miércoles, 17 de febrero de 2016

HOY CAVIAR, MAÑANA SARDINAS. Carmen y Gervasio Posadas

En muchas ocasiones el título de una novela te hace desconfiar de entrada. A menudo el que se pretende gracioso suele ser una elaboración de marketing que envuelve de forma agradable un producto comercial de contenido decepcionante. Reconozco que se trata de un prejuicio personal  y no pretendo establecer ningún principio, pero este libro  concreto hizo saltar todas mis alarmas preventivas. Un título ocurrente, firmado por dos hermanos, con una portada entre frívola y humorística, eran razones suficientes para pasar de largo si lo hubiera encontrado en los anaqueles de una librería. Pero fue una propuesta de mi club de lectura y me obligué a superar esos iniciales recelos.
          No quiero menospreciar la figura de la escritora Carmen Posadas (1953), uruguaya y nacionalizada española, autora de cuentos infantiles y relatos breves además de novelas, una de las cuales, Pequeñas infamias, fue ganadora del Planeta 1998. A pesar de una obra literaria relativamente abundante, parece ser más conocida como presentadora de un programa de TV, por sus colaboraciones en prensa y porque estuvo casada con Mariano Rubio, el que fuera gobernador del Banco de España. En cualquier caso se trata de una mujer de mundo, de educación cosmopolita, polifacética en sus actividades profesionales y con una dilatada experiencia vital que se refleja en sus escritos.  
Hoy caviar, mañana sardinas (2008) es un libro que puede calificarse de miscelánea; una mezcla de autobiografía, memoria familiar, literatura de viajes, anecdotario y recetario de cocina. Precisamente por este último aspecto recibió el Premio Sent Soví de Literatura Gastronómica, aunque en mi opinión es lo menos destacable en el relato. En esta especialidad mi preferido siempre fue Manuel Vázquez Montalbán, que en sus ensayos sobre el tema y en las recetas del detective Pepe Carvalho aunaba sensibilidad de buen gastrónomo con excelencia literaria.
          Volviendo a nuestro libro, cuenta el peregrinaje de la familia Posadas por diferentes capitales europeas  donde estuvo  destinado el padre como embajador de Uruguay. La narración está precedida de un prólogo en el que se intenta desmitificar el glamur de la vida diplomática  y la imagen de lujo y ostentación que ofrece ante la opinión pública que, según los autores, solo es aplicable a las grandes embajadas y no a las representaciones de pequeños países.  En este sentido, el título pretende evidenciar el manifiesto contraste entre apariencia social y vida cotidiana en una modesta legación. A continuación  se suceden,  en tres grandes capítulos, las vivencias personales de los dos autores en Madrid durante los años 60, en Moscú en la década de los 70 y finalmente Londres en los ochenta. En el relato se alternan los recuerdos de juventud de Carmen y Gervasio Posadas con las experiencias de su madre en el papel de embajadora, contadas también en primera persona, en una especie de diario en el que alternan abundantes anécdotas y recetas de cocina. Éstas últimas se justifican porque, según ella, la comida es la imagen de una embajada y en consecuencia fundamental para las relaciones diplomáticas.
          No negaré que el libro contiene relatos curiosos con cierta dosis de humor e ironía, y que los lectores de mi edad, que es la de la escritora, encontrarán aquí sucesos y ecos de sociedad con los que se sentirán familiarizados, sobre todo en el capítulo dedicado a la España del tardofranquismo.
          En fin, me cuesta avanzar en una crítica cuando no aprecio demasiados aspectos positivos a destacar.  En este libro encontraremos poca originalidad; historias que fueron muy difundidas por las revistas del corazón, o típicas de noticiarios como NODO. No está mal escrito pero carece de valores literarios reseñables. De forma paradójica su lectura produce un efecto posiblemente no deseado por la autora, porque termina ofreciendo un retrato muy realista del grupo social conocido como Jet set, aquella aristocracia de nuevo cuño, snob y superficial, que se estableció en Marbella a partir de los años sesenta y que ahora nos parece más decadente que glamurosa.

                  

