El joven escritor ubetense David Uclés (1990) alcanzó fama literaria y notoriedad pública con su obra La península de las casas vacías (2024) (ver lunes 28 de julio de 2025). Un auténtico best seller, merecedora de muchos premios. Ahora, dos años más tarde nos llega esta nueva novela que acabo de leer. Ha sido galardonada con el prestigioso Premio Nadal y elogiada por escritores como Eduardo Mendoza o Pere Gimferrer. Sin embargó la crítica especializada no ha sido unánime en la valoración, en ocasiones muy negativa. En mi posición de buen lector pero modesto crítico, siento pudor en desmentir a los primeros y tampoco reniego totalmente de los valores que aprecio en la obra.
Pero antes de intentar analizar lo positivo y negativo que percibo tras la lectura, quiero hacer unas consideraciones previas: Para cualquier escritor es difícil conseguir una segunda novela que logre eclipsar los valores de máxima calidad de otra previa. Los tiempos de documentación preliminar a la redacción también son importantes. Por último, no se debe olvidar la presión de editores y asesores de marketing sobre el autor, para que renueve los éxitos de ventas.
La ciudad de las luces muertas (2026) es otra de las genialidades de David Uclés, pero con un claro desequilibrio entre forma y fondo, entre estilo literario y contenido trascendente. La novela comienza en la Barcelona de posguerra de 1941, una ciudad triste que es en sí misma una metáfora de la oscuridad de ese tiempo. La protagonista principal es la joven Carmen Laforet. Cuando acude a una reunión clandestina de intelectuales, recibe de otra escritora, Dolor Monserdá, una hoja de un cuaderno mágico en el que escribir un deseo. Al hacerlo provoca accidentalmente un embrujo que sumerge a la ciudad en un apagón, una especie de noche de los tiempos, y un caos espacio temporal en el que se mezclan e interactúan escritores, artistas e intelectuales del pasado, presente y futuro. Al mismo tiempo aparecen edificios que desaparecieron en tiempos pretéritos junto a otros que serán edificados en lo venidero.
A partir de ahí se desarrolla la trama argumental con un impresionante despliegue de realismo mágico, surrealismo, metaficción, ambiente onírico e intertextualidad, todo ello envuelto en la prosa barroca y elegante del escritor. Alguien ha definido ese estilo tan personal como realismo uclesiano. Se entiende que frente al realismo mágico que se desarrolla en espacios ficticios, Uclés sitúa su magia en sitios reales y minuciosamente documentados.
En cuanto a la estructura de la novela, consta de prólogo, epílogo y 24 capítulos (un homenaje a los mismos cantos de la Ilíada). Son cortos y permiten el despliegue de más de 70 personajes. Están separados por dos interludios (siempre lo musical) en los que Carmen Laforet intenta revertir el conjuro. En uno de ellos se insinúa que todo puede ser un sueño de la protagonista. La historia la cuenta un narrador omnisciente que en ocasiones se dirige al público lector.
Estamos ante una novela coral cuyo protagonista real es la ciudad de Barcelona y sus avatares históricos enfocados más claramente entre finales del XIX y todo el XX. El despliegue de personajes comienza con un homenaje a los escritores del boom latinoamericano y sigue con un elenco de escritores, músicos, activistas políticos etc, cuyo nexo de unión es ser barceloneses y catalanes o haber vivido en la ciudad en alguna etapa de sus vidas. Casi todos ya desaparecidos, pero algunos aún vivos como Eduardo Mendoza, el músico Jordi Savall o Woody Allen.
El problema es que la mayoría de esos personajes carecen de entidad, no tienen personalidad en la trama. De ellos se citan algún rasgo biográfico de fácil documentación en la red. Está vacíos y casi reducidos a un catálogo de nombres. Serían cameos en una película o partiquinos en el teatro. En muy raras ocasiones se intuye alguna crítica, como el conservadurismo radical de Vargas Llosa en sus últimos años de vida, o veladas alusiones al victimismo histórico catalán.
Desde el final de la lectura me vino una comparación metafórica de esta novela con los huevos de Pascua del ruso Fabergé: preciosos por fuera y vacíos por dentro, o en todo caso, con pequeños regalitos como en los huevos Kinder.
En La península de las casas vacías, Uclés hizo un ejercicio de memoria histórica y justicia para las víctimas de la guerra civil. En todo caso La ciudad de las luces muertas no supera a la anterior, pero aún sin un claro trasfondo merece ser leída solo por disfrutar del brillante estilo del escritor.


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