miércoles, 15 de junio de 2016

MADAME BOVARY. Gustave Flaubert

Resulta empeño muy difícil comentar algo novedoso sobre esta obra que ha sido motivo de una ingente producción de ensayos y estudios analíticos. Algunos dicen que es la segunda mejor novela de la historia de la literatura, después de El Quijote. En cualquier caso, la crítica se muestra unánime cuando la considera como obra fundacional de la novela moderna y máximo exponente del movimiento literario realista.
Madame Bovary (1857) es posiblemente el mejor ejemplo a destacar entre los clásicos del XIX, no solo porque sus personajes son relevantes como modelos paradigmáticos de su época, sino porque en sus rasgos éticos y psicológicos, perfectamente caracterizados, son extrapolables a la nuestra, y las pasiones que muestran son atemporales. Gustave Flaubert (1821-1880), siempre obsesionado por la precisión, el estilo y “le mot juste” -en sus propias palabras- tardó más de cuatro años en escribirla, en plena etapa de madurez vital y literaria, y el resultado fue una obra maestra de perfecto equilibrio entre forma y contenido. En el plano formal porque el estilo literario, basado en un lenguaje elegante y sencillo, es también poético con algunos toques románticos, al tiempo que la precisión descriptiva es plenamente realista. En lo referente al contenido, porque la protagonista es víctima de su romanticismo libresco en un mundo real de convenciones y prejuicios burgueses.
          Es verdad que Madame Bovary es más bien una anti-heroína y que su historia y su apasionado carácter esconden una evidente crítica del romanticismo, pero su dramático final no está exento de tintes épicos. Cuando Carlos Bovary  atribuye el desenlace a la fatalidad pone en juego un elemento muy del gusto de los románticos y del propio autor que era un gran conocedor de los clásicos grecolatinos. Así pues, aunque se reconoce a Flaubert como el fundador del movimiento realista, se le atribuye además un cierto nexo con el movimiento anterior en un plano de transición entre los dos estilos literarios. Tras haber leído esta novela y tres obras más de las suyas, estoy de acuerdo con quienes opinan que fue una mezcla de temperamento romántico y realismo literario. ¿Cómo si no puede entenderse que, perteneciendo a la alta burguesía normanda, nos muestre un profundo desprecio por su propia clase social?. Porque la obra es también una aguda crítica de esa sociedad burguesa y provinciana, de la que destaca su vulgaridad y a la que retrata mediante personajes arquetípicos como el usurero y el boticario arribista, o en sus prejuicios y usos sociales tales como el matrimonio de conveniencia.
          Pero el tema central de la novela es el adulterio. Un asunto escandaloso para la mentalidad de la época, que le costó al escritor un proceso judicial por atentado contra la moralidad del que afortunadamente fue absuelto. No obstante, pienso que el tratamiento es aquí paradójicamente moralizante porque el desarrollo de la trama y el desenlace parecen establecer una clara relación causal entre pecado y expiación o penitencia, entre adulterio y castigo. Emma, joven soñadora muy influenciada por lecturas románticas, recibe una esmerada educación que le impulsa a rechazar  su modesto origen y ambicionar el brillante mundo de la aristocracia y  alta burguesía. Con la intención de salir de su familiar ambiente rural, casa con el médico Carlos Bobary y pronto ve frustradas sus ilusiones. A partir de entonces, amparada en su alocada e ingenua fantasía, inicia un proceso de progresiva degradación sentimental y ruina económica,  una progresión lógica hacia el desastre final que recuerda en cierto modo a las antiguas tragedias griegas. El lector lo intuye pero no importa, queda envuelto en las precisas  descripciones nunca tediosas, atrapado por la elegancia del lenguaje sin inútiles ostentaciones, y por un narrador omnisciente que se aproxima tanto a los personajes que nos los acerca, como si hablaran en primera persona. También percibe sutiles cambios de narrador en algunos pasajes y diálogos Dicen los expertos que esa sensación de proximidad, y un falso efecto de saltos temporales en una acción que es lineal y continua, lo consigue el escritor mediante el uso de tiempos verbales de imperfecto, condicional e interrogativo, que aportan esa impresión de movilidad sin alterar el ritmo y la unidad temporal. Son sutilezas técnicas que el lector nota pero  escapan a mi análisis de aficionado.
             En fin son muchos los aspectos que pudieran comentarse,  pero antes que extenderme mejor remitir a los detallados estudios que suelen introducir esta novela en las buenas ediciones. Terminaré añadiendo que es una lectura más que recomendable, casi obligatoria para los buenos lectores, aunque sea tarde como en mi caso. Los grandes de la literatura nunca defraudan.   

