sábado, 31 de agosto de 2013

PADRES E HIJOS. Iván Turguéniev

Los momentos de máximo esplendor artístico y literario de una nación o cultura  suelen  coincidir  a menudo con  tiempos de crisis  política,  social, o económica, y es tradicional  entre los historiadores  nominar dichos periodos, más o menos prolongados, con la etiqueta Siglo  de Oro. El de la literatura rusa fue sin duda el XIX, un siglo en el que los intelectuales de ese país intentaron la transformación de la autocracia zarista, anclada aún en estructuras sociales y políticas muy cercanas al feudalismo medieval,  utilizando en una primera fase las ideas liberales emanadas de la revolución francesa, intentando adoptar a Francia y otras potencias occidentales  como modelos de cultura, modernidad, progreso científico y social, con el fin de evolucionar hacia un régimen político cercano a la monarquía constitucional.  Ese siglo contempló la aparición de una pléyade de grandes escritores, divididos por su inspiración literaria y estética entre eslavófilos y occidentalistas, que evolucionaron desde la poesía y el romanticismo personificado en la figura de Pushkin  hasta  el realismo literario y el auge de la novela en la segunda mitad de la centuria, con  Dostoyevski  y Tolstói  como  escritores más representativos. A este segundo grupo pertenece Iván Turguéniev (1818-1883) que en opinión de los críticos pasa por ser el más europeísta de los novelistas rusos del XIX, no en balde pasó gran parte de su vida en Berlín, Baden-Baden, y sobre todo París, donde mantuvo un largo idilio amoroso  hasta su muerte .
Padres e hijos (1862) está considerada como la mejor novela del escritor y diría que también la más popular y conocida.  El título es bastante explícito y remite al desfase generacional expresado en la confrontación de ideales y experiencia, y en la conflictividad que puede introducir en la relación paterno-filial. Una problemática tan antigua como esencial a nuestra naturaleza, que todos hemos vivido en mayor o menor grado, en uno o ambos polos de la relación, y en consecuencia nos identifica fácilmente con los protagonistas del relato.  Con este tema de fondo  sobra decir que estamos ante una historia de personajes  pero en mi opinión es bastante más. En el prólogo se la califica acertadamente como novela social-psicológica, y en este binomio se otorga prelación al que, en mi opinión, es el elemento más destacable de la misma porque me parece, antes que todo, un magnífico retrato de  la sociedad  rusa  decimonónica.
         La narración se desarrolla en 1859, dos años antes de las reformas  impulsadas por  el zar Alejandro  II que abolieron  la servidumbre  en Rusia, y cuenta la relación de Evgueni  Bazárov, fijado literariamente como prototipo de intelectual  nihilista, con la familia  Kirsánov, representantes de la pequeña aristocracia rural de tendencia reformista. La historia, totalmente carente de tensión dramática, nos  introduce progresivamente  en los problemas de aquella sociedad decadente.  La tradicional miseria  e incultura de los campesinos  que no mejoró con los nuevos aires de libertad.  La urgente necesidad de  reformas agrarias parcialmente frustradas por la incapacidad  de los propietarios y la ineficacia de los políticos zaristas. La aparición de nuevas formas de pensamiento como el nihilismo que inspiraron  los primeros  intentos revolucionarios inicialmente frustrados frente a un reformismo igualmente fracasado. Son estos  los temas  que trascienden una trama argumental  en la que lo importante no es el devenir de los acontecimientos sino las ideas, la forma de vida, y el ambiente que rodea a los personajes.
         La construcción  del relato, fiel a la estética realista, se fundamenta  en las descripciones  y los diálogos  como pilares estructurales básicos.  Las primeras son muy precisas, plagadas de localismos y alusiones a costumbres, modas, vestiduras, y medios de transporte de aquella época, que  afortunadamente se complementan y aclaran con una buena anotación final. El elemento descriptivo constituye, por así decirlo, el paisaje de fondo del retrato. Las ideas y sentimientos de los personajes se expresan  mediante el diálogo, tan abundante en el texto que la novela se podría versionar fácilmente al formato teatral, de hecho  cumple con dos de las tres unidades clásicas de la dramaturgia, la de tiempo y la de acción.  La eficacia de los diálogos como forma de introspección  en los personajes  queda limitada  por dos factores. El primero es el narrador  no omnisciente sino testigo, identificado al final con el propio autor, que cuenta  solo  lo que  dicen los protagonistas. El segundo es la ausencia de monólogo interior, una técnica narrativa, según creo de aparición posterior, que permite penetrar en los pensamientos de los mismos. Estas limitaciones sin duda restan profundidad psicológica al relato. El lenguaje del mismo es elegante y sencillo, con una vaga tendencia  a lo retórico y con algún modismo repetitivo (dar sopa con ondas) quizás atribuible a la traducción. A destacar  las descripciones  de paisajes en un tono de resonancias poéticas.
         No entraré a comentar más aspectos relativos a la trama o los personajes  para no rebasar  los límites de esta entrada y para no ser tachado de  spoiler (perdón por el anglicismo internauta).

         Para terminar, se trata de una novela interesante a condición de ser  analizada como un clásico de la literatura y para eso es necesario tener  una cierta perspectiva histórica. Bajo esa óptica  mejora  considerablemente  su valoración.