sábado, 13 de febrero de 2016

CONCIERTO-RECITAL PARA BOMBARDINO. Adam Frey

Cuando pienso en instrumentos solistas me vienen a la memoria los que creo más frecuentes; violín y piano entre los de cuerda, y flauta, clarinete o trompeta entre los de viento. Por eso este concierto-recital para bombardino me pareció original y despertó mi curiosidad desde que me lo anunciaron. No parece un instrumento demasiado popular y debo reconocer que hasta ahora desconocía incluso su nombre. Creo que mi ignorancia de aficionado está justificada porque suele estar presente en bandas y orquestas pero casi siempre como acompañante, con escaso protagonismo sobre el conjunto.
          El bombardino, también llamado eufonio, pertenece al grupo de viento metal, su registro musical oscila entre tenor y barítono, lo cual significa que la banda de sonidos, o altura, que es capaz de producir está más próxima a los graves. Para entendernos, en una escala de seis puntos, que fuera de agudo a grave, ocuparía entre el cuarto y quinto puesto. El sonido que emite es, en opinión de los músicos, suave y oscuro, se produce por la vibración de los labios en la boquilla y se modula mediante tres pistones. En fin, espero que estos pocos datos -fruto de una apresurada y somera información- sirvan para ilustrar las cualidades de un instrumento al que nunca supuse un papel destacado.
          Adam Frey es un joven músico georgiano (de Georgia, U.S.A) con un importante curriculum como intérprete de bombardino. Actualmente está de gira europea dando conciertos y clases magistrales sobre este instrumento en escuelas de música y conservatorios. En ese contexto ha ofrecido, en el Conservatorio de Jaén, el recital inaugural de las Jornadas de Perfeccionamiento Musical  2016
          El programa estuvo integrado por  piezas musicales y compositores novedosos para mí. En la primera parte fue acompañado por el pianista Enrique Ocaña. Comenzó con la versión de una sonata barroca del músico italiano Benedetto Marcello, en la que se intuía ya la habilidad del intérprete y las posibilidades del bombardino como solista. La segunda versión fue del Andante y Allegro de Guy Ropartz, un músico francés (XIX-XX) adscrito al impresionismo musical e inspirado por Debussy. El piano tuvo en esta pieza un papel más relevante y el andante recordaba una marcha fúnebre de corte romántico mientras que el allegro que lo siguió me hizo evocar algunos pasajes de la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. A continuación el músico nos anunció el estreno de una composición titulada Images of Armenia, del compositor Jeff Manookian. En ésta, el bombardino recuperó protagonismo en una mezcla de moderna música norteamericana con reconocibles aires orientales. La primera parte terminó con una pieza titulada Brillante de Peter Graham. Adam Frey nos explicó, en tono humorístico, que el compositor la definía como “una locura para dos bombardinos” y él la había transformado en “un loco con bombardino”. En efecto era algo alocada, una mezcla heterogénea en la que se reconocían fragmentos de himnos patrióticos ingleses, el Rule Britannia entre ellos, y variaciones sobre los mismos, con partes que parecían improvisaciones de jazz, y otras con resonancias de bolero y tango. En fin una excusa musical perfecta para mostrar el virtuosismo del músico.
          En la segunda parte del programa estuvo acompañado por una banda de metal, la Xauen Brass Band. Se interpretó la Fantasía Originale de Piacchi, una composición muy brillante y colorista en la que se alternaban ritmos de baile, valses y polkas, con otros sugerentes de marchas militares al más puro estilo austro-húngaro. En el bis, el norteamericano terminó de ganarse al público cuando interpretó una corta composición propia muy original porque consiguió, mediante una sucesión de sonidos cortos y discontinuos, producir la sensación de voz humana entonando temas de rock y música pop.
          En fin, un concierto que me ha permitido descubrir las posibilidades de un instrumento en el que nunca antes había reparado. Y no quiero terminar sin lamentar, una vez más, la escasa asistencia de público. Quizás sea un aficionado ingenuo, pero pienso que el carácter docente del Conservatorio debería asegurar una ocupación total de su Paraninfo en este tipo de conciertos. 

          

lunes, 8 de febrero de 2016

LA CASA DE BERNARDA ALBA. Federico García Lorca

La programación de un drama como éste en sábado de Carnaval choca un tanto con mi sentido de la armonía. Pero quizás la discordancia no sea tal si  consideramos  que en nuestra ciudad estas fiestas, alegres y profanas, sufren desde hace años un triste desinterés y un abandono casi dramático. En cualquier caso, no era motivo de perderme esta representación, porque tampoco abundan en nuestro panorama teatral.
          La casa de Bernarda Alba (1936) es, en opinión de muchos, el mejor drama de Federico García Lorca y también su obra póstuma porque, escrita el mismo año de su muerte, no fue publicada y estrenada hasta 1945. Se trata de un drama rural, como Yerma y Bodas de sangre, en el que confluyen los rasgos que mejor definen la obra del autor granadino, el gusto por la tradición aunada con la modernidad literaria de su época, el realismo más descarnado junto al simbolismo poético de inspiración modernista. Esos mismos que inspiraron su poesía entre culta y popular, tan típica del neopopularismo  que cultivaron algunos miembros de la generación del 27.
          El tema central es la represión de la mujer en la atrasada sociedad rural española de principios del siglo XX. También la hipocresía y los rígidos convencionalismos sociales de ese ambiente. Los personajes son todos femeninos, Bernarda Alba, sus cinco hijas, la criada Poncia y la abuela, María Josefa, que en su senil demencia ofrece un mesurado contrapunto cómico dentro de la opresiva trama argumental. El drama se desarrolla en los habituales tres actos, de forma lineal y con aparente respeto a las tradicionales unidades clásicas, de acción, tiempo y lugar. El único personaje masculino, Pepe el Romano, así como otros personajes secundarios, no aparecen en escena sino que son citados y se sabe de ellos a través de la conversación de las protagonistas principales. Los diálogos son sencillos pero expresan la diferencia cultural y el carácter de cada una de ellas; popular en la criada, más culto en las demás, enérgico en Bernarda, alegre y vitalista en Adela, la hija rebelde.
          El simbolismo está presente en toda la obra comenzando con el propio nombre de las protagonistas, también en los colores contrastados y predominantes en el blanco (pureza) de las paredes que se  apaga conforme avanza la obra, y el negro (muerte) del luto; las continuas alusiones al calor que resaltan el dramatismo y la fatalidad de la acción; el bastón de Bernarda que simboliza la tiranía, el caballo coceando (deseo sexual)  y otros muchos. Este sentido alegórico, en el contexto del drama, se ha calificado como realismo poético. El  escenario austero, que se reduce a una sola habitación de la casa, pretende enfatizar el ambiente opresivo en el que se desenvuelve la trama. Los diálogos mantienen en todo momento la tensión dramática y expresan claramente las pasiones en juego; la envidia y los celos, el orgullo de clase y el poder del dinero, la rebeldía y el deseo, la sumisión y la angustia, el despotismo y el odio.
          No voy a referir ni a grandes rasgos el argumento, por lo demás muy conocido, pero quiero destacar  el desenlace, en el más puro estilo de la antigua tragedia griega, muy acorde con ese sentimiento trágico de la vida tan típico de Lorca. También la patética y angustiada declamación final de Bernarda Alba que termina con esta despótica imposición: “¿Me habéis oído? ¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!”.
          No quiero terminar sin comentar la notable actuación de los actores de Small Clowns, una compañía de Jaén que ha sido todo un agradable descubrimiento. En esta obra, la economía escenográfica resalta aún más la interpretación y se presta a mayor lucimiento cuando es buena o al fracaso cuando no lo es. Como es natural destacaron las actrices con mayor protagonismo como Bernarda Alba, la criada Poncia y Adela. Muy buena actuación que fue reconocida por el público y nos permite presagiar futuros y mayores éxitos. 

