jueves, 16 de marzo de 2017

EL DÍA DE LA LECHUZA. Leonardo Sciascia

De este escritor se ha dicho que fue la conciencia crítica de Italia, porque toda su obra narrativa es una continua denuncia de la corrupción política y de la violencia mafiosa. Yo añadiría que, por sus reflexiones éticas y la clara percepción del carácter siciliano, fue también la conciencia literaria de su tierra. En Sicilia nació y vivió la mayor parte de su vida Leonardo Sciascia (1921-1989). Fue maestro y simpatizó con el partido comunista aunque mantuvo cierta independencia en cuanto a militancia. Tras dejar la enseñanza se dedicó al periodismo y la literatura y, cuando alcanzó fama y reconocimiento público, estuvo en política y fue elegido diputado europeo, diputado al congreso italiano e integrante de la comisión de investigación sobre el asesinato de Aldo Moro.
La obra narrativa de Leonardo Sciascia ha de ser entendida en un contexto histórico concreto. Un periodo de la política italiana conocido como los años de plomo, comprendido entre las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo. Años de caos político en el que se sucedían los gobiernos en cuestión de días; de violencia callejera protagonizada por grupos terroristas extremistas cuya finalidad última tendía a derrocar un orden institucional capitalizado por partidos corruptos, encabezados por la democracia cristiana, e infiltrado por asociaciones parásitas como la mafia.
En su primer libro, Las parroquias de Regalpetra (1956), un relato realista y autobiográfico, el escritor siciliano mostraba ya las que serían las claves éticas y los temas de toda su obra narrativa posterior; la derrota de la razón y las víctimas de esa derrota; la religiosidad mítica popular y la miseria; la corrupción política, la necedad de los líderes y la mafia. Y todo lo anterior, visto desde la perspectiva de un siciliano escéptico y humanista, crítico pero comprensivo y compasivo, al que se le podría aplicar -sí existe tal vocablo- el concepto cualitativo de sicilianidad. Porque no es casual que casi todas sus obras estén ambientadas en Sicilia, y nadie como él ha sabido describir esa especie de sentimiento mafioso del pueblo siciliano, construido y basado en la desconfianza ancestral hacia el poder político y la justicia del Estado, con la argamasa del miedo y la ley del silencio.
El día de la lechuza (1961) fue la primera novela de Sciascia sobre la mafia y también la primera de sus novelas policiacas. A esta siguieron otras muchas, entre las cuales tuve ocasión de leer dos más, Todo modo (1974) y El caballero y la muerte (1988). En efecto, el relato comienza con el asesinato de un pequeño constructor, Salvatore Colasberna, en la plaza de un pequeño pueblo siciliano, en pleno día y ante multitud de testigos que desaparecen o no han visto nada. El capitán de los carabinieri, Bellodi, natural de Parma y poco familiarizado con las costumbres sicilianas, inicia una investigación sujeta a principios de profesionalidad e ideales de justicia. Con paciencia y dificultad va desentrañando una trama con repercusiones económicas que parece implicar incluso a las altas instancias políticas. El desenlace supone el triunfo de la racionalidad policial pero también su previsible derrota ante un poder que, como un cáncer, infiltra y corrompe a la sociedad siciliana.
La trama discurre tensa e interesante pero no debemos esperar el tipo de acción a la que estamos acostumbrados en las historias de mafiosos americanos. Nada de metralletas, ni cabezas de caballo entre las sábanas, al estilo de El Padrino. La mafia siciliana, sin renunciar al asesinato, es más sutil en la extorsión y el chantaje como medios de conseguir sus fines, amparada en una sociedad que por miedo o complicidad la oculta de miradas indiscretas. Conforme avanza el relato nos damos cuenta de que el caso policíaco es sólo una excusa para ilustrar las reflexiones del narrador, a veces expresadas a través de los comentarios y pensamientos de los protagonistas. Así comprendemos mejor la desconfianza de los sicilianos hacia los continentales, que les lleva a refugiarse en la familia (en sentido contractual) y en sus propios códigos de conducta. En particular la reflexión, de sentido metafórico, sobre los cornudos sicilianos, nos aproxima al sentimiento de un pueblo que a lo largo de su historia ha sido continuamente explotado por poderes extranjeros. En el plano histórico, las alusiones a Cesare Modi o la república de Saló, nos hablan de la paradójica relación entre mafia y fascismo o de la democracia cristiana como refugio de antiguos fascistas. Los comentarios sobre la ópera Cavallería rusticana, de Pietro Mascagni, nos ayudan a entender los códigos de honor, la religiosidad, el sentido fatalista y trágico de la vida que configuran el alma siciliana.
En fin, la novela  trasciende lo puramente policíaco, es profunda y rica en matices, no solamente en el contenido sino en el planteamiento estético. En algunos momentos el estilo es irónico con toques de humor. Como ejemplo de esto último, la historia del médico que recibe una paliza por encargo de la mafia y después recurre a la misma mafia para vengarse de los sicarios.
En las notas finales el escritor destaca el verdadero objetivo de la novela, que no es otro que denunciar el fenómeno de la mafia en un momento, principio de los años 60, en que el gobierno italiano se empeñaba en ignorarla, o incluso la negaba con hipocresía, cuando ya era clara la implicación de los políticos. En ese apéndice la define como:“una burguesía parasitaria, una burguesía que no emprende sino que solamente explota” y la despoja así de esa aureola romántica que otro tipo de literatura y las versiones cinematográficas le han dado.     

