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domingo, 27 de febrero de 2022

EL ESCUDO DE JOTÁN. CUENTOS REUNIDOS. Rafael Sánchez Ferlosio


    Antes de comentar un libro suelo recoger en la red datos sobre la biografía del escritor y principales rasgos de su obra literaria. Esta somera información me permite buscar en la lectura las claves que me ayuden a comprender mejor y disfrutar de la obra en cuestión.  En el caso de nuestro autor, esa recopilación me ha resultado compleja por fragmentaria y algo contradictoria. Parece que los críticos no consiguen definirlo claramente en un determinado movimiento, o bien aprecian rasgos eclécticos en su producción literaria. Perteneciente a la generación de los 50, se le encuadra en el realismo social, pero también se aprecian en su narrativa aspectos propios del realismo mágico, de un contradictorio realismo romántico y hasta del objetivismo estético, un concepto metafísico que reconozco no entender con claridad.

miércoles, 15 de junio de 2016

MADAME BOVARY. Gustave Flaubert

Resulta empeño muy difícil comentar algo novedoso sobre esta obra que ha sido motivo de una ingente producción de ensayos y estudios analíticos. Algunos dicen que es la segunda mejor novela de la historia de la literatura, después de El Quijote. En cualquier caso, la crítica se muestra unánime cuando la considera como obra fundacional de la novela moderna y máximo exponente del movimiento literario realista.
Madame Bovary (1857) es posiblemente el mejor ejemplo a destacar entre los clásicos del XIX, no solo porque sus personajes son relevantes como modelos paradigmáticos de su época, sino porque en sus rasgos éticos y psicológicos, perfectamente caracterizados, son extrapolables a la nuestra, y las pasiones que muestran son atemporales. Gustave Flaubert (1821-1880), siempre obsesionado por la precisión, el estilo y “le mot juste” -en sus propias palabras- tardó más de cuatro años en escribirla, en plena etapa de madurez vital y literaria, y el resultado fue una obra maestra de perfecto equilibrio entre forma y contenido. En el plano formal porque el estilo literario, basado en un lenguaje elegante y sencillo, es también poético con algunos toques románticos, al tiempo que la precisión descriptiva es plenamente realista. En lo referente al contenido, porque la protagonista es víctima de su romanticismo libresco en un mundo real de convenciones y prejuicios burgueses.
          Es verdad que Madame Bovary es más bien una anti-heroína y que su historia y su apasionado carácter esconden una evidente crítica del romanticismo, pero su dramático final no está exento de tintes épicos. Cuando Carlos Bovary  atribuye el desenlace a la fatalidad pone en juego un elemento muy del gusto de los románticos y del propio autor que era un gran conocedor de los clásicos grecolatinos. Así pues, aunque se reconoce a Flaubert como el fundador del movimiento realista, se le atribuye además un cierto nexo con el movimiento anterior en un plano de transición entre los dos estilos literarios. Tras haber leído esta novela y tres obras más de las suyas, estoy de acuerdo con quienes opinan que fue una mezcla de temperamento romántico y realismo literario. ¿Cómo si no puede entenderse que, perteneciendo a la alta burguesía normanda, nos muestre un profundo desprecio por su propia clase social?. Porque la obra es también una aguda crítica de esa sociedad burguesa y provinciana, de la que destaca su vulgaridad y a la que retrata mediante personajes arquetípicos como el usurero y el boticario arribista, o en sus prejuicios y usos sociales tales como el matrimonio de conveniencia.
          Pero el tema central de la novela es el adulterio. Un asunto escandaloso para la mentalidad de la época, que le costó al escritor un proceso judicial por atentado contra la moralidad del que afortunadamente fue absuelto. No obstante, pienso que el tratamiento es aquí paradójicamente moralizante porque el desarrollo de la trama y el desenlace parecen establecer una clara relación causal entre pecado y expiación o penitencia, entre adulterio y castigo. Emma, joven soñadora muy influenciada por lecturas románticas, recibe una esmerada educación que le impulsa a rechazar  su modesto origen y ambicionar el brillante mundo de la aristocracia y  alta burguesía. Con la intención de salir de su familiar ambiente rural, casa con el médico Carlos Bobary y pronto ve frustradas sus ilusiones. A partir de entonces, amparada en su alocada e ingenua fantasía, inicia un proceso de progresiva degradación sentimental y ruina económica,  una progresión lógica hacia el desastre final que recuerda en cierto modo a las antiguas tragedias griegas. El lector lo intuye pero no importa, queda envuelto en las precisas  descripciones nunca tediosas, atrapado por la elegancia del lenguaje sin inútiles ostentaciones, y por un narrador omnisciente que se aproxima tanto a los personajes que nos los acerca, como si hablaran en primera persona. También percibe sutiles cambios de narrador en algunos pasajes y diálogos Dicen los expertos que esa sensación de proximidad, y un falso efecto de saltos temporales en una acción que es lineal y continua, lo consigue el escritor mediante el uso de tiempos verbales de imperfecto, condicional e interrogativo, que aportan esa impresión de movilidad sin alterar el ritmo y la unidad temporal. Son sutilezas técnicas que el lector nota pero  escapan a mi análisis de aficionado.
             En fin son muchos los aspectos que pudieran comentarse,  pero antes que extenderme mejor remitir a los detallados estudios que suelen introducir esta novela en las buenas ediciones. Terminaré añadiendo que es una lectura más que recomendable, casi obligatoria para los buenos lectores, aunque sea tarde como en mi caso. Los grandes de la literatura nunca defraudan.   