miércoles, 27 de enero de 2016

EL NOMBRE QUE AHORA DIGO. Antonio Soler

Con este libro, gracias a mi club de lectura, he descubierto a un nuevo autor, uno más que restar de la amplia lista de escritores, de actualidad en la literatura española, que desconozco quizás por culpa de mi afición a los clásicos y muy poca información sobre novedades editoriales. Antonio Soler (1956) tampoco es un autor novel ni su obra es nueva. Su trayectoria profesional como escritor, guionista y colaborador en prensa, supera  los veinte años y ha sido galardonado con varios premios, entre otros el prestigioso Nadal (2004) por su novela El camino de los ingleses cuya versión cinematográfica, dirigida por Antonio Banderas, no obtuvo demasiado éxito de público a pesar de estar nominada a los Goya precisamente por el guion.
          El nombre que ahora digo (1999) se promociona en la contraportada como una bella historia de amor, y como tal es buena, pero a mí me parece además un magnífico relato de guerra. No es una opinión exclusiva; parece que el prestigioso historiador hispanista, Paul Preston, la valoró como una de las narraciones más fieles sobre la guerra civil española. Se trata pues de una novela de amor y guerra, en la que el escritor malagueño conjuga de forma magistral ambos aspectos, tan contrapuestos, mediante el recurso a dos voces narrativas que enfocan de forma simultánea y alternativa una misma trama argumental. El primer narrador es el protagonista principal, Gustavo Sintora, un joven que, separado de su familia, es arrastrado por el conflicto, militando en el bando republicano, y escribe sus vivencias en unos cuadernos. Sufre la guerra como todos pero en realidad no está en ella porque, como él dice, su patria es otra, Serena Vergara, una mujer casada víctima de un marido sanguinario al que teme. En primera persona y con una prosa sencilla pero intensa y poética envuelve su pasión amorosa capaz de sobreponerse incluso al infortunio y los desastres de la guerra sustentada en la esperanza del reencuentro. 
          La segunda voz es una especie de narrador testimonial, una protagonista sin protagonismo, la hija del sargento Solé Vera que, años después, recoge la memoria de su padre y narra sus experiencias al mando de la unidad de Gustavo Sintora. Este es el auténtico relato de guerra, es aquí cuando la apreciamos en toda su crudeza y donde se despliegan una serie de personajes secundarios que nos muestran todas las posibles actitudes frente a la misma; la del capitán Villegas, que sin ninguna esperanza de victoria mantiene su lealtad hasta rozar lo heroico, y en el otro extremo Corrons, personaje oscuro y vengativo, que convierte la guerra en un negocio cruel. Todos intentan sobrevivir pero se saben vencidos de antemano, presienten la derrota, y cuando por fin llega, acompañada de una paz sin piedad ni perdón, la reciben con una mezcla de humillación insensible y desesperanzada, pero también con pasividad fatalista y cierta dosis de alivio. En fin, los sentimientos, a veces contradictorios, de aquellos que, vencidos, hambrientos y agotados, volvían del horror.
La historia trascurre de forma lineal con la alternancia de esas dos voces testimoniales, impregnada de lirismo la primera, cruel pero veraz la segunda. Las dos con un lenguaje sencillo y directo, sin artificios, y ambos relatos entreverados con cierta dosis de humor, despiadado y hasta esperpéntico, que nos hace recordar La vaquilla (1985) de Luis García Berlanga. En el desenlace la acción parece acelerarse al más puro estilo cinematográfico, en una serie de persecuciones en medio del caos que precedió a la caída de Madrid, para terminar  en un desenlace dramático y realista sin el recurso fácil a lo trágico. El último capítulo, a modo de epílogo, queda fuera de la trama argumental pero no sobra. Es la reunión de ambos testimonios para hacer un alegato en favor de la memoria histórica y de la escritura como forma de supervivencia y homenaje de aquellos hombres y mujeres que, olvidados de la Historia, fueron devorados por aquella lucha fratricida.
          La ambientación de la narración se inscribe en el periodo temporal que va desde la caída de Málaga y la masacre de la carretera de Almería en febrero de 1937 hasta el largo asedio de Madrid que finalizó en la capitulación de 1939, con la Batalla del Ebro (1938) como episodio destacado. Es aquí donde la fidelidad histórica se hace más evidente en las descripciones de la guerra, pero no desde la perspectiva táctica o estratégica de los generales, sino bajo la óptica de los soldados que son manejados como peones y enviados a morir en posiciones avanzadas o machacados por la artillería en los repliegues. Es el terror y el presentimiento de la muerte, la miseria en las trincheras, la satisfacción perentoria de los instintos básicos, lo que queda retratado con tal realismo que inmediatamente evocamos historias y situaciones parecidas que alguna vez oímos contar a familiares que sufrieron tales horrores.
          En resumen, esta historia de guerra es también una historia de sentimientos, de amor y de amistad, de lealtad y sacrificio, de resentimiento y venganza, de miedo y desengaño, de todo lo mejor y peor que puede dar de sí el ser humano en condiciones extremas. Y sobre todo es la historia de la derrota y un magnífico retrato psicológico de los derrotados.

