lunes, 16 de mayo de 2016

LA POETISA. Jesús Tíscar Jandra

Hace algo más de un año, el escritor que hoy nos ocupa introdujo un libro de su paisano Luis Miguel Sánchez Tostado. Yo asistí a la promoción pública de ese libro y fue mi primer contacto con estos dos escritores jiennenses. Me llamó la atención entonces el tono cómico  del prologuista en su presentación pero, quizás por aquello de que nadie es profeta en su tierra, reconozco no haber leído nada suyo, hasta ahora que acabo de terminar esta novela propuesta  por mi  club de lectura.
De la biografía literaria de Jesús Tíscar Jandra (1970) no tengo muchos datos. Escritor principalmente de relatos cortos, ha recibido numerosos premios en esta especialidad. Durante años ha sido colaborador en artículos de prensa local y es autor varias obras teatrales. Muchas de éstas, y de sus colecciones de cuentos, ostentan provocativos títulos porque parece buscar y ha conseguido cierta fama de transgresor e irreverente. Entre sus cuentos he asistido a la lectura de uno, el titulado Cohetes de fin de fiesta, que me pareció bueno por su sorprendente e impactante  final, algo esencial  en ese tipo de relatos. No puedo decir lo mismo de esta novela que comento hoy, por más que me pese la crítica negativa y admitiendo lo subjetivo y cuestionable de mi opinión por aquello de “sobre gustos…”.
La poetisa (2006) fue premiada en su momento con el XXV Premio de Novela Felipe Trigo. Se trata de una sátira despiadada de la poesía en general y del ambiente literario provinciano en particular. En un tono directo y mordaz, más hiriente que irónico, ridiculiza las tertulias literarias, los círculos universitarios y la cultura en general. La ciudad en la que se ambienta la ficción es Jaén, muy reconocible en Joliva y en multitud de topónimos de clara similitud fonética con lugares muy conocidos. Igual ocurre con los nombres de personajes que ocultan personas reales a los que el autor quizás se propone salvar o condenar al estilo de Dante en su Divina Comedia, y perdón por la injusta e inmerecida comparación.
A la novela se le pueden aplicar muchos calificativos, algunos  admitidos en la propia sinopsis como anti-bella, contradictoria e irreverente. Yo añadiría surrealista hasta lo más absurdo, esperpéntica y  provocadora. El lenguaje es intencionadamente soez, abusivo en la onomatopeya y en términos groseros. La trama está saturada de una sexualidad explícita y escatológica -en su acepción no metafísica- hasta la náusea. Todo ello no me escandaliza, pero reiterado con insistencia en sus más de trescientas páginas resulta agotador y desagradable.
El macabro canibalismo sexual de la poetisa parece inspirado en antiguos mitos clásicos como el de Atreo, en el personaje dramático de Tito Andrónico, y en figuras legendarias como la condesa húngara Erzsébet Báthory (1560-1614). 
Y a pesar de lo negativo reseñado hasta ahora, creo justo reconocer en este autor contracultural un buen dominio del lenguaje y la técnica literaria, pero no me parece motivo suficiente para cambiar mi valoración de la novela. Tardaré tiempo en olvidarla antes de emprender la lectura de una colección de sus cuentos que parecen prometedores a pesar del repugnante título. Especialmente contraindicada para estómagos inestables.    

