domingo, 19 de noviembre de 2017

NABUCCO. Giuseppe Verdi

Como viene siendo habitual, la actual edición del Festival de Otoño de Jaén ha incluido en la programación una ópera. No abundan las representaciones de este tipo en nuestra ciudad, y es por eso que los aficionado agradecemos el anual retorno de las mismas que asociamos ya con esta melancólica estación.
En esta ocasión hemos asistido a una de las obras más representadas a nivel internacional, la ópera Nabucco de Giuseppe Verdi, que fue el primer éxito del compositor romántico, la que inició su abundante producción entre la que se cuentan los títulos más populares del  repertorio lírico.
          El espectáculo es una promoción de Concerlírica Internacional que, junto con Ópera 2001, suele organizar estas representaciones itinerantes de temporada a nivel nacional, gracias a las cuales podemos disfrutar en provincias de los títulos que sólo serían accesibles en los grandes teatros de Madrid y Barcelona. La interpretación ha estado a cargo de la compañía Teatro de la Ópera Nacional de Moldavia. No conozco los nombres de los cantantes solistas y director de la orquesta por no disponer del programa de mano, que se agotó precozmente por una masiva afluencia de público, según parece no prevista.
          Nabucco fue estrenada en 1842 en la Scala de Milán. El libreto es de Temístocle Solera y está basado en una historia del Antiguo Testamento, la conquista de Jerusalén por el rey Nabucodonosor II, la destrucción del primer templo y el exilio del pueblo judío en Babilonia. No añadiré más datos a este breve resumen de la ficha técnica. Tampoco detallaré la trama argumental, solo decir que incluye una historia de amor, de celos y traición, en un entorno de intriga política, mesianismo religioso y añoranza de la patria perdida; en fin los ingrediente adecuados para una buena tragedia con tintes épicos.
          En cuanto a la distribución de voces, en esta ópera me ha sorprendido la ruptura de un esquema que, en mi corta experiencia lírica, me parecía tradicional. Y es que en esta ocasión los papeles principales no están reservados a la pareja soprano y tenor  sino a soprano y bajo, quedando el tenor y otras voces relegadas a un segundo plano.
          La obra comienza con una obertura que compendia todas las melodías que se irán desarrollando, incluida un esbozo del va, pensiero. En el plano instrumental predomina claramente el metal sobre el resto de instrumentos, lo que presta, a lo largo del desarrollo, un intenso dramatismo a la acción teatral, aportando brillantez con un mínimo de recursos, dentro del papel secundario reservado a la orquesta.
          En Nabucco, el coro adquiere máxima importancia y es un personaje más de la representación ya que su actuación es casi continua. El coro de los esclavos que entona el va, pensiero,sull’ali dorate, en la segunda escena del tercer acto, se ha convertido en la pieza coral más famosa y popular, todo un paradigma de la ópera. En la época de sus primeras representaciones, tuvo además un valor político al convertirse en una especie de himno nacional, que simbolizaba el ansia de independencia de los italianos del norte frente al dominio austriaco.
          En cuanto a los personajes, el más destacado es el de Abigaille (soprano) que se muestra celosa y perversa al principio de la trama y se humaniza y redime en su dramático final. Su tesitura es la más exigente de toda la representación porque sus  continuos diálogos con la masa coral le obligan a sobrepasarla en volumen y efectos vocales. Se dice que muchas sopranos se negaron a interpretar este papel por el esfuerzo agotador que suponía. En nuestro caso la cantante estuvo magnífica, no solo por la intensidad de sus agudos sino por una magistral ejecución del efecto técnico conocido como messa di voce, que consiste en cantar una nota musical con una dinámica de pianissimo para lentamente abrirla y hacerla más poderosa hasta un forte y luego reducirla hasta pianissimo como al principio.
          El segundo papel en importancia dramática y vocal es el Sumo Sacerdote Zaccaria (bajo). También aquí Verdi se mostró más exigente de lo que es habitual para esta tesitura. Su participación en arias es frecuente y a menudo tiene que dominar al coro. Su voz grave es adecuada para representar esa nobleza y solemnidad que requiere el personaje. Nuestro solista tuvo también una actuación sobresaliente que fue reconocida por el público.
          En papeles secundarios también destacaron, pero a un menor nivel,  la pareja de Fenena (mezzosoprano) e Ismaele. Los críticos dicen que éste último es el tenor con menos protagonismo de todas las óperas de Verdi, con una actuación mínima y sin un solo aria para lucirse. En cuanto a Nabucco (barítono), el personaje que da título a la obra, necesita, más que altura vocal, grandes dotes interpretativas que fueron ampliamente satisfechas por el solista de turno.
      En fin, el Nabucco de Verdi que presenciamos fue estupendo. Un espectáculo grandioso y equilibrado en instrumentación musical, sobresaliente en coros y solistas, de gran fuerza dramática y brillante escenografía.