martes, 7 de marzo de 2017

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA. José Saramago

Casi todos sentimos cierta preferencia por escritores concretos, aquellos que mejor sintonizan con nuestra sensibilidad o modo de pensar. Esos autores favoritos dicen mucho de nosotros, y de alguna manera nos definen como lectores. Quizás por eso nos alegramos al coincidir en gustos con personas afines y, en cambio, sentimos cierta inquietud al compartirlos con aquellos que nos caen mal. 
José Saramago (1922-2010) ingresó en mi particular lista de escritores predilectos cuando, hace bastantes años, leí  Historia del cerco de Lisboa (1989) y quede impresionado por su forma de narrar. Desde entonces he leído más de la mitad de sus novelas que, con distinto grado de intensidad, siempre me han enganchado. No sabría explicar con  precisión las razones de esa afinidad, pero me sumo a las que dio la Real Academia Sueca cuando, al concederle el Nobel en 1998, destacó su capacidad para “volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”. De la biografía del autor portugués llama la atención su carácter de escritor tardío que, partiendo de una formación autodidacta y superando condiciones adversas, consigue fama y reconocimiento en una edad muy madura. También su utópica idea pan-ibérica, basada en una identidad cultural común a españoles y portugueses, que ha defendido en entrevistas y abordó en su novela La balsa de piedra (1986). Quizás por esto último no ha sido aceptado de forma unánime en su país. Tampoco ayudó su ateísmo públicamente reconocido, ni su militancia política comunista. En particular su novela El Evangelio según Jesucristo (1991) provocó el escándalo entre los círculos católicos y conservadores de Portugal. En fin, con Saramago se cumple aquello de “nadie es profeta en su tierra”.
Ensayo sobre la ceguera (1995) es una de sus obras más conocidas. El título, que no es casual sino preciso, parece indicar una aparente contradicción entre dos géneros literarios que no es tal. Es indudable que se trata de una ficción narrativa, con la estructura argumental típica, exposición, nudo y desenlace, de una novela. Pero en este caso, el narrador omnisciente, que puede ser  la voz del propio escritor, tiene un papel decisivo porque, al tiempo que nos cuenta la historia, introduce sus propias reflexiones en torno al fenómeno de la ceguera, las sensaciones que produce, las reacciones psicológicas de los afectados, y sobre la naturaleza humana en general. Esas impresiones subjetivas trascienden el relato y nos obligan a pensar que haríamos puestos en esa situación, y todo eso queda implícito en el concepto de ensayo.
El argumento es sencillo, una extraña e inexplicable epidemia de ceguera blanca afecta progresivamente a la población. El relato se centra en unos pocos personajes que son aislados en cuarentena en un antiguo manicomio. A ninguno se le da nombre propio sino que son descritos por sus cualidades o rasgos; el  médico, el primer ciego, la joven de gafas oscuras o el niño estrábico, y esto paradójicamente no los despersonaliza sino que acentúa sus rasgos individuales. Entre ellos destaca como principal, la mujer del médico, la única que no está ciega, auténtica personificación de la generosidad  y solidaridad humana  y  válvula de escape en las tensiones que se generan, que tienen la virtud de implicar al lector emocionalmente hasta el punto de sentir cierto grado de angustia. La historia alcanza un intenso clímax dramático y después avanza y nos da un relativo respiro hasta el brusco desenlace.  La trama pone de manifiesto todo tipo de vicios y virtudes del ser humano en situaciones extremas; el egoísmo, el afán de sobrevivir a toda costa, la satisfacción de los instintos más básicos, pero también el generoso sacrificio y el amor. El narrador no juzga a los protagonistas sino que, sin justificarlos, extiende sobre ellos esa mirada compasiva que antes se citaba.
El lenguaje es claro y sencillo, abundante en refranes y dichos populares. Destaca la ironía pero siempre en un tono amable. El relato destila un cierto humor agridulce cuando pone de manifiesto las paradojas del lenguaje corriente en torno a la ceguera y la visión. Las frases siguientes, dichas por los personajes ciegos, pueden ilustrarlo bien: “una epidemia de ceguera es algo que nunca se ha visto”, o “no voy a recetarle nada, sería recetar a ciegas”.
La novela es en realidad una parábola sobre la sociedad actual, sobre lo que disfrutamos y no valoramos. Se trasciende la ceguera en su significado puramente físico para incidir en otros tipos de ceguera, la ignorancia o la inmoralidad entre otras. Lo que el escritor quiere decirnos puede resumirse en dos frases. La primera en el prólogo: “Si puedes mirar, ve. Si puedes ver, repara” (Libro de los Consejos). La segunda la dice un personaje en el epílogo: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que, viendo, no ven”.
En resumen, una magnifica novela, de las que atrapan al lector y le hacen pensar. Sin duda una de las mejores de Saramago.  

