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domingo, 9 de agosto de 2026

LA CIUDAD DE LAS LUCES MUERTAS. David Uclés

    El joven escritor ubetense David Uclés (1990) alcanzó fama literaria y notoriedad pública con su obra La península de las casas  vacías (2024) (ver lunes 28 de julio de 2025). Un auténtico best seller, merecedora de muchos premios. Ahora, dos años más tarde nos llega esta nueva novela que acabo de leer. Ha sido galardonada con el prestigioso Premio Nadal y elogiada por escritores como Eduardo Mendoza o Pere Gimferrer. Sin embargó la crítica especializada no ha sido unánime en la valoración, en ocasiones muy negativa. En mi posición de buen lector pero modesto crítico, siento pudor en desmentir a los primeros y tampoco reniego totalmente de los valores que aprecio en la obra.

lunes, 28 de julio de 2025

LA PENÍNSULA DE LAS CASAS VACÍAS. David Uclés

    La Guerra Civil fue nuestro gran trauma nacional del siglo XX. Una profunda herida que afectó a varias generaciones de españoles y dejó dolorosas cicatrices que aún sufrimos. Sobre esa guerra que no viví, aunque sí la prolongada secuela de la dictadura, he leído mucho y tuve la suerte de recoger testimonios directos. Ahora, cuando pensaba que sobre nuestra contienda estaba ya todo escrito me llega esta novela que aporta una versión subjetiva, conmovedora y verídica, pero ante todo muy original.

martes, 1 de junio de 2021

DEL AMOR Y OTROS DEMONIOS. Gabriel García Márquez

 Gabriel García Márquez (1927-2014) ocupa uno de los primeros puestos en mi particular nómina de escritores favoritos, pero esto no siempre fue así. Hace más de treinta años, cuando la obra del escritor colombiano alcanzó máxima difusión en nuestro país, tuve ocasión de leer algunas de sus novelas, no de las más conocidas, pero si más complejas, como El otoño del patriarca (1975), y debo reconocer que no me gustaron. Estaba entonces bajo la total influencia de una educación racionalista y eurocéntrica en lo literario, y reforzado por mi formación y profesión en la firme creencia de la evidencia científica y la supremacía de la lógica. Instalado en esa mentalidad, no podía entender el principal postulado del realismo mágico que se empeña en presentar lo irreal, extraño o sobrenatural, como algo cotidiano y común. Tampoco ayudó la lectura Miguel Ángel Asturias (Leyendas de Guatemala), otro representante de ese estilo literario, aún más críptico para mí por su identificación con las culturas indígenas. Y ya se sabe, no puede gustar lo que no se comprende, así que durante mucho tiempo eliminé de mis lecturas las novelas de García Márquez y algún que otro escritor del llamado boom latinoamericano.