domingo, 5 de noviembre de 2017

EL CASCANUECES. Piotr Ilich Tchaikovsky

Hemos asistido, dentro de la programación del XVIII Festival de Otoño de Jaén, a la representación de El Cascanueces, una de las obras más populares en el repertorio de ballet clásico. En esta ocasión ha repetido el Ballet Nacional Ruso dirigido por Sergei Radchenko que ya nos deleitó el pasado año con El Lago de los Cisnes. No comentaré nada sobre aspectos generales de esta compañía porque ya lo hice en una anterior entrada.
          La música de este ballet, estructurado en dos actos, fue compuesta por Piotr I. Tchaikovsky y debe señalarse que, antes del  estreno, el genial compositor ruso seleccionó ocho de los números que integraron la Suite El cascanueces, op. 71ª para ser interpretada de forma independiente en concierto. Dichas composiciones, entre las que destacan el Vals de las flores y las cuatro danzas (española, árabe, china y rusa), han sido repetidamente reproducidas en cine y televisión por lo que son muy conocidas. El ballet fue estrenado en el teatro Mariinski de San Petersburgo en 1892, y cabe señalar que en ese momento no tuvo demasiado éxito, pero en 1950 Walt Disney seleccionó algunas de sus piezas para su película Fantasía y a partir de entonces su popularidad creció de forma exponencial hasta ser hoy en día una de las obras más representadas, principalmente en Navidad.
         El libreto fue escrito por Ivan Vsevolozhsky y el famoso coreógrafo Marius Petipa y está basado en un cuento de hadas del alemán E.T.A Hoffmann adaptado por Alejandro Dumas.
        El argumento se desarrolla a partir del primer acto que está ambientado en un hogar alemán a principios del XVIII. En casa de los Stahlbaum comienza una fiesta en torno al árbol navideño, rodeado de niños alborotadores que esperan sus regalos. Aparece un misterioso personaje, Drosselmeyer, con aspecto de mago, que distribuye regalos entre los niños. A Clara, su ahijada, le regala un el muñeco Cascanueces, pero su hermano Fritz diputa con ella por el mismo y lo rompe. Mientras Drosselmeyer lo  repara, la niña se duerme y a partir de ese momento se introduce en un mundo onírico de fantasía donde el Cascanueces interacciona con otros personajes como la benéfica Hada del Azúcar o el malvado Rey de los ratones.
      En su momento esta trama argumental fue criticada y se la calificó de alocada e inconexa. Da la sensación que la fantasía del cuento es una mera excusa para hilvanar toda una serie de cuadros escénicos y permitir el lucimiento de coreógrafo y bailarines.
       Para centrarnos en la representación que nos ocupa. En esta ocasión, el coro de niños del primer acto, que puede ser interpretado por adultos, lo fue por niños reales que supongo alumnos incipientes de una escuela de la propia compañía. Su actuación me pareció buena en baile e interpretación mímica, y en todo caso meritoria dada la edad de los mismos. La escenografía y coreografía muy buena en su papel de ambientación, y los coros y bailarines de las danzas bastante notables dado su papel secundario. En cuanto a los primeros bailarines me parecieron de menor nivel comparados con otros que he tenido ocasión de admirar en otras representaciones de esta ballet, e incluso con los del pasado año en El lago de los cisnes. Bien es cierto que en esta obra destaca más la mímica y la interpretación coral que la actuación de los solistas. Baste decir que la prima ballerina únicamente tiene oportunidad de lucimiento en un solo, dentro de un pas de deux, tras el Vals de las flores, al final del segundo acto, en la conocida como Danza del Hada del Azúcar. Como dato curioso destacar que en ésta pieza musical, Tchaikovsky introduce la celesta, un original  instrumento musical  de percusión, parecido al armonio, que funciona mediante teclas que percuten en láminas metálicas. También conviene destacar que, en la introducción y las primeras danzas del primer acto, el autor romántico se esforzó por inspirar un cierto aire rococó barroco para sugerir la época en que se ambienta el relato.
       En resumen, aún con los aspectos negativos de esta crítica, no demasiado cualificada, mi opinión general es buena y disfrutamos de un espectáculo total que por desgracia no es frecuente en nuestra ciudad.