          

martes, 7 de febrero de 2017

LA SAL DE LA VIDA. Anna Gavalda

Como muchos lectores, tengo mis prejuicios, a veces frívolos y precipitados, antes de iniciar la lectura de un libro. Cuando se trata de  novelas, desconfío de títulos aparentemente profundos y de  portadas poco, o nada sugestivas. Y con algún recelo inicié ésta, propuesta por mi club de lectura; una escritora de la que no tengo referencia alguna; un título bastante ambiguo que da a entender soluciones vivenciales; y una portada colorista pero anodina, que parece sugerir que el continente es más importante que el contenido. En fin, malas sensaciones que se han visto finalmente confirmadas.
Anna Gavalda (1970) es una periodista parisina  que colabora con la revista de moda y belleza femenina, Elle (otro mal presagio). Desde principios de siglo ha escrito hasta siete novelas y parece que varias de ellas fueron superventas en Francia.
La sal de la vida (2001) fue su primera incursión en la narrativa. Se trata de una novela de corta duración cuyo resumen de contraportada reproduzco aquí literalmente: “Simon, Garance y Lola, tres hermanos que se han hecho ya mayores, huyen de una boda familiar que promete ser aburridísima para ir a encontrarse en un viejo castillo con Vincent, el hermano pequeño. Olvidándose de maridos y esposas, hijos, divorcios, preocupaciones y tristezas, vivirán un último día de infancia robado a su vida de adultos”.  Y  ya está, ese es todo el argumento, simple, poco emotivo y saturado de tópicos. Los hermanos pretenden ser progresistas en medio de una sociedad burguesa e hipócrita representada por Carine, la esposa de Simón, objeto de crítica y burla por parte de sus cuñadas. Pero se trata de un progresismo desengañado del “mayo del 68”, más estético que ideológico, más nostálgico de la juventud que basado en firmes convicciones. Pretenden ser rebeldes y huyen de una boda familiar convencional tachando de pijos a sus primos, para  terminar invitados en una boda rural  en la que tampoco encajan porque se burlan de la rudeza y la forma de vestir de los lugareños. En fin, en mi opinión una trama argumental  simple y superficial porque no profundiza en el carácter de los personajes. Un historia sin alternativas ni verdadera acción, que no consigue enganchar al lector.
El relato está narrado en primera persona por una de las protagonistas, Garance, con rasgos de carácter, opiniones y forma de vida en las que se intuyen coincidencias autobiográficas con la autora. Es lineal y abundante en diálogos de estilo coloquial. Volviendo a la trama, y de forma tangencial, se manifiesta una ligera crítica a la xenofobia de amplios sectores de la sociedad francesa; además de la ropa desenfadada aunque de marca, es el único rasgo progresista de estos hermanos que bien pudieran ser votantes de esa derecha civilizada francesa que aún rechaza a Marine Le Pen.
Para terminar, una historia cuyo principal atractivo es su corta duración. Soy consciente que esta opinión negativa resulta poco rigurosa en la exposición, e  incurre en parecidos prejuicios y superficialidad que critica, pero la novelita tampoco merece mayor esfuerzo.     