martes, 1 de abril de 2014

ROJO Y NEGRO. Stendhal

Mi primera lectura de este clásico francés fue, hace muchos años, una  colección de sus relatos cortos, reunidos y editados a partir de 1929 con el título de Crónicas italianas. Mucho después leí La cartuja de Parma (1839), que los críticos consideran su mejor novela; aunque a mí me impresionaron más aquellos cuentos italianos escritos con una sensibilidad estética que se amoldaba mejor a mi percepción juvenil de la Historia que, por aquel entonces, se recreaba en aspectos épicos y dramáticos, es decir, en lo romántico, antes que en los analíticos y objetivos de la misma que podríamos calificar de realistas. Y si me atrevo a establecer estos símiles es porque, en mi opinión, nadie como Stendhal supo narrar las grandes pasiones y sentimientos humanos e insertarlos con acierto en el marco social e histórico de su época, reuniendo así en su obra lo mejor de ambas corrientes literarias, básicamente antagónicas, una como reacción frente a la otra, que se sucedieron en Francia y Europa durante casi todo el siglo XIX.
Henri Marie Beyle (1783-1842) firmó sus escritos con varios seudónimos. Stendhal fue el más popular y con él pasó a la historia de la literatura. Era de origen burgués y en su juventud participó en las guerras napoleónicas. Sus cargos diplomáticos le permitieron viajar por Europa. La admiración por el arte y la cultura italiana quedó reflejada en sus novelas. De carácter alegre y seductor se le reconocieron una decena de amantes. En política fue anticlerical y bonapartista pero su muerte, diez  años antes, le impidió conocer el Segundo Imperio francés. Nunca sabremos si su militancia ideológica hubiera sido favorable al gobierno de Napoleón III, tan diferente a su tío.
         Los tratados didácticos no son unánimes al encuadrar a nuestro escritor de forma absoluta en los movimientos literarios y artísticos de su época. La mayoría lo considera un autor de transición entre romanticismo y realismo aunque en el libro que hoy comentamos hace un alegato a favor de este último cuando afirma: “una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino”.
          Rojo y negro (1830) es una de sus obras maestras y  quizás el mejor ejemplo de esa armónica combinación de estilos. Porque la de Julián Sorel es una historia romántica en una época, la Restauración borbónica, que ya no lo es. La de un régimen político que pretendió anular los logros sociales de la Revolución y después de la épica imperial, arrasada en la debacle de Waterloo, renunció a la  “grandeur” para refugiarse en un pasado caduco. En este marco histórico coloca Stendhal su espejo para reflejar la realidad del momento, enfocándolo hacia dos sectores sociales muy concretos y representativos; la pequeña nobleza y alta burguesía provincianas, y la  aristocracia parisina, obsesionada ésta por  conservar unos privilegios de clase ya imposibles. A lo largo de la trama argumental desfilan ante nosotros toda una serie de personajes secundarios prototípicos; políticos arribistas, nobles orgullosos y superficiales, campesinos tacaños, y curas ambiciosos, que intentan medrar en un mundo saturado de intrigas de salón, fraudes electorales y corrupción política, que en algunos momentos nos parece muy actual.  Y para conseguir este retrato, el autor recurre a un narrador en tercera persona, que de vez en cuando enfrenta directamente al lector para contarle sus opiniones personales o se disculpa por las mismas, al tiempo que con lenguaje elegante y preciso va dibujando los perfiles de los personajes, mediante diálogos cortos y sin abusar de elementos descriptivos o ilustrativos. Es en este último aspecto donde la novela alcanza una relativa complejidad ya que el escritor se dirige a unos lectores contemporáneos a los que supone enterados de la actualidad política y social de su tiempo, así que suele referirse a los acontecimientos mediante alusiones indirectas de nombres o lugares relacionados con los mismos. Para un lector actual, alejado de los hechos, esto no afecta a la comprensión de la trama argumental pero sí es un inconveniente que de alguna forma puede mermar la riqueza del relato, de ahí que resulte recomendable leer este clásico en una edición bien anotada.
         Retornando al narrador; su carácter omnisciente  le permite penetrar los flujos de pensamiento de los protagonistas principales y mostrarnos de esta forma un profundo análisis psicológico de los mismos, en particular de Julián  y sus amantes, Madame de Rênal y Matilde de la Mole. No voy  a insinuar siquiera las peripecias del joven Sorel en su intento de ascenso en una sociedad dominada por la hipocresía, ni adelantar nada de sus aventuras sentimentales. Si diré que es éste el  núcleo esencial del relato y es aquí donde se despliegan las pasiones de los protagonistas y  la novela se convierte en un drama romántico.
         Quiero comentar finalmente dos cuestiones anecdóticas. Según señalan las notas del traductor de mi edición, en el carácter y vivencias del protagonista hay muchos aspectos, más bien secundarios, pero coincidentes  o paralelos a experiencias propias del autor o de sus amantes, y nos  remite para confirmarlo a sus libros autobiográficos, en concreto Vida de Henry Brulard  y Recuerdos de egotismo.  La segunda anécdota se refiere a los epígrafes que encabezan cada capítulo, atribuidos a escritores reales y en ocasiones ficticios que, en opinión de los expertos en el escritor, son en su mayoría inventados. Pienso que bien se pueden perdonar estas sutiles travesuras en un escritor de la talla de Sthendal.
En resumen, la novela es una de las clásicas de la literatura que no debería ser obviada por los buenos lectores aunque suponga un pequeño esfuerzo adicional de documentación.