martes, 26 de abril de 2016

LLEGÓ EL TIEMPO DE LAS CEREZAS. Nativel Preciado

Nativel Preciado (1948) cuenta en su haber con una dilatada carrera en el periodismo. Sus frecuentes colaboraciones en prensa, y la participación en tertulias de radio y  televisión, han acrecentado su perfil mediático hasta convertirla en una figura popular. Me gusta su actitud serena en los debates, frente al histrionismo de otros, y lo razonable de sus opiniones casi siempre alejadas de extremismos demagógicos. Hasta ahora, con este libro propuesto por mi club de lectura, no conocía su faceta como escritora, que comenzó cultivando las biografías y siguió después con periódicas incursiones en el género de la novela.
Llegó el tiempo de las cerezas (2008) es un relato corto difícil de encuadrar en un determinado género. Es una ficción pero carece de una trama argumental o un desenlace bien definidos. Tiene elementos típicos de las novelas de reflexión y parece un tratado sobre sabiduría vital. Me atrevería a decir que se relaciona vagamente con la literatura de autoayuda, pero no es nada de lo anterior. Es la historia de Carlota, una mujer de 60 años, madre, divorciada, al final de su carrera profesional como actora de doblaje, que narra en primera persona sus contradicciones emocionales, típicas de esa edad en la que nos refugiamos en la evocación del pasado, en unos recuerdos a veces tan modificados por la memoria que pueden confundirse con la ficción. Lo que trasciende de sus reflexiones es el miedo a la muerte, a la enfermedad y a la soledad. La protagonista supera su abatimiento gracias al afortunado encuentro con un hombre que le aporta autoestima y seguridad en sí misma.
Espero no alarmar por lo dicho, no estamos ante una novela de las mal llamadas románticas. En cualquier caso conviene destacar que Carlota, quizás imagen de la propia escritora, afronta el paso del tiempo desde un territorio emotivo y psicológico femenino. El problema es el mismo para ambos géneros pero la forma de aceptarlo y las soluciones para reconciliarnos con nosotros mismos pueden ser algo diferentes. En este caso, la protagonista se aferra por instinto a su propia capacidad de seducción pero se desinteresa o recela de la conquista del otro, y duda entre esas dos actitudes típicas de la relación sentimental. Por eso, la aparición del benefactor compañero está diseñada para solucionar su conflicto emotivo sin plantear problemas adicionales, e intuimos su condición como necesaria para el previsible y adecuado desenlace de una relación en la que es un personaje secundario.
          La novela está escrita en un estilo directo, sencillo y sin artificios, y esto lo digo como elogio pero también como reprobación, porque el uso moderado de las figuras literarias me parece consustancial de la ficción narrativa. La trama está entreverada con interesantes digresiones, casi siempre referentes al cine, y anécdotas del pasado que parecen ajenas a la trama y relacionamos con la propia experiencia de la escritora. Los capítulos tienen un título alusivo al contenido y van precedidos por fragmentos de poesía o textos literarios, una estructura que recuerda a los escritores románticos y realistas del siglo XIX, y quizás sea un homenaje de la autora a los mismos.  El título evoca la primavera y también hace referencia a una canción francesa que fue adoptada como himno de la Comuna de París de 1871, primavera y revolución como símbolo de renovación y renacimiento, individual y colectivo. El diseño de portada alude a lo mismo pero me parece menos afortunado por demasiado explícito.
    Para terminar, no dudo que este libro puede ser buena materia de debate para un grupo de lectura, porque trata de problemas y actitudes vitales que nos afectan o podemos comprender e interiorizar individualmente. Pero le faltan elementos para ser una buena novela porque es plana y con escasa tensión dramática. El formato de relato corto me parece un acierto de la escritora ya que una mayor duración hubiera provocado sin duda tediosas redundancias. Muy apropiada como autoayuda para lectores con crisis de la edad madura.                
          

miércoles, 13 de abril de 2016

EL HONOR PERDIDO DE KATHARINA BLUM. Heinrich Böll

En alguna entrada anterior creo haber  comentado  sobre la idea de clásico literario. Una etiqueta que la crítica aplica con frecuencia a ciertas obras o escritores, pero también una calificación imprecisa, con tantas definiciones subjetivas o parciales como autores empeñados en precisarla. Y, no obstante, el concepto parece incluir dos condiciones en las que todos están de acuerdo; la primera, relevancia y aceptación como ejemplo y modelo de una determinada época; la segunda es su carácter atemporal, es decir, que pueda trasladarse a otro tiempo o lugar sin perder su esencia o sentido. Pues bien, aquí tenemos una novela, considerada por la crítica como un clásico que, en mi opinión, no cumple la segunda de las anteriores premisas.
          El honor perdido de Katharina Blum es un relato corto del escritor y premio Nobel  Heinrich Böll. Cuando fue  editada en 1974 causó un profundo impacto en la sociedad alemana occidental, estuvo mucho tiempo en la lista de superventas y su fama traspasó las fronteras germanas; tan solo un año después el director alemán  Volker Schlöndorff  la versionó al cine con el mismo título y consiguió con ella varios premios. Sin embargo el propio autor, en un epílogo escrito para la novela diez años después, la define con cierta ironía como un panfleto  disfrazado de narración y le resta importancia reduciéndola a una historia de amor con trama de folletín. Ahora, pasados más de cuarenta años, siguen vigentes los problemas que la novela denuncia, lo que ha cambiado es nuestra percepción sobre los mismos, porque ya no impresionan especialmente, acostumbrados como estamos a convivir a diario con ellos.
          La trama argumental es sencilla. Una muchacha laboriosa y leal,  que ha tenido una infancia difícil y un matrimonio fracasado, consigue consolidar una posición social y económica desahogada trabajando como empleada de hogar; es de alguna forma el símbolo del milagro alemán. Pero conoce a un hombre del que se enamora y que pasa la noche con ella en su casa. Resulta ser un delincuente al que ayuda a escapar cuando se ve acosado por la policía. A partir de entonces, los periodistas se cebarán con ella en pos de la noticia truculenta y, poco a poco, arruinarán su vida y la de sus familiares y amigos, tergiversando sus declaraciones y la de los testigos policiales, hasta llevarla a un punto de desesperación que la aboca a una dramática decisión.
          El relato está escrito en un estilo sencillo pero no exento de fina ironía. Con una estructura narrativa que pretende resaltar la objetividad del mismo adoptando un formato que imita los informes policiales y las noticias de prensa. También se dejan, pienso que deliberadamente, muchos cabos sueltos e imprecisiones que el lector puede atar contando con sus propias  ideas y prejuicios al respecto.  En suma, se trata de una feroz sátira contra la prensa amarilla  alemana de la época, a la que el propio autor nos induce a poner nombre, el del diario Bild Zeitung.  Destacan además otros   aspectos reseñables. La sensibilidad social frente al terrorismo, un fenómeno nuevo para los alemanes de los 70 tras la aparición de la banda Baader-Meinhof. El anticomunismo visceral como resultado de la guerra fría y la división de Alemania. Las escuchas telefónicas, las filtraciones policiales y los abusivos métodos de la policía, escandalosos para  una sociedad que se creía ejemplo de libertades democráticas frente a la opresión comunista.
          A todo lo anterior me refería cuando hablo de la pérdida de vigencia en esta novela. Ha llovido mucho desde entonces, después de ETA y el yihadismo nos hemos acostumbrado a convivir con el terrorismo; el amarillismo no es ahora exclusivo de la prensa sino que lo vemos a diario en televisión; en un mundo globalizado nos sentimos controlados por móviles, datos fiscales etc, y nuestra intimidad está disponible en la red. En resumen, persisten las mismas cuestiones conflictivas pero estamos saturados y los problemas de Khatarina Blum ya no impresionan tanto como entonces. Ahora algunos hasta llegan a hacer negocio -vía exclusiva- de su honor e intimidad perdida. En resumen, la sociedad  occidental, enfrentada al dilema entre libertad y seguridad, ha renunciado parcialmente a la primera y se ha resignado a sufrir las consecuencias de la segunda propuesta del binomio. Por eso creo que esta novela no hubiera tenido el impacto que tuvo de ser editada hoy.

