Antes de comentar un libro suelo recoger en la red datos sobre la biografía del escritor y principales rasgos de su obra literaria. Esta somera información me permite buscar en la lectura las claves que me ayuden a comprender mejor y disfrutar de la obra en cuestión. En el caso de nuestro autor, esa recopilación me ha resultado compleja por fragmentaria y algo contradictoria. Parece que los críticos no consiguen definirlo claramente en un determinado movimiento, o bien aprecian rasgos eclécticos en su producción literaria. Perteneciente a la generación de los 50, se le encuadra en el realismo social, pero también se aprecian en su narrativa aspectos propios del realismo mágico, de un contradictorio realismo romántico y hasta del objetivismo estético, un concepto metafísico que reconozco no entender con claridad.
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domingo, 27 de febrero de 2022
EL ESCUDO DE JOTÁN. CUENTOS REUNIDOS. Rafael Sánchez Ferlosio
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miércoles, 15 de junio de 2016
MADAME BOVARY. Gustave Flaubert
Resulta empeño muy
difícil comentar algo novedoso sobre esta obra que ha
sido motivo de una ingente producción de ensayos y estudios analíticos. Algunos dicen que es
la segunda mejor novela de la historia de la literatura, después de El
Quijote. En cualquier caso, la crítica se muestra unánime cuando la
considera como obra fundacional de la novela moderna y máximo exponente del
movimiento literario realista.
Madame
Bovary (1857) es posiblemente el mejor ejemplo a destacar entre los clásicos del XIX, no solo porque sus
personajes son relevantes como modelos paradigmáticos de su época, sino porque
en sus rasgos éticos y psicológicos, perfectamente caracterizados, son
extrapolables a la nuestra, y las pasiones que muestran son atemporales. Gustave
Flaubert (1821-1880), siempre obsesionado por la precisión, el estilo y
“le mot juste” -en sus propias
palabras- tardó más de cuatro años en escribirla, en plena etapa de madurez
vital y literaria, y el resultado fue una obra maestra de perfecto equilibrio
entre forma y contenido. En el plano formal porque el estilo literario, basado
en un lenguaje elegante y sencillo, es también poético con algunos toques
románticos, al tiempo que la precisión descriptiva es plenamente realista. En
lo referente al contenido, porque la protagonista es víctima de su romanticismo
libresco en un mundo real de convenciones y prejuicios burgueses.
Es
verdad que Madame Bovary es más bien
una anti-heroína y que su historia y su apasionado carácter esconden una
evidente crítica del romanticismo, pero su dramático final no está exento de
tintes épicos. Cuando Carlos Bovary atribuye el desenlace a la fatalidad pone en juego un elemento muy del gusto de los
románticos y del propio autor que era un gran conocedor de los clásicos
grecolatinos. Así pues, aunque se reconoce a Flaubert como el fundador del movimiento realista, se le atribuye
además un cierto nexo con el movimiento anterior en un plano de transición
entre los dos estilos literarios. Tras haber leído esta novela y tres obras más
de las suyas, estoy de acuerdo con quienes opinan que fue una mezcla de
temperamento romántico y realismo literario. ¿Cómo si no puede entenderse que,
perteneciendo a la alta burguesía normanda, nos muestre un profundo desprecio
por su propia clase social?. Porque la obra es también una aguda crítica de esa
sociedad burguesa y provinciana, de la que destaca su vulgaridad y a la que
retrata mediante personajes arquetípicos como el usurero y el boticario
arribista, o en sus prejuicios y usos sociales tales como el matrimonio de
conveniencia.