lunes, 23 de marzo de 2020

EL BOSQUE ANIMADO. Wenceslao Fernández Flórez


El escritor y periodista Wenceslao Fernández Flórez (1885-1964) formó parte de un grupo de literatos afines al franquismo en mayor o menor medida. En cuanto a proximidad ideológica, quizás el máximo representante del mismo fue el gaditano José María Pemán que hasta los años 60 encabezó el escaso cartel cultural del régimen. La mayor parte de ellos han sido relegados y minusvalorados por la crítica literaria posterior, y no siempre se ha tenido en cuenta el grado de colaboración y afinidad ideológica de cada uno con los vencedores del 39.  En nuestro caso, la biografía política del escritor gallego presenta evidentes claroscuros que no entraremos a analizar. Como autor, parece que fue más valorado por sus artículos de prensa y por las novelas de humor, una etiqueta que, según se dice, pretendía superar. En mi opinión lo consiguió al menos en dos de sus obras; Volvoreta (1917) y esta que hoy comentamos. Leí la primera con apenas 18 años en una famosa colección de libros de bolsillo de principios de los años 70. La relación entre el señorito hipócrita y la criada me pareció entonces una historia triste y creí ver en ella un atisbo de crítica, algo parecido al realismo social, donde ahora creo que sólo había un descarnado naturalismo de matiz costumbrista gallego. En la novela que hoy comentamos hay mucho de esto último pero impregnado de un lirismo fatalista que la convierte en algo diferente, mucho más rica en matices y de un estilo más depurado. Por todo eso, no sin razón, algunos la han considerado la obra cumbre del autor.
El bosque animado (1943) es en realidad una colección de relatos cortos a los que se ha dado una original estructura formal de narración unitaria y extensa hasta configurara una novela. De principio, cada una de las 16 historias o cuentos, aquí llamados estancias, se han integrado como capítulos de un todo. En la primera de ellas queda claro quién es el auténtico protagonista, cuando se dice: “Este es el libro de la fraga de Cecebre”. Fraga es el nombre gallego para un bosque selvático y poco modificado por la mano del hombre. Para Fernández Flórez, muy unido al pueblo de Cecebre en cuya proximidad tenía una casa de veraneo, ese entorno natural pletórico de vida pero también de misterios, es un todo al que da un sentido simbólico casi panteísta cuando declara: “La fraga es un ser hecho de muchos seres (¡no son también seres nuestras células¡)”.
Los protagonistas humanos de algunos relatos, el bandido Fendetestas, la mísera Marica da Fame y su hija Pilara, o la criada Hermelinda entre otros muchos, se convierten en personajes secundarios que aparecen en otras historias. De otra parte, el protagonista de la primera, Geraldo, lo es también de la última. Estos dos aspectos contribuyen a dar a la novela entidad de narración unitaria y circular, como inicio y cierre de un ciclo vital de la naturaleza, expresado también en las distintas estaciones del año.
Otros relatos están protagonizados por animales o árboles a los que se le presta voz y características antropomórficas siguiendo la estela de las fábulas tradicionales, con moraleja más o menos explícitas. Tal es el caso del previsible fin del vanidoso poste telegráfico de la primera estancia, o la belleza concedida como paradójico castigo de la bondad en La lucecita pálida. Otras fábulas tienen un fondo crítico, como la crueldad humana con los animales en el caso del topo Furacroyos, o son una alegoría de tintes políticos como la crítica al igualitarismo comunista en la estancia titulada El pueblo pardo.
El narrador es omnisciente y habla en tercera persona. Con frecuencia dirige sus observaciones o interpela directamente al lector o a los animales y seres de la fraga, sin quedar claro a quién lo hace. Se introduce así el concepto de narratario, es decir, aquel a quien se dirige el discurso del narrador, bien sea el lector u otro personaje de la ficción. Otra técnica utilizada es la de historias dentro de otras, al estilo de Las mil y una noches.
No resulta útil bosquejar la trama argumental de cada uno de los relatos, por economía de extensión y riesgo de arruinarlos. Si es importante destacar el estilo poético de casi todos y el humor de muchos: “era un fantasma enteramente igual a cualquier fantasma aldeano”. Fernández Flórez muestra un escepticismo irónico hacia creencias de la Galicia rural, tales como meigas, curanderas, o los fantasmas de la Santa Compaña. Pero en sus relatos se vislumbran espectros como la Estadea o sátiros como Rabeno que forman parte de mitos ancestrales gallegos con reminiscencias de paganismo céltico. No sabría discernir si se trata de recursos estilísticos precursores del realismo mágico, como algunos dicen, o la consecuente y aparente contradicción de algunos tópicos sobre la mentalidad gallega (las meigas no existen, pero haberlas haylas).
En cuanto a la ambientación, las historias son propias de un naturalismo descriptivo que nos muestra la miseria de aquella Galicia de principio y mediado del siglo XX, del minifundio y el caciquismo, del mísero campesino y el señor del pazo. Lo que trasciende es la resignación fatalista ante el destino y hacia una jerarquía social que se acepta como el orden natural de las cosas en el marco de una naturaleza cruel y bondadosa a un tiempo, de una tierra que ofrece generosamente sus frutos o te acoge maternalmente en su seno.
Para terminar, una obra rica en matices que nos ofrece un perfecto retrato de las raíces y del espíritu ancestral del pueblo gallego. Religiosidad y superstición junto a animismo panteísta La espectral sombra del druida sobre el cruceiro.