          No obstante es un buen relato que debe ser leído aplicando el filtro de la perspectiva histórica. En caso contrario nos dejará un poco fríos.

domingo, 10 de abril de 2016

JULIO CESAR. William Shakespeare

Entre las obras programadas para la VI Muestra Escena Jaén 2016 hemos tenido ocasión de presenciar esta tragedia de Shakespeare. Es la primera vez que la veo representada, aunque conozco el texto literario y he visto en varias ocasiones la que, en mi opinión, es su mejor versión cinematográfica, la dirigida por Joseph L. Mankiewicz en 1953, protagonizada por James MasonMarlon Brando. La puesta en escena de los clásicos no es frecuente en nuestra ciudad y menos aún, creo, las obras del genial dramaturgo inglés. No era cuestión de perder esta oportunidad quizás propiciada por la efeméride que lo relaciona con nuestro Cervantes, la conmemoración del cuarto centenario de su muerte.

          Julio Cesar (1599) fue escrita en cinco actos por William Shakespeare (1564-1616), y posiblemente sea la mejor de sus tragedias históricas romanas, grupo al que también pertenecen otras dos posteriores, Antonio y Cleopatra (1606), una secuela de ésta, y Coriolano (1608). Quien conozca las Vidas Paralelas de Plutarco, percibirá claramente que la principal fuente de inspiración del autor fueron las vidas de Bruto, Cesar y Antonio.  El título nos remite a la escena más famosa, la que resulta ser punto de inflexión y eje de la trama, el asesinato de Cesar a manos de un grupo de senadores como resultado de una conspiración. Sin embargo no parece que sea Cesar el protagonista principal, que solo aparece en tres escenas y la de su muerte, si bien es verdad que es continuamente aludido y su espíritu domina toda la acción. A muchos críticos les parece, y comparto la misma opinión, que el verdadero protagonista es Bruto, cuya figura parece secundaria en las primeras escenas, comparte relevancia con Antonio en las centrales, y al final resalta como principal figura dramática. Lo más destacable del personaje es su lucha psicológica y ética entre los deberes que imponen el patriotismo y la amistad. Parece que el tema sigue siendo objeto de debate, incluso hay quien sugiere que  lo trascendente en la obra, más que el protagonismo, es la idea del nuevo cesarismo en conflicto con el antiguo orden republicano, algo que parece comparativamente coherente  con la época del dramaturgo, dominada por imperios y príncipes absolutos como Felipe II en España o Isabel I de Inglaterra.  En cualquier caso se trata de una tragedia rica en matices y pasiones  enfrentadas; la traición y el honor; la tiranía y la libertad;  la envidia y la ambición; el pragmatismo político y el recurso a la demagogia, algo que nos parece muy actual. A este respecto conviene destacar los dos discursos centrales, interesantes ejercicios de oratoria política, el de Bruto, que justifica el tiranicidio, es racional, más propio de un filósofo que de un político, y por eso deja frío al pueblo que se deja convencer por el elogio fúnebre de Antonio, más emotivo y populista.

En esta ocasión la interpretación ha estado a cargo del grupo Negresco y la obra ha sido adaptada y dirigida por Miguel Ángel Karames. Como novedad en la escenificación hay que señalar la ambientación en época moderna, posiblemente motivada por economía de recursos escénicos y de atrezo, o quizás un intento del adaptador por actualizar  el drama y hacerlo más asequible al espectador. En mi opinión no ha sido un acierto, porque las grandes pasiones y conflictos humanos son intemporales pero, fuera de su contexto histórico, pierden fuerza dramática y se corre el riesgo de trivializarlas, de convertir lo trágico en melodramático.
          En general la adaptación ha sido respetuosa con el texto shakesperiano y las dramatis personae, excepción hecha de Calpurnia y Porcia, esposas de Cesar y Bruto, con papeles ciertamente reducidos en el original, que aquí se suprimen aunque se alude a su texto mediante los comentarios de sus maridos. También se introduce una corta escena inicial muy efectista, el alocado desfile por el patio de butacas de unos personajes que remedan desfiles saturnales. En cuanto a los actores; Bruto me pareció algo frio en su actuación, demasiado parco en gestos y poco enfático en la entonación, lo cual restó dimensión trágica al personaje. Por el contrario, Marco Antonio sobreactuó en exceso, aunque esto fuera acorde con el discurso demagógico que  representa.
          En fin, a pesar de estas objeciones, la interpretación me pareció digna en general. Quiero destacar la dificultad y el reto que supone la representación de una tragedia de esta categoría. El humor es fácil de conseguir en la comedia pero, en el género trágico, una interpretación deficiente puede convertir una obra en parodia de sí misma.  

