martes, 7 de febrero de 2017

LA SAL DE LA VIDA. Anna Gavalda

Como muchos lectores, tengo mis prejuicios, a veces frívolos y precipitados, antes de iniciar la lectura de un libro. Cuando se trata de  novelas, desconfío de títulos aparentemente profundos y de  portadas poco, o nada sugestivas. Y con algún recelo inicié ésta, propuesta por mi club de lectura; una escritora de la que no tengo referencia alguna; un título bastante ambiguo que da a entender soluciones vivenciales; y una portada colorista pero anodina, que parece sugerir que el continente es más importante que el contenido. En fin, malas sensaciones que se han visto finalmente confirmadas.
Anna Gavalda (1970) es una periodista parisina  que colabora con la revista de moda y belleza femenina, Elle (otro mal presagio). Desde principios de siglo ha escrito hasta siete novelas y parece que varias de ellas fueron superventas en Francia.
La sal de la vida (2001) fue su primera incursión en la narrativa. Se trata de una novela de corta duración cuyo resumen de contraportada reproduzco aquí literalmente: “Simon, Garance y Lola, tres hermanos que se han hecho ya mayores, huyen de una boda familiar que promete ser aburridísima para ir a encontrarse en un viejo castillo con Vincent, el hermano pequeño. Olvidándose de maridos y esposas, hijos, divorcios, preocupaciones y tristezas, vivirán un último día de infancia robado a su vida de adultos”.  Y  ya está, ese es todo el argumento, simple, poco emotivo y saturado de tópicos. Los hermanos pretenden ser progresistas en medio de una sociedad burguesa e hipócrita representada por Carine, la esposa de Simón, objeto de crítica y burla por parte de sus cuñadas. Pero se trata de un progresismo desengañado del “mayo del 68”, más estético que ideológico, más nostálgico de la juventud que basado en firmes convicciones. Pretenden ser rebeldes y huyen de una boda familiar convencional tachando de pijos a sus primos, para  terminar invitados en una boda rural  en la que tampoco encajan porque se burlan de la rudeza y la forma de vestir de los lugareños. En fin, en mi opinión una trama argumental  simple y superficial porque no profundiza en el carácter de los personajes. Un historia sin alternativas ni verdadera acción, que no consigue enganchar al lector.
El relato está narrado en primera persona por una de las protagonistas, Garance, con rasgos de carácter, opiniones y forma de vida en las que se intuyen coincidencias autobiográficas con la autora. Es lineal y abundante en diálogos de estilo coloquial. Volviendo a la trama, y de forma tangencial, se manifiesta una ligera crítica a la xenofobia de amplios sectores de la sociedad francesa; además de la ropa desenfadada aunque de marca, es el único rasgo progresista de estos hermanos que bien pudieran ser votantes de esa derecha civilizada francesa que aún rechaza a Marine Le Pen.
Para terminar, una historia cuyo principal atractivo es su corta duración. Soy consciente que esta opinión negativa resulta poco rigurosa en la exposición, e  incurre en parecidos prejuicios y superficialidad que critica, pero la novelita tampoco merece mayor esfuerzo.     