domingo, 4 de marzo de 2018

GABRIELA, CLAVO Y CANELA. Jorge Amado


Las primeras frases de esta novela son rotundas: “Esta historia de amor por curiosa coincidencia…, comenzó el mismo día claro, de sol primaveral, en que el estanciero Jesuíno Mendonza mató a tiros de revólver a doña Sinházinha Guedes Mendonza, su esposa”. Como no recordar, desde el principio mismo de la lectura, los comienzos en las novelas de Gabriel García Márquez, potentes y sugerentes, capaces de atraer la curiosidad del lector desde las primeras líneas. Y, sin embargo, Jorge Amado (1912-2001) no fue un imitador del genial escritor colombiano, a la inversa, la crítica literaria le reconoce como uno de los precursores del realismo mágico en la moderna literatura latinoamericana. Es verdad que en esta novela  no se aprecia esa intención de hacer verosímil y otorgar carácter común y cotidiano a lo fantástico e irreal, el rasgo más definido de este movimiento estilístico. Pero sí podemos encontrar aquí esas descripciones intensamente sensoriales que apelan a la sensualidad, o la sensación de detención del tiempo cronológico mientras fluyen los pensamientos de los personajes, rasgos igualmente típicos del realismo mágico.
         Gabriela, clavo y canela (1958) es la obra más popular entre la extensa producción del escritor brasileño. La más premiada, más traducida y más versionada en cine y televisión. Desde el mismo comienzo del relato, el narrador omnisciente nos aclara que estamos ante una historia de amor, la del sirio Nacib y la mulata Gabriela, de una belleza agreste y cautivadora. Queda claro que esa relación y sus peripecias  es uno de los hilos conductores de la trama argumental, pero en mi opinión no es el eje principal de la  misma. Tampoco me parece que sea Gabriela la principal protagonista, tal y como sugiere el título, sino más bien Nacib, un personaje sensible, entrañabe y pragmático que, en su condición de comerciante que regenta el principal bar en el puerto de Ilhéus, está al tanto de todos los chismes, murmuraciones  y noticias de la vida ciudadana, y en cierto sentido hace de nexo de unión entre el resto de personajes. Desde el principio el narrador nos describe sus inquietudes y penetra en sus pensamientos. En cambio Gabriela entra en escena a mitad de la historia, con bastante fuerza, es verdad, gracias a una desbordante sensualidad y a su naturaleza sencilla y libre de prejuicios, con una alegría y energía vital que arrastra tras de sí a casi todos los personajes, y la convierte en centro de atención del lector. El narrador también nos cuenta en su momento la crisis de la protagonista pero, aún así, el retrato psicológico de Gabriela es menos profundo y perfilado que en caso de Nacib.