miércoles, 8 de junio de 2016

TOSCA. Giacomo Puccini

La ópera, como género de música teatral, es un espectáculo que reúne escenificación dramática, música instrumental y vocal, y en ocasiones coreografías y ballet como elementos adicionales. La necesaria armonización de todos ellos  es compleja y requiere el despliegue de considerables recursos; orquesta, cantantes solistas, agrupaciones corales, además de ambientación escenográfica y vestuario. Por eso fue en sus comienzos, y en menor medida lo sigue siendo, un espectáculo destinado a las élites sociales y económicas. Los aficionados tenemos siempre en mente los grandes templos de la ópera en los que quizás nunca, o rara vez, hemos estado; la Ópera de París, Scala de Milán o Liceu de Barcelona, entre otros. Pero en nuestra ciudad, la posibilidad de asistir a una representación operística queda limitada a contadas ocasiones al año, a cargo de compañías itinerantes de ámbito nacional, y con el necesario mecenazgo de las instituciones que permita aliviar la carestía de este producto cultural y divulgarlo entre las clases medias. 
          Por todo lo dicho me sorprendió la valentía de un grupo de cantantes, profesionales y amateur, al enfrentar  la representación de la ópera Tosca en Jaén. Me refiero al Coro del Taller de Canto Clásico de la Universidad Popular liderado por el tenor jiennense Miguel Ángel Ruiz. Esta agrupación ha venido desarrollando con éxito una intensa actividad coral en los últimos meses y ampliando su repertorio con obras tan exigentes y complejas como el Requiem de Mozart; pero el montaje de esta ópera, una de las más conocidas del repertorio internacional, me pareció un reto excesivamente ambicioso y me hizo dudar del resultado. Ahora, tras asistir a la representación del pasado domingo 5 de junio, en el Teatro Infanta Leonor, me alegra comprobar que, a pesar de las limitaciones y dificultades imaginables, el desafío ha sido superado ampliamente gracias a la tenacidad de los músicos y cantantes que en esta ocasión integraban el elenco.  
          Tosca (1900) de Giacomo Puccini es una ópera en tres actos con libreto en italiano de Luigi Illica y Giuseppe Giacosa. Como otras de su autor, es de estilo verista que se caracteriza por la intensidad dramática y la ambientación realista en épocas históricas muy cercanas a la de composición. Desde el punto de vista instrumental, el discurso musical es prácticamente continuo, y en la parte cantada abundante en recitativos dialogados y muy escasa en arias o solos de los cantantes, que en este caso se reducen prácticamente a dos, una correspondiente a la soprano y otra al tenor, esta última una de las más bellas y conocidas del repertorio. No es ocasión para detallar la trama argumental, sólo diré que mezcla sabiamente amor y celos con intriga política en el ambiente de la lucha entre liberales y absolutistas católicos, en Roma a principios del XIX. Los protagonistas principales son los amantes, Floria Tosca (soprano) y Mario Caravadossi (tenor), secundados por el malvado Barón Scarpia (barítono).
          En nuestra representación, la música fue brillantemente interpretada por DJaén Opera, una orquesta formada ex profeso para esta ocasión e integrada por músicos profesionales y alumnos de los Conservatorios provinciales,  dirigida por Rafael de Torres.  El Coro  se lució en uno de los momentos culminantes de la obra, el solemne Te Deum final del I acto, en el que era protagonista principal. Sin embargo, en otra actuación, no recuerdo si final del segundo acto o principio del tercero, su papel era claramente secundario y de fondo, pero en un exceso de entusiasta intensidad ahogaron un tanto los recitativos de los solistas, algo que también se repitió en algunos pasajes con la orquesta. La soprano, Ana Paz Torrecillas, muy bien en su tesitura, con timbre brillante y algo menos de volumen. Buena actuación del barítono, Ángel Lombardo, que desplegó la mayor capacidad histriónica que su papel requería. En cuanto al tenor, Miguel Ángel Ruiz, se impuso en todo momento a orquesta y coros, y nos emocionó cuando interpretó el aria más famosa del III acto, E lucevant le stelle, que comienza en tono poético y melancólico y termina en desgarradores y desolados gritos, en otra de las escenas culminantes de la ópera, junto al dramático final. En cuanto a la escenografía fue austera y ajustada a la necesaria economía de medios en un espectáculo que se ofrecía a precios muy populares; en cualquier caso digna.
       Sin insistir en nombres, quiero agradecer finalmente este tipo de iniciativas que tienen la clara voluntad de divulgar la ópera en nuestra ciudad. Creo que esta representación ha sido un éxito que el público asistente supo reconocer. Para muchos de mis amigos y conocidos ha sido su primer contacto con este género musical, y todos me comentaron haber quedado impresionados. ¡Así se hace afición¡