jueves, 2 de febrero de 2017

PANTALEÓN Y LAS VISITADORAS. Mario Vargas Llosa

Posiblemente no sea ésta la mejor novela de Mario Vargas Llosa (1936) pero es quizás la más popular, una superventas editorial, versionada al cine aunque con escaso éxito y un título ya clásico, de esos dos o tres que todo buen lector puede recordar y citar entre la producción narrativa del escritor.
Sobre su biografía no insistiré por ser muy conocida. En lo literario; el Nobel (2010), el Cervantes (1994), el Príncipe de Asturias (1986) y un sinfín de premios más. Participó en política como candidato a la presidencia de su país en las elecciones de 1990, y aún en la actualidad, ya octogenario, sigue siendo un personaje mediático, muy visible en entrevistas de radio y televisión, participaciones en prensa e incluso protagonizando los ecos de sociedad. Su nación de origen es la impronta que marca la mayoría de sus novelas que reflejan sus propias vivencias o su percepción sobre la sociedad peruana y están ambientadas en las diversas regiones que integran Perú; la selva amazónica, el altiplano andino y la costa. Pero Vargas Llosa ha vivido gran parte de su vida en España, Francia o Suiza, y la dimensión europea también es evidente en su obra y lo convierten, junto con el cubano Alejo Carpentier, en uno de los más cosmopolitas entre los escritores hispanoamericanos, y quizás por eso uno de mis preferidos. De sus novelas peruanas he leído La ciudad y los perros (1963), Lituma en los Andes (1993) y ésta que comento hoy. De su última etapa, más abierta a nuevas ideas y ambientes, de temática más diversa y menos sujeta a ataduras localistas, destacaré La fiesta del Chivo (2000) y El sueño del celta (2010), la que más me ha gustado hasta ahora y también la más europea, si se acepta este calificativo aclaratorio aunque algo simplista.
Pantaleón y las visitadoras (1973) es una novela de humor, así lo reconoce el propio autor en el prólogo. Basada en hechos reales datados en 1958, cuando el ejército peruano organizó un “servicio de visitadoras”, eufemismo que servía para encubrir a un grupo de prostitutas destinadas a mitigar las ansias sexuales de las aisladas guarniciones amazónicas. A partir de esa realidad el escritor construye una genial farsa que roza el esperpento y encubre los aspectos morbosos de la historia con una gruesa capa de ironía. La comicidad y los aspectos ridículos del relato no ocultan sin embargo una velada crítica de la hipocresía en la sociedad peruana y sus instituciones más dignas, la militar, la iglesia, autoridades civiles y prensa, ante el hecho de la prostitución, rodeado de prejuicios morales, condenas religiosas y aparente rechazo social al tiempo que tolerado a condición de permanecer en la ilegalidad.
El protagonista de la historia es Pantaleón Pantoja, un capitán de intendencia del ejército con fama de eficiente, al que encargan la tarea de organizar a las visitadoras manteniendo oculto el carácter militar del servicio. A pesar de su inicial rechazo, por ser hombre de firmes convicciones morales, se entrega a la tarea, mantiene en secreto la misión ante su familia, se introduce en los ambientes  prostibularios, organiza de la mejor forma posible ese mundo de prostitutas y proxenetas e intenta evitar como puede la publicidad. Pero una organización eficaz en medio de un ambiente corrupto e hipócrita tiende al colapso, y pronto el capitán será desbordado por la magnitud que adquiere su obra y una serie de acontecimientos lo conducirán al fracaso. La trama argumental queda patente desde el principio y su desenlace es previsible, pero lo importante aquí es la comicidad inherente en su desarrollo y las situaciones ridículas que aparecen conforme avanza la acción.
Otro aspecto importante a destacar en la novela es su original estructura. A Vargas Llosa se le considera un innovador en la experimentación técnica de nuevas posibilidades narrativas y estilísticas y en esta ocasión demuestra de nuevo su maestría. La acción trascurre de forma lineal en el tiempo pero se enfoca de forma simultanea sobre distintos personajes y lugares, que se suceden en escenas de forma alternante mediante pequeños párrafos, a modo de flash cinematográficos. Los diálogos son abundantes y la voz narrativa, en tercera persona, se limita a introducir entre ellos pequeñas acotaciones, que recuerdan mucho a las que se hacen en los textos teatrales, para describir con frases cortas, los gestos, acciones o sensaciones del personaje que habla, siempre utilizando el presente como tiempo verbal. Un ejemplo ilustrativo es el siguiente: “Calma, mamacita, no llores, te suplico, no tengo tiempo ahora – le pasa el brazo por los hombros, la acariña, la besa en la mejilla Panta – .Perdóname si te levanté la voz. Ando un poco nervioso, no me hagas caso”. Tampoco es el narrador quien describe los hechos que se suceden en la trama sino que se presentan, de forma parecida a la epistolar, a través de partes militares, artículos de prensa, entrevistas de radio o cartas entre los distintos personajes. Y a pesar de la aparente complejidad estructural, el relato es fluido y fácil de seguir por el lector. Los pocos términos propios del argot peruano no son una dificultad añadida porque no se abusa de ellos.
Se trata en suma de una historia amena y divertida, amable en la crítica, que nos introduce en el ambiente de la selva amazónica y en la mentalidad de sus gentes, con el sello estilístico propio del escritor peruano. Para finalizar, no me resisto a mostrar un ejemplo de su humor irónico cuando, en uno de los grandilocuentes artículos de prensa, se cita una funeraria de nombre “Modus vivendi”
En fin, novela muy recomendable para pasar un buen rato y disfrutar al mismo tiempo de su calidad literaria. 