         El verdadero protagonista de la novela es la propia Ilhéus, ciudad costera del estado brasileño de Bahía, en torno a 1925, cuando el cultivo del cacao  está en pleno auge y produce el  enriquecimiento rápido de la ciudad. Es entonces cuando aparecen tensiones sociales, llevadas al terreno político, entre los antiguos propietarios, los llamados coroneles, y los hombres nuevos. Los primeros representan el conservadurismo más retrógrado, incultos y poderosos, anclados en una mentalidad patriarcal y en el espíritu de los primeros colonizadores que, revolver en mano, nos recuerdan vivamente los tiempos de Far West tan divulgados por el cine americano. Los segundos son  empresarios y exportadores de la segunda ola migratoria, gente con mentalidad moderna y ansias innovadoras, partidarios de cambios sociales y políticos acordes con la nueva realidad económica. En suma, el conflicto entre tradición y progreso, un concepto que aparece con insistencia a lo largo de la narración. Los dos personajes que mejor representan esas dos tendencias antagónicas son el viejo cacique Ramiro Bastos y el emprendedor empresario Mundinho Falcao.
         En mi opinión estamos ante una estupenda novela histórica. Por la narración desfila todo un coro de personajes arquetípicos de esas dos mentalidades, y en sus actitudes y opiniones vislumbramos la evolución social inducida por el progreso económico. La intención crítica del escritor no pretende ser agria ni incisiva sino más bien amable e irónica, más centrada en el retrato costumbrista que en la profundidad analítica. Un retrato de época enfocado en la clase social dirigente, la de los blancos enriquecidos y favorecidos por toda clase de privilegios políticos. El pueblo llano aparece de forma marginal, representados en toda una cohorte de negros y mulatos, campesinos del cacao y pistoleros, sin capacidad de decisión, refugiados en sus bailes y tradiciones ancestrales. Algunos dicen que Gabriela representa el nexo entre ambas capas sociales y es el símbolo de ese progreso y evolución que se quiere poner de manifiesto en la sociedad de Ilhéus. Yo pienso que, frente a la encorsetada e hipócrita buena sociedad, representa la espontaneidad y la alegría de vivir de los afroamericanos. En mi opinión son dos mundos intercomunicados que aún podemos percibir en la sociedad brasileña; el poder político y social para los blancos, el carnaval y la samba para los mulatos.
         En resumen, una magnífica novela, que se lee con interés de principio a fin, retrato histórico de una época y una sociedad  que a mí me parece atractiva por lo exótica, aunque esos mismos cambios sociales, entre finales del XIX y principios del XX, son extrapolables a otras naciones. Los amores de Nacib y Gabriela insertos en la trama narrativa aportan la amenidad que toda buena novela histórica debe tener si quiere mantener su intención divulgativa. La historia que comienza con un crimen de honor, impune según la tradición, termina en el epílogo con el moderado castigo penal del mismo; todo un símbolo de cambio.