jueves, 15 de agosto de 2013

MAUS. Art Spiegelman

De vez en cuando hago pequeñas incursiones en el cómic. No me refiero a los infantiles o juveniles  que frecuenté hace muchos años sino a lo que ahora llaman novela gráfica, un género no admitido como tal de forma unánime, que pretende introducirse en el marco de la literatura y utiliza recursos técnicos propios del cine aportando así innovaciones narrativas que, en mi opinión, le hacen merecer la inclusión entre lo literario, aunque esto pueda no gustar a los críticos puristas. 
De momento, como buen principiante, he comenzado por los clásicos de la novela gráfica, y esta sin duda lo es.  Fue editada, como muchos otros cómic, en series para revistas, desde 1980 hasta 1991, y en ese último año  recopilada  en formato libro. Desde entonces alcanzó fama y notoriedad, consiguió muchos premios, entre ellos el prestigioso Pulitzer  de 1992, y  tiene ya multitud de ediciones en muchas lenguas. Fue escrita y dibujada por Art Spiegelman, un historietista norteamericano cuyos padres, judíos polacos, fueron supervivientes de Auschwitz.  El título Maus, ratón en alemán, y la portada  nos sugieren  en principio una lejana inspiración en la fábula, pero la esvástica al fondo de ésta y  el explícito subtítulo Relato de un superviviente son bastante clarificadores. No estamos ante una ficción narrativa sino  ante un ejercicio de memoria  histórica, una idea que muchos pretenden manipular y que aún provoca el recelo de algunos. Es la biografía de Vladek, padre del escritor, y también la autobiografía de éste último ya que  la novela incluye tanto la experiencia del protagonista como la propia del autor en el proceso de recoger el testimonio de su padre, entrando de esta forma como protagonista  de la novela. Para conseguir este efecto,  la historia se divide en dos planos temporales. El primero, el relato  que  Vladek cuenta a su hijo, se desarrolla en Polonia entre mediados de los años 30, época del  ascenso del nazismo en Alemania, y se extiende hasta 1945 con el final de la segunda guerra mundial  y la liberación de los judíos  supervivientes del  holocausto. Es la historia vista desde una perspectiva individual, exenta de análisis, sin  juicios ideológicos que la desvirtúe, sin revisionismo ni revanchismo,  testimonio puro y duro de la capacidad de resistencia ante un drama colectivo  que puede  sacar a la luz  lo mejor y lo peor  del ser humano  en su afán de seguir existiendo.  El segundo  plano temporal  se desarrolla en un barrio de Nueva York a finales de los 70  y recoge las entrevistas del escritor con el protagonista.  No sólo se muestra el proceso  de recogida de datos testimoniales y la elaboración  de los mismos sino la difícil relación entre padre e hijo  sin renunciar a exponer los aspectos más negativos de los personajes. Vladek se nos presenta como un anciano obstinado y tacaño, con cierto grado de victimismo y algunas actitudes racistas frente a los negros americanos. El propio autor  protagonista se retrata a sí mismo como neurótico y tendente a la autocompasión, necesitado de ocasionales visitas al psiquiatra y con una tensa relación con el padre.

La conexión  entre ambos planos narrativos se hace mediante el recurso frecuente a los flash-backs, una técnica muy cinematográfica que se adapta perfectamente al cómic. Otro recurso que se considera vanguardista o posmoderno es la representación visual de las distintas razas y nacionalidades con diversos tipos de animales antropomórficos. Esta convención tiene, al margen de la inspiración fabulística antes apuntada, otras finalidades señaladas por la crítica. De una parte simplifica el reconocimiento en el cómic de los distintos pueblos, entre otros polacos y judíos, y respecto a éstos enfatiza la deshumanización colectiva que  supuso el holocausto. Tiene por otra parte un alto componente simbólico en el caso de los ratones judíos (víctimas) y los gatos nazis (depredadores).
En cuanto al dibujo es más bien minimalista, reducido a líneas simples pero no exento de cierto efectismo dramático al que sin duda contribuye el fuerte contraste del blanco y negro. Dicen que recuerda a las xilografías y tiene inspiración expresionista pero  estos matices sobrepasan en mucho mi capacidad valorativa. En este caso pienso que el valor testimonial predomina  claramente sobre la estética  del cómic.

Para terminar  debo reconocer que el libro me ha impresionado no sólo por su realismo y veracidad sino por la evocación de otros relatos que me hacen sentir identificado  con la historia y más aún con el escritor. Porque en el pasado yo también escuché las que me contaba mi padre, otro superviviente, por suerte entre muchos, de la guerra civil y la posguerra española. Eran como ésta, desprovistas de carga ideológica, sin ánimo revanchista, simple testimonio de experiencias propias, de familiares, amigos, o conocidos. El terror  a los bombardeos de la aviación, la represión del rival en la retaguardia, la ocultación de los perseguidos en casas privadas,  los  registros, los paseos, las ejecuciones  sumarias, los cambios de bando, las traiciones y venganzas personales, la humillación del vencido, el hambre de posguerra. Historias que surgían de modo espontáneo, contadas con palabras sencillas, sin apenas dramatismo, como si  formaran parte de lo cotidiano en otro tiempo, pero sobre todo  testimonio individual y directo, con una proximidad a los hechos  que se hacía patente en la frase “yo vi  como…” que era habitual en el discurso narrativo.
Me gustaría añadir que somos, para bien o para mal, herederos de nuestra historia y que recordar es  un buen ejercicio,  no sólo para evitar repetir los errores sino como liberación de los traumas del pasado. Para superarlos  es necesario aceptar las peticiones expresadas en el discurso final de Azaña, previo a la rendición republicana: paz, piedad, y perdón. Tenemos paz y hemos alcanzado un razonable grado de perdón pero nos falta la piedad necesaria para enterrar definitivamente aquellos muertos  y permitirnos así cerrar nuestra última tragedia nacional.