lunes, 9 de enero de 2017

MALENA ES UN NOMBRE DE TANGO. Almudena Grandes

Hay libros difíciles de comentar y no precisamente por su complejidad sino, al contrario y paradójicamente, por su sencillez. Son historias lineales sin demasiada dificultad o artificio argumental, con giros y desenlaces a menudo algo previsibles, y personajes con matices éticos dualistas, dicho todo esto sin intención peyorativa. En estos casos, cualquier intento descriptivo de lo argumental puede ser demasiado explícito y comporta el riesgo de arruinar el relato a futuros lectoresEse miedo a destripar la trama -spoiler para los ingleses– lo tengo con esta novela, que fue la tercera de Almudena Grandes y todo un éxito editorial en su momento.
La escritora madrileña se dio a conocer en el panorama literario español con otro gran éxito de ventas, Las edades de Lulú (1989), ganadora del Premio La Sonrisa Vertical de novela erótica, que fue versionada al cine por Bigas Luna, como otras muchas de sus obras. Desde entonces se ha convertido en una autora muy mediática no sólo en el ámbito literario, también como columnista en prensa, contertulia radiofónica y por su reconocido compromiso social y de militancia política. En este último aspecto es una figura controvertida por sus opiniones, a veces radicales, pero siempre sinceras y espontáneas. En cuanto a la obra literaria, la crítica destaca su prosa realista de estilo galdosiano, con toques cervantinos cuando construye relatos complejos con pequeñas historias incluidas en los mismos. Yo no sabría valorar  en su justa medida la influencia de estos eminentes escritores como fuente de inspiración, pero esta es la tercera novela que leo de la autora y puedo decir que sus relatos son interesantes, de los que atrapan al lector, con cierta profundidad en el tratamiento psicológico de los personajes, sobre todo los femeninos, en los que parece volcar parte de sí misma, de sus propias vivencias y sensibilidad y así los reviste de una sincera emotividad. Su estilo narrativo es florido en lo descriptivo pero claro y directo. Como objeción, señalar la tendencia a los párrafos excesivamente largos que van enlazando oraciones sucesivas hasta hacer perder el hilo del relato cuando llega el ansiado punto y aparte.
Sobre Malena es un nombre de tango (1994) me parece apropiado copiar aquí el resumen de contraportada y no extenderme en mayores descripciones argumentales: “Malena tiene doce años cuando recibe, sin razón, y sin derecho alguno, de manos de su abuelo el último tesoro que conserva la familia: una esmeralda antigua, sin tallar, de la que ella nunca podrá hablar porque algún día le salvará la vida. A partir de entonces, esa niña desorientada y perpleja, que reza en silencio para volverse niño porque presiente que jamás conseguirá parecerse a su hermana melliza, Reina, la mujer perfecta, empieza a sospechar que no es la primera Fernández de Alcántara incapaz de encontrar el lugar adecuado en el mundo. Se propone entonces desenmarañar el laberinto de secretos que late bajo la apacible piel de su familia, una ejemplar familia burguesa madrileña. A la sombra de una vieja maldición, Malena aprende a mirarse, como en un espejo, en la memoria de quienes se creyeron malditos antes que ella y descubre, mientras alcanza la madurez, un reflejo de  sus miedos y de su amor en la sucesión de mujeres imperfectas que la han precedido”.
Con Malena, la escritora hace un ejercicio de introspección en la psicología femenina en distintas etapas de la vida de la protagonista; la confusa identidad y los celos de la infancia, el amor y el desengaño, la rebeldía reprimida o el sentimiento de culpabilidad en la adolescencia. En medio de esa tormenta de sentimientos encontrados, Malena se refugia en sus instintos y en conflictivas relaciones hasta alcanzar la madurez y la estabilidad emocional.
La acción se ambienta en el periodo que va desde el  franquismo tardío de los años 60 hasta la transición a la democracia, aunque en la evocación de historias familiares se remonta a la guerra civil. En este sentido la novela es además una crónica de la evolución de la sociedad española en este largo periodo, más enfocada en los aspectos sentimentales, desde la indisoluble relación matrimonial con la santa esposa, hipócritamente aliviada con la bigamia, más o menos encubierta, del amancebamiento, hasta el divorcio y la libertad en la relación de pareja.
Aunque esta no es una novela erótica, el erotismo es un elemento importante en el relato. Almudena Grandes nos demuestra una vez más su habilidad para mantenerse en ese espacio sin traspasar la tenue frontera que lo separa de lo pornográfico. Aunque las descripciones no rehúyen algunos vocablos coloquiales o vulgares, la insinuación predomina sobre lo explícito. Es además un erotismo intimista, narrado en primera persona por la protagonista, que nos muestra el amor, el deseo y la fantasía sexual desde una óptica femenina, algo que muchos hombres desconocen o se empeñan en ignorar.
En fin, una novela interesante y entretenida que, a pesar del éxito que tuvo entre el público lector, no supera en emotividad ni en intensidad narrativa a otras obras de la autora de menor repercusión mediática. Me sigue gustando Almudena Grandes y creo que muchas lectoras estarán de acuerdo conmigo.    