domingo, 28 de diciembre de 2014

EL AMOR EN LOS TIEMPOS DEL CÓLERA. Gabriel García Márquez

En este año 2014, que tiene los días contados, hemos perdido a Gabriel García Márquez (1927) uno de los grandes de la literatura hispanoamericana, y también el representante más genuino del llamado realismo mágico. Si hubiera que elegir en su producción narrativa las tres mejores novelas, la crítica es casi unánime en destacar como  su obra cumbre Cien años de soledad (1967). Aunque no la he leído aún, acepto esa preferencia, y añadiría en segundo lugar ésta que nos ocupa hoy, seguida de Crónica de una muerte anunciada (1981).
         El amor en los tiempos del cólera (1985) fue desde su edición un gran éxito de ventas. No hace muchos años que la versionaron al cine y, como suele ocurrir, parece que decepcionó a los admiradores incondicionales de la novela. Entre éstos últimos se cuentan algunos de mis amigos y uno de ellos la ha comparado, creo que acertádamente con una cebolla, ya que, al núcleo central que relaciona a los protagonistas principales, el escritor va añadiendo, a modo de capas, más y más personajes secundarios -hasta 86- con sus propias historias que enriquecen la trama argumental, configurando así un conjunto armónico y -valga el símil hortense- concéntrico y redondo. Entre esa multitud de personajes algunos, citados de pasada, son reales e históricos y sirven para encuadrar el relato en sus correctas coordenadas temporales y espaciales. Porque al escritor colombiano le gustaba interactuar con el lector e implicarlo en la historia, y con esa intención omite deliberadamente las ciudades que son el principal escenario de los  hechos narrados, así como el tiempo en que transcurren. Como recursos orientativos utiliza la alusión a dichos personajes, la cita de  unos pocos sucesos históricos y algunos topónimos de lugares más remotos, todo lo cual nos permite ambientar la historia en la costa caribeña colombiana, con Cartagena de Indias como escenario principal, y en el margen temporal de  los sesenta años que van de 1870 a 1930, una época de transición entre el extinto régimen colonial y la modernidad. Años de grandes cambios sociales, culturales y políticos, plagada de conflictos que reproducen y recuerdan los del siglo XIX español, cuyas secuelas configuran y  aún condicionan a la Colombia actual. 
         No obstante, con ser destacable el ambiente histórico y local caribeño, enriquecido éste en colorido y sensualidad por las descripciones del autor, no estamos ante una novela histórica sino, como indica el título, frente a una estupenda historia de amor; el que siente el joven Florentino Ariza por Fermina Daza, frustrado desde sus comienzos cuando ésta se casa  con el doctor Juvenal Urbino. Un amor al que se mantendrá fiel en alma, que no en cuerpo, hasta su vejez. García Márquez dijo haberse inspirado en una historia parecida; las difíciles relaciones de sus propios padres, aunque aclaraba que: «La única diferencia es que mis padres se casaron. Y tan pronto como se casaron, ya no eran interesantes como figuras literarias». En realidad la novela es casi un tratado sobre el amor y sus múltiples variantes que van desde el romántico o platónico hasta la sensualidad más carnal; del posesivo al tierno y sosegado; del amor materno a la  amante maternal; del cobijo en la amante madura y en la adolescente casi púber; de la rutina a las fantasías del juego amoroso. También se reflejan en el relato los sentimientos y condicionantes negativos del amor; el orgullo, los celos, los prejuicios de clase y los convencionalismos sociales, o el matrimonio de conveniencia. Por último es una reflexión sobre el paso del tiempo que nos destruye y de cómo reconciliarnos  con nuestra memoria. Los dos viajes de Florentino Ariza por el río Magdalena simbolizan este devenir temporal, y el sorprendente final es su personal ajuste de cuentas con el pasado.
         La novela está narrada en tercera persona, por un narrador omnisciente, con casi total ausencia de diálogos y sin el recurso al monólogo interior de los personajes, pero con una precisión descriptiva tal que nos sumerge de lleno en la trama argumental y nos aproxima a los sentimientos de los mismos. El relato se va desarrollando centrado en los protagonistas principales mediante una técnica de enfoque alternativo e individual de cada uno de ellos en distintos momentos de sus vidas, dentro del marco temporal que antes se indicó, es decir, desde su juventud hasta la vejez. En torno a éstos se despliegan los personajes secundarios y sus respectivas historias.
         El lenguaje es muy rico y abundante en palabras propias del argot local caribeño, entreverado de frases sencillas y rotundas que todos podríamos sentir como propias y en ocasiones adornadas de ese humor tan típico del autor. Para ilustrar lo que digo destacaré dos: Un hombre sabe cuándo empieza a envejecer porque empieza a parecerse a su padre. O este consejo de la madre a su hijo Florentino que sufre por los desaires de su amada: Aprovecha ahora que eres joven para sufrir todo lo que puedas. Que estas cosas no duran toda la vida.
La historia es por otra parte muy rica en todo tipo de matices y curiosidades. Oscila entre escenas y ambientes que recuerdan el romanticismo decimonónico hacia otras más realistas y crudas, que rozan a veces lo escatológico, y por fin con algunas de una gran comicidad matizada por la ironía. En cuanto a la etiqueta de realismo mágico yo diría que es la menos mágica de las tres novelas más importantes del escritor, aunque tiene sus toques al respecto.
         En fin, pienso que estamos ante un libro que puede ser justamente incluido entre los grandes clásicos de la narrativa y no debería ser obviado por quien aspire a ser un buen lector.  
        
