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jueves, 10 de agosto de 2017

PATRIA. Fernando Aramburu

Esta novela, la última de Fernando Aramburu, ha sido un éxito fulminante. Desde su edición el pasado año, y en lo que va de éste, ha cosechado dos premios y las mejores críticas. Es, hasta ahora, el número uno en la lista de superventas, objeto de debate en los foros literarios y motivo de elogio en el boca a boca entre lectores. Hasta su propio título parece un acierto; breve y rotundo nos remite a un concepto tan ambiguo como afectivo, que todos podemos sentir más que entender, y nos hace presagiar, de entrada, la emotividad del contenido.
El autor, por edad y por vasco, sabe bien de lo que escribe, y lo hace con la maestría narrativa que demostró desde su primera novela, Fuegos con limón (1996). En esta última renuncia de forma expresa a una explicación del fenómeno  terrorista para centrarse en sus consecuencias. Los motivos que le indujeron a escribirla los expone claramente Aramburu cuando, casi al final de la obra, se introduce en el relato a través de un personaje que actúa como alter ego literario, precisamente un escritor anónimo que, en una conferencia, presenta su novela sobre el mismo tema y entre otras razones comenta las siguientes: “Escribí, pues, en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros…y qué consecuencias físicas y psíquicas acarreará a las víctimas supervivientes.”; ”Procuré evitar los dos peligros más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos y sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de forma explícita postura política”.
Patria (2016) cuenta la historia de dos familias que fueron amigas y se ven enfrentadas a raíz de un asesinato de ETA. Las dos protagonistas principales son las matriarcas de las mismas; Bittori es la viuda y víctima indirecta, Miren es la madre de uno de los miembros del comando que asesinó al Txato, cuya autoría directa no se aclara hasta el final; sin duda un recurso para mantener la atención y algo de intriga  sobre un relato que trascurre ágil aunque demasiado extenso en mi opinión. La acción comienza en 2011, año en el que ETA anunció el cese de la lucha armada, y desde ese presente los personajes, miembros de ambas familias, evocan el pasado teniendo como punto focal el asesinato. La trama argumental se desarrolla con fluidez mediante capítulos cortos en los que se suceden y alternan los protagonistas aportando su personal visión de los hechos y expresando sus sentimientos, sobre todo el dolor y la humillación, también la culpa y la frustración sin posibilidad de alivio en el perdón o el olvido. Los personajes secundarios y la ambientación entre el medio rural, aferrado a la tradición, y San Sebastián, más progresista y menos opresiva, aportan un buen retrato de la sociedad vasca.
La brevedad de los capítulos y la frecuencia de analepsis restrospectiva recuerda la sucesión de escenas cinematográficas, no me extrañaría pues una futura versión al celuloide. Siguiendo con la estructura narrativa, la historia la cuenta un narrador en tercera persona que participa lo mínimo, con escasos elementos descriptivos que localicen la acción, y deja que los protagonistas se expresen en primera persona a través de abundantes diálogos y mediante el recurso al monólogo interior. El leguaje es directo y sencillo. Los términos vascos no son abundantes y se entienden por el sentido, aunque para mayor facilidad se traducen en un glosario final. Como datos curiosos, señalar que algunos personajes, sobre todo los abertzales, utilizan con frecuencia tiempos verbales castellanos incorrectos, con una clara intencionalidad que se destaca en cursiva. Otra es la utilización de triadas de verbos (cogió/tocó/miró), calificativos o sustantivos separados por barras para enfatizar o bien para introducir matices en la acción o descripción.
En fin, se trata de una buena novela cuyo éxito está más que justificado. Y sin embargo debo reconocer que me ha costado trabajo terminarla. La explicación es bien sencilla. La curiosidad, como elemento decisivo para incitar a la lectura, es a veces caprichosa, se estimula ante cosas relativamente banales como un título o una portada sugerente, y se mantiene a base de ingredientes como el misterio o el afán de conocimiento, siempre en dosis moderadas. En los extremos y por defecto, la ignorancia sobre la ambientación o la trama argumental a menudo agota nuestra curiosidad y desalienta la lectura, a mí me ocurrió con Versos satánicos de Salman Rushdie; pero el exceso de conocimiento también la inhibe. Y es que, a los que tenemos edad suficiente y vivimos, más o menos directamente, los años duros del terrorismo etarra, esta novela no nos dice nada que no sepamos. A esto tengo que añadir que Fernando Aramburu, como el mismo declara, ha despojado el relato de efectos dramáticos y sentimentales persiguiendo una neutralidad que le aproxima al testimonio realista pero le resta tensión narrativa aplanando la acción y, de nuevo, inhibiendo la curiosidad por un desenlace que se presume inexistente desde mucho antes del final.
Lamento aportar esta nota discordante al entusiasmo general suscitado por una novela cuya calidad no pongo en duda. 