miércoles, 30 de noviembre de 2016

JUEGOS DE LA EDAD TARDÍA. Luis Landero

Como lector habitual puedo decir que sólo en muy contadas ocasiones he vuelto a leer lo ya leído. Sin embargo algunos escritores como Italo Calvino o Jorge Luis Borges recomiendan la relectura en etapas de cierta madurez. Se dice que en la primera lectura nos centramos más en el contenido, intentando comprender el ambiente y los conflictos planteados por el autor, mientras que una segunda nos abre el acceso a lo literario, a los aspectos estructurales que definen la estética de la obra. Es el caso que, a solicitud de mi club de lectura y tras veinticinco años, he releído esta novela  y estoy plenamente de acuerdo con esa opinión. En la primera ocasión el relato me decepcionó un tanto y consideré inmerecida la popularidad que alcanzó entonces, pero ahora lo he disfrutado en aspectos y valores que antes no percibí, quizás favorecido por esa evolución y madurez que aporta el tiempo.
Juegos de la edad tardía (1989) fue la ópera prima del escritor extremeño Luis Landero (1948), la obra más premiada de su corta producción narrativa y todo un éxito editorial en la década de los noventa, en suma, la que supuso su consagración como uno de los grandes narradores de la literatura española contemporánea. Un título asociado para siempre a su autor en la memoria de los lectores.
La novela tiene una clara inspiración cervantina en cuanto al estilo literario basado en una prosa brillante, barroca aunque clara y directa, sin cultismos pero no exenta de ciertos hallazgos verbales (ej. zabuquear), muy precisa en lo descriptivo y rica en asociaciones incluso sinestésicas. También el protagonista tiene rasgos quijotescos, y en los personajes secundarios que animan el enredo argumental encontramos similitudes y estereotipos cervantinos y de la novela picaresca.
Estamos ante  un relato agridulce pero tratado con humor, de estética surrealista oscilante entre el absurdo kafkiano y el grotesco esperpento. Es la historia de Gregorio Olías, un hombre marcado por el afán de ser alguien en la vida, que intenta superar con fantasía su frustración y la mediocridad del mundo en el que vive imaginando un alter ego, Augusto Faroni. Al principio sólo es un juego ilusorio pero en su relación con Gil, frustrado como él y creyente al estilo de Sancho, el personaje ficticio termina por eclipsar al real, evoluciona desde la ilusión íntima hacia una mentirosa ficción en la que Gregorio- Faroni queda atrapado y desdoblado, a medio camino entre realidad y fantasía.
La ambientación de la historia es deliberadamente imprecisa. El protagonista vive en  una ciudad grande pero en un barrio triste y deprimido que no difiere mucho del ambiente rural pobre y atrasado en el que vive Gil  su amigo e interlocutor. Tampoco conocemos la época pero por unas pocas y claras alusiones podemos suponer que estamos en la España de los años sesenta. El tratamiento del tiempo narrativo es original; desde el principio se fija un presente, datado en un cuatro de octubre, y desde el mismo se evoca el pasado del protagonista hasta llegar a la fecha señalada, y a partir de ese punto la historia hace crisis y se proyecta hacia el futuro, se acelera progresivamente y se torna enrevesada hasta desembocar en un desenlace brusco mediante la aparición de don Isaías, un personaje que aparece velado en algunos momentos de la trama argumental y que puede ser la representación simbólica del destino. La ruptura, al estilo del deus ex machina de la tragedia clásica, supone la salida de la locura quijotesca y el retorno a los orígenes en un epílogo final menos dramático y más amable que en la novela cervantina.
En la imaginación y reflexiones de Gregorio Olías aparecen de forma recurrente alusiones de marcado sentido alegórico. Así la aporía de Zenón (Aquiles y la tortuga) o al conquistador Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, que en mi opinión simbolizan la dimensión épica de la ambición y el fracaso. También las referencias a la Trinidad o al mito platónico de la caverna, como expresión de la personalidad desdoblada  y las múltiples facetas que caracterizan al ser humano; o la recurrente y onírica imagen de la isla como refugio  interior y aislamiento ante la agresividad del mundo y la propia frustración.
Estamos ante un relato no solo divertido sino también abundante en matices en el que subyacen ideas como la ambición y el fracaso, la imaginación y la cultura como superación de las limitaciones personales; la fama que evita la segunda muerte que es el olvido, o los límites éticos entre fantasía y mentira. Y todo sustentado por un estilo y lenguaje capaz de aportar fuerza estética al fracaso vital del protagonista. En resumen, una buena novela que por sí misma justifica a un gran escritor. Amena y profunda a un tiempo, merece la popularidad que tuvo y creo aún tiene