domingo, 5 de junio de 2016

LA SIEMBRA DEL SEÑOR. Pedro Calderón de la Barca

En el contexto de las festividades del Corpus, la compañía teatral Mira de Amescua nos ha ofrecido un nuevo auto sacramental. Fue ayer, sábado 4 de junio, en la plaza de Santa María, con la fachada de la Catedral como telón de fondo, e incluso parte integrante del escenario al final de la representación.  
Como es sabido, esta compañía granadina está especializada en rescatar del olvido esas piezas medievales de carácter religioso, que llegaron a su apogeo en los siglos XVII y XVIII y ahora forman parte de la historia de nuestro teatro. Si el pasado año representaron El gran teatro del mundo (1635), quizás el auto más famoso de Pedro Calderón de la Barca, en esta ocasión han incluido en su repertorio éste menos conocido del mismo autor, La siembra del Señor (1655?), inspirado como otros muchos de los suyos en parábolas de Jesús. La trama está plagada de personajes evangélicos y alegóricos como La Culpa, El Sueño, La Fe, El Judaísmo, La Idolatría o La Apostasía, y sigue un esquema muy similar en todos los autos calderonianos; presentación de los personajes ante el Padre de familia (Dios Padre) e inicio de la trama en la que se enfrentan las fuerzas del mal y del pecado a las del bien y la religión. En este sentido destaca el duelo dialéctico entre Enmanuel (Jesús) y La Culpa. Al final asistimos al juicio divino en el que se reparten premios y castigos, y a la exaltación de la Eucaristía como misterio de la transmutación y principio supremo de la fe cristiana. En esta obra, como en otros autos, la abundancia de alegoría, parábola y sentido metafórico en los diálogos no entorpecen la comprensión de la misma que, a fin de cuentas, fue escrita para el pueblo llano. Tampoco los arcaísmos y las frases en verso suponen un reto especial para el espectador actual. 
El esperado y eucarístico final fue brillantemente apoyado por luminiscencias celestiales, música apoteósica y el trono de la Custodia saliendo hacia la plaza por la puerta principal de la Catedral.

CONCIERTO DE JAZZ. Sergio Albacete Quartet

El pasado jueves 2 de junio, como clausura del ciclo de conciertos “Aula Abierta" en el Conservatorio "Ramón Garay" de Jaén, ofreció el suyo el músico de jazz Sergio Albacete, profesor, compositor, saxofonista y clarinetista, con una considerable trayectoria profesional. Hace unos meses tuve ocasión de verlo como director y solista de una big band, interpretando jazz estilo swing y me pareció un estupendo músico. En esta ocasión nos ha deleitado con una serie de composiciones personales que piensa grabar en los próximos días en lo que será su primer disco, titulado "Ahora", con un cuarteto integrado por pianista, contrabajo y batería en la sección rítmica, y saxo-clarinete en la melódica. El estilo de las piezas me pareció cercano al bebop de los años 40-50, con improvisaciones solistas de los distintos instrumentos. Ocasionalmente dio entrada a otros músicos, en concreto un trompetista, un guitarrista y un original cuarteto de cuerda frotada.La interpretación fue muy buena en mi opinión. 
Sabemos por experiencia que el jazz es música que favorece una sintonía especial entre músicos y público a la que no son ajenos factores ambientales o subjetivos del oyente. El espacio más bien frío y académico del Paraninfo del Conservatorio no se prestaba especialmente a esa sintonía que sin embargo el músico supo establecer, especialmente en las dos piezas finales. La primera de ellas, dedicada a su padre fallecido, fue particularmente emotiva, no sólo por el dramatismo que supone una pérdida personal sino porque el saxofonista supo trasmitirlo al público a través de su música, con un piano evocando añoranza en sus melodías, el saxo entonando desgarrados gritos de pérdida y soledad, acompañado por un cuarteto de violines y chelos a modo de plañideras. En la última, conectó de nuevo con nuestra sensibilidad jaenera intercalando como introducción y final en la pieza unas muy reconocibles notas de la canción Tres morillas de Jaén. En fin, un buen concierto.

sábado, 28 de mayo de 2016

LOS JUEVES EN LA CATEDRAL. CONCIERTO. Dúo Naptha



Este año, el ciclo de conferencias titulado Los Jueves en la Catedral se ha clausurado con un concierto a cargo del Dúo Naptha. Está integrado por dos jóvenes músicos jiennenses, Juan Aguilera Cerezo (violonchelo) y Javier Gregori Arriaza (violín), ambos creo que iniciaron sus estudios en Jaén, los ampliaron con los mejores maestros de sus respectivos instrumentos, y actualmente son profesores en conservatorios andaluces. 
Me llamó la atención el recital porque me parecía que este tipo de agrupación dual no es muy frecuente entre los conjuntos de música de cámara, casi siempre integrados por cuatro o más músicos. De otra parte, tampoco creo que abunden las composiciones para un instrumento sólo, o para dos, precisamente las que aparecían en el programa. Quizás por eso, además de especializarse en la interpretación de estas obras, el grupo ha ampliado su repertorio con la transcripción de otras compuestas para instrumentos diferentes, en una meritoria e innovadora tarea de documentación e investigación.