jueves, 2 de febrero de 2017

PANTALEÓN Y LAS VISITADORAS. Mario Vargas Llosa

Posiblemente no sea ésta la mejor novela de Mario Vargas Llosa (1936) pero es quizás la más popular, una superventas editorial, versionada al cine aunque con escaso éxito y un título ya clásico, de esos dos o tres que todo buen lector puede recordar y citar entre la producción narrativa del escritor.
Sobre su biografía no insistiré por ser muy conocida. En lo literario; el Nobel (2010), el Cervantes (1994), el Príncipe de Asturias (1986) y un sinfín de premios más. Participó en política como candidato a la presidencia de su país en las elecciones de 1990, y aún en la actualidad, ya octogenario, sigue siendo un personaje mediático, muy visible en entrevistas de radio y televisión, participaciones en prensa e incluso protagonizando los ecos de sociedad. Su nación de origen es la impronta que marca la mayoría de sus novelas que reflejan sus propias vivencias o su percepción sobre la sociedad peruana y están ambientadas en las diversas regiones que integran Perú; la selva amazónica, el altiplano andino y la costa. Pero Vargas Llosa ha vivido gran parte de su vida en España, Francia o Suiza, y la dimensión europea también es evidente en su obra y lo convierten, junto con el cubano Alejo Carpentier, en uno de los más cosmopolitas entre los escritores hispanoamericanos, y quizás por eso uno de mis preferidos. De sus novelas peruanas he leído La ciudad y los perros (1963), Lituma en los Andes (1993) y ésta que comento hoy. De su última etapa, más abierta a nuevas ideas y ambientes, de temática más diversa y menos sujeta a ataduras localistas, destacaré La fiesta del Chivo (2000) y El sueño del celta (2010), la que más me ha gustado hasta ahora y también la más europea, si se acepta este calificativo aclaratorio aunque algo simplista.
Pantaleón y las visitadoras (1973) es una novela de humor, así lo reconoce el propio autor en el prólogo. Basada en hechos reales datados en 1958, cuando el ejército peruano organizó un “servicio de visitadoras”, eufemismo que servía para encubrir a un grupo de prostitutas destinadas a mitigar las ansias sexuales de las aisladas guarniciones amazónicas. A partir de esa realidad el escritor construye una genial farsa que roza el esperpento y encubre los aspectos morbosos de la historia con una gruesa capa de ironía. La comicidad y los aspectos ridículos del relato no ocultan sin embargo una velada crítica de la hipocresía en la sociedad peruana y sus instituciones más dignas, la militar, la iglesia, autoridades civiles y prensa, ante el hecho de la prostitución, rodeado de prejuicios morales, condenas religiosas y aparente rechazo social al tiempo que tolerado a condición de permanecer en la ilegalidad.