                    

sábado, 7 de octubre de 2017

EXTRAMUROS. Jesús Fernández Santos

Jesús Fernández Santos (19269-1988), junto con Ignacio Aldecoa, Rafael Sánchez Ferlosio, Miguel Delibes y algunos más, perteneció a la conocida como  generación de los 50, un grupo de escritores que desarrolló durante la posguerra una narrativa con rasgos estilísticos propios y bien definidos, que se han integrado y resumido en el concepto de  realismo social, o novela social española. Su primera obra, Los bravos (1954), que leí  hace muchos años, me impresionó por el crudo realismo descriptivo y la denuncia de las duras condiciones de vida en una aldea de la montaña leonesa, tras la guerra civil. En ésta que comentamos hoy, quizás la más conocida y premiada del autor, me parece notar una evolución que no sabría definir bien, quizás un estilo más elegante, consecuente con su madurez literaria, pero aún es reconocible aquí esa preocupación social, en la descripción de la miseria y la hambruna del pueblo castellano en contraste con la escandalosa riqueza de los nobles, en un contexto histórico concreto, los comienzos del siglo XVII en tiempos de decadencia del imperio español, durante el reinado de los llamados Austrias menores.
En base a esa recreación de nuestro pasado, Extramuros (1978) ha sido catalogada por la crítica como una novela histórica pero, sin rechazar esta clasificación, creo echar en falta ciertos elementos propios de este subgénero. En primer lugar la ausencia de un narrador omnisciente tan frecuente en este tipo de relatos. Tampoco tenemos aquí personajes históricos que protagonicen la ficción o la cuenten a modo de crónica. Más bien parece que el escritor omita deliberadamente nombres y datos que nos permitan situar la acción en tiempo y lugar concreto. Es solo por sutiles y escasas referencias que podemos fijarla en los primeros años del siglo XVII, durante el reinado de Felipe III y su valido el duque de Lerma, y situarla en la ciudad del mismo nombre, y aún así con alto riesgo de errar en nuestras deducciones.
La novela cuenta la historia de amor entre dos monjas de clausura en un convento acuciado por la miseria y el abandono en tiempos de sequía. En esta situación extrema, una de ellas decide simular los estigmas de Cristo con la complicidad de su amante y este será el condicionante de toda la acción posterior que trascurre de manera lineal, con pequeños saltos hacia adelante, pero sin analepsis o retornos retrospectivos al pasado. La narradora es la propia protagonista, la amante que nos cuenta los acontecimientos en tercera persona y en ocasiones expresa sus propios sentimientos en primera. Se trata de una narradora equisciente, es decir, conoce sólo lo que está viviendo, es protagonista y testigo de los hechos. Con esta estructura narrativa la historia se convierte deliberadamente en subjetiva porque vemos a la amada, la santa, y a los demás personajes, enfocada desde la personal visión y los sentimientos de su amante. 
Estamos ante una auténtica  historia de amor, con los desequilibrios que a veces se manifiestan en el binomio de amante y amada. Un amor más íntimo y espiritual que erótico, impregnado de un misticismo que se impone a la carnalidad, en el que la amante narradora se sacrifica por su amada sin importarle no ser correspondida en igual medida.
En esta historia hay una segunda voz, la de la monja motilona, un especie de criada del convento, que ocasionalmente toma la palabra para describir momentos no presenciados por la narradora. Ésta segunda voz ofrece el contrapunto pragmático frente al idealismo de la protagonista, una especie de Sancho Panza que acompaña y atempera a su quijotesca  hermana.  
El  estilo del relato es sencillo, elegante  y en ocasiones poético, con unos pocos arcaísmos, los suficientes para justificar, en las descripciones y en los abundantes diálogos, un lenguaje que se aproxime al de la época.

