La novela que hoy comento es la ópera prima de una joven escritora gallega, Lucía Solla Sobral (1989). Su inicio literario ha sido aquello de “llegar y besar el santo”, porque la obra ha ganado el premio El Ojo Crítico de Narrativa 2025, destinado a promocionar a jóvenes talentos. El jurado la destacó como “una narradora solvente, original y madura”, y entre las críticas favorables, se considera que tiene: “una prosa que oscila entre la delicadeza lírica y la crudeza visceral”. Tras la lectura diré que estoy totalmente de acuerdo con estos juicios de valor.
Toda obra literaria tiene algo de autobiográfica en cuanto refleja parte de la personalidad o los pensamientos del autor. En este caso la escritora no admite claramente esta categoría. Sin embargo, destaca en la novela cierto paralelismo biográfico con la narradora protagonista. Ambas viven su adolescencia en Pontevedra, estudian filosofía y trabajan en empresas de marketing. En los agradecimientos finales a distintas personas, se intuye en algunas una cierta implicación en la vida de la escritora, más allá de la mera colaboración literaria.
Comerás flores (2025) es la historia del fracaso de una relación sentimental entre Marina, joven inmadura, insegura y deprimida por la reciente muerte de su padre, con Jaime, veinte años mayor que ella, triunfador en su profesión, rico y admirado por todos, culto y elegante. Del relato trascienden varias ideas: La pérdida y el duelo no resuelto. La necesidad de madurar y la autoafirmación de la personalidad. Los celos y los complejos físicos entre otras. Pero Lucía Sobral, en las entrevistas promocionales, destaca una sobre todas: la violencia psicológica sostenida, que nombra con el término de violencia transparente, porque no es apreciada por el entorno de la víctima. Naturalmente, para el lector se hace patente en el relato y eso nos hace odiosa la figura de Jaime. Solo hay un aspecto que me parece inquietante. Marina es la protagonista y narradora en primera persona. Conocemos sus experiencias y su visión de los demás desde su propio foco óptico. Se muestra sincera reconociendo su propia debilidad y admite ciertas virtudes en Jaime, pero no tenemos en contrapartida la versión de éste.
La relación desigual entre Marina y Jaime, parece desde el principio la crónica de un fracaso anunciado. Entre las evidencias que lo proclaman aparecen en el relato otras evidencias menos explícitas. La primera es el psicoanalítico complejo de Electra, el que lleva a Marina a buscar en Jaime la protectora figura del padre perdido. El segundo tiene que ver con el mito de Pigmalión, el escultor enamorado de su propia obra. A partir de un momento el relato me hizo evocar una versión moderna del mito, la película My fair Lady de George Cukor. En efecto, Jaime se enamora de la belleza y juventud de Marina y pretende moldearla a su gusto para que sea perfecta. Es el mito a la inversa, el premio lo tiene de antemano porque su obra ya está viva, solo necesita forjarla como una estatua.
Me permito una reflexión final: la memoria selectiva es el instrumento que utilizamos los humanos para configurar nuestra historia, nuestra verdad individual. Yo mismo reconozco humildemente las trampas de la memoria, casi siempre inconscientes, que me ayudan a configurar la mía propia. Creo que Marina la protagonista, y quizás la escritora, utiliza este mismo recurso como una catarsis que la purifique y reconstruya después de pasados errores.
En fin, una novela interesante, no tanto por su estilo literario sino por los conflictos que plantea, que se prestan a un debate que no debería separarnos por géneros sino reforzar nuestra propia humanidad, conflictiva y diferente en lo emocional, pero complementaria y enriquecedora si nos desprendemos de prejuicios.

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