        


domingo, 17 de marzo de 2013

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA. Gabriel García Márquez


He leído por segunda vez Crónica de una muerte anunciada (1981) algo poco habitual entre mis costumbres lectoras. La primera fue hace más de treinta años, en los siguientes a su publicación, y debo admitir que en aquella ocasión, aun reconociendo la originalidad de esta novela corta, no sintonicé demasiado con el peculiar estilo literario de su autor. Años más tarde inicié la lectura de El general en su laberinto, una novela histórica que abandoné desalentado por razones que ahora no es el caso aclarar. Esa relativa desafección hacia la obra de Gabriel García Márquez  explica porqué aún no he leído su novela más famosa y representativa Cien años de soledad, lo que puede parecer imperdonable pero en cierta forma justificable por mi inexperiencia de entonces. Ahora mi ingreso en un club de lectura ha propiciado esta segunda oportunidad, más analítica  y profunda que la anterior, pero sobre todo bajo la perspectiva que me ofrece una mayor experiencia lectora, uno de los aspectos positivos de esos años que, como se suele decir, no pasan en balde. Este nuevo encuentro con la novela ha sido gratificante  porque he descubierto en ella aspectos y matices que  antes había ignorado, me he reconciliado en cierta medida con el escritor colombiano y eso me animará a leer al menos lo más representativo de su producción literaria.
         Del libro se pueden decir muchas cosas. Está a medio camino entre novela y crónica porque  la trama argumental está basada en un hecho real aunque modificado por la fértil imaginación narrativa del autor. La investigación  del suceso se presenta, ya desde el mismo título, como una crónica que es también un homenaje al periodismo, otra de las ocupaciones del escritor. Y para reforzar esa sensación de realismo narrativo y verosimilitud el narrador  es del tipo llamado narrador testigo, es decir, cuenta los hechos y  es personaje de la novela al mismo tiempo  pero no es protagonista de los mismos  sino solo un testigo que se limita a describir lo que ve y lo que le cuentan. Abundando en lo mismo, el narrador es además el propio escritor, algo que no se  admite de forma explícita  pero queda implícito en el texto cuando de forma colateral cita a su madre, a sus hermanos, y hasta su futura esposa, Mercedes Barcha, que también son personajes menores de la historia.  El cronista utiliza la primera persona sólo para referirse a sí mismo o a su familia y una voz más objetiva en tercera persona para relatar los pormenores del suceso. A partir de un hecho, anunciado y constatado desde el principio, la muerte de Santiago Nasar  a manos de los hermanos Vicario, García Márquez construye todo un espléndido mosaico narrativo basado en  la multiplicidad de personajes, casi todo el pueblo, que han sido testigos del asesinato o conocen  la vida de los protagonistas principales y con sus testimonios  y comentarios  al narrador  reconstruyen progresivamente unos hechos observados desde un punto de vista múltiple y en ocasiones contradictorio, de una veracidad que por eso mismo no es absoluta sino relativa. La historia del crimen y la indagación sobre el mismo es también una aproximación al subgénero de la novela negra y aunque aquí no se busque el suspense  y conozcamos de antemano  el crimen y el criminal, no por ello  pierde el relato atractivo sino que atrapa  al lector  hasta el final  y eso gracias a la genialidad del escritor que  con un lenguaje  casi siempre coloquial, directo y conciso, consigue desplegar ante nosotros todo un universo narrativo que va más allá  de los hechos y  nos muestra un perfecto retrato social, enmarcado por precisas coordenadas históricas, temporales, ambientales, y geográficas; el de  la sociedad colombiano-caribeña de los años 50, con sus leyes de honor,  religiosidad, fatalismo, machismo y violencia. Y todo impregnado de  realismo mágico, esa estética literaria  que introduce en la realidad, en la normalidad cotidiana, lo extraño y sobrenatural contado como lo más normal y natural.
         En cuanto al desarrollo argumental  hay que decir que  aunque  el relato carece de divisiones en capítulos o partes, se pueden distinguir  claramente dos bloques  narrativos. El primero  comienza con el anuncio del  asesinato  y termina en la frase ¡¡mataron  a Santiago  Nasar¡¡, de trágica resonancia operística, y constituye una indagación testimonial sobre  las motivaciones  del crimen y  los aspectos psicológicos o biográficos  de los protagonistas que nos ayudan si no a comprenderlo  al menos a explicarlo.  El segundo bloque comienza con la necropsia del cadáver y termina en la consumación del crimen relatandose los hechos como una  sucesión de fatales  casualidades. Es fácil comprobar  que en ambos bloques el tiempo narrativo no es lineal  sino circular  y pienso que se trata aquí de una velada alusión a la rueda de la fortuna, una representación simbólica  de la inestabilidad de la vida humana sometida a las variaciones del azar. Porque el tema principal  que subyace en el relato es la oposición dialéctica entre  azar  y destino. En este caso el azar  o la casualidad  entendida como instrumento  del destino y éste  como manifestación  fatalista, bien sea de la voluntad de los dioses sobre los hombres, al modo de la tragedia griega, o en todo caso de alguna forma de  predestinación sobrenatural.
         No seguiré comentando la riqueza  argumental, estilística, o estructural de la novela para no alargar este comentario. Si terminaré diciendo que  es difícil  encontrar  relatos  que en tan pocas páginas  y con tan pocas palabras logren desarrollar una  historia  simple en apariencia pero con tal variedad de matices narrativos. Algo que solo pueden conseguir los escritores de la talla  de Gabriel García Márquez.