          No cabe extenderse más. Solo diré que es una lectura altamente recomendable. De las mejores sobre nuestra guerra civil.

lunes, 18 de enero de 2016

LEYENDAS. José Zorrilla

El cuento oral fue el origen de la leyenda, pero la propia etimología del término ya nos sugiere su condición de relato escrito para ser leído y su naturaleza literaria. Las leyendas en España aparecen en el Romancero y muchas de ellas se introdujeron en el teatro clásico español del Siglo de Oro; pero fueron los escritores románticos del XIX, tan amantes de la tradición, los que dieron a este género narrativo su mayor difusión cuando hicieron recopilaciones de las antiguas o las imitaron en sus relatos. Todos recordamos las Leyendas de Gustavo Adolfo Becquer que, asociadas a sus Rimas, eran lectura preferida de adolescentes, hace ya algunas décadas. Ahora, en uno de mis periódicos retornos a los clásicos, he encontrado éstas de Zorrilla, quizás menos conocidas que aquellas por ser este autor reiteradamente asociado a su Don Juan Tenorio.
          La vida de José Zorrilla y Moral (1817-1893) fue tan romántica como su obra y en ambos sentidos del término, sentimental y literario. Joven rebelde, no consiguió colmar las expectativas de su padre, un absolutista radical con el que estuvo enfrentado toda su vida. De buena educación, abandonó a la familia y los estudios de Derecho, otra imposición paterna, para ir a Madrid donde frecuentó los ambientes artísticos y bohemios de la capital. Fue allí donde se dio a conocer entre los poetas románticos cuando en 1837 declamó un improvisado poema a la muerte de Larra. Por aquel entonces escribió en periódicos y comenzó a publicar sus dramas.  Infelizmente casado con la viuda Florentina O’Reilly, tuvo varias amantes y pasó largas temporadas en Paris donde trabó amistad con Victor Hugo, Téophile Gautier y George Sand, y durante once años vivió en Mexico bajo la protección y mecenazgo del emperador Maximiliano I hasta que éste fue fusilado en Querétaro. Fue muy reconocido como poeta y dramaturgo pero la fama no lo enriqueció, más bien pasó largos periodos de gran penuria económica.
          Los críticos consideran que su obra exalta valores tradicionalistas como la fidelidad, el patriotismo o la fe religiosa, que contrastan con su rebeldía y sus ideales íntimos, más bien progresistas. Esta contradicción entre vida y obra literaria la explican por una especie de sentimiento de culpa hacia un padre que nunca perdonó sus errores juveniles, al que intentaba contentar de esta forma.
          Las Leyendas de Zorrilla se caracterizan por su gran diversidad en cuanto a estructura formal. No pertenecen a un solo género literario, narrativo, lírico o dramático, sino más bien son una mezcla de los mismos. En unas se alternan prosa y poema, en otras los diálogos son tan abundantes  que pueden ser teatralizadas, y de hecho algunas de ellas fueron bocetos de posteriores dramas. Algunos las califican como poemas narrativos o poemas dramáticos. Los narradores de las mismas son también variados, unas veces omnisciente en tercera persona, otras el protagonista en primera persona y en ocasiones es el propio autor el que apela directamente al lector. Las que tienen estructura dialogada no suelen respetar las tres unidades dramáticas, de tiempo, acción y lugar. En las evocaciones del pasado se utiliza con frecuencia la narración en presente histórico. En la métrica de los poemas el escritor demuestra su virtuosismo y, con predominio del romance, se utilizan las estrofas más variadas, pero siempre con una poesía brillante en ritmo y colorido. Es frecuente la repetición de versos o pequeñas variaciones de los mismos para enfatizar el dramatismo de la acción. En el vocabulario, los arcaísmos suelen servir para reforzar la ambientación histórica. Y, a pesar de la diversidad estilística y formal, el resultado es armónico, de fácil y agradable lectura.
          Zorrilla clasificó sus leyendas en tres grupos, históricas, tradicionales y fantásticas, pero de todas ellas se pueden extraer temas recurrentes como el amor y los celos, el honor, la venganza, el castigo del pecado y, trascendiendo todo esto, lo milagroso y sobrenatural que a menudo se utiliza como deux ex machina que aboca al desenlace. Todos los relatos tienen un claro propósito ético que a menudo se manifiesta a modo de moraleja final. Los ambientes están perfectamente recreados y son los típicos del romanticismo; castillos medievales, lúgubres cementerios, conventos ruinosos y brumosos bosques. No voy a esbozar el argumento de las leyendas pero sí algunos de sus títulos que, cuando menos, pueden resultar vagamente conocidos de cualquier lector; A buen juez, mejor testigo, El capitán Montoya, Margarita la tornera son tres de las once que recoge la presente antología.
          En fin, tengo que reconocer que el tono épico, grandilocuente y dramático de estas leyendas puede sonar desfasado o superado en la actualidad, más aún si se trata de poemas. Pero a mí  me siguen gustando la evocación histórica y lo legendario aunque no sea un romántico. ¡O quizás sí¡