sábado, 3 de agosto de 2013

LA IMPACIENCIA DEL CORAZÓN. Stefan Zweig

El  escritor Stefan Zweig (1881-1942)  produjo la mayor parte de su obra durante el periodo de entreguerras del pasado siglo y alcanzó por entonces prestigio literario y popularidad siendo traducido a muchos idiomas. Aún en la década de los 60, cuando yo era apenas un lector incipiente y oscilante entre los tebeos infantiles y los clásicos juveniles, recuerdo  muchos de sus libros expuestos en los escaparates de las librerías en el lugar destacado que actualmente se reserva a los superventas. Corriendo el tiempo fue olvidado progresivamente y no tuve ocasión de leer ninguna de sus novelas. Sólo quedó en mi memoria el nombre del escritor, que entonces me parecía impronunciable y ahora  de sonoridad agradable, asociado a esa especie de dulzona nostalgia que sentimos al evocar todo lo relacionado con nuestra juventud. En estos días, cuando se le considera ya un clásico contemporáneo, se me ha propuesto  la lectura  de esta novela  que  ha supuesto  para mí el descubrimiento, otrora  postergado, de este autor y la confirmación de su calidad literaria.
En la breve reseña biográfica del escritor austriaco quiero destacar que procedía de una acaudalada familia de origen judío aunque no practicante de esa religión. Tuvo una buena educación y se doctoró en filosofía. Viajó mucho y se relacionó con intelectuales y personajes de la talla de Thomas Mann, Hermann Hesse, Albert Einstein, Maximo Gorki, entre otros muchos.  Era cosmopolita, de carácter tolerante, y en una época de extremismos nacionalistas fue de los primeros en destacar las afinidades culturales de los pueblos europeos contribuyendo así a sentar las bases intelectuales de lo que hoy consideramos europeísmo. La Gran Guerra le afirmó en su convicciones antibelicistas aunque no participó activamente en la misma. Se exilió  antes del comienzo de la Segunda Guerra Mundial  y  su final  fue dramático ya que en 1942 se suicidó, junto a su segunda esposa, en una ciudad de Brasil, se dice que por temor a que el régimen nazi, que en ese momento parecía vencedor, se extendiera por todo el planeta y  desesperado por  el triunfo de la barbarie que estaba arrasando la cultura europea.
         La impaciencia del corazón (1939)  ha sido también editada en nuestro país con el título de La piedad peligrosa quizás más sugerente o explicíto. El relato se desarrolla en una pequeña ciudad del antiguo imperio austrohúngaro meses antes del atentado de Sarajevo.  El  ambiente  no es algo determinante en la narración, no estamos ante una novela histórica, pero se intuye en las descripciones la decadencia de un imperio multinacional con demasiadas tensiones centrífugas sustentado  solo por un ejército aristocrático anticuado, una burocracia centralista rígida e inoperante, y una sociedad  que vive ajena  a la tragedia que se avecina. La trama argumental  cuenta la relación de  Anton  Hofmiller, un joven  teniente de caballería, con  Edith, la hija paralítica del magnate húngaro Lajos von Kekesfalva. El tema que trasciende la narración es la reflexión sobre la compasión o la piedad, un sentimiento que el escritor analiza en los monólogos interiores de los personajes diferenciando dos tipos; de una parte, la piedad como  emoción  intensa pero breve e impaciente, que se agota pronto, nos cansa,  y nos  conduce al alejamiento y la culpa; de la otra, la compasión  positiva,  menos vehemente  pero  más sostenida  que nos impulsa a la ayuda y al sacrificio. Estas dos formas de entender la emoción piadosa están personificadas en el protagonista principal y en uno secundario,el doctor Condor, respectivamente. Este último parece ir creciendo en interés e importancia a medida que avanza el relato ofreciendo un sosegado  contrapunto al dramatismo de una  historia en la que también  se hacen patentes otros sentimientos como el amor despechado, la culpabilidad, el remordimiento,  y la autocompasión.
         Es muy destacable en la novela la perfecta construcción psicológica de los personajes dentro de una estructura narrativa que  recuerda  a Las mil y una noches  en aquello de una historia dentro de otra.  Ya en el prólogo es el propio escritor, convertido en personaje narrador, quien nos presenta al protagonista, el teniente  Hofmiller, que nos habla a  su vez en primera persona y conforme avanza su relato introduce a los demás personajes que nos cuentan sus  propias historias y vivencias también en primera persona potenciando así la emotividad de unos sentimientos que por esto, y por ser humanos, nos parecen propios y compartidos.  Por cierto, la inspiración de Zweig en  los cuentos  orientales va más allá de lo meramente estructural  cuando incluye  uno de ellos en  el relato para ilustrar  los efectos  nocivos de la piedad mal entendida. 
         Si algo se le puede reprochar a la novela es un cierto anacronismo que la aproxima al movimiento romántico decimonónico.  Así  podemos entender  la elevación de los sentimientos  de los protagonistas a un nivel de arrebato pasional sólo parcialmente contrarrestado por el sentido común que impone en sus reflexiones el personaje del doctor Condor. También  es romántica  la exaltación  de valores como  la fidelidad o el honor, y el  previsible desenlace que recuerda  a la tragedia griega  por el papel que desempeñan un cúmulo de azares que fácilmente se relacionan con el destino.  Al final, el comienzo de la Gran Guerra funciona aquí  como el “deus ex machina” de aquellas tragedias, como esa voluntad divina que da solución al drama  y redime al protagonista. Una redención ambivalente que le ofrece el perdón de los demás  y al mismo tiempo lo deja sólo frente  a la culpa y el remordimiento como castigo  perpetuo.

         

lunes, 22 de julio de 2013

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE THOMAS DE QUINCEY. Rafael Ballesterosteros