martes, 29 de marzo de 2016

SEVILLA, ESTACIÓN TÉRMINUS. José María Vaz de Soto

En la promoción de un libro, una portada bien diseñada y un sugerente resumen de contraportada suelen ser decisivos para despertar en el lector  evocaciones y asociaciones que lo hagan atractivo. Si prestamos la adecuada atención a estos dos elementos accesorios podemos deducir o intuir aspectos que nos inciten a la lectura, pero también quedar  atrapados, y después defraudados, por equívocas sugerencias. Esto último es más frecuente en cuanto a los textos de contraportada, necesariamente sintéticos y de una calculada ambivalencia, diseñados para satisfacer todos los gustos y atraer al mayor número de lectores posible. Y todo ello viene a cuento porque el libro que hoy comentamos es muy explícito en su portada pero parcial y deliberadamente engañoso en el sumario final donde se cataloga como “síntesis de novela de intriga y novela de reflexión”, y el orden de los calificativos no es aquí casual sino intencionado como se verá después.
          El autor es José María Vaz de Soto (1938), licenciado en Filosofía y Letras, catedrático de Literatura, asiduo colaborador en artículos de prensa y autor de algo más de una docena de novelas. Parece que su especialidad son las llamadas novelas intelectuales o de ideas, un tipo de relato en el  que las reflexiones de los protagonistas son el elemento más destacado de la trama. Y quizás por su formación académica, el escritor se inspira y rinde homenaje a los clásicos diálogos platónicos adoptando este formato narrativo en muchas de ellas, lo cual queda explícito en algunos títulos  como Diálogos del anochecer (1972) o Diálogos de la alta noche (1982).
          Sevilla, estación Términus (2009) remite una vez más a ese mismo esquema. Siguiendo de nuevo el resumen; dos viejos amigos, que llevan tiempo sin verse, se reúnen en Sevilla que en esta ocasión, y por sus circunstancias personales, simboliza el fin del viaje, de la experiencia vital compartida entre ambos. Desde su encuentro inician un diálogo apenas interrumpido por la aparición ocasional de otros personajes que pronto nos parecerán accesorios, meros comparsas destinados a aliviar la profundidad de ciertas reflexiones y dar sensación de natural progresión de la trama argumental. Y sí, es verdad que en el último tercio del relato se produce un crimen que afecta sólo de forma tangencial a los protagonistas; un enigma cuya solución se resuelve con prontitud y no consigue generar la intriga necesaria para añadir ese calificativo a la novela. Así parece entenderlo el escritor cuando no reserva el desenlace de la trama policial para el final, lo habitual en este tipo de novelas, sino que plantea el caso y su resolución como un paréntesis, tras el cual se perpetúan los diálogos.
          Los dos temas en torno a los cuales giran todas las reflexiones son la enfermedad y la muerte, asuntos que parece ser obsesivos y recurrentes en la obra del escritor. Y más allá de la muerte, el afán humano por la trascendencia, la propia existencia de Dios o su necesidad, pero también el amor y el sentido de la vida. Entre esos temas de tipo filosófico, los protagonistas abordan variantes de los mismos como  el suicidio o la eutanasia, o conversan sobre asuntos más pragmáticos como el divorcio y el matrimonio, el deterioro actual de la enseñanza, la pérdida de valores éticos, o la crisis económica. En cuanto a los temas trascendentes, sus opiniones parecen trasunto de las ideas del escritor; son eclécticas y sobre un fondo filosófico de claro predominio existencialista y agnóstico, podemos encontrar toques y matices de estoicismo, epicureísmo y  escepticismo. El lenguaje de estos diálogos es sencillo y próximo a lo divulgativo, y las citas a filósofos y poetas  son pertinentes y muy precisas por  ilustrativas.
          Concluyendo lo anterior, no me parece una novela de intriga. En cuanto a las reflexiones, resultan interesantes e incluso las comparto en gran medida pero, en mi opinión, serían más adecuadas al género literario del ensayo. De otra parte, la extensión de la novela, de cuatrocientas páginas, sin verdadero soporte en la ficción narrativa, obliga a la repetición de ideas y termina agotando al lector. Al final los protagonistas, después de elevarse y conversar sobre todo lo divino y humano, bajan a tierra y enfrentados a sus problemas optan por soluciones prácticas y un poco prosaicas.
       No pretendo desalentar a potenciales lectores. Aunque me parece algo frustrada como novela, su lectura resulta atractiva y valorable en muchos aspectos, a condición de retirarle las falsas etiquetas y aceptar que estamos ante un moderno diálogo al estilo de los platónicos.