viernes, 1 de enero de 2016

CONCIERTO DE NAVIDAD. Cantoría y Escolanía de la Catedral. Haydn Orquesta

En la programación musical de nuestra ciudad no podía faltar el tradicional Concierto de Navidad, esta vez tan retrasado en fecha que casi coincide con el de Año Nuevo. No es la primera vez que la agrupación coral Cantoría de Jaén y su coro filial, la Escolanía, ofrecen este concierto anual, hasta ahora ubicado en el marco ambiental que le era más propio, la S.I. Catedral de Jaén. Este año han estado acompañados por la Haynd Orquesta, una joven agrupación de alumnos y profesores de Conservatorio, y se ha ofrecido en el Infanta Leonor de Jaén con una estupenda respuesta de público que prácticamente saturó el aforo del teatro. La colaboración entre ambas agrupaciones se ha traducido en un programa con obras típicas del repertorio sinfónico-coral, pero también en numerosos arreglos especiales para esta ocasión que han procurado dar acompañamiento instrumental a piezas del repertorio navideño  exclusivamente corales.
          En este tipo de conciertos se intenta ofrecer una perspectiva histórica de la música sobre este tema, desde las obras clásicas del barroco hasta los villancicos españoles o las canciones tradicionales anglosajonas. Esa misma intención se expresaba en el subtítulo del programa de mano, La historia cantada; pero en esta ocasión el repertorio clásico ha sido claramente reducido en favor de las piezas más modernas y conocidas, más propicias a la colaboración y el arreglo musical o quizás una concesión a lo popular, siempre más atractivo para el público.
          El concierto se inició con una selección del oratorio barroco El Mesías de Haendel (1685-1759), comenzando por la Obertura, la conocida pieza exclusivamente orquestal de la obra, con su solemne andante inicial en tempo lento seguido por un allegro en tono más vivaz, que fue bien interpretada por la Hayndn Orquesta. Siguieron dos piezas corales de la misma obra, para terminar con el célebre y espectacular  Aleluya  para coro y orquesta. Como inciso debo indicar que el coro de la Cantoría estaba francamente desequilibrado porque las voces femeninas doblaban en número a las masculinas y eso restó solemnidad y brillantez a los pasajes en los que éstos responden y son el contrapunto de aquellas.
          El programa siguió con el  conocido Adeste fideles un himno de finales del siglo XVIII, de autoría incierta y texto en latín, que se cantaba en el momento de la bendición durante la misa de Navidad. A continuación se interpretaron dos popurrí o mezclas, una de villancicos españoles y otra de temas tradicionales ingleses. Me dio la impresión que el acompañamiento instrumental en ambos casos tenía claras resonancias que recordaban al norteamericano Gershwin, con predominio de metales y aires de ragtime. En mi opinión, resultaba adecuado en la segunda mezcla pero algo disonante en la primera. Sin duda, lo más original del programa fue la pieza que se interpretó entre esos dos bloques, con el sugerente título de El tambolero, en la que el coro cantó el popular villancico El tamborilero mientras la orquesta acompañaba con el ritmo y tempo básico del Bolero de Ravel. En esta ocasión, la conjunción de canto y música tan dispares resultó sorprendentemente armoniosa.
          En una especie de intermedio, los niños de la Escolanía cantaron una composición de la directora del coro, Cristina García de la Torre, y se unieron así a la Cantoría en el resto de las piezas del programa que siguió su desarrollo final en clave anglosajona con el tradicional White Chismas  para terminar con el Happy  Chrismas (War is over) de John Lennon, interpretado por coros y un solista que no sobresalió demasiado. Sí fue más interesante la pieza interpretada entre esas dos, una versión instrumental de Caroll of de bells de Leontovych, en la que destacó como solista la primera violinista.
          En el bis, la orquesta interpretó de forma extemporánea la conocida Marcha Radetzky, colofón del Concierto de Año Nuevo, con un público encantado aplaudiendo al compás. En fin, un buen remate de estas fiestas y un agradable recuerdo que añadir al fantasma de las Navidades Pasadas.