Pero
el tema central de la novela es el adulterio. Un asunto escandaloso para la
mentalidad de la época, que le costó al escritor un proceso judicial por
atentado contra la moralidad del que afortunadamente fue absuelto. No obstante,
pienso que el tratamiento es aquí paradójicamente moralizante porque el
desarrollo de la trama y el desenlace parecen establecer una clara relación
causal entre pecado y expiación o penitencia, entre adulterio y castigo. Emma, joven soñadora muy influenciada
por lecturas románticas, recibe una esmerada educación que le impulsa a
rechazar su modesto origen y ambicionar
el brillante mundo de la aristocracia y alta burguesía. Con la intención de salir de
su familiar ambiente rural, casa con el médico Carlos Bobary y pronto ve frustradas sus ilusiones. A partir de
entonces, amparada en su alocada e ingenua fantasía, inicia un proceso de
progresiva degradación sentimental y ruina económica, una progresión lógica hacia el desastre final
que recuerda en cierto modo a las antiguas tragedias griegas. El lector lo
intuye pero no importa, queda envuelto en las precisas descripciones nunca tediosas, atrapado por la
elegancia del lenguaje sin inútiles ostentaciones, y por un narrador
omnisciente que se aproxima tanto a los personajes que nos los acerca, como si
hablaran en primera persona. También percibe sutiles cambios de narrador en
algunos pasajes y diálogos Dicen los expertos que esa sensación de proximidad,
y un falso efecto de saltos temporales en una acción que es lineal y continua,
lo consigue el escritor mediante el uso de tiempos verbales de imperfecto,
condicional e interrogativo, que aportan esa impresión de movilidad sin alterar el
ritmo y la unidad temporal. Son sutilezas técnicas que el lector nota pero escapan a mi análisis de
aficionado.
En fin son muchos los aspectos que pudieran comentarse, pero antes que extenderme mejor remitir a los detallados estudios que suelen introducir esta novela en las buenas ediciones. Terminaré añadiendo que es una lectura más que recomendable, casi obligatoria para los buenos lectores, aunque sea tarde como en mi caso. Los grandes de la literatura nunca defraudan.
En fin son muchos los aspectos que pudieran comentarse, pero antes que extenderme mejor remitir a los detallados estudios que suelen introducir esta novela en las buenas ediciones. Terminaré añadiendo que es una lectura más que recomendable, casi obligatoria para los buenos lectores, aunque sea tarde como en mi caso. Los grandes de la literatura nunca defraudan.
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martes, 1 de abril de 2014
ROJO Y NEGRO. Stendhal
Mi primera
lectura de este clásico francés fue, hace muchos años, una colección de sus relatos cortos, reunidos y
editados a partir de 1929 con el título de Crónicas italianas. Mucho
después leí La cartuja de Parma (1839), que los críticos consideran su mejor
novela; aunque a mí me impresionaron más aquellos cuentos italianos escritos
con una sensibilidad estética que se amoldaba mejor a mi percepción juvenil de
la Historia que, por aquel entonces, se recreaba en aspectos épicos y
dramáticos, es decir, en lo romántico, antes que en los analíticos y objetivos
de la misma que podríamos calificar de realistas. Y si me atrevo a establecer
estos símiles es porque, en mi opinión, nadie como Stendhal supo narrar
las grandes pasiones y sentimientos humanos e insertarlos con acierto en el
marco social e histórico de su época, reuniendo así en su obra lo mejor de
ambas corrientes literarias, básicamente antagónicas, una como reacción frente
a la otra, que se sucedieron en Francia y Europa durante casi todo el siglo XIX.
Henri Marie Beyle (1783-1842) firmó sus escritos con varios
seudónimos. Stendhal fue el más popular y con él pasó a la historia de la
literatura. Era de origen burgués y en su juventud participó en las guerras
napoleónicas. Sus cargos diplomáticos le permitieron viajar por Europa. La
admiración por el arte y la cultura italiana quedó reflejada en sus novelas. De
carácter alegre y seductor se le reconocieron una decena de amantes. En
política fue anticlerical y bonapartista pero su muerte, diez años antes, le impidió conocer el Segundo
Imperio francés. Nunca sabremos si su militancia ideológica hubiera sido
favorable al gobierno de Napoleón III,
tan diferente a su tío.