miércoles, 27 de noviembre de 2013

FUEGOS CON LIMÓN. Fernando Aramburu

Hay novelas que resultan de difícil encuadre en la variada tipología del género narrativo y ésta que comentamos hoy es una de ellas. Se pudiera clasificar como humorística, autobiográfica, costumbrista, o definir como realista, pero, aunque tiene peculiaridades o elementos de estos tipos o estilos, no se le puede colocar  una etiqueta de forma concreta y absoluta. Como todo  lo inclasificable o distinto tiene la virtud o defecto,  según se entienda, de confundir inicialmente, habituados como estamos a desarrollos argumentales más tradicionales o relatos de mayor tensión narrativa.  Me consta que provoca opiniones contrarias  entre los lectores  y desde luego no fue en su momento un éxito de ventas, pero no se le puede negar cierta originalidad que suscita controversia, y  unos valores que me esforzaré en resaltar.
        Fuegos con limón (1996) fue la primera novela de Fernando Aramburu, filólogo vasco que ejerció como profesor de lengua española en Alemania y tras publicar ésta y alguna otra, además de poesía y cuentos, ha abandonado la docencia para dedicarse a la literatura. Estamos ante una obra de ficción pero con cierto matiz autobiográfico por estar inspirada en algunas de sus experiencias juveniles. Narra la historia de Hilario Goicoechea, hijo de una familia obrera, que comienza relatando en primera persona los recuerdos de su niñez asilvestrada en los suburbios de San Sebastián durante la década gris de los 50, inmerso en un ambiente de pobreza y autoritarismo. Unas duras condiciones de vida que tenían su reflejo en esa crueldad infantil tan típica de entonces, que ejercíamos o soportábamos con naturalidad y ahora nos horroriza cuando la sufren nuestros hijos o nietos. Y retornando al argumento; tras evocar su infancia, el protagonista nos cuenta sus comienzos como universitario y su ingreso en un grupo de estudiantes con vocación de estética surrealista, acontecimientos vividos realmente por el escritor, y supongo que ahí termina el paralelismo autobiográfico porque el personaje de Hilario está dibujado con trazos tan negativos que más bien parece un antihéroe. Es tímido, cobarde, acomplejado, vengativo, e indiferente al sufrimiento ajeno. Ante rasgos tan excesivos bien parece que el autor haya querido convocar sus personales fantasmas de juventud y, mediante una especie de conjuro o exorcismo, reunirlos en este personaje  encerrado en el libro, como un genio esta vez maligno, a la manera de aquel de la lámpara. Conforme avanza la trama narrativa se aprecia un claro contraste entre la dura personalidad del protagonista y sus experiencias y aventuras con el grupo de estudiantes, de una comicidad rayana en lo esperpéntico y relatadas en un tono que recuerda vivamente el estilo cervantino de las Novelas Ejemplares  en lo que parece un claro homenaje a la novela picaresca española. Esta impresión se refuerza mediante la utilización de un lenguaje rico en sinónimos, a veces reunidos en tripletes, y abundantes vocablos y frases del castellano antiguo, ya casi olvidados, que uno de los personajes califica de forma burlesca como  verba arcaica. En medio de este ambiente estudiantil que pretende ser progresista, contracultural, y provocador de la moral burguesa, asistimos a absurdos manifiestos surrealistas, aventuras ridículas, y gamberradas estudiantiles de todo tipo, descritas con un humor agridulce,  hilarante casi siempre, que roza lo escatológico en ocasiones, e incluso puede mostrar tintes crueles.
        Este primer plano de novela humorística es la pantalla tras la que se esconde un segundo plano narrativo, un telón de fondo, menos aparente si se quiere, de estilo claramente realista que remite al ambiente social del País Vasco en aquella época de finales de los 70, con una democracia novata e insegura; un pueblo obligado por necesidad a convivir con la violencia terrorista hasta el punto de considerarla normal; la contraposición de españolismo y nacionalismo; la conflictividad de las relaciones familiares; el ambiente mísero de los barrios marginales; la degradación de amplios sectores del proletariado y clase media, ya afectados por entonces, como ahora, por crisis económicas  (la segunda del petróleo); y otros muchos aspectos que configuran la novela como un auténtico retrato de época. En mi opinión esa voluntad de realismo que trasciende  lo humorístico se hace bien patente en el dramático final.
        En la parte negativa es obligado destacar que la novela hubiera sido igualmente buena con cien páginas menos. Sobran algunas digresiones que parecen destinadas a prolongar innecesariamente la historia. Otras en cambio, como el diario de una de las protagonistas, están más justificadas, en este caso por ofrecer un contrapunto femenino en una historia en la que predomina  el  punto de vista masculino.
En resumen, me parece una buena novela, original y variada en matices aunque no sea del gusto de todos. He disfrutado de sus descripciones y de la intencionada riqueza del lenguaje. Me he reído con las dislocadas experiencias de los protagonistas y, por ser casi de la misma edad del escritor y haber vivido mi juventud en esos años, puedo asegurar que, desprovistas  de su  pátina literaria, tienen viso de realidad, porque viví o presencie algunas en parecidos términos por más que puedan parecer exagerados.