martes, 24 de noviembre de 2015

LA MUJER QUE LEÍA DEMASIADO. Bahiyyih Nakhjavani

Son escasas las reseñas biográficas disponibles sobre esta escritora de nombre tan sugerente como difícil de pronunciar. Sabemos que es británica de origen iraní y educación occidental, que ha vivido en Uganda, Canadá y Estados unidos, que actualmente es residente en Francia y profesora en la Universidad de Lieja. Los datos disponibles en la red no superan a los encontrados en la contraportada de esta novela, la tercera y última de su escasa producción narrativa.
          La mujer que leía demasiado (2007) se puede clasificar como una obra a medio camino entre novela histórica y biografía novelada. De la primera, por el retrato de una época y una sociedad, la iraní de mediados del siglo XIX. Aunque conforme avanza la narración, el factor histórico pierde importancia y queda reducido a puro marco cronológico y ambiental en el que se desarrolla el drama de los personajes a través de los cuales percibimos a la protagonista principal, inicialmente apenas sugerida y más patente hacia el final, cuando su figura se acrecienta. Es entonces cuando comprendemos que se trata de una novela biográfica, quizás descompensada en su componente de ficción por la escasez de datos documentados sobre el personaje histórico y por voluntad expresa de la escritora, empeñada en convertirlo en símbolo y precursora del feminismo actual.
           La narración se centra en el reinado del  sah Naser al-Din (1848 -1896), cuarto monarca de la dinastía Qajar, uno de los más largos de la historia de Persia. Un periodo interesante y de fuertes contrastes porque, mientras las fronteras iraníes se encontraban amenazadas en el oeste por la Turquía otomana y en el norte y sur por  Rusia e Inglaterra, se intentó la modernización del país y la introducción de tecnologías y costumbres occidentales, quizás el desesperado intento de un régimen autocrático y feudal por adaptarse a los nuevos tiempos. Fue también una época convulsa de hambrunas, insurrecciones y guerras con las potencias coloniales. El propio sah sufrió dos atentados, el último de los cuales acabó con su vida.
          Los lectores occidentales no suelen estar familiarizados con la historia y las costumbres persas más allá de tópicos sobre el lujo oriental  o las fantasías del harem. Consciente de esto, la escritora incluye al final del texto una cronología de los acontecimientos más importantes del reinado y un glosario de términos iraníes. Ambos apéndices son de obligada consulta porque el relato, enfocado desde varias perspectivas, está salpicado de continuos saltos cronológicos, en mi opinión bastantes más de los necesarios, lo cual dificulta la lectura en principio hasta que nos familiarizamos con los sucesos y las fechas. En el marco histórico del relato percibimos el despotismo de los gobernantes, la corrupción administrativa, las intrigas del harem, la importancia política del clero chií, o la debilidad de un monarca despótico y cruel pero manipulado por todos.
          La protagonista, Fátimih Baraghání (1817-1852), fue conocida entre el pueblo como Táhirih (la pura) o Qurratu’l-Àyn (consuelo de los ojos). Tantos y tan complicados títulos  son abreviados en  el texto con la alusión a la poetisa de Qazvin porque lo fue, además de experta en jurisprudencia islámica y una de las primeras seguidoras del babismo, una doctrina herética surgida en el chiísmo que terminó por conformar el posterior bahaísmo o fe bahá’i que ha perdurado hasta la actualidad. No entraremos a detallar los dogmas de esta religión porque exceden la intención de la propia autora que, siendo fiel confesa de la misma, no destaca en el relato el perfil religioso de la protagonista sino su rebeldía al quitarse el velo en público e insistir en la alfabetización de las mujeres, algo intolerable en el mundo islámico de aquellos tiempos.
          En la ficción, la poetisa de Quazvin resulta claramente idealizada. Es una mujer bella, obsesionada por la lógica en la interpretación de los textos coránicos, que seduce a todos con la palabra, profética en sus visiones místicas, serena y piadosa ante el dolor y la muerte. Como se ha dicho, en el epílogo la propia escritora se justifica ante un personaje cuya veracidad histórica resultó dañada para la posteridad,  entre la exaltación de los fieles seguidores y el odio de sus detractores.
          La biografía de Táhirit se despliega en una narración multifocal, desde otros personajes, siempre femeninos, cuyas vivencias se entrecruzan con la vida de la protagonista pero no las narran en primera persona. Es un narrador omnisciente quien lleva el peso del relato siempre en tercera persona y eso, en mi opinión, no añade objetividad ni verosimilitud a la historia, el efecto habitualmente pretendido con este tipo de narrador. En cambio aporta cierta frialdad y distanciamiento a un relato que pretende conmover y hubiera sido más emotivo si las distintas mujeres hubieran aportado su visión subjetiva de la poetisa.

          En fin, novela histórica, biografía novelada o ambas etiquetas a la vez, se trata de una obra interesante porque nos introduce en un mundo oriental y exótico para los occidentales y en una época relativamente reciente que nos hace comprender algo mejor los orígenes sociales y políticos del Irán actual. En cuanto a la poetisa de Qazvin, comprendo la razón ideológica y sentimental de Bahiyyih Nakhjavani para destacar su figura precursora. Razones que podemos compartir hombres y mujeres sin necesidad de militancia feminista.

jueves, 5 de noviembre de 2015

MADAMA BUTTERFLY. Giacomo Puccini

Este año la compañía  Opera 2001 ha vuelto a programar en nuestra ciudad Madama Butterfly, drama lírico  que ya fue presentado en Jaén hace cinco años por esta misma agrupación. En esta ocasión la representación tuvo lugar en la víspera de la festividad de los Santos, esa noche que la cultura anglosajona que nos coloniza ha trivializado en la noche de Hallowen. El escenario fue el habitual de este tipo de espectáculos, el teatro Infanta Leonor.
Esta ópera es una de las más representadas en el repertorio operístico internacional. Son muchas las razones de su popularidad. Una de ellas es, en mi opinión, el exotismo y la atracción que la refinada cultura japonesa ejerce sobre nosotros y nuestra mentalidad occidental. De otra parte, el abnegado y romántico amor de la protagonista, y su dramático final, apela a nuestra fibra sensible de una forma  más realista, moderna y efectista, que otros dramas clásicos.
          Fue compuesta por Giacomo Puccini (1858-1924) y el libreto creo que se inspira en dos obras literarias, el cuento Madame Butterfly (1898) de John Luther Long y la novela Madame Chrysanthème (1887) de Pierre Loti. Algunos críticos dicen que está basado en unos hechos reales ocurridos en Nagasaki a finales del XIX. Sea como fuere, en el momento de su estreno en la Scala de Milán (1904) no fue especialmente valorada y el músico italiano tuvo que reescribirla y estructurarla en algunas versiones sucesivas hasta la actual. Después le llegaron las críticas favorables y el éxito hasta ser adaptada al teatro y llevada al cine en varias ocasiones.
          Madama Butterfly está escrita en tres actos y el libreto es de los italianos Giuseppe Giacosa y Luigi Illica. En cuanto a la música, impregnada en algunos pasajes de ligeros toques orientalistas, no es demasiado conocida, salvo el aria del segundo acto “un bel di, vendremo”, sin duda la más popular, o la final del tercer acto “con onor muore”, la más dramática, ambas cantadas por la soprano que representa a Butterfly. Abunda en recitativos y dúos del resto de personajes y el coro también tiene alguna interpretación destacada como en el segundo acto, cuando entona una melodía a bocca chiusa, un recurso coral mediante el que se emiten notas sin abrir la boca.
          Como es habitual en la ópera, las voces de soprano y tenor se reservan para la pareja protagonista, en este caso Cio-Cio San (Butterfly) y el capitán Pinkerton, pero aquí la interpretación de la primera resulta reforzada por la trama argumental que impone la ausencia del segundo durante todo un acto. En cambio es notoria la actuación de dos personajes secundarios, el cónsul Sharpless (barítono) y la sirvienta Suzuki (mezzosoprano). Cuando se ha asistido a una misma ópera en dos ocasiones se tiene la tentación de comparar las interpretaciones de los cantantes en una y otra. En mi opinión, sí en la primera, hace cinco años, destacó la voz del barítono (Sharpless), en ésta fue más sobresaliente la mezzosoprano (Suzuki). Butterfly fue interpretada por la  soprano japonesa Miki Mori y su actuación fue desde luego la más brillante en un papel protagonista que se presta al lucimiento. 

