Los humanos modelamos mediante la memoria nuestra propia verdad individual y nos acomodamos a ella. Pero como seres sociales nos preocupa también nuestra imagen, la que ofrecemos a los demás, por la que somos valorados y juzgados. Son pocos los que consiguen hacer realidad aquel aforismo griego: “conócete a ti mismo”. Pero casi nadie elude el intento de ofrecer al mundo su mejor versión. Menos aún, los que han pasado a la historia. Este el caso de Michel de Montaigne (1533-1592), el genial creador del género literario del ensayo. Conocemos su historia: noble y rico, gran humanista, político y diplomático en una etapa difícil de la historia de Francia, las guerras de religión. Reconocido por su tolerancia y admirado por reyes de uno y otro bando que aceptaron sus sabios consejos.
En su obra cumbre los Essais (1580), en un tono íntimo y subjetivo, nos cuenta sus experiencias y sus pensamientos que trascienden sinceridad y verdad. Yo mismo quedé impresionado por uno de esos ensayos en el que describe con perfección las sensaciones que percibió cuando sufrió una angina de pecho. En resumen, los Ensayos, aún con sus contradicciones, son la imagen de sí mismo que Montaigne legó a la posteridad.
Ahora acabo de leer Diario de viaje a Italia, que contiene las notas de un viaje que realizó por Alemania e Italia, entre 1580-81. El escritor estaba aquejado del entonces llamado mal de piedra (nefrolitiasis) del que murió su padre. Obsesionado por esta enfermedad, inició el viaje buscando remedio en los principales balnearios de aguas termales ya que, por aquel entonces, beber las aguas y bañarse en ellas parecía el único remedio eficaz contra la enfermedad. De camino aprovechó para visitar las ciudades más importantes, incluida Roma.
Durante las distintas etapas de su periplo, tomó notas para recordar los lugares que visitó. Nunca tuvo intención de editarlas y permanecieron ocultas en su castillo, hasta que en 1774 fueron descubiertas por accidente y publicadas. Carecen por tanto de valor literario, pero en ellas el escritor se muestra sin ocultación alguna, con sus virtudes y defectos. De otra parte, mediante sus opiniones, políticas y sociales, nos muestra los prejuicios de un viajero de su época.
Montaigne, con 47 años, parte de Burdeos acompañado por un séquito de criados, familiares y amigos que lo irán abandonando cansados de un viaje que duró algo más de un año. Las notas se agrupan en tres apartados. Las primeras se las dicta a un secretario que selecciona entre ellas las que supone que más agradará recordar a su señor. En un segundo grupo es el propio escritor el que toma la palabra en primera persona. En otro tercero, llevado por su afán de aprender, se atreve a escribirlas en idioma italiano para practicarlo. Aunque dice conocer Nápoles, las notas no aportan noticias más allá de Roma. Las regiones visitadas fueron Suiza, Austria, todo el valle del Po, incluida Venecia, la Toscana, el Lacio, el Milanesado y Saboya. Desde ahí le entra prisa por volver y acorta las etapas cuando se entera de que ha sido nombrado alcalde de Burdeos.
En ese balance entre virtudes y defectos, que evidencian las notas, comenzaré por algunos de los últimos: Entrevistas con los nobles de cada ciudad en las que hace valer su nobleza y con notable vanidad va regalando por muchos sitios su propio escudo nobiliario. A los plebeyos los trata con cierta altanería.
El que presume de cosmopolita y tolerante humanismo, muestra orgullo patriótico cuando destaca las ciudades italianas francófilas o las escasas victorias francesas en un tiempo en que los españoles y austriacos dominan Italia. No oculta su resentimiento cuando el archiduque Fernando II (sobrino de Carlos V) rechaza entrevistarse con él por considerarlo enemigo. Se duele de la derrota de Pavía y destaca pequeñas victorias parciales de las armas francesas.
Su enorme erudición no le impide tener algunos errores de bulto. Como atribuir el origen de la flor de lis florentina a la francesa, o confundir a Marco Aurelio con Antonino Pío en la famosa estatua ecuestre del Capitolio romano.
Su mayor defecto lo muestra cuando describe de forma minuciosa y prolongada su estancia en los balnearios y sus efectos al tomar las aguas: pequeñas piedras y arenilla expulsadas llegando a lo escatológico con las purgas y cólicos intestinales. Entre esas obsesivas prácticas no oculta cierto escepticismo hacia sus propiedades curativas.
Se muestra generoso en sus gastos, pero eso no le impide señalar los costes de cada posada o alojamiento y compararlos con otros, además de destacar las distintas calidades del servicio recibido.
En la parte positiva, algunas virtudes: Su enorme curiosidad por todo tipo de conocimiento. Censura a los viajeros franceses en Italia por hablar sólo entre ellos en francés lo cual les impide conocer el idioma y las costumbres de otros pueblos.
En los monumentos destaca su belleza sin profundizar, pero en cambio se muestra muy interesado en toda clase de artilugios de ingeniería (hidráulica y otros) y los describe a la perfección. En todas las ciudades procura entrevistarse con los hombres más cultos de su tiempo y aprender de ellos. No evita las discusiones con los distintos credos protestantes, al tiempo que rechaza el fanatismo y elogia la tolerancia de algunas ciudades hacia católicos y protestantes en igualdad de derechos y deberes cívicos. En Roma hace toda una elegía a las glorias del pasado, al estilo de Rodrigo Caro. Muestra los escasos restos arqueológicos conservados como pequeños indicios de la gran civilización latina de la que somos herederos.
Terminaré con una irónica paradoja. Montaigne no murió de su temido mal de piedra sino de una amigdalitis pultácea, es decir, un absceso amigdalar.
Como resumen, Diario de Viaje a Italia tiene la virtud del viaje a través de unos ojos y pensamientos de otro tiempo. Si se tiene curiosidad, la red nos permite ver, con abundancia de imágenes los monumentos y lugares descritos. Estamos ante un documento histórico para degustar a pequeñas dosis, que sobrepasa la mera divulgación y solo es adecuado para los “muy cafeteros” interesados por la Historia.


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