         El programa estuvo integrado casi en su totalidad por obras del barroco compuestas por J.S Bach y terminó con una composición de Mozart. Se abrió con dos piezas para solo de instrumento, que resaltaron el virtuosismo técnico en la ejecución de ambos músicos. La primera fue la Suite para violonchelo solo en do menor nº 5, que forma parte de un grupo de seis suites compuestas por Bach con una  finalidad didáctica y en su tiempo fueron una verdadera innovación del genial músico alemán, porque hasta ese momento el violonchelo era considerado un instrumento de acompañamiento. Las suites  casi se olvidaron hasta que fueron redescubiertas por Pau Casals y desde entonces se han convertido en parte importante del repertorio y un auténtico reto técnico para los violonchelistas, en mi opinión superado con claridad por  Juan Aguilera Cerezo.  La segunda pieza fue la Sonata para violín solo en sol menor nº 1, que forma parte de otro grupo de seis sonatas compuestas por Bach sobre la misma época que las anteriores. Como nota curiosa destacaré  que estuvieron a punto de perderse porque el manuscrito de las mismas se salvó gracias a que alguien pudo evitar que fueran usadas como papel de cocina. La interpretación en este caso fue también excelente e incluso más armónica al oído de los pocos entendidos como yo, mejor adaptados al violín que al violonchelo como instrumento solista, dicho esto sin detrimento del anterior intérprete.
          La segunda parte del programa estuvo integrada por dos composiciones para dúo. La primera fueron las Invenciones a dos voces  nº 1, 13, 4 y 8, o mejor dicho, una transcripción para violín y violonchelo de estas piezas que fueron compuestas por Bach para clavecín con fines didácticos igual que las anteriores. En ellas se puso de manifiesto la potencialidad del dúo cuando los dos instrumentos, en plano de igualdad, establecieron un diálogo armónico poniendo en juego los recursos polifónicos que introdujo el barroco mediante la técnica de la fuga y el contrapunto. De ahí se pasó al clasicismo más puro con el Dúo para violín y violonchelo en son mayor, K.432 de W.A.Mozart, otra transcripción de la pieza original, compuesta para violín y viola por el compositor de Salzburgo.
          La interpretación de ambos músicos fue muy aplaudida por el público que, más o menos entendido, supo valorar la aparente dificultad técnica de unas obras poco conocidas y la maestría de los ejecutantes. En el bis interpretaron unas Variaciones, no entendí bien sí de G.F Haendel o de Brahms sobre un tema de Haendel. En cualquier caso una pieza de estilo barroco que consistía en la repetición de un mismo tema melódico con variaciones en el tempo o en la propia melodía, con un florido diálogo de los dos instrumentos que alternaron pasajes de cuerda frotada con otros de cuerda pulsada, ideal para el lucimiento de los músicos. En fin, una interesante velada musical y el descubrimiento de unos intérpretes con un prometedor futuro.