En resumen, se trata de una buena novela, interesante hasta el final aunque sospechemos el desenlace. Una historia intimista con elementos de novela histórica que la refuerzan, y con una estructura narrativa bastante original en mi opinión.          

jueves, 10 de agosto de 2017

PATRIA. Fernando Aramburu

Esta novela, la última de Fernando Aramburu, ha sido un éxito fulminante. Desde su edición el pasado año, y en lo que va de éste, ha cosechado dos premios y las mejores críticas. Es, hasta ahora, el número uno en la lista de superventas, objeto de debate en los foros literarios y motivo de elogio en el boca a boca entre lectores. Hasta su propio título parece un acierto; breve y rotundo nos remite a un concepto tan ambiguo como afectivo, que todos podemos sentir más que entender, y nos hace presagiar, de entrada, la emotividad del contenido.
El autor, por edad y por vasco, sabe bien de lo que escribe, y lo hace con la maestría narrativa que demostró desde su primera novela, Fuegos con limón (1996). En esta última renuncia de forma expresa a una explicación del fenómeno  terrorista para centrarse en sus consecuencias. Los motivos que le indujeron a escribirla los expone claramente Aramburu cuando, casi al final de la obra, se introduce en el relato a través de un personaje que actúa como alter ego literario, precisamente un escritor anónimo que, en una conferencia, presenta su novela sobre el mismo tema y entre otras razones comenta las siguientes: “Escribí, pues, en contra del sufrimiento inferido por unos hombres a otros…y qué consecuencias físicas y psíquicas acarreará a las víctimas supervivientes.”; ”Procuré evitar los dos peligros más graves en este tipo de literatura: los tonos patéticos y sentimentales, por un lado; por otro, la tentación de detener el relato para tomar de forma explícita postura política”.
Patria (2016) cuenta la historia de dos familias que fueron amigas y se ven enfrentadas a raíz de un asesinato de ETA. Las dos protagonistas principales son las matriarcas de las mismas; Bittori es la viuda y víctima indirecta, Miren es la madre de uno de los miembros del comando que asesinó al Txato, cuya autoría directa no se aclara hasta el final; sin duda un recurso para mantener la atención y algo de intriga  sobre un relato que trascurre ágil aunque demasiado extenso en mi opinión. La acción comienza en 2011, año en el que ETA anunció el cese de la lucha armada, y desde ese presente los personajes, miembros de ambas familias, evocan el pasado teniendo como punto focal el asesinato. La trama argumental se desarrolla con fluidez mediante capítulos cortos en los que se suceden y alternan los protagonistas aportando su personal visión de los hechos y expresando sus sentimientos, sobre todo el dolor y la humillación, también la culpa y la frustración sin posibilidad de alivio en el perdón o el olvido. Los personajes secundarios y la ambientación entre el medio rural, aferrado a la tradición, y San Sebastián, más progresista y menos opresiva, aportan un buen retrato de la sociedad vasca.
La brevedad de los capítulos y la frecuencia de analepsis restrospectiva recuerda la sucesión de escenas cinematográficas, no me extrañaría pues una futura versión al celuloide. Siguiendo con la estructura narrativa, la historia la cuenta un narrador en tercera persona que participa lo mínimo, con escasos elementos descriptivos que localicen la acción, y deja que los protagonistas se expresen en primera persona a través de abundantes diálogos y mediante el recurso al monólogo interior. El leguaje es directo y sencillo. Los términos vascos no son abundantes y se entienden por el sentido, aunque para mayor facilidad se traducen en un glosario final. Como datos curiosos, señalar que algunos personajes, sobre todo los abertzales, utilizan con frecuencia tiempos verbales castellanos incorrectos, con una clara intencionalidad que se destaca en cursiva. Otra es la utilización de triadas de verbos (cogió/tocó/miró), calificativos o sustantivos separados por barras para enfatizar o bien para introducir matices en la acción o descripción.
En fin, se trata de una buena novela cuyo éxito está más que justificado. Y sin embargo debo reconocer que me ha costado trabajo terminarla. La explicación es bien sencilla. La curiosidad, como elemento decisivo para incitar a la lectura, es a veces caprichosa, se estimula ante cosas relativamente banales como un título o una portada sugerente, y se mantiene a base de ingredientes como el misterio o el afán de conocimiento, siempre en dosis moderadas. En los extremos y por defecto, la ignorancia sobre la ambientación o la trama argumental a menudo agota nuestra curiosidad y desalienta la lectura, a mí me ocurrió con Versos satánicos de Salman Rushdie; pero el exceso de conocimiento también la inhibe. Y es que, a los que tenemos edad suficiente y vivimos, más o menos directamente, los años duros del terrorismo etarra, esta novela no nos dice nada que no sepamos. A esto tengo que añadir que Fernando Aramburu, como el mismo declara, ha despojado el relato de efectos dramáticos y sentimentales persiguiendo una neutralidad que le aproxima al testimonio realista pero le resta tensión narrativa aplanando la acción y, de nuevo, inhibiendo la curiosidad por un desenlace que se presume inexistente desde mucho antes del final.
Lamento aportar esta nota discordante al entusiasmo general suscitado por una novela cuya calidad no pongo en duda. 

