La lectura es siempre generosa en dones. Nos entretiene y evade de la cruda realidad. Satisface la curiosidad y nos forma. Modela nuestros conocimientos y creencias hasta un punto en que podemos ver reflejada en un libro nuestra propia personalidad. En concreto me refiero a esas lecturas de madurez en las que compartimos con el escritor sus pensamientos, incluso los más íntimos, y las ideas en torno a la experiencia de vivir, que son también las nuestras. En esas contadas ocasiones tengo la sensación de verme en un espejo. Hace treinta años, en medio de mi primera crisis vivencial, la tuve leyendo los Ensayos de Michel de Montaigne, y ahora con este corto ensayo de apenas cien páginas vuelvo a tenerla.