El protagonista de la historia es Pantaleón Pantoja, un capitán de intendencia del ejército con fama de eficiente, al que encargan la tarea de organizar a las visitadoras manteniendo oculto el carácter militar del servicio. A pesar de su inicial rechazo, por ser hombre de firmes convicciones morales, se entrega a la tarea, mantiene en secreto la misión ante su familia, se introduce en los ambientes  prostibularios, organiza de la mejor forma posible ese mundo de prostitutas y proxenetas e intenta evitar como puede la publicidad. Pero una organización eficaz en medio de un ambiente corrupto e hipócrita tiende al colapso, y pronto el capitán será desbordado por la magnitud que adquiere su obra y una serie de acontecimientos lo conducirán al fracaso. La trama argumental queda patente desde el principio y su desenlace es previsible, pero lo importante aquí es la comicidad inherente en su desarrollo y las situaciones ridículas que aparecen conforme avanza la acción.
Otro aspecto importante a destacar en la novela es su original estructura. A Vargas Llosa se le considera un innovador en la experimentación técnica de nuevas posibilidades narrativas y estilísticas y en esta ocasión demuestra de nuevo su maestría. La acción trascurre de forma lineal en el tiempo pero se enfoca de forma simultanea sobre distintos personajes y lugares, que se suceden en escenas de forma alternante mediante pequeños párrafos, a modo de flash cinematográficos. Los diálogos son abundantes y la voz narrativa, en tercera persona, se limita a introducir entre ellos pequeñas acotaciones, que recuerdan mucho a las que se hacen en los textos teatrales, para describir con frases cortas, los gestos, acciones o sensaciones del personaje que habla, siempre utilizando el presente como tiempo verbal. Un ejemplo ilustrativo es el siguiente: “Calma, mamacita, no llores, te suplico, no tengo tiempo ahora – le pasa el brazo por los hombros, la acariña, la besa en la mejilla Panta – .Perdóname si te levanté la voz. Ando un poco nervioso, no me hagas caso”. Tampoco es el narrador quien describe los hechos que se suceden en la trama sino que se presentan, de forma parecida a la epistolar, a través de partes militares, artículos de prensa, entrevistas de radio o cartas entre los distintos personajes. Y a pesar de la aparente complejidad estructural, el relato es fluido y fácil de seguir por el lector. Los pocos términos propios del argot peruano no son una dificultad añadida porque no se abusa de ellos.
Se trata en suma de una historia amena y divertida, amable en la crítica, que nos introduce en el ambiente de la selva amazónica y en la mentalidad de sus gentes, con el sello estilístico propio del escritor peruano. Para finalizar, no me resisto a mostrar un ejemplo de su humor irónico cuando, en uno de los grandilocuentes artículos de prensa, se cita una funeraria de nombre “Modus vivendi”
En fin, novela muy recomendable para pasar un buen rato y disfrutar al mismo tiempo de su calidad literaria. 