lunes, 16 de mayo de 2016

LA POETISA. Jesús Tíscar Jandra

Hace algo más de un año, el escritor que hoy nos ocupa introdujo un libro de su paisano Luis Miguel Sánchez Tostado. Yo asistí a la promoción pública de ese libro y fue mi primer contacto con estos dos escritores jiennenses. Me llamó la atención entonces el tono cómico  del prologuista en su presentación pero, quizás por aquello de que nadie es profeta en su tierra, reconozco no haber leído nada suyo, hasta ahora que acabo de terminar esta novela propuesta  por mi  club de lectura.
De la biografía literaria de Jesús Tíscar Jandra (1970) no tengo muchos datos. Escritor principalmente de relatos cortos, ha recibido numerosos premios en esta especialidad. Durante años ha sido colaborador en artículos de prensa local y es autor varias obras teatrales. Muchas de éstas, y de sus colecciones de cuentos, ostentan provocativos títulos porque parece buscar y ha conseguido cierta fama de transgresor e irreverente. Entre sus cuentos he asistido a la lectura de uno, el titulado Cohetes de fin de fiesta, que me pareció bueno por su sorprendente e impactante  final, algo esencial  en ese tipo de relatos. No puedo decir lo mismo de esta novela que comento hoy, por más que me pese la crítica negativa y admitiendo lo subjetivo y cuestionable de mi opinión por aquello de “sobre gustos…”.
La poetisa (2006) fue premiada en su momento con el XXV Premio de Novela Felipe Trigo. Se trata de una sátira despiadada de la poesía en general y del ambiente literario provinciano en particular. En un tono directo y mordaz, más hiriente que irónico, ridiculiza las tertulias literarias, los círculos universitarios y la cultura en general. La ciudad en la que se ambienta la ficción es Jaén, muy reconocible en Joliva y en multitud de topónimos de clara similitud fonética con lugares muy conocidos. Igual ocurre con los nombres de personajes que ocultan personas reales a los que el autor quizás se propone salvar o condenar al estilo de Dante en su Divina Comedia, y perdón por la injusta e inmerecida comparación.
A la novela se le pueden aplicar muchos calificativos, algunos  admitidos en la propia sinopsis como anti-bella, contradictoria e irreverente. Yo añadiría surrealista hasta lo más absurdo, esperpéntica y  provocadora. El lenguaje es intencionadamente soez, abusivo en la onomatopeya y en términos groseros. La trama está saturada de una sexualidad explícita y escatológica -en su acepción no metafísica- hasta la náusea. Todo ello no me escandaliza, pero reiterado con insistencia en sus más de trescientas páginas resulta agotador y desagradable.
El macabro canibalismo sexual de la poetisa parece inspirado en antiguos mitos clásicos como el de Atreo, en el personaje dramático de Tito Andrónico, y en figuras legendarias como la condesa húngara Erzsébet Báthory (1560-1614). 
Y a pesar de lo negativo reseñado hasta ahora, creo justo reconocer en este autor contracultural un buen dominio del lenguaje y la técnica literaria, pero no me parece motivo suficiente para cambiar mi valoración de la novela. Tardaré tiempo en olvidarla antes de emprender la lectura de una colección de sus cuentos que parecen prometedores a pesar del repugnante título. Especialmente contraindicada para estómagos inestables.    

martes, 26 de abril de 2016

LLEGÓ EL TIEMPO DE LAS CEREZAS. Nativel Preciado

Nativel Preciado (1948) cuenta en su haber con una dilatada carrera en el periodismo. Sus frecuentes colaboraciones en prensa, y la participación en tertulias de radio y  televisión, han acrecentado su perfil mediático hasta convertirla en una figura popular. Me gusta su actitud serena en los debates, frente al histrionismo de otros, y lo razonable de sus opiniones casi siempre alejadas de extremismos demagógicos. Hasta ahora, con este libro propuesto por mi club de lectura, no conocía su faceta como escritora, que comenzó cultivando las biografías y siguió después con periódicas incursiones en el género de la novela.
Llegó el tiempo de las cerezas (2008) es un relato corto difícil de encuadrar en un determinado género. Es una ficción pero carece de una trama argumental o un desenlace bien definidos. Tiene elementos típicos de las novelas de reflexión y parece un tratado sobre sabiduría vital. Me atrevería a decir que se relaciona vagamente con la literatura de autoayuda, pero no es nada de lo anterior. Es la historia de Carlota, una mujer de 60 años, madre, divorciada, al final de su carrera profesional como actora de doblaje, que narra en primera persona sus contradicciones emocionales, típicas de esa edad en la que nos refugiamos en la evocación del pasado, en unos recuerdos a veces tan modificados por la memoria que pueden confundirse con la ficción. Lo que trasciende de sus reflexiones es el miedo a la muerte, a la enfermedad y a la soledad. La protagonista supera su abatimiento gracias al afortunado encuentro con un hombre que le aporta autoestima y seguridad en sí misma.
Espero no alarmar por lo dicho, no estamos ante una novela de las mal llamadas románticas. En cualquier caso conviene destacar que Carlota, quizás imagen de la propia escritora, afronta el paso del tiempo desde un territorio emotivo y psicológico femenino. El problema es el mismo para ambos géneros pero la forma de aceptarlo y las soluciones para reconciliarnos con nosotros mismos pueden ser algo diferentes. En este caso, la protagonista se aferra por instinto a su propia capacidad de seducción pero se desinteresa o recela de la conquista del otro, y duda entre esas dos actitudes típicas de la relación sentimental. Por eso, la aparición del benefactor compañero está diseñada para solucionar su conflicto emotivo sin plantear problemas adicionales, e intuimos su condición como necesaria para el previsible y adecuado desenlace de una relación en la que es un personaje secundario.
          La novela está escrita en un estilo directo, sencillo y sin artificios, y esto lo digo como elogio pero también como reprobación, porque el uso moderado de las figuras literarias me parece consustancial de la ficción narrativa. La trama está entreverada con interesantes digresiones, casi siempre referentes al cine, y anécdotas del pasado que parecen ajenas a la trama y relacionamos con la propia experiencia de la escritora. Los capítulos tienen un título alusivo al contenido y van precedidos por fragmentos de poesía o textos literarios, una estructura que recuerda a los escritores románticos y realistas del siglo XIX, y quizás sea un homenaje de la autora a los mismos.  El título evoca la primavera y también hace referencia a una canción francesa que fue adoptada como himno de la Comuna de París de 1871, primavera y revolución como símbolo de renovación y renacimiento, individual y colectivo. El diseño de portada alude a lo mismo pero me parece menos afortunado por demasiado explícito.
    Para terminar, no dudo que este libro puede ser buena materia de debate para un grupo de lectura, porque trata de problemas y actitudes vitales que nos afectan o podemos comprender e interiorizar individualmente. Pero le faltan elementos para ser una buena novela porque es plana y con escasa tensión dramática. El formato de relato corto me parece un acierto de la escritora ya que una mayor duración hubiera provocado sin duda tediosas redundancias. Muy apropiada como autoayuda para lectores con crisis de la edad madura.                
          