          Para concluir, Madama Buttefly no es tan espectacular en cuanto a escenografía como las óperas de Verdi, no tiene magnificas oberturas como las de Wagner, ni el virtuosismo musical de Mozart. Su principal baza es ese dramatismo próximo a lo cotidiano, capaz de desbordar nuestra emotividad y formarnos un nudo en la garganta cuando llegan las escenas finales. O quizás exagero y es debilidad propia de la edad madura.


lunes, 2 de noviembre de 2015

BELTENEBROS. Antonio Muñoz Molina

En anteriores entradas recuerdo haber manifestado una admirada fascinación por la literatura de mi paisano Antonio Muñoz Molina (1956). Del total de su producción he leído casi la mitad de las novelas y muchos de sus artículos en prensa. Recuerdo también con especial agrado su ensayo Córdoba de los Omeyas (1991), una romántica evocación de la cultura de Al Ándalus a través de sus ruinas, y Ventanas de Manhattan (2004) que fue su personal acercamiento a Nueva York, la ciudad que también cautivó  a Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca. En cuanto a las novelas, lo considero un autor versátil que parece sentir cierta predilección por el género policíaco. El componente autobiográfico está presente en muchas de ellas y es esencial en El jinete polaco (1991), una de las más premiadas.
En la narrativa del escritor jiennense me gustaría destacar algunos  aspectos que considero esenciales. Uno es su peculiar acercamiento a nuestro pasado reciente voluntariamente despojado de trabas ideológicas, sin revanchismo, victimismo o complaciente justificación. La memoria histórica como instrumento, depurado de estereotipos y maniqueísmos, utilizado para reivindicar la dignidad esencial del ser humano enfrentado al caos y la miseria, real y espiritual, de aquellos tiempos convulsos de nuestra guerra civil y su dilatada  y triste secuela. Otro aspecto sobresaliente en Muñoz Molina es su personal estilo narrativo basado en una prosa eficaz y elegante, alejada de barroquismos  estilísticos o léxicos, poética a veces,  siempre  clara y precisa en lo descriptivo. En sus novelas, la voz narradora es cálida y próxima buscando transmitir y compartir con el lector sus emociones  y sensaciones. A veces se prestan a varios niveles de lectura, según el grado de complicidad que el lector consiga establecer con el narrador, casi siempre más sugerente que explícito, empeñado en mantener cierto grado de suspense y misterio a lo largo del relato.
Beltenebros (1989) fue el tercer libro en la nómina literaria de Muñoz Molina. Es una novela de serie negra, igual que El invierno en Lisboa (1987), un gran éxito editorial, y Plenilunio (1997). La primera frase del libro es rotunda: “Vine a Madrid para matar a un hombre a quien no había visto nunca”  y supone un guiño a García Márquez, escritor del que se reconoce admirador, al tiempo que establece ya desde el principio el suspense esencial en este tipo de novelas. Es un thriller de espías y Darman es el protagonista que nos cuenta la historia en primera persona como narrador intradiegético, es decir, que está dentro de la historia y la narra desde la perspectiva de su propia visión de los hechos. Ese enfoque subjetivo hace que el lector participe de sus dudas y certezas, de sus intuiciones  y errores de apreciación, a medida que trascurre la trama argumental. No voy a dar muchos detalles de la misma pero se desarrolla en el ambiente de una organización comunista en el exilio y sus contactos clandestinos en el interior de la España franquista. Darman acude a Madrid en la  década de los años 60 para ejecutar a un supuesto traidor a la organización. Veinte años antes, en la inmediata posguerra, había cumplido una misión muy parecida, y desde el principio  el sicario establece un cierto paralelismo entre ambos episodios que lo hacen dudar sobre la culpabilidad de los acusados. Existen pues dos planos narrativos, el actual  y el del pasado evocado en continuas analepsis o saltos cronológicos, lo cual añade una cierta dificultad a la lectura en una historia ya de por sí compleja, rica en falsas identidades y veladas apariencias.
Lo que impregna y trasciende todo el relato es la oscuridad del  mundo de la clandestinidad, también la oscuridad de un Madrid que apenas acababa de salir de aquella España gris de los 50. Incluso los nombres hacen alusión a esta idea; Darman (Dark-man) es el hombre oscuro, y el siniestro personaje que se esconde tras Beltenebros es el Príncipe de las tinieblas. En el desenlace la oscuridad de un cine envuelve a los personajes.
El cine y en particular el cine negro americano es, junto al jazz, una de las aficiones de Muñoz Molina. El homenaje al primero es muy evidente en  El invierno en Lisboa  y también en esta novela. El Universal Cinema, un viejo cine de barrio se convierte aquí en el nexo común, el epicentro ambiental del que surgen los dos planos narrativos como círculos concéntricos. Incluso la escena de striptease en la boite Tabú nos hace evocar  una escena parecida de Rita Hayworth en Hilda.
          Quizás esta novela no sea superior a otras del escritor pero participa de sus mejores virtudes narrativas. Tiene la suficiente dosis de misterio y suspense para mantener la atención del lector de principio a fin. Se le puede atribuir cierta complejidad pero es la propia de la novela negra. Y la buena literatura siempre nos demanda un esfuerzo adicional.   