lunes, 9 de enero de 2017

MALENA ES UN NOMBRE DE TANGO. Almudena Grandes

Hay libros difíciles de comentar y no precisamente por su complejidad sino, al contrario y paradójicamente, por su sencillez. Son historias lineales sin demasiada dificultad o artificio argumental, con giros y desenlaces a menudo algo previsibles, y personajes con matices éticos dualistas, dicho todo esto sin intención peyorativa. En estos casos, cualquier intento descriptivo de lo argumental puede ser demasiado explícito y comporta el riesgo de arruinar el relato a futuros lectoresEse miedo a destripar la trama -spoiler para los ingleses– lo tengo con esta novela, que fue la tercera de Almudena Grandes y todo un éxito editorial en su momento.
La escritora madrileña se dio a conocer en el panorama literario español con otro gran éxito de ventas, Las edades de Lulú (1989), ganadora del Premio La Sonrisa Vertical de novela erótica, que fue versionada al cine por Bigas Luna, como otras muchas de sus obras. Desde entonces se ha convertido en una autora muy mediática no sólo en el ámbito literario, también como columnista en prensa, contertulia radiofónica y por su reconocido compromiso social y de militancia política. En este último aspecto es una figura controvertida por sus opiniones, a veces radicales, pero siempre sinceras y espontáneas. En cuanto a la obra literaria, la crítica destaca su prosa realista de estilo galdosiano, con toques cervantinos cuando construye relatos complejos con pequeñas historias incluidas en los mismos. Yo no sabría valorar  en su justa medida la influencia de estos eminentes escritores como fuente de inspiración, pero esta es la tercera novela que leo de la autora y puedo decir que sus relatos son interesantes, de los que atrapan al lector, con cierta profundidad en el tratamiento psicológico de los personajes, sobre todo los femeninos, en los que parece volcar parte de sí misma, de sus propias vivencias y sensibilidad y así los reviste de una sincera emotividad. Su estilo narrativo es florido en lo descriptivo pero claro y directo. Como objeción, señalar la tendencia a los párrafos excesivamente largos que van enlazando oraciones sucesivas hasta hacer perder el hilo del relato cuando llega el ansiado punto y aparte.
Sobre Malena es un nombre de tango (1994) me parece apropiado copiar aquí el resumen de contraportada y no extenderme en mayores descripciones argumentales: “Malena tiene doce años cuando recibe, sin razón, y sin derecho alguno, de manos de su abuelo el último tesoro que conserva la familia: una esmeralda antigua, sin tallar, de la que ella nunca podrá hablar porque algún día le salvará la vida. A partir de entonces, esa niña desorientada y perpleja, que reza en silencio para volverse niño porque presiente que jamás conseguirá parecerse a su hermana melliza, Reina, la mujer perfecta, empieza a sospechar que no es la primera Fernández de Alcántara incapaz de encontrar el lugar adecuado en el mundo. Se propone entonces desenmarañar el laberinto de secretos que late bajo la apacible piel de su familia, una ejemplar familia burguesa madrileña. A la sombra de una vieja maldición, Malena aprende a mirarse, como en un espejo, en la memoria de quienes se creyeron malditos antes que ella y descubre, mientras alcanza la madurez, un reflejo de  sus miedos y de su amor en la sucesión de mujeres imperfectas que la han precedido”.
Con Malena, la escritora hace un ejercicio de introspección en la psicología femenina en distintas etapas de la vida de la protagonista; la confusa identidad y los celos de la infancia, el amor y el desengaño, la rebeldía reprimida o el sentimiento de culpabilidad en la adolescencia. En medio de esa tormenta de sentimientos encontrados, Malena se refugia en sus instintos y en conflictivas relaciones hasta alcanzar la madurez y la estabilidad emocional.
La acción se ambienta en el periodo que va desde el  franquismo tardío de los años 60 hasta la transición a la democracia, aunque en la evocación de historias familiares se remonta a la guerra civil. En este sentido la novela es además una crónica de la evolución de la sociedad española en este largo periodo, más enfocada en los aspectos sentimentales, desde la indisoluble relación matrimonial con la santa esposa, hipócritamente aliviada con la bigamia, más o menos encubierta, del amancebamiento, hasta el divorcio y la libertad en la relación de pareja.
Aunque esta no es una novela erótica, el erotismo es un elemento importante en el relato. Almudena Grandes nos demuestra una vez más su habilidad para mantenerse en ese espacio sin traspasar la tenue frontera que lo separa de lo pornográfico. Aunque las descripciones no rehúyen algunos vocablos coloquiales o vulgares, la insinuación predomina sobre lo explícito. Es además un erotismo intimista, narrado en primera persona por la protagonista, que nos muestra el amor, el deseo y la fantasía sexual desde una óptica femenina, algo que muchos hombres desconocen o se empeñan en ignorar.
En fin, una novela interesante y entretenida que, a pesar del éxito que tuvo entre el público lector, no supera en emotividad ni en intensidad narrativa a otras obras de la autora de menor repercusión mediática. Me sigue gustando Almudena Grandes y creo que muchas lectoras estarán de acuerdo conmigo.