Hace algunos meses fui admitido en un Club de Lectura y desde entonces se han modificado sustancialmente muchas de mis ideas  preconcebidas acerca  de este tipo de grupos. Y digo esto porque  creía que el principal objetivo de los mismos era la promoción de la lectura y, con toda modestia y sin presunción, me considero lector de cierta experiencia a priori no necesitado de estímulos propiciatorios. Tampoco consideraba importante mi aportación, porque  la lectura es  una afición solitaria y no siempre un lector habitual es capaz de transmitir con acierto sus opiniones sobre lo leído. No sé si me sobrevaloré  en la primera impresión o  me infravaloré en cuanto a lo segundo, pero mi pensamiento al respecto ha cambiado de forma radical. Ahora comprendo que la lectura compartida es algo muy positivo porque ofrece una perspectiva múltiple de la misma que te enriquece en tanto que aporta matices e impresiones que algunas veces no percibimos de forma individual.
         Una ventaja  adicional  que ofrece un club de este tipo es la posibilidad de acceder a obras poco conocidas pero de una gran calidad  literaria, y en alguna ocasión  la oportunidad de un contacto directo con los escritores gracias al  impulso promotor de los líderes y miembros del grupo. Esto último ha ocurrido en el caso de la obra que comento hoy cuyo autor fue tan amable de atender nuestro  requerimiento y reunirse con nosotros para comentar su novela.
          Rafael Ballesteros (1938) es un escritor de avanzada edad que sin embargo transmite una enorme vitalidad. Habla de forma pausada, piensa lo que dice y dice lo que siente. Su discurso es vehemente y con cierto tono didáctico, elegante sin afectación, y con estas cualidades cautiva la atención de los que le escuchan. Su obra publicada incluye poesía, ensayo, novela y estudios de crítica literaria, pero él se considera ante todo poeta. En la conversación  dejó claro que uno de los temas que proyecta en su poesía es el amor  como sentimiento que anima al escritor, lo completa, y lo impulsa a la creación. También su interés por la belleza formal de la composición y la continua búsqueda de la musicalidad y precisión en el lenguaje literario.
         Durante años el autor malagueño alternó su faceta de  escritor con  la docencia como catedrático de Lengua y Literatura y  con la actividad política como diputado en los principios de nuestra democracia, cuando los ideales y la ilusión por  fomentar los cambios sociales eran todavía las señas de identidad de muchos de nuestros políticos. Quizás porque no necesitó vivir de los libros, su producción  literaria, galardonada con varios premios, no  ha sido  promocionada en los circuitos comerciales con las habituales prácticas de mercadotecnia,  lo cual ha reducido sin duda su difusión.  Eso explica  que la novela objeto de este comentario haya sido para mí un agradable descubrimiento que hubiera sido imposible de no estar incluida en el catálogo de  lecturas de nuestro club.
         Los últimos días de Thomas de Quincey (2006)  es una biografía novelada o una novela biográfica, que de ambas formas  puede nominarse este subgénero literario según se valore el balance entre realidad y ficción narrativa. Lo que llamó la atención de Rafael Ballesteros sobre este escritor inglés fue su vida de fuertes contrastes y la originalidad de su obra. Thomas de Quincey (1785-1859) era hijo  de una acaudalada familia de la alta burguesía comercial de Mánchester, de esmerada educación y una gran cultura de base grecolatina, inteligente y sensible. De carácter altivo y ultraconservador era al mismo tiempo  muy crítico con la sociedad de su tiempo. Se hizo adicto al opio que utilizó inicialmente con finalidad analgésica por una fuerte neuralgia que padecía, pero también apreciaba las ventajas de la droga como estímulo a la creación literaria. Dilapidó su fortuna y malvivió redactando artículos de crítica literaria para gacetas. A pesar de los trastornos propios de su adicción  murió  a los 74 años, edad  avanzada para  su época, y tuvo que  asistir a la muerte  o desaparición de las mujeres que marcaron sentimentalmente su vida; sus hermanas durante la infancia; Ann una joven prostituta que lo cuidó en una escapada de  juventud  en Londres; su esposa  Margaret que le dio ocho hijos y sufrió con abnegación su dependencia y sus traumas. Se le considera un escritor  romántico y su obra es original, con un  estilo en el que predomina la ironía y la subversión de los valores tradicionales de la burguesía. En muchos aspectos fue un heterodoxo, sufrió cierto rechazo social y su  producción literaria no alcanzó  el reconocimiento que merecía, pero su influencia fue notable en escritores como Poe, Baudelaire, o los decadentistas.
         Rafael Ballesteros ha construido su novela en base a la propia autobiografía del autor inglés recogida  en Confessions of an English Opium-Eater, además de abundante documentación en lengua inglesa ya que en nuestro país es un escritor bastante desconocido. La estructura narrativa del relato es bastante original  basada en una perspectiva multifocal, la que ofrecen  los personajes que más influyeron en su vida, su madre, su padre, su amante Ann, y su esposa, que nos cuentan en primera persona  sus vivencias y  opiniones  sobre  el protagonista y los sucesos que más influyeron en su vida y su carácter, con el contrapunto final de las reflexiones del  propio Thomas de Quincey que nos ofrece su particular versión en este juego de espejos que es el armazón con el que se va construyendo un relato que va  de menos a más,  creciendo en interés conforme avanzamos en la lectura.
         La novela está escrita en una prosa impregnada de poesía, y el lenguaje es elegante sencillo y muy cuidado. El perfil psicológico de los personajes está trazado con minuciosa perfección y  más allá de sus vivencias y emociones, que nos impresionan en ocasiones por la crudeza y otras por su ternura, ofrecen por añadidura un magnífico retrato  social de aquella Inglaterra colonial  de la primera revolución industrial.
         A lo dicho se podrían añadir muchos otros aspectos  positivos  en la novela, que no destacaré por no alargar el comentario.   En mi opinión  se trata de una pequeña joya literaria de esas que se encuentran  raramente. También el feliz descubrimiento de un buen escritor. 

sábado, 6 de julio de 2013

NOVELAS BREVES. Juan Carlos Onetti

El escritor Juan Carlos Onetti (1909-1994) es reconocido como  uno de los grandes escritores en castellano. Esta afirmación introductoria  es desde luego poco original y algo manida pero no por ello carece de sólidos fundamentos. Admitido por la crítica como genuino representante del  existencialismo en la literatura hispanoamericana, innovador de la narrativa en nuestra lengua, maestro del relato breve, galardonado con muchos premios literarios, el Cervantes de 1980 entre otros, y elogiado por escritores de la talla de Mario Vargas Llosa; son algunos de los créditos que lo avalan. 
         Y sin embargo  mi relación con este autor siempre fue difícil.  Hace muchos años leí su obra El astillero y sencillamente no me enteré de nada, lo cual atribuí a mi inexperiencia. Ahora, cuando creía haber alcanzado cierta madurez como lector, encuentro de nuevo al escritor uruguayo en esta antología titulada Novelas breves y,  tras enfrentarlas como un reto, debo reconocer  humildemente que aún no estoy a la altura.  En mi descargo y justificación  diré  que la lectura de Onetti  es objetivamente  una tarea con ciertas dificultades. Su estilo literario, tan original,  se basa en un lenguaje denso y opaco, intimista, elusivo y lacónico en los elementos descriptivos, en el que lo implícito y sobrentendido  es predominante sobre lo explícito, y donde lo onírico se mezcla con la realidad sin solución de continuidad. Tampoco ayuda a un lector medio español  el uso frecuente  de  términos propios del léxico americano y en particular de jergas locales como el lunfardo bonaerense.  De otra parte, en la temática  narrativa  onettiana  predomina  una visión negativa del mundo y esto limita su público en opinión de algunos. Otros piensan que este pesimismo literario es la fórmula que el escritor utiliza para  superar el suyo propio. En fin, los personajes  de sus relatos, concordantes  con esta visión, son seres marginales, frustrados, dibujados en sus rasgos psicológicos con un realismo cruel  no exento  de cierto tono de piedad hacia las miserias de la condición humana.
         De los relatos recogidos en esta antología destacaré  el que la inicia, El Pozo (1939), en el que un  escritor frustrado que malvive  en un mundo de marginalidad desnuda su alma y sus pensamientos escribiendo unas supuestas memorias llenas de angustia e incomunicación  en las  que muestra su desprecio hacia  la sociedad que lo rechaza.  En  Los adioses (1954), un enfermo  mantiene una relación alternante con dos mujeres que lo visitan en el ambiente de un sanatorio rural, y en un juego de perspectiva múltiple los habitantes de la aldea  enjuician y condenan al protagonista  con base en las apariencias, hasta que la historia tiene un desenlace inesperado.  Para una tumba sin nombre  (1959) es una de las novelas más conocidas, ambientada en  Santa María, la ciudad imaginaria  creada por Onetti, en la que el personaje narrador cuenta una historia basada de nuevo en la visión de los hechos  aportada por varios personajes que participan de los mismos. Otros relatos  interesantes son La cara de la desgracia (1960) y Jacob y el otro (1961), pero no insistiré en resumirlos. En general las historias se desarrollan con escasos elementos descriptivos y envueltas en una atmósfera de ambigüedad e imprecisión de la que poco a poco se nos van desvelando elementos que terminan por  hacer patente la realidad  en ocasiones sorprendente. 
         No todos los relatos tienen la misma calidad que los reseñados y algunos de ellos me parecieron aburridos y terminé por abandonarlos, algo que no hago con frecuencia. Para terminar  insistiré  en que se trata de literatura de calidad pero que exige mucho del lector.