lunes, 5 de octubre de 2015

UN AS EN LA MANGA. Annie Proulx

La escritora norteamericana Annie Proulx (1935) es casi desconocida entre los lectores españoles. Para hacerla relevante conviene destacar que uno de sus relatos cortos, Brokeback Mountain (1999), fue versionado al cine con el mismo título y ganó tres Oscar en 2005, entre otros al mejor guion adaptado pero no a la mejor película, lo cual provocó duras críticas de la escritora a la Academia de Artes Cinematográficas Americana, un enfrentamiento que tampoco tuvo gran difusión en nuestro país. El inicio de esta octogenaria autora en la narrativa fue tardío ya que no empezó a publicar hasta la década de los noventa y su obra consta de sólo ocho o nueve títulos si bien ha sido reconocida con el prestigioso premio Pulitzer. Nacida en Connecticut, un pequeño estado de la costa noreste de los Estados Unidos, zona de suaves colinas y grandes bosques con clima templado y húmedo. Quizás por el manifiesto contraste del paisaje, parece sentirse impresionada y atraída por las grandes llanuras americanas, su extrema climatología y la dureza de sus gentes. Así una buena parte de sus novelas se localizan en los estados centrales, Wyoming, Colorado, Nuevo México, Texas y Oklahoma. Entre ellas destacaré dos; Wyoming Stories (1999) y esta que nos ocupa.
          Un as en la manga (2002) tiene un título sugerente en el que se intuye una prometedora trama argumental con sorprendente final, pero no conviene dejarse engañar  por la apariencia. Es la historia de Bob Dollar un joven de Denver que inicia un viaje de trabajo al panhandle de Texas y Oklahoma, comisionado por su empresa como localizador de terrenos apropiados para la instalación de granjas de cerdos, una actividad ganadera altamente contaminante. Hasta aquí  no expongo más de lo que se dice en la introducción de contraportada pero he de advertir que, salvo el esperable desenlace, ese es casi todo el argumento.
          Como  digresión, he de aclarar que el panhandle (literalmente mango de sartén) es un concepto geográfico acuñado en Estados Unidos, muy típico de la colonización americana del Medio Oeste, con esas fronteras estatales que vistas en el mapa recuerdan por su cuadriculada geometría las parcelaciones agrarias. Se trata de una  franja de terreno estrecha de un estado que se introduce en el territorio de otro u otros estados. El término más parecido en castellano es corredor o pasillo.
          De vuelta a la novela; está narrada en tercera persona lo cual resta entidad a un protagonista ya de por sí bastante desdibujado, que desaparece de la acción durante capítulos enteros y se limita a una vaga relación con los habitantes de la zona recelosos de su presencia, recogiendo historias de los lugareños que ni siquiera cuenta personalmente. Porque en realidad el verdadero protagonista es el panhandle y sus gentes. Esas grandes llanuras del altiplano norteamericano, de clima continental extremo, agostadas por las sequías y azotadas por los huracanes, tierra de pastos para el ganado vacuno y plantaciones intensivas de cereal que amenazan el gran acuífero subterráneo que las riega. Es también la historia de sus habitantes, herederos de los colonos del XIX, gente austera y ruda, orgullosos en su aislamiento y recelosos con el forastero, conservadores y religiosos. El protagonista es un mero pretexto que justifica el relato de sus vidas, descritas con tono realista, abundando en aspectos inverosímiles, humorísticos y también crueles. Ese estilo narrativo ha  sido calificado por la crítica como realismo mágico y yo añadiría, carente de emotividad; nada que ver con García Márquez.
          Como aspectos positivos cabe destacar las descripciones precisas del paisaje y las costumbres de sus gentes. Un costumbrismo que se recrea en todos los tópicos de ese ambiente tejano de cowboys, granjeros y rancheros, súbitamente arruinados por la sequía o enriquecidos por el petróleo; también en los pueblos del ferrocarril de una sola calle, en los rodeos, las barbacoas, las iglesias baptistas etc. En realidad, con distinta estructura, este libro hubiera sido un buen ejemplo de literatura de viajes, por más que el ambiente geográfico y social que nos muestra haya sido muy explotado por el cine norteamericano. En cambio como novela carece de tensión narrativa, la acción es anodina y el desenlace de tono ecológico apenas justifica sus casi cuatrocientas páginas.
          Un libro no es bueno o malo en sí mismo, tiene matices valorables y otros negativos, gusta o no gusta según la sensibilidad y preferencias del lector. Con éste no he sintonizado hasta el punto de poder superar una cierta sensación de aburrimiento.