Los
tratados didácticos no son unánimes al encuadrar a nuestro escritor de forma absoluta
en los movimientos literarios y artísticos de su época. La mayoría lo considera
un autor de transición entre romanticismo
y realismo aunque en el libro que hoy
comentamos hace un alegato a favor de este último cuando afirma: “una novela es un espejo que se pasea por un
ancho camino”.
Rojo y
negro (1830) es una de sus obras maestras y
quizás el mejor ejemplo de esa armónica combinación de estilos. Porque
la de Julián Sorel es una historia romántica
en una época, la Restauración borbónica, que ya no lo es. La de un
régimen político que pretendió anular los logros sociales de la Revolución y después de la épica
imperial, arrasada en la debacle de Waterloo, renunció a la “grandeur”
para refugiarse en un pasado caduco. En este marco histórico coloca Stendhal su espejo para reflejar la
realidad del momento, enfocándolo hacia dos sectores sociales muy concretos y
representativos; la pequeña nobleza y alta burguesía provincianas, y la aristocracia parisina, obsesionada ésta
por conservar unos privilegios de clase
ya imposibles. A lo largo de la trama argumental desfilan ante nosotros toda
una serie de personajes secundarios prototípicos; políticos arribistas, nobles
orgullosos y superficiales, campesinos tacaños, y curas ambiciosos, que
intentan medrar en un mundo saturado de intrigas de salón, fraudes electorales
y corrupción política, que en algunos momentos nos parece muy actual. Y para conseguir este retrato, el autor
recurre a un narrador en tercera persona, que de vez en cuando enfrenta
directamente al lector para contarle sus opiniones personales o se disculpa por
las mismas, al tiempo que con lenguaje elegante y preciso va dibujando los
perfiles de los personajes, mediante diálogos cortos y sin abusar de elementos
descriptivos o ilustrativos. Es en este último aspecto donde la novela alcanza
una relativa complejidad ya que el escritor se dirige a unos lectores
contemporáneos a los que supone enterados de la actualidad política y social de
su tiempo, así que suele referirse a los acontecimientos mediante alusiones
indirectas de nombres o lugares relacionados con los mismos. Para un lector
actual, alejado de los hechos, esto no afecta a la comprensión de la trama
argumental pero sí es un inconveniente que de alguna forma puede mermar la
riqueza del relato, de ahí que resulte recomendable leer este clásico en una
edición bien anotada.
Retornando
al narrador; su carácter omnisciente le
permite penetrar los flujos de pensamiento de los protagonistas principales y
mostrarnos de esta forma un profundo análisis psicológico de los mismos, en
particular de Julián y sus amantes, Madame de Rênal y Matilde de
la Mole. No voy a insinuar siquiera las peripecias del joven Sorel en su intento de ascenso en una
sociedad dominada por la hipocresía, ni adelantar nada de sus aventuras
sentimentales. Si diré que es éste el
núcleo esencial del relato y es aquí donde se despliegan las pasiones de
los protagonistas y la novela se
convierte en un drama romántico.
Quiero
comentar finalmente dos cuestiones anecdóticas. Según señalan las notas del
traductor de mi edición, en el carácter y vivencias del protagonista hay muchos
aspectos, más bien secundarios, pero coincidentes o paralelos a experiencias propias del autor
o de sus amantes, y nos remite para
confirmarlo a sus libros autobiográficos, en concreto Vida de Henry Brulard y Recuerdos
de egotismo. La segunda anécdota se refiere a
los epígrafes que encabezan cada capítulo, atribuidos a escritores reales y en
ocasiones ficticios que, en opinión de los expertos en el escritor, son en su
mayoría inventados. Pienso que bien se pueden perdonar estas sutiles travesuras
en un escritor de la talla de Sthendal.
En
resumen, la novela es una de las clásicas de la literatura que no debería ser obviada
por los buenos lectores aunque suponga un pequeño esfuerzo adicional de
documentación.
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