viernes, 21 de junio de 2013

EL MAESTRO DEL PRADO. Javier Sierra

Las doctrinas esotéricas siempre han despertado curiosidad en amplios sectores del público lector y muy particularmente en la juventud atraída por el hermetismo y el halo de misterio que las rodea y oculta.  En lo que a mí concierne, y en esa etapa de mi vida, reconozco haber leído con verdadera avidez sobre masonería, cátaros, templarios y otras sectas consideradas heréticas en muchos estudios históricos y ensayos de aparente seriedad y bien documentados pero que ahora, con la perspectiva de los años, juzgo de escaso rigor. También recuerdo con cierta nostalgia la credulidad de entonces contrastada con mi escepticismo de ahora respecto  a estos temas.
 En cuanto al esoterismo considerado como materia literaria  parece haber sufrido un cambio cualitativo y cuantitativo en los últimos años. En la década de los 60 del pasado siglo El retorno de los brujos, un libro de Louis Pauwels y Jacques Bergier, puso de moda temas por entonces novedosos tales como la alquimia,  las sectas secretas, el esoterismo nazi y otros. Bajo su inspiración surgieron otros muchos títulos que se adaptaban al género literario del ensayo  para dar la impresión de verosimilitud. Pero desde principios de este siglo, tras el éxito editorial de El código da Vinci de Dan Brown,  lo esotérico  combinado  con el suspense detectivesco ha conquistado  el género de la ficción narrativa y ha ocasionado una verdadera eclosión de este  tipo de novela  que ha saturado el mercado editorial de títulos, muchas veces de calidad más que discutible, que a pesar  de todo siguen atrayendo a un amplio sector de lectores. La explicación de este éxito seguro que es múltiple y merecería un análisis más extenso de lo que este comentario permite. Se me ocurre pensar que, inmersos en una cultura excesivamente racionalista, nos atrae  lo misterioso y oculto porque nos evade de un realismo que a veces conduce a una visión excesivamente materialista de la vida.  No es algo nuevo, en el mundo clásico  eran los mitos y los cultos iniciáticos llamados misterios, como los eleusinos o los órficos, los que cumplían esta función; ahora  lo que centra nuestra curiosidad en lo hermético y mistérico son estas novelas que divulgan antiguas doctrinas y sectas esotéricas  envueltas en una trama de ficción que las hace más interesantes en tanto que, utilizando como instrumentos el símbolo y la analogía se les quiere dar un tinte de presunta veracidad.
         Javier Sierra (1971) es un periodista que parece mostrar interés por el mundo de lo desconocido  y lo ha demostrado con su participación en programas de radio y televisión como El Arca Secreta  o Cuarto Milenio. De ahí pasó a investigar enigmas y arcanos de la historia que supuestamente no han sido aclarados por estudios históricos más ortodoxos.  Ese interés lo ha llevado a la literatura y creo que su obra La Cena Secreta (2004) fue todo un superventas en Estados Unidos.
        El maestro del Prado (2013) es su última novela esotérica en la que intenta desvelar los secretos que encierran algunas pinturas del Prado. Y no pongo en duda que pinturas como El jardín de las delicias de el Bosco, El triunfo de la muerte de Bruheguel   el Viejo, o los tres paneles titulados Nastagio degli Onesti de  Boticelli, son de por sí enigmáticas y merecen una observación detenida. También es cierto que los cuadros antiguos contienen objetos o detalles de carácter simbólico o alegórico que pueden ser explicados incluso en un sentido iniciático. Pero relacionar estos símbolos y deducir de ellos supuestos lenguajes encriptados de sectas heréticas renacentistas, teorías milenaristas y mesiánicas secretas como las del papa angélico, para terminar adornándolas con los habituales toques de Santo Grial, cátaros, y templarios, me parece excesivo por más que se citen en notas finales los textos consultados; porque la fantasía de un escritor citada como prueba por otro escritor no la hace más creíble.