miércoles, 13 de abril de 2016

EL HONOR PERDIDO DE KATHARINA BLUM. Heinrich Böll

En alguna entrada anterior creo haber  comentado  sobre la idea de clásico literario. Una etiqueta que la crítica aplica con frecuencia a ciertas obras o escritores, pero también una calificación imprecisa, con tantas definiciones subjetivas o parciales como autores empeñados en precisarla. Y, no obstante, el concepto parece incluir dos condiciones en las que todos están de acuerdo; la primera, relevancia y aceptación como ejemplo y modelo de una determinada época; la segunda es su carácter atemporal, es decir, que pueda trasladarse a otro tiempo o lugar sin perder su esencia o sentido. Pues bien, aquí tenemos una novela, considerada por la crítica como un clásico que, en mi opinión, no cumple la segunda de las anteriores premisas.
          El honor perdido de Katharina Blum es un relato corto del escritor y premio Nobel  Heinrich Böll. Cuando fue  editada en 1974 causó un profundo impacto en la sociedad alemana occidental, estuvo mucho tiempo en la lista de superventas y su fama traspasó las fronteras germanas; tan solo un año después el director alemán  Volker Schlöndorff  la versionó al cine con el mismo título y consiguió con ella varios premios. Sin embargo el propio autor, en un epílogo escrito para la novela diez años después, la define con cierta ironía como un panfleto  disfrazado de narración y le resta importancia reduciéndola a una historia de amor con trama de folletín. Ahora, pasados más de cuarenta años, siguen vigentes los problemas que la novela denuncia, lo que ha cambiado es nuestra percepción sobre los mismos, porque ya no impresionan especialmente, acostumbrados como estamos a convivir a diario con ellos.
          La trama argumental es sencilla. Una muchacha laboriosa y leal,  que ha tenido una infancia difícil y un matrimonio fracasado, consigue consolidar una posición social y económica desahogada trabajando como empleada de hogar; es de alguna forma el símbolo del milagro alemán. Pero conoce a un hombre del que se enamora y que pasa la noche con ella en su casa. Resulta ser un delincuente al que ayuda a escapar cuando se ve acosado por la policía. A partir de entonces, los periodistas se cebarán con ella en pos de la noticia truculenta y, poco a poco, arruinarán su vida y la de sus familiares y amigos, tergiversando sus declaraciones y la de los testigos policiales, hasta llevarla a un punto de desesperación que la aboca a una dramática decisión.
          El relato está escrito en un estilo sencillo pero no exento de fina ironía. Con una estructura narrativa que pretende resaltar la objetividad del mismo adoptando un formato que imita los informes policiales y las noticias de prensa. También se dejan, pienso que deliberadamente, muchos cabos sueltos e imprecisiones que el lector puede atar contando con sus propias  ideas y prejuicios al respecto.  En suma, se trata de una feroz sátira contra la prensa amarilla  alemana de la época, a la que el propio autor nos induce a poner nombre, el del diario Bild Zeitung.  Destacan además otros   aspectos reseñables. La sensibilidad social frente al terrorismo, un fenómeno nuevo para los alemanes de los 70 tras la aparición de la banda Baader-Meinhof. El anticomunismo visceral como resultado de la guerra fría y la división de Alemania. Las escuchas telefónicas, las filtraciones policiales y los abusivos métodos de la policía, escandalosos para  una sociedad que se creía ejemplo de libertades democráticas frente a la opresión comunista.
          A todo lo anterior me refería cuando hablo de la pérdida de vigencia en esta novela. Ha llovido mucho desde entonces, después de ETA y el yihadismo nos hemos acostumbrado a convivir con el terrorismo; el amarillismo no es ahora exclusivo de la prensa sino que lo vemos a diario en televisión; en un mundo globalizado nos sentimos controlados por móviles, datos fiscales etc, y nuestra intimidad está disponible en la red. En resumen, persisten las mismas cuestiones conflictivas pero estamos saturados y los problemas de Khatarina Blum ya no impresionan tanto como entonces. Ahora algunos hasta llegan a hacer negocio -vía exclusiva- de su honor e intimidad perdida. En resumen, la sociedad  occidental, enfrentada al dilema entre libertad y seguridad, ha renunciado parcialmente a la primera y se ha resignado a sufrir las consecuencias de la segunda propuesta del binomio. Por eso creo que esta novela no hubiera tenido el impacto que tuvo de ser editada hoy.