domingo, 20 de marzo de 2016

MÚSICA SACRA EN LA SEMANA SANTA 2016

Quizás algo esté cambiando en el ambiente cultural de nuestra ciudad, tradicionalmente apático, que ahora comienza a mostrar signos incipientes de animación. A lo peor resulta una falsa impresión pero, en los últimos años, creo haber notado un interés creciente por la música clásica. Proliferan las orquestas y bandas de jóvenes músicos, estudiantes y profesores de los Conservatorios de Jaén, se han formado varias agrupaciones corales y diversas instituciones culturales, religiosas y políticas, patrocinan con relativa frecuencia conciertos y recitales. El público  llena casi siempre los aforos y parece distinguir y apreciar mejor las buenas interpretaciones y, en resumen, ampliamos nuestra cultura musical con cada audición.
          Los días previos a la Semana Santa ofrecen el marco temporal adecuado para la música sacra más culta y clásica, antes de que se torne popular y tradicional en las bandas de metal y percusión que acompañan los desfiles procesionales, por cierto cada vez más numerosas. Este año hemos tenido varios conciertos, la mayoría agrupados en el I Ciclo de Música Sacra, una iniciativa que espero tenga continuidad en años venideros. Las obras interpretadas han sido las tradicionales de estas fechas, distintas Misas de Requiem y el clásico Stabat Mater de Pergolesi. Dentro de esta amplia oferta he tenido oportunidad de asistir a dos conciertos que comentaré a continuación.
          El primero fue el Requiem Op. 48 de Gabriel Fauré (1845-1924), músico francés al que la crítica considera de transición entre el romanticismo y la moderna música del XX, que introdujo innovaciones armónicas y melódicas y fue maestro de grandes músicos, Maurice Ravel entre otros. Su Requiem no me es desconocido y está considerado como una de las obras más populares del autor, pero en nuestra ciudad creo que es la primera vez que se interpreta que yo sepa,  siempre postergado frente al más famoso de Mozart. Esta obra presenta algunas novedades respecto a otros requiem, y es que el autor suprimió la Sequentia, con los tradicionales pasajes del Dies irae y Rex tremendae, que expresan la cólera divina en el juicio de las almas, y añadió una parte final, In Paradisum. Con estas modificaciones quiso quitar dramatismo a la muerte y resaltar sus aspectos serenos y apacibles referidos a los goces celestiales. El Requiem de Fauré está escrito para orquesta, coro y dos solistas, barítono y soprano, con una actuación limitada a casi dos cortas arias. En esta ocasión fue interpretado en lo instrumental por la Banda Sinfónica del Conservatorio Superior de Música “Andrés de Vandelvira” de Jaén, y en la parte coral por el Taller de Canto Coral de la Universidad Popular de Jaén. La actuación de la banda fue buena y, si bien es verdad que Fauré se caracteriza por introducir en su obra musical moderados acordes disonantes, me pareció que en la introducción al Offertorium la disonancia fue un poco mayor de lo esperable, al menos comparativamente con otras interpretaciones que he oído.  La actuación del coro fue muy buena, y quiero destacar aquí la valentía de la agrupación coral a la hora de ampliar su repertorio afrontando este nuevo Requiem. Los solistas bien en sus respectivas tesituras; la soprano tenía una preciosa voz pero ambos con ciertas deficiencias en intensidad y volumen propias quizás de cantantes amateur, y entiéndase esto último como mérito a su favor.    
En el último concierto, que se ofreció en la Catedral de Jaén, tuvimos ocasión de disfrutar, una vez más, del popular Requiem de Mozart (KV 626) que fue, en mi opinión, la mejor interpretación del mismo que yo recuerdo. Estuvo a cargo de la Orquesta Filarmónica de la Mancha y el Coro de la Ópera de Granada. No voy a destacar las particularidades y aspectos de esta obra, porque ya he tenido ocasión de hacerlo en anteriores entradas. Sigo pensando que es el más espectacular y grandioso de los requiem, seguido muy de cerca por el de Verdi. En esta ocasión los solistas estuvieron magistrales, los cuatro, soprano, mezzo, tenor y bajo. Además la obra fue dirigida, e interpretada por orquesta y coros, en un tempo más vivaz que el de otras versiones anteriormente interpretadas. No puedo decir si un tiempo más rápido de ejecución supone una dificultad adicional, pero a mí me gusta así porque, aunque pierde algo de solemnidad, gana mucho en lo espectacular y en efecto dramático. La respuesta del público a la convocatoria fue masiva. En resumen, fue una delicia  musical en la noche del Viernes de Dolores.