         Con todo, la parte expositiva sobre las pinturas puede resultar entretenida y amena como curiosidad. En este sentido recomiendo buscar en Internet los cuadros citados para poder ampliar la imagen y observar mejor los detalles que se aluden en el texto. Pero lo que hubiera quedado bien como ensayo divulgativo resulta ser en mi modesta opinión, siempre subjetiva y discutible, un total fracaso como novela. La trama argumental  es poco creíble, el final totalmente previsible y los personajes planos y desdibujados por lo que no hay suspense que anime a terminar la lectura. Sobre el estilo y lenguaje literario mejor no hablar. En fin, no creo conveniente  insistir en más aspectos negativos cuando posiblemente  esta novela esté ya en la lista de superventas. Sobre gustos  no hay nada escrito, nunca mejor aplicado el dicho. 

sábado, 8 de junio de 2013

UN GRANIZADO DE CAFÉ CON NATA. Alessandra Lavagnino

Un granizado de café con nata (1974) es una obra difícil de clasificar  porque contiene elementos que atañen a varios subgéneros y estilos narrativos. El tono intimista y el conflicto interior de la protagonista, que domina toda la narración, son propios de la novela psicológica; el opresivo ambiente en el que se desarrolla y un velado fondo de denuncia la aproxima  al denominado  realismo social, y en  algunos aspectos recuerda a la novela negra.  Con todos estos ingredientes las escritora ha fraguado una obra  sólida y atractiva  no por  la acción trepidante que es  el habitual banderín de enganche de los lectores actuales, entre los cuales me incluyo, sino poniendo énfasis en los sentimientos y la caracterización interior de los personajes, y por eso apela directamente a la sensibilidad del lector, busca su complicidad, y  le obliga a la concentración y la reflexión. 
         La napolitana Alessandra  Lavagnino  (1927)  es  una autora  poco conocida en España, profesora de universidad, experta en insectos  transmisores de enfermedades, ha escrito abundantes obras de tipo divulgativo sobre su especialidad alternando con una considerable obra de ficción narrativa.  Siendo una mujer del sur, en esta novela ha  profundizado  como nadie  en el papel  de la mujer  siciliana y sus puntos de vista  en una sociedad dominada por la mafia.
La protagonista principal del relato es Ágata, mujer culta y de familia acomodada, experta entomóloga dedicada al estudio y selección  de las moscas en su laboratorio de una empresa de insecticidas.  Tras sufrir una contusión cerebral  presenta como secuela una  inexplicable e indeseable tendencia a la sinceridad y esto la pone en grave riesgo en un ambiente en el que domina la ley del silencio, la omertá mafiosa, pero también la enfrenta a sí misma, a su propia verdad, a sus frustraciones y carencias afectivas, y en suma a su propio vacío existencial. En la estructura narrativa  se alternan las tres personas verbales y esto dificulta inicialmente la lectura hasta que comprendemos que la línea argumental esta interrumpida a menudo por las reflexiones y evocaciones de la protagonista en una especie de confesión dirigida en ocasiones a su marido a modo de carta abierta, de ahí el uso de la segunda persona que  es casi exclusivo del género epistolar.  Se utiliza una prosa elegante y hasta poética por momentos, en la que  los elementos descriptivos se reducen al mínimo, lo implícito y los sobrentendidos predominan sobre  lo determinado y explícito, lo cual envuelve la historia en un halo  de misterio en el que se entiende  que lo omitido es tan importante como lo dicho. En  la alternancia de los dos planos narrativos antes citados, el conflicto interior de la protagonista y las consecuencias  que su indeseada sinceridad  puedan tener en el  hermético y opresivo mundo de la mafia, es en este segundo plano donde  la escritora juega con el lector dosificando hábilmente el suspense  porque  en cualquier momento nos hace esperar un desenlace dramático. Se hace un estupendo retrato psicológico del personaje principal en el que intuimos algunos toques autobiográficos aunque la escritora lo niega en nota preliminar. En general  todos los personajes femeninos están muy bien perfilados en sus rasgos de carácter  en tanto que los masculinos parecen más bien comparsas de este drama siciliano que mantiene el interés  evitando desenlaces  similares a los del “El padrino”, tan frecuentes en la novela y el cine americanos. 
         El tema que subyace en la narración  es la verdad  con mayúsculas,  entendida normalmente como una cualidad  y actitud ética pero enfocada aquí bajo una perspectiva ambivalente, quizás un bien deseable en el plano individual  pero a menudo contradictoria, indeseable, y hasta peligrosa en las relaciones sociales.
         El libro contiene además un epílogo de Leonardo Sciacia  que en su momento fue un firme defensor de esta obra y propició su publicación. Quien haya leído algunas de las novelas  este escritor  encontrará sin duda evidentes similitudes estilísticas y temáticas entre ambos autores. Resumiendo, una obra interesante, de calidad, que requiere una lectura detenida y reflexiva, con muchos más aspectos destacables que los comentados hasta ahora. Que renuncia al efectismo como recurso fácil  al tratar los problemas de la sociedad siciliana y nos ofrece una visión  menos tópica y más real sobre la misma.


viernes, 31 de mayo de 2013

CONCIERTO DE GUITARRA. Antonio José Manzano López

Nunca dejaré de lamentar la escasa publicidad que  en nuestra ciudad recibe la cultura. En general la oferta no es abundante, hay que decirlo, pero la desidia de las instituciones, la pobreza de medios, o cualquier otra causa que desconozco,  impiden una amplia difusión de los pocos actos que se programan. Digo esto porque ayer, por casualidad y gracias al  boca-oído, tuve  la suerte de enterarme y asistir a un interesante recital de guitarra. Estaba incluido en un ciclo de conciertos que los docentes del Conservatorio provincial está ofreciendo esta primavera en el Paraninfo de esta institución, la antigua iglesia  de un convento  jesuita; uno de  esos  tópicos pero acertados “marcos incomparables”, con sus estucos decorativos que evocan el estilo renacentista de Vandelvira en la Sacristía de la Catedral. Quizás  por desconocimiento o por desinterés la asistencia de público fue escasa, unas quince personas, con  ausencia  casi total de alumnos, y esto parece grave teniendo en cuenta que el concierto era en su propia escuela. No me arrepentí de ser uno de esos pocos asistentes y pude disfrutar de una estupenda velada musical.
También es tópico decir que la guitarra es un instrumento muy nuestro, pero es verdad. No sé si sus acordes los llevamos inscritos en nuestro genoma cultural, en esas raíces profundas de nuestra tradición, pero lo cierto es que suelen tocar a menudo nuestra fibra sensible hasta emocionarnos.
El programa  del concierto fue monográfico dedicado a un compositor actual, el sevillano José María Gallardo del Rey, un guitarrista clásico con  profundas influencias del flamenco en muchas de sus composiciones. Al músico, el profesor Antonio José Manzano, tuve  ocasión de oírlo no hace mucho como  guitarra solista en una interpretación  del  Concierto de Aranjuez y, como entonces,  su ejecución fue más que notable, virtuosa y brillante en muchos momentos.
Comenzó con un arreglo del mencionado compositor sobre una tocata barroca, y una suite que recrea este mismo estilo musical del XVIII. Le siguieron otras composiciones, unas con inspiraciones melódicas de tipo oriental y sefardí, y otras que evocaban claramente sones  americanos, quizás cubanos. Poco a poco las piezas que siguieron, sin abandonar el clasicismo, fueron incorporando ritmos del flamenco claramente identificables, aires de bulerías, ritmos de tango y rumba, evolucionando así desde el frio virtuosismo académico de las primeras piezas hasta  estas más apasionadas y sensuales, más nuestras. En una de ellas se hizo acompañar  por un percusionista que imitaba el taconeo flamenco como contrapunto rítmico
En fin, un concierto  sorprendente no sólo por inesperado sino por la elegancia y belleza de las composiciones y la calidad de la interpretación.