domingo, 20 de noviembre de 2016

EL RELOJERO DE YUSTE. José A. Ramírez Lozano

De las muchas y variadas sugerencias que pueden incitarnos a la elección de una lectura, ninguna mejor que las inspiradas por el propio autor cuando la comenta y despliega ante nosotros las motivaciones y matices de la obra, e incluso sus ideas en torno a la creación literaria. No soy asistente habitual a las presentaciones de libros pero cuando acudo a una de ellas, la personalidad del escritor y  una exposición interesante son a menudo reclamo suficiente para mi curiosidad. Ese ha sido el caso de José A. Ramírez Lozano (1950) cuando vino a nuestra ciudad hace poco para promocionar el que creo es su último libro editado. Este escritor extremeño, autor de una considerable producción narrativa y poética, has sido para mí un feliz descubrimiento gracias a esta novela. La introducción y los comentarios fueron ilustrativos y el posterior coloquio en torno a la misma resultó muy animado.
El relojero de Yuste (2015), subtitulada Los últimos días de Carlos V, tiene un título tan explícito que no puede llamar a engaño. Estamos desde luego ante una novela histórica pero, estoy de acuerdo con lo dicho en la sinopsis de contraportada, no es una más. Es una biografía novelada que nos ofrece un retrato del emperador en su declive final. Una versión bien documentada en lo histórico al tiempo que una visión muy personal del escritor sobre el personaje que, resaltado en sus defectos, dudas y contradicciones, humaniza y desmitifica su figura histórica que termina por ser cercana y emotiva para el lector.          
En su retiro, acosado por la enfermedad y frustrado en su ambición de un imperio católico, europeo y universal, Carlos V está rodeado o recibe visitas de una serie de personajes, casi todos históricos, entre los que destacan su relojero italiano Juanelo Turriano (Giovanni  Turriani), Francisco de Borja, su confesor el fraile Juan de Regla o su hijo bastardo Jeromín, el futuro Don Juan de Austria. Los diálogos entre ellos son abundantes y se reproducen en una imitación aceptable del lenguaje de la época que, sin entorpecer la lectura, da fuerza a la ambientación y hace verosímiles las cuestiones que tratan. En el relato asistimos a la lucha larvada entre una mentalidad medieval e inquisitorial, representada por los frailes jerónimos, y el  erasmismo, encarnado en Turriano y el mayordomo flamenco Van Male. Entre esos dos polos se debate el emperador que, obsesionado por la ortodoxia religiosa en la que ha fundamentado la unidad de sus reinos, intuye el comienzo de una era política propiciada por las nuevas ideas. No en balde algunos historiadores han considerado a Carlos V como el último caballero medieval y primer príncipe renacentista.
Toda la historia está saturada de elementos simbólicos muy claros; la cerveza frente al vino, las campanas opuestas a los relojes, todo traduce esa tensión entre religión y ciencia, entre cerrazón inquisitorial y apertura científica, en una época y una España que evoluciona desde la Reconquista medieval a la Era de los Descubrimientos. Los elementos simbólicos se refuerzan en los agónicos sueños del emperador, con esa lucha continua y desesperanzada contra la Muerte, encarnada a menudo en los fantasmas de su pasado. Las alusiones pictóricas son frecuentes. Destaca entre ellas la referencia a  El caballero, la muerte y el diablo, el famoso grabado de Durero de claro sentido alegórico. También a los retratos del emperador, realizados por Tiziano en distintas etapas de su vida, fiel reflejo de sus triunfos pero también de su derrota frente al paso del tiempo. Por último ese retrato de la emperatriz Isabel de Portugal que Carlos lleva consigo a todas partes, el recuerdo de su único amor. Todos esos elementos otorgan al relato un sentido poético que trasciende lo puramente histórico e induce a melancólicas reflexiones sobre el tiempo y la muerte que pueden resumirse en aquella locución latina sic transit gloriae mundi que advierte sobre la vacuidad de la fama.
En resumen, se trata de una novela entretenida que se lee con facilidad y no cansa porque no se extiende más de lo necesario. Muy asequible para los no familiarizados con la historia, aunque los algo más versados en ella la disfrutarán más. Por cierto, una curiosidad final; el relojero e ingeniero Juanelo Turriano fue el responsable involuntario de la muerte del emperador cuando construyó un estanque junto a su palacio en Yuste. En aquel clima supuestamente saludable y seco, Carlos V murió de malaria en septiembre de 1558.