miércoles, 2 de marzo de 2016

CASA DE MUÑECAS/ EL PATO SALVAJE. Henrik Ibsen

 El dramaturgo Henrik Ibsen (1828-1906) ha sido considerado el creador del drama realista moderno. Su obra más popular, Casa de muñecas, representa en la escena  lo que Ciudadano Kane de Orson Welles en el cine. A muchos nos suenan  los títulos pero no las conocemos en profundidad. Y sin embargo el interés de estas dos obras es muy notable si consideramos que el teatro y cine actuales siguen siendo deudores de las innovaciones que ambas introdujeron en la técnica narrativa de sus respectivas artes.
          Los especialistas dividen la obra del escritor noruego en tres periodos. Uno romántico de juventud, una segunda etapa realista, la más fructífera, y una evolución final hacia el simbolismo. Pero, como es natural, esta división es más académica que real porque en los dramas de Ibsen podemos encontrar elementos de estos tres estilos.
          El presente volumen recoge dos obras, Casa de muñecas (1879) y El pato salvaje (1884). Pertenecen al segundo periodo, que se ha etiquetado como realismo de crítica social, y son quizás las más representativas del  autor, o al menos muestran una cierta unidad temática. En esta cuidada edición de Cátedra vienen precedidas por una muy buena introducción de Mario Parajón, un experto que analiza las claves que definen la dramaturgia de Ibsen. Conviene leerla como epílogo, porque en su minuciosidad detalla en exceso las dos tramas argumentales. En dicho estudio se analizan algunas de las innovaciones técnicas del autor noruego, tales como el personaje confidente, sobre las que no conviene insistir aquí. Sí me interesa destacar, de forma somera, que en sus dramas no predomina la acción externa, más o menos épica o dramática, sino que ponen de relieve el conflicto interior de los personajes, y en consecuencia abandona elementos declamatorios en favor del diálogo pausado y natural en el que hasta los silencios son importantes para reflejar las actitudes y estados de ánimo. El suyo es un teatro más psicológico que trágico, en el que los héroes y heroínas no están idealizados sino que presentan claroscuros que los hacen más humanos. En resumen, elementos inspiradores del teatro moderno.
          El tema que es común a los dos dramas es la mentira vital, es decir, ese cúmulo de falsedades e ilusiones sobre los que a veces basamos nuestra existencia o nuestro proyecto de vida, eso que, a pequeña escala y en la vida cotidiana, simplificamos como mentiras piadosas. En Casa de muñecas la protagonista, Nora Helmer, se rebela contra la mentira vital en la que vive y rompe con ella en un sorprendente final que resultó escandaloso en su época y ahora nos parece muy actual. En cambio en El pato salvaje,  la obsesión por la verdad de Gregorio Werle le induce a desmontar la mentira en la que otros viven y provocar paradójicamente su desgracia. Este último drama presenta además un claro elemento simbólico en ese pato silvestre, herido en una cacería y después recluido en un desván como un animal doméstico. Una figura alegórica que se presta a varias interpretaciones que dejaremos en manos de cada cual. Porque el teatro de Ibsen ofrece al lector o espectador la facultad de enjuiciar el drama interno de los personajes según sus propios principios éticos y favorece de esta forma la polémica y el contraste de ideas y principios. Algo de esto ocurrió en nuestro club de lectura cuando algunos valoraban a un protagonista como cruel y egoísta mientras otros lo consideraban amigo generoso y amante de la verdad. 

          Quiero destacar  también el ambiente como elemento esencial en la obra del dramaturgo y la enorme carga de crítica a la sociedad de su época dominada por una burguesía liberal de moral hipócrita y puritana. En el trasfondo de los dos dramas se intuye ese ambiente opresivo y hasta supersticioso tras la aparente cortina de una apacible vida burguesa. Contra el mismo se rebelan los protagonistas que reivindican su individualidad y su propia moral. Ese entorno social y familiar parece que marcó decisivamente la vida del autor noruego, del cual es trasunto su producción dramática. Esto se evidencia cuando repasamos su biografía y percibimos en ella circunstancias y experiencias vitales que encontramos después en peculiaridades de los personajes o eventos de la trama. No creo necesario describir, siquiera a grandes rasgos, el argumento de los dramas pero diré que ambos me han impresionado por su riqueza en matices. Dos obras que han dejado de ser para mí sólo títulos conocidos y destacan  por su actualidad después de más de un siglo. De lectura esencial si queremos conocer los orígenes de la modernidad teatral.   