         

miércoles, 22 de mayo de 2013

EL PERRO DEL HORTELANO. Félix Lope de Vega


En contradicción con mi carácter, que tiende claramente al  orden  y  la regularidad, soy bastante anárquico en la lectura porque a la hora de elegir suelo dejarme llevar por impulsos  caprichosos con poca sistemática en cuanto a preferencias, aunque el estado de ánimo  pueda ser un criterio determinante.  No obstante, en esa elección suelo mostrar  un recurrente y periódico retorno a los clásicos quizás como un inconsciente intento de anclaje a lo estable y seguro frente al imprevisible resultado  de mis compulsivas y caóticas tendencias lectoras.  A esa cíclica propensión  he vuelto con esta obra de teatro que comento hoy.
         Félix Lope de Vega y Carpio (1562-1635) fue el gran renovador del teatro español en el llamado Siglo de Oro de nuestra literatura.  Todo en su biografía y en su obra resulta excesivo. Vivió muchos años para la media de su época,  fue soldado y secretario de nobles, sufrió destierro, se casó dos veces  y tuvo amores estables e ilegítimos con al menos cinco mujeres además de amantes temporales, sus hijos entre legítimos y bastardos fueron muchos. A los 52 años abrazó el sacerdocio  sin renunciar del todo a sus amoríos. Alcanzó fama  y reconocimiento como poeta y dramaturgo recibiendo honores del rey y del papa, pero en los últimos años de su vida tuvo que sufrir la muerte de varios de sus hijos. En cuanto a su obra fue apodado Fenix de los ingenios y Miguel de Cervantes lo llamaba Monstruo de la naturaleza  debido a su ingente producción literaria. Se dice que escribió 1800 obras de teatro, si bien es cierto que sólo una parte de ellas está catalogada y parece  que en aquellos tiempos era escasa la vigencia de los derechos de autor y muchas se le atribuyeron falsamente para sacar provecho de su fama ya que la frase “es de Lope” aseguraba por sí sola el triunfo de una representación.
         El perro del hortelano (1613) es una de sus  piezas teatrales más famosas. El título hace alusión a un conocido refrán castellano “el perro del hortelano ni come ni deja comer”. Está clasificada como una de sus comedias palatinas, aquellas en las que el enredo se desarrolla en ambientes aristocráticos.  En ésta, la condesa Diana  siente celos de su criada Marcela que es pretendida por su secretario Teodoro. Se enamora de éste, o más bien se encapricha  por orgullo y afán de posesión, pero se siente frenada por la diferencia social que los separa. Teodoro por su parte es ambicioso y se deja querer pero teme fracasar en sus aspiraciones. Esto provoca un enredo de la trama que  tiene su desenlace en el tercer acto mediante un recurso narrativo llamado  anagnórisis, en virtud del cual  un personaje descubre de repente datos importantes de su  identidad ocultos hasta ese momento. En nuestro caso, el criado de Teodoro, Tristán, urde una trama engañosa que convierte a su amo en el hijo perdido de un noble, lo cual permite  unir  a los dos amantes al igualar su posición social.
         La comedia abunda en diálogos ingeniosos y pícaros, se recurre a la hipérbole, las comparaciones, y los equívocos como recursos cómicos. También son frecuentes las metáforas y las referencias cultas a la historia y los mitos clásicos. En particular se repiten los de Faetón e Ícaro, personajes que se quemaron por los rayos solares al pretender ascender al cielo y cayeron de nuevo a la tierra, en clara alusión a  la inútil y peligrosa pretensión de ascenso en la escala social.
         Esta obra es también un buen ejemplo de la renovación teatral de Lope de Vega que abandonó las tradicionales  tres unidades del teatro. La unidad de acción se rompe  porque  a la trama principal, los amores de la nobleza, se une una segunda, los líos amorosos de los criados, es decir, no se cuenta una sola historia sino dos y algunas más accesorias. La unidad de espacio también se rompe  porque aunque la acción se desarrolla en Nápoles, son varios los lugares de la misma, el palacio de Diana, la taberna, o los jardines del palacio del conde Ludovico, y finalmente la unidad de tiempo es bastante imprecisa. Tampoco se respeta una cuarte unidad de tema porque se alternan las situaciones trágicas con las cómicas. El verdadero tema de fondo es el conflicto entre el amor y el honor pero los personajes  están tratados de forma original porque lejos de ser espejo de virtudes morales que finalmente triunfan, en esta ocasión destacan más bien por sus defectos. Diana es  efectivamente caprichosa, celosa y abusa de su poder. En cuanto a Teodoro, llevado de su ambición de ascenso social  no duda en abandonar a Marcela  que es la única que parece realmente enamorada. En cuanto a la feliz solución final  se llega mediante un engaño.  En  la estructura  también aparecen aquí muchas de las innovaciones  de  Lope que era partidario de utilizar  distintos tipos de estrofas y metros según cada situación  o escena de la trama argumental.  Así en esta comedia alternan cuartetos o redondillas, décimas, octavas, sonetos y romances, y en la métrica  se mezclan endecasílabos y octosílabos.
         No es pertinente prolongar este comentario con un análisis más profundo de la obra. Sí quiero destacar  la presencia en el texto de algunos términos castellanos ya en desuso, tales como alboroque o arcaduz, de clara inspiración etimológica árabe.  Particularmente me  ha llamado la atención la utilización para el queso del antiguo término formache  que deriva de la misma raíz latina que sus equivalentes en catalán, francés, e italiano (formatge, fromage, formaggio).
         

