esclavos.
Las vacaciones remuneradas, ahora consolidadas como un derecho laboral, se conquistaron en España en fechas relativamente recientes. En 1918 fue concedido un descanso de 15 días a los funcionarios. La Segunda República lo extendió en 1931 a 7 días para los obreros. En los años 60 se generalizaron las vacaciones de 15 días, pero no fue hasta 1983 cuando se fijaron en 30 días naturales para todos los trabajadores.
No voy a insistir sobre la necesidad de desconectar temporalmente del trabajo habitual como medio para incentivar el rendimiento laboral. Tampoco destacar la justicia de una medida penosamente alcanzada en una larga tensión entre patronos y trabajadores. El sentido de este artículo es hablar de las vacaciones como símbolo del estatus social de los que las disfrutan. No pretendo dar una visión total y objetiva del tema, sino más bien mis impresiones subjetivas centrando el foco en las vacaciones españolas
El estatus lo determina a menudo la riqueza, heredada o adquirida, y también los trabajos bien retribuidos de altos funcionarios, directores de empresas o profesiones liberales. Dicho status se extiende a la familia y define a toda una clase social.
Entre los años 50 y 60, aristócratas de la jet set como Jaime de Mora y Gunilla von Bismarck pusieron de moda Marbella, y con sus pieles bronceadas convirtieron el turismo de playa en emblema de estatus social. Las familias de clase alta veraneaban en la costa mientras que algunos padres quedaban trabajando, lo que se conocía popularmente como estar de rodríguez. En aquellos años de mi juventud no tenía el mismo valor social el bronceado playero que el moreno ceniciento de la piscina municipal. Por desgracia no se conocía entonces que la piel guarda memoria de los rayos ultravioletas, y en la actualidad muchos de mi generación lucen una piel prematuramente avejentada.
En los años 80 las vacaciones de playa no aportaban ya distinción porque las disfrutaban un elevado número de trabajadores de toalla, sombrilla y arcón nevera. Comenzó entonces a destacar el turismo de viajes internacionales como indicio de rango social, a ser posible a destinos lejanos y países exóticos cuyos monumentos nos asombran, aunque pasemos de puntillas cerca de la pobreza de sus habitantes e ignoremos completamente su cultura, tan ancestral o más que la nuestra. Pero la clase media es tozuda en la emulación y ahora pasear por la Gran Muralla china es como asistir a una feria. Conozco a familias que piden un préstamo para poder viajar en verano a lejanos países.
Persiguiendo la distinción, algunos turistas decidieron ser viajeros e iniciar visitas de aventura a países fuera de los circuitos habituales, bien por su aislamiento o conflictividad. Eran viajes de grupos reducidos, organizados por agencias de lujo, con guías que previamente habían sido casi exploradores de un territorio. Por fin ese turismo de aventuras se extendió a los cruceros, aunque la experiencia de MV Hondius y la reclusión de pasajeros por un brote de hantavirus, este mismo año, no parece presagiar un buen futuro a esta modalidad de aventura marinera.
Pero lo más inquietante es que esas agencias dedicadas al turismo aventurero, antes casi desconocidas para el gran público, han comenzado a anunciarse en televisión. Me parece una señal inequívoca de que se inicia una nueva fase de mimetización en busca del estatus diferenciador.
No debe considerarse este comentario como una crítica. Simplemente describo lo que me parece una realidad de nuestras vacaciones. Algunos de los excesos retratados también los he cometido yo. Además, el turismo de masas es una manifestación que me parece democrática e igualitaria. Nuestro país progresa en parte gracias a ese turismo.
Para terminar, me gustaría manifestar un
deseo utópico, como aquel que dijo: “I have a dream…”. Que el estatus
social no lo determine solo la riqueza. Que se acceda también mediante la
cultura y la autoridad intelectual, ese espacio sólo reservado hasta hora a los
grandes genios. Quizás si fueran muchos los que alcancen este rango, podríamos
prescindir de la incesante y cansina competición en las vacaciones.

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