          No obstante es un buen relato que debe ser leído aplicando el filtro de la perspectiva histórica. En caso contrario nos dejará un poco fríos.

domingo, 10 de abril de 2016

JULIO CESAR. William Shakespeare

Entre las obras programadas para la VI Muestra Escena Jaén 2016 hemos tenido ocasión de presenciar esta tragedia de Shakespeare. Es la primera vez que la veo representada, aunque conozco el texto literario y he visto en varias ocasiones la que, en mi opinión, es su mejor versión cinematográfica, la dirigida por Joseph L. Mankiewicz en 1953, protagonizada por James MasonMarlon Brando. La puesta en escena de los clásicos no es frecuente en nuestra ciudad y menos aún, creo, las obras del genial dramaturgo inglés. No era cuestión de perder esta oportunidad quizás propiciada por la efeméride que lo relaciona con nuestro Cervantes, la conmemoración del cuarto centenario de su muerte.

          Julio Cesar (1599) fue escrita en cinco actos por William Shakespeare (1564-1616), y posiblemente sea la mejor de sus tragedias históricas romanas, grupo al que también pertenecen otras dos posteriores, Antonio y Cleopatra (1606), una secuela de ésta, y Coriolano (1608). Quien conozca las Vidas Paralelas de Plutarco, percibirá claramente que la principal fuente de inspiración del autor fueron las vidas de Bruto, Cesar y Antonio.  El título nos remite a la escena más famosa, la que resulta ser punto de inflexión y eje de la trama, el asesinato de Cesar a manos de un grupo de senadores como resultado de una conspiración. Sin embargo no parece que sea Cesar el protagonista principal, que solo aparece en tres escenas y la de su muerte, si bien es verdad que es continuamente aludido y su espíritu domina toda la acción. A muchos críticos les parece, y comparto la misma opinión, que el verdadero protagonista es Bruto, cuya figura parece secundaria en las primeras escenas, comparte relevancia con Antonio en las centrales, y al final resalta como principal figura dramática. Lo más destacable del personaje es su lucha psicológica y ética entre los deberes que imponen el patriotismo y la amistad. Parece que el tema sigue siendo objeto de debate, incluso hay quien sugiere que  lo trascendente en la obra, más que el protagonismo, es la idea del nuevo cesarismo en conflicto con el antiguo orden republicano, algo que parece comparativamente coherente  con la época del dramaturgo, dominada por imperios y príncipes absolutos como Felipe II en España o Isabel I de Inglaterra.  En cualquier caso se trata de una tragedia rica en matices y pasiones  enfrentadas; la traición y el honor; la tiranía y la libertad;  la envidia y la ambición; el pragmatismo político y el recurso a la demagogia, algo que nos parece muy actual. A este respecto conviene destacar los dos discursos centrales, interesantes ejercicios de oratoria política, el de Bruto, que justifica el tiranicidio, es racional, más propio de un filósofo que de un político, y por eso deja frío al pueblo que se deja convencer por el elogio fúnebre de Antonio, más emotivo y populista.

En esta ocasión la interpretación ha estado a cargo del grupo Negresco y la obra ha sido adaptada y dirigida por Miguel Ángel Karames. Como novedad en la escenificación hay que señalar la ambientación en época moderna, posiblemente motivada por economía de recursos escénicos y de atrezo, o quizás un intento del adaptador por actualizar  el drama y hacerlo más asequible al espectador. En mi opinión no ha sido un acierto, porque las grandes pasiones y conflictos humanos son intemporales pero, fuera de su contexto histórico, pierden fuerza dramática y se corre el riesgo de trivializarlas, de convertir lo trágico en melodramático.
          En general la adaptación ha sido respetuosa con el texto shakesperiano y las dramatis personae, excepción hecha de Calpurnia y Porcia, esposas de Cesar y Bruto, con papeles ciertamente reducidos en el original, que aquí se suprimen aunque se alude a su texto mediante los comentarios de sus maridos. También se introduce una corta escena inicial muy efectista, el alocado desfile por el patio de butacas de unos personajes que remedan desfiles saturnales. En cuanto a los actores; Bruto me pareció algo frio en su actuación, demasiado parco en gestos y poco enfático en la entonación, lo cual restó dimensión trágica al personaje. Por el contrario, Marco Antonio sobreactuó en exceso, aunque esto fuera acorde con el discurso demagógico que  representa.
          En fin, a pesar de estas objeciones, la interpretación me pareció digna en general. Quiero destacar la dificultad y el reto que supone la representación de una tragedia de esta categoría. El humor es fácil de conseguir en la comedia pero, en el género trágico, una interpretación deficiente puede convertir una obra en parodia de sí misma.  