miércoles, 17 de febrero de 2016

HOY CAVIAR, MAÑANA SARDINAS. Carmen y Gervasio Posadas

En muchas ocasiones el título de una novela te hace desconfiar de entrada. A menudo el que se pretende gracioso suele ser una elaboración de marketing que envuelve de forma agradable un producto comercial de contenido decepcionante. Reconozco que se trata de un prejuicio personal  y no pretendo establecer ningún principio, pero este libro  concreto hizo saltar todas mis alarmas preventivas. Un título ocurrente, firmado por dos hermanos, con una portada entre frívola y humorística, eran razones suficientes para pasar de largo si lo hubiera encontrado en los anaqueles de una librería. Pero fue una propuesta de mi club de lectura y me obligué a superar esos iniciales recelos.
          No quiero menospreciar la figura de la escritora Carmen Posadas (1953), uruguaya y nacionalizada española, autora de cuentos infantiles y relatos breves además de novelas, una de las cuales, Pequeñas infamias, fue ganadora del Planeta 1998. A pesar de una obra literaria relativamente abundante, parece ser más conocida como presentadora de un programa de TV, por sus colaboraciones en prensa y porque estuvo casada con Mariano Rubio, el que fuera gobernador del Banco de España. En cualquier caso se trata de una mujer de mundo, de educación cosmopolita, polifacética en sus actividades profesionales y con una dilatada experiencia vital que se refleja en sus escritos.  
Hoy caviar, mañana sardinas (2008) es un libro que puede calificarse de miscelánea; una mezcla de autobiografía, memoria familiar, literatura de viajes, anecdotario y recetario de cocina. Precisamente por este último aspecto recibió el Premio Sent Soví de Literatura Gastronómica, aunque en mi opinión es lo menos destacable en el relato. En esta especialidad mi preferido siempre fue Manuel Vázquez Montalbán, que en sus ensayos sobre el tema y en las recetas del detective Pepe Carvalho aunaba sensibilidad de buen gastrónomo con excelencia literaria.
          Volviendo a nuestro libro, cuenta el peregrinaje de la familia Posadas por diferentes capitales europeas  donde estuvo  destinado el padre como embajador de Uruguay. La narración está precedida de un prólogo en el que se intenta desmitificar el glamur de la vida diplomática  y la imagen de lujo y ostentación que ofrece ante la opinión pública que, según los autores, solo es aplicable a las grandes embajadas y no a las representaciones de pequeños países.  En este sentido, el título pretende evidenciar el manifiesto contraste entre apariencia social y vida cotidiana en una modesta legación. A continuación  se suceden,  en tres grandes capítulos, las vivencias personales de los dos autores en Madrid durante los años 60, en Moscú en la década de los 70 y finalmente Londres en los ochenta. En el relato se alternan los recuerdos de juventud de Carmen y Gervasio Posadas con las experiencias de su madre en el papel de embajadora, contadas también en primera persona, en una especie de diario en el que alternan abundantes anécdotas y recetas de cocina. Éstas últimas se justifican porque, según ella, la comida es la imagen de una embajada y en consecuencia fundamental para las relaciones diplomáticas.
          No negaré que el libro contiene relatos curiosos con cierta dosis de humor e ironía, y que los lectores de mi edad, que es la de la escritora, encontrarán aquí sucesos y ecos de sociedad con los que se sentirán familiarizados, sobre todo en el capítulo dedicado a la España del tardofranquismo.
          En fin, me cuesta avanzar en una crítica cuando no aprecio demasiados aspectos positivos a destacar.  En este libro encontraremos poca originalidad; historias que fueron muy difundidas por las revistas del corazón, o típicas de noticiarios como NODO. No está mal escrito pero carece de valores literarios reseñables. De forma paradójica su lectura produce un efecto posiblemente no deseado por la autora, porque termina ofreciendo un retrato muy realista del grupo social conocido como Jet set, aquella aristocracia de nuevo cuño, snob y superficial, que se estableció en Marbella a partir de los años sesenta y que ahora nos parece más decadente que glamurosa.

                  

sábado, 13 de febrero de 2016

CONCIERTO-RECITAL PARA BOMBARDINO. Adam Frey

Cuando pienso en instrumentos solistas me vienen a la memoria los que creo más frecuentes; violín y piano entre los de cuerda, y flauta, clarinete o trompeta entre los de viento. Por eso este concierto-recital para bombardino me pareció original y despertó mi curiosidad desde que me lo anunciaron. No parece un instrumento demasiado popular y debo reconocer que hasta ahora desconocía incluso su nombre. Creo que mi ignorancia de aficionado está justificada porque suele estar presente en bandas y orquestas pero casi siempre como acompañante, con escaso protagonismo sobre el conjunto.
          El bombardino, también llamado eufonio, pertenece al grupo de viento metal, su registro musical oscila entre tenor y barítono, lo cual significa que la banda de sonidos, o altura, que es capaz de producir está más próxima a los graves. Para entendernos, en una escala de seis puntos, que fuera de agudo a grave, ocuparía entre el cuarto y quinto puesto. El sonido que emite es, en opinión de los músicos, suave y oscuro, se produce por la vibración de los labios en la boquilla y se modula mediante tres pistones. En fin, espero que estos pocos datos -fruto de una apresurada y somera información- sirvan para ilustrar las cualidades de un instrumento al que nunca supuse un papel destacado.
          Adam Frey es un joven músico georgiano (de Georgia, U.S.A) con un importante curriculum como intérprete de bombardino. Actualmente está de gira europea dando conciertos y clases magistrales sobre este instrumento en escuelas de música y conservatorios. En ese contexto ha ofrecido, en el Conservatorio de Jaén, el recital inaugural de las Jornadas de Perfeccionamiento Musical  2016
          El programa estuvo integrado por  piezas musicales y compositores novedosos para mí. En la primera parte fue acompañado por el pianista Enrique Ocaña. Comenzó con la versión de una sonata barroca del músico italiano Benedetto Marcello, en la que se intuía ya la habilidad del intérprete y las posibilidades del bombardino como solista. La segunda versión fue del Andante y Allegro de Guy Ropartz, un músico francés (XIX-XX) adscrito al impresionismo musical e inspirado por Debussy. El piano tuvo en esta pieza un papel más relevante y el andante recordaba una marcha fúnebre de corte romántico mientras que el allegro que lo siguió me hizo evocar algunos pasajes de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. A continuación el músico nos anunció el estreno de una composición titulada Images of Armenia, del compositor Jeff Manookian. En ésta, el bombardino recuperó protagonismo en una mezcla de moderna música norteamericana con reconocibles aires orientales. La primera parte terminó con una pieza titulada Brillante de Peter Graham. Adam Frey nos explicó, en tono humorístico, que el compositor la definía como “una locura para dos bombardinos” y él la había transformado en “un loco con bombardino”. En efecto era algo alocada, una mezcla heterogénea en la que se reconocían fragmentos de himnos patrióticos ingleses, el Rule Britannia entre ellos, y variaciones sobre los mismos, con partes que parecían improvisaciones de jazz, y otras con resonancias de bolero y tango. En fin una excusa musical perfecta para mostrar el virtuosismo del músico.
          En la segunda parte del programa estuvo acompañado por una banda de metal, la Xauen Brass Band. Se interpretó la Fantasía Originale de Piacchi, una composición muy brillante y colorista en la que se alternaban ritmos de baile, valses y polkas, con otros sugerentes de marchas militares al más puro estilo austro-húngaro. En el bis, el norteamericano terminó de ganarse al público cuando interpretó una corta composición propia muy original porque consiguió, mediante una sucesión de sonidos cortos y discontinuos, producir la sensación de voz humana entonando temas de rock y música pop.
          En fin, un concierto que me ha permitido descubrir las posibilidades de un instrumento en el que nunca antes había reparado. Y no quiero terminar sin lamentar, una vez más, la escasa asistencia de público. Quizás sea un aficionado ingenuo, pero pienso que el carácter docente del Conservatorio debería asegurar una ocupación total de su Paraninfo en este tipo de conciertos. 