domingo, 14 de agosto de 2011

PEDRO PÁRAMO. Juan Rulfo


Muchos críticos y especialistas en la obra de Juan Rulfo recomiendan varias lecturas de esta novela  corta, en razón de su complejidad estructural y del elevado nivel simbólico de la trama argumental. Hace años la leí por primera vez, en una edición no comentada, y me gustó  por  los matices fantásticos de la narración, mas intuidos que comprendidos, y por la visión estética de la dura realidad que describe.  Mis primeras impresiones favorables sobre la novela y su autor, que por aquel entonces me era casi desconocido, se vieron confirmadas cuando me informé sobre su obra literaria. En efecto, Rulfo fue el precursor e introductor de las modernas técnicas narrativas en la literatura latinoamericana. Autor perteneciente al realismo mágico, el movimiento literario que inspiró, en mayor o menor medida,  a muchos escritores hispanoamericanos y contó con seguidores tan afamados como Gabriel García Márquez. Juan Rulfo (1917-1986) fue un escritor poco prolífico, solo publicó un libro de cuentos, El llano en llamas y la novela  Pedro Páramo que está reconocida por escritores y críticos como una de las cumbres de la literatura en castellano del siglo XX. 
          He tenido ocasión de volver a leer esta novela, esta vez en una edición de Cátedra (colección Letras Hispánicas) estupendamente introducida por un estudio analítico de la obra completado con notas, apéndices, y bibliografía, que por su precisión técnica más parece una tesis doctoral resumida que unos comentarios divulgativos. Mi interés por comprender algo mejor la compleja estructura de la novela se ha visto  así plenamente satisfecho.
El relato rompe con la narración lineal, tan típica del realismo del XIX, y se desarrolla en una serie de fragmentos cortos que distorsionan el tiempo con alternancia de pasado y presente, con frecuentes interpolaciones y cambios de narrador. Esta estructura narrativa fragmentaria a modo de mosaico, aparentemente caótico, aporta por el contrario una visión poliédrica de la historia que se ofrece así desde distintos puntos de vista. El lenguaje está enriquecido con abundante léxico mexicano y con términos derivados del antiguo idioma indígena, el náhuatl. Está además cargado de simbolismo, alusiones a mitos y leyendas locales, con frecuentes recursos propios de la prosa poética, al tiempo que  suele ofrecer pistas que relacionan sutilmente unos fragmento con otros.  Para ilustrar estos aspectos citaré dos ejemplos: la imagen del fantasmal caballo sin jinete que recorre enloquecido la pradera como anunciador y símbolo de la muerte; o la frase “entonces el cielo se adueñó de la noche” (y no al revés) como imagen poética para significar que se apagaron las luces del pueblo.
          La novela, aunque fragmentaria, tiene dos partes claramente definidas. En la primera Juan Preciado, supuesto hijo bastardo de Pedro Páramo, cuenta en primera persona su viaje al pueblo de Comala, una especie de viaje iniciático hacia sus orígenes. Allí encuentra un pueblo desolado y a personajes que el autor dibuja deliberadamente de forma ambigua, en el límite entre la vida y la muerte. Este mundo, a medio camino entre la realidad y la ensoñación, conduce al personaje hacia la enajenación mental y la muerte. El relato está veteado con frecuentes interpolaciones sobre la infancia de Pedro Páramo. Sobre este personaje principal trata la segunda parte narrada en tercera persona. Un terrateniente y cacique local, con derecho de pernada y poder de vida o muerte sobre los habitantes del pueblo.
          La narración, al margen de los aspectos simbólicos y míticos, tiene un fondo de realismo como retrato sociológico y político de la sociedad mejicana de principios de siglo XX, con problemas como la desigualdad social y económica entre una minoría de propietarios criollos y la mayoría de mestizos e indígenas que forman el peonaje agrícola; el sistema caciquil; la sumisión del clero ante los poderosos y su rapacidad con un pueblo pobre y religioso; por fin la revolución que, con altibajos, termina por oficializarse  y  cumplir con aquella frase de El Gatopardo: “es preciso que todo cambie para que todo siga igual”.
          Lo que mejor refleja Pedro Páramo es el carácter del pueblo mejicano. Un carácter forjado en el mestizaje, más cultural que racial, basado en el sincretismo entre la  religión cristiana y los antiguos ritos y creencias indígenas. También los abusos de poder institucionalizado que comenzó con las encomiendas y condujo al desigual reparto de la tierra. Todos estos aspectos, y otros muchos, templaron ese carácter indígena mezcla de estoica laboriosidad en la pobreza, sentido fatalista ante la vida y la muerte, y profunda religiosidad, muy ritual y no exenta de superstición.