martes, 29 de marzo de 2016

SEVILLA, ESTACIÓN TÉRMINUS. José María Vaz de Soto

En la promoción de un libro, una portada bien diseñada y un sugerente resumen de contraportada suelen ser decisivos para despertar en el lector  evocaciones y asociaciones que lo hagan atractivo. Si prestamos la adecuada atención a estos dos elementos accesorios podemos deducir o intuir aspectos que nos inciten a la lectura, pero también quedar  atrapados, y después defraudados, por equívocas sugerencias. Esto último es más frecuente en cuanto a los textos de contraportada, necesariamente sintéticos y de una calculada ambivalencia, diseñados para satisfacer todos los gustos y atraer al mayor número de lectores posible. Y todo ello viene a cuento porque el libro que hoy comentamos es muy explícito en su portada pero parcial y deliberadamente engañoso en el sumario final donde se cataloga como “síntesis de novela de intriga y novela de reflexión”, y el orden de los calificativos no es aquí casual sino intencionado como se verá después.
          El autor es José María Vaz de Soto (1938), licenciado en Filosofía y Letras, catedrático de Literatura, asiduo colaborador en artículos de prensa y autor de algo más de una docena de novelas. Parece que su especialidad son las llamadas novelas intelectuales o de ideas, un tipo de relato en el  que las reflexiones de los protagonistas son el elemento más destacado de la trama. Y quizás por su formación académica, el escritor se inspira y rinde homenaje a los clásicos diálogos platónicos adoptando este formato narrativo en muchas de ellas, lo cual queda explícito en algunos títulos  como Diálogos del anochecer (1972) o Diálogos de la alta noche (1982).
          Sevilla, estación Términus (2009) remite una vez más a ese mismo esquema. Siguiendo de nuevo el resumen; dos viejos amigos, que llevan tiempo sin verse, se reúnen en Sevilla que en esta ocasión, y por sus circunstancias personales, simboliza el fin del viaje, de la experiencia vital compartida entre ambos. Desde su encuentro inician un diálogo apenas interrumpido por la aparición ocasional de otros personajes que pronto nos parecerán accesorios, meros comparsas destinados a aliviar la profundidad de ciertas reflexiones y dar sensación de natural progresión de la trama argumental. Y sí, es verdad que en el último tercio del relato se produce un crimen que afecta sólo de forma tangencial a los protagonistas; un enigma cuya solución se resuelve con prontitud y no consigue generar la intriga necesaria para añadir ese calificativo a la novela. Así parece entenderlo el escritor cuando no reserva el desenlace de la trama policial para el final, lo habitual en este tipo de novelas, sino que plantea el caso y su resolución como un paréntesis, tras el cual se perpetúan los diálogos.
          Los dos temas en torno a los cuales giran todas las reflexiones son la enfermedad y la muerte, asuntos que parece ser obsesivos y recurrentes en la obra del escritor. Y más allá de la muerte, el afán humano por la trascendencia, la propia existencia de Dios o su necesidad, pero también el amor y el sentido de la vida. Entre esos temas de tipo filosófico, los protagonistas abordan variantes de los mismos como  el suicidio o la eutanasia, o conversan sobre asuntos más pragmáticos como el divorcio y el matrimonio, el deterioro actual de la enseñanza, la pérdida de valores éticos, o la crisis económica. En cuanto a los temas trascendentes, sus opiniones parecen trasunto de las ideas del escritor; son eclécticas y sobre un fondo filosófico de claro predominio existencialista y agnóstico, podemos encontrar toques y matices de estoicismo, epicureísmo y  escepticismo. El lenguaje de estos diálogos es sencillo y próximo a lo divulgativo, y las citas a filósofos y poetas  son pertinentes y muy precisas por  ilustrativas.
          Concluyendo lo anterior, no me parece una novela de intriga. En cuanto a las reflexiones, resultan interesantes e incluso las comparto en gran medida pero, en mi opinión, serían más adecuadas al género literario del ensayo. De otra parte, la extensión de la novela, de cuatrocientas páginas, sin verdadero soporte en la ficción narrativa, obliga a la repetición de ideas y termina agotando al lector. Al final los protagonistas, después de elevarse y conversar sobre todo lo divino y humano, bajan a tierra y enfrentados a sus problemas optan por soluciones prácticas y un poco prosaicas.
       No pretendo desalentar a potenciales lectores. Aunque me parece algo frustrada como novela, su lectura resulta atractiva y valorable en muchos aspectos, a condición de retirarle las falsas etiquetas y aceptar que estamos ante un moderno diálogo al estilo de los platónicos.