          

lunes, 8 de febrero de 2016

LA CASA DE BERNARDA ALBA. Federico García Lorca

La programación de un drama como éste en sábado de Carnaval choca un tanto con mi sentido de la armonía. Pero quizás la discordancia no sea tal si  consideramos  que en nuestra ciudad estas fiestas, alegres y profanas, sufren desde hace años un triste desinterés y un abandono casi dramático. En cualquier caso, no era motivo de perderme esta representación, porque tampoco abundan en nuestro panorama teatral.
          La casa de Bernarda Alba (1936) es, en opinión de muchos, el mejor drama de Federico García Lorca y también su obra póstuma porque, escrita el mismo año de su muerte, no fue publicada y estrenada hasta 1945. Se trata de un drama rural, como Yerma y Bodas de sangre, en el que confluyen los rasgos que mejor definen la obra del autor granadino, el gusto por la tradición aunada con la modernidad literaria de su época, el realismo más descarnado junto al simbolismo poético de inspiración modernista. Esos mismos que inspiraron su poesía entre culta y popular, tan típica del neopopularismo  que cultivaron algunos miembros de la generación del 27.
          El tema central es la represión de la mujer en la atrasada sociedad rural española de principios del siglo XX. También la hipocresía y los rígidos convencionalismos sociales de ese ambiente. Los personajes son todos femeninos, Bernarda Alba, sus cinco hijas, la criada Poncia y la abuela, María Josefa, que en su senil demencia ofrece un mesurado contrapunto cómico dentro de la opresiva trama argumental. El drama se desarrolla en los habituales tres actos, de forma lineal y con aparente respeto a las tradicionales unidades clásicas, de acción, tiempo y lugar. El único personaje masculino, Pepe el Romano, así como otros personajes secundarios, no aparecen en escena sino que son citados y se sabe de ellos a través de la conversación de las protagonistas principales. Los diálogos son sencillos pero expresan la diferencia cultural y el carácter de cada una de ellas; popular en la criada, más culto en las demás, enérgico en Bernarda, alegre y vitalista en Adela, la hija rebelde.
          El simbolismo está presente en toda la obra comenzando con el propio nombre de las protagonistas, también en los colores contrastados y predominantes en el blanco (pureza) de las paredes que se  apaga conforme avanza la obra, y el negro (muerte) del luto; las continuas alusiones al calor que resaltan el dramatismo y la fatalidad de la acción; el bastón de Bernarda que simboliza la tiranía, el caballo coceando (deseo sexual)  y otros muchos. Este sentido alegórico, en el contexto del drama, se ha calificado como realismo poético. El  escenario austero, que se reduce a una sola habitación de la casa, pretende enfatizar el ambiente opresivo en el que se desenvuelve la trama. Los diálogos mantienen en todo momento la tensión dramática y expresan claramente las pasiones en juego; la envidia y los celos, el orgullo de clase y el poder del dinero, la rebeldía y el deseo, la sumisión y la angustia, el despotismo y el odio.
          No voy a referir ni a grandes rasgos el argumento, por lo demás muy conocido, pero quiero destacar  el desenlace, en el más puro estilo de la antigua tragedia griega, muy acorde con ese sentimiento trágico de la vida tan típico de Lorca. También la patética y angustiada declamación final de Bernarda Alba que termina con esta despótica imposición: “¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”.
          No quiero terminar sin comentar la notable actuación de los actores de Small Clowns, una compañía de Jaén que ha sido todo un agradable descubrimiento. En esta obra, la economía escenográfica resalta aún más la interpretación y se presta a mayor lucimiento cuando es buena o al fracaso cuando no lo es. Como es natural destacaron las actrices con mayor protagonismo como Bernarda Alba, la criada Poncia y Adela. Muy buena actuación que fue reconocida por el público y nos permite presagiar futuros y mayores éxitos.