miércoles, 15 de mayo de 2013

CRÍTICA DE LA VIOLENCIA. Walter Benjamin


La filosofía en general, entendida más allá de su amable y poco concreta  definición etimológica,  siempre fue para mí un terreno incognito. Me reconozco poco capacitado para penetrar la densidad de muchos conceptos metafísicos, me pierdo entre las premisas, inducciones, y deducciones de la lógica, y no suelo captar las sutilezas del lenguaje filosófico. Por otra parte mi formación en  esta materia se reduce a unos cuantos conceptos y algún conocimiento de historia de la filosofía. No obstante  siempre sentí gran interés  por  una  rama  determinada de la misma, la filosofía política, que estudia las relaciones del individuo  con la sociedad, es decir las distintas  formas de constitución política, los derechos individuale, y las leyes que relacionan el poder político instituido con el cuerpo social, entre otras cuestiones.  En aras de este interés he leído a filósofos y escritores como Platón, Aristóteles, Cicerón, Maquiavelo,Montesquieu, Voltaire, Aranguren, no siempre con buen provecho, tengo que admitirlo, porque  en  la navegación por el mar de la filosofía he sufrido más naufragios que arribadas a puerto. 
         Una vez más he puesto a prueba mi voluntarismo con este libro  que hoy comento. Lo escribió un escritor alemán desconocido para mí hasta que leí algo  sobre su  vida  y su dramático  final  narrado por Muñoz Molina  en su novela Sefarad. Walter Benjamin (1892-1940) fue un filósofo berlinés, también traductor y crítico literario. En su producción literaria destacan los ensayos  sobre lenguaje, literatura y filosofía. Mantuvo correspondencia con intelectuales como Bertolt Brecht y Theodor Adorno. Se sintió marginado  por su origen  judío y terminó autoexiliándose en Ibiza y luego París. A pesar de su ideología marxista se opuso tanto al comunismo  como al fascismo y criticó abiertamente a Hitler. Cuando los nazis llegaron a Francia en 1940, huyó de París  junto a un grupo de refugiados judíos que pretendía llegar a España. En el pueblo fronterizo de Portbou fueron interceptados por un grupo de falangistas y murió allí en circunstancias poco claras que posteriormente se han puesto en duda. Según la versión oficial  se suicidó en su hotel  ingiriendo morfina por miedo a ser devuelto a Francia. Al resto del grupo se le permitió la entrada en nuestro país. 
En filosofía intentó conjugar  y adaptar  dos  ideologías  contrapuestas,  el misticismo judío y un cierto grado de mesianismo que fue su vocación juvenil con el marxismo y el materialismo histórico de su madurez,  y para ello utilizó  el método dialéctico,  es decir, aquello de tesis y antítesis que se unifican en una síntesis final. Una propósito  difícil y no completamente conseguido en opinión  de sus críticos, pero en eso radica precisamente su originalidad.
          Crítica de la violencia (1920) es su ensayo filosófico más conocido.  En el mismo se  parte ya de una sutileza lingüística implícita en el mismo título porque en el idioma alemán, el  término  gewalt  tiene un doble significado, como cualidad de violencia pura  y también como poder legítimo instituido, entendida aquella como  poder coercitivo del Estado. El objetivo declarado del ensayo es estudiar la violencia en su relación con el derecho y la justicia. Para ello se analiza la violencia  como fin en sí misma y como medio que utiliza el poder para conseguir lo justo, y también se valora  su legitimidad desde la óptica del derecho natural y del  positivo.  Se establecen dos categorías básicas de violencia coactiva en cuanto al derecho, la que lo crea y la que lo mantiene. A continuación pone de manifiesto las contradicciones  de  la violencia como medio  y las ejemplifica con los supuestos de la huelga general revolucionaria, el derecho de guerra, la pena de muerte y la policía como poder coactivo.  Finalmente se concluye que el uso de la violencia por el poder es esencialmente inmoral aunque necesario y que éste  tiende a monopolizarla y arrebatársela al individuo, no sólo como medio para preservar bienes jurídicos justos, sino también buscando su propia conservación como poder.
         Frente a la violencia relacionada con el derecho, establece dos nuevas categorías de violencia como manifestación; la violencia mítica  como voluntad de los dioses o el destino, con ejemplo en el mito de Niobe, y la violencia divina, pura e irracional, de Jehová en algunos relatos bíblicos.  Ambos tipos están claramente inspirados en las  ideas místicas del escritor judío. También lo está la síntesis final a todas las contradicciones  mostradas, cuando ofrece como alternativa pacífica el propio lenguaje entendido no como simple medio de expresión sino  como objetivo en sí mismo, con unas cualidades  espirituales  casi mágicas.
         En realidad  en el libro se integran dos ensayos, el  que acabo de comentar y la introducción  de  Eduardo  Maura Zorita  tan extensa, tan erudita y técnica, qué  supera con creces la finalidad de prologar y se convierte en una “crítica de la crítica”  que parece destinada más bien al  ámbito académico. Reconozco que  ante tan compleja y enrevesada exposición  he vuelto a fracasar y no he estado a la altura.  En mi defensa debo decir que  en esta ocasión el filósofo ha superado en sencillez y claridad a su comentarista  así  que recomiendo  saltar esta introducción a todos aquellos  que  humildemente se reconozcan profanos  y no quieran acabar con cefalea.
         No quiero terminar sin destacar la posible  influencia  que en la vida y la obra de Walter Benjamin tuvo la convulsa época que le tocó vivir;  entre la  revolución  rusa, la crisis económica  y política de la república de Weimar, y la  aparición de los totalitarismos fascistas.  En  ese escenario hay  que colocar a  un  intelectual  alemán y  judío  que intentó una utópica  síntesis entre judaísmo y marxismo y fue siempre crítico con el poder político. Con estos condicionantes ambientales  el personaje se nos presenta con los rasgos de una víctima predestinada al sacrificio.