sábado, 15 de julio de 2017

MEMORIA DE MIS PUTAS TRISTES. Gabriel García Márquez

Memoria  de mis putas tristes (2004) fue la última novela de Gabriel García Márquez y quizás la más controvertida ya que en el momento de su publicación, y tras su versión cinematográfica ocho años después, suscitó fuerte polémica. Algunos periodistas quisieron ver en la obra una promoción del comercio sexual y la trata de menores, en suma, una apología de la pederastia. Una ONG mexicana amenazó al escritor con una demanda judicial y en Irán fue prohibida.
Se trata de una novela corta, alrededor de 100 páginas, y cuenta los amores de un  nonagenario con una adolescente púber. No obstante, ni el expresivo título ni esta sucinta reseña argumental deberían ser motivo de recelo para los lectores, al menos no para aquellos que hayan tenido contacto previo con la obra del genial escritor colombiano. Es verdad que asistimos a un amor en extremo desigual; él es un anciano periodista, culto y refinado, que a final de su vida se aferra a la ilusión; ella, una niña de clase obrera que vende su virginidad para ayudar a su familia. Y a pesar de la aparente rudeza de la exposición inicial, “El año de mis noventa años quise regalarme una noche de amor con una adolescente virgen…”, el relato carece en absoluto de elementos escabrosos, es más poético que prosaico, de una carnalidad sin sexo que resume muy bien la siguiente frase: “Esa noche descubrí el placer inverosímil de contemplar el cuerpo de una mujer dormida sin las urgencias del deseo o los obstáculos del pudor”. A través de sus memorias, narradas en primera persona, conocemos al protagonista, sus vivencias y sentimientos, aunque desconocemos el nombre propio del que todos conocen como el sabio. En cambio Delgadina es una figura etérea de la que sabemos poco más que su nombre, porque en esencia es una creación del anciano, una Eva encarnada y sumida en el sueño, una idealización de la belleza y de la juventud inmaculada, capaz de sublimar el deseo y transmutarlo en amor y ternura.
Quizás sea una opinión demasiado audaz y muy cuestionable, pero creo que el relato encuentra cierta inspiración en el mito griego de Eros y Tánatos, que Freud utilizó para simbolizar las pulsiones de vida y muerte que entran en conflicto en la psique humana. El primero es el instinto carnal y libidinoso propiciador de vida, el segundo es la autodestrucción, la muerte pacífica, esperada y hasta deseada. Estas dos pulsiones aparecen en las reflexiones del protagonista y de su lucha surge  Delgadina convertida en la Ninfea del mito, aunque pasiva en este caso, la belleza y la pureza preservada por el equilibrio entre ambos impulsos.
          En cuanto al lenguaje, el estilo y los recursos literarios, son los habituales en las novelas de García Márquez, quizás en esta ocasión con menos elementos de ese realismo mágico que es su mejor seña de identidad. Como en otras ocasiones, el escritor juega con el lector, buscando su implicación, cuando deja poco explícitas las coordenadas espaciales y temporales del relato. Por unos cuantos topónimos y las alusiones  a la desembocadura del Magdalena sabemos que la historia se desarrolla en la ciudad  de Barranquilla, y una sola cita relaciona la edad del protagonista con el tratado de Neerlandia, así que tras resta y suma deducimos que 1960 es el tiempo en que se desarrolla la narración. 
En fin, se trata de otra buena novela del escritor aunque no se debe equiparar a los títulos que lo hicieron famoso. Una historia que esconde una buena dosis de emotividad y ternura para aquellos que quieran ver más allá de la apariencia.