martes, 10 de enero de 2012

EL PUENTE DE LOS ASESINOS. Arturo Pérez-Reverte


Algunos lectores y la mayoría de los críticos suelen adoptar una postura de tolerancia condescendiente al opinar sobre  la literatura que podríamos llamar “de evasión” o “de entretenimiento”. Si además el libro en cuestión se lanza al mercado con una buena campaña de marketing y alcanza la categoría de  “best seller”, esta opinión puede  derivar hacia el desprecio y en seguida se le coloca la etiqueta de  “comercial”. Pero en esta cuestión, como en casi todo, no es bueno generalizar ni rasgarse las vestiduras. Por poner algunos ejemplos; la mayoría consideramos las telenovelas como “TV basura”, pero más de una vez nos hemos enganchado con una de ellas. En otro sentido, reconocemos el interés de los documentales de naturaleza  pero a menudo  nos dormimos con  la   grave  y monótona  voz en off  del comentarista. Como admito haber cometido alguno de estos  pecados, no quiero ser  puritano ni fariseo  al opinar sobre esta clase de literatura en la que bien se puede  encuadrar la obra que comento hoy. A fin de cuentas  aprendí a leer con los tebeos del  Capitán Trueno, y una de mis primeras lecturas  de juventud  fue  “Los tres mosqueteros”, pura literatura  de evasión del siglo XIX convertida en un clásico del XX.
“El puente de los asesinos” es, como aquella de Alejandro Dumas, una novela de aventuras de las de “capa y espada”. La séptima y de momento  última entrega de una saga dedicada  por  Arturo  Pérez-Reverte  al capitán Alatriste, un personaje  a medio camino entre héroe y villano, de dudosa reputación y probado valor, de rectos principios éticos en un mundo de truhanes.  Esta, como las demás de la serie se lee por  separado aunque el escritor entrevera a lo largo del relato alusiones y pequeños resúmenes que remiten  a lo sucedido en otros títulos, con una técnica que recuerda en algo a aquellos  “viene de” y  “continuará”  de los  antiguos tebeos por entregas, una clara concesión a lo comercial  que no merma  la calidad de la obra.
El capitán  Alatriste  y su fiel discípulo  el joven Iñigo Balboa  viven sus aventuras durante el decadente imperio español de Felipe IV y su valido el conde-duque de Olivares, en pleno siglo XVII. Unas veces como soldados y otras como  sicarios a sueldo recorren  distintos escenarios de la Europa de aquel siglo y se ven envueltos en batallas, conspiraciones políticas y  todo tipo de asuntos más o menos turbios. El alter ego de Alatriste, el personaje siniestro que  a menudo se le enfrenta, es el malvado Gualterio  Malatesta. En esta entrega  el  escenario es la ciudad de Venecia y el asunto una  supuesta conjuración para  asesinar al dogo inspirada en otra, esta si  real, que ocurrió en 1618  y motivó un grave incidente diplomático entre España y la república veneciana que provocó la caída en desgracia y posterior prisión del duque de Osuna, virrey de Nápoles y amigo de Francisco de Quevedo.
          Aunque no se puede exigir rigor histórico a este tipo de novela, esta, y toda la serie de Alatriste, goza de una perfecta ambientación de época que describe costumbres, vestidos, lugares  e incluso pretende, en lo posible, imitar el lenguaje de aquellos tiempos. Esto no impide el disfrute de la  aventura  en si misma  pero  lo aumenta en aquellos lectores  con cierta perspectiva histórica del tiempo en el que se desarrolla la narración.
          Podemos destacar por último algún otro aspecto negativo como la presentación y lanzamiento de la novela en Madrid en plan espectáculo, espadachines incluidos, y colocarle las etiquetas de marketing que queramos, pero  en mi opinión se trata de buena literatura de evasión y de aventuras, tan amena que engancha a lector  hasta intentar leerla de un tirón.

miércoles, 4 de enero de 2012

EL ROJO EMBLEMA DEL VALOR. Stephen Crane


“El rojo emblema del valor” fue re-editada hace algunos años dentro de una colección de novelas dedicada al subgénero de aventuras. Después de haberla leído no estoy de acuerdo con dicha clasificación. Es  cierto que la narración se desarrolla durante la Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865), una contienda propicia para ambientar novelas de este tipo, muy explotada también por Hollywood en multitud de películas. Pero en esta ocasión están ausentes los elementos románticos o melodramáticos, tan frecuentes en los relatos de aventuras, y por el contrario se ofrece una visión tan desmitificadora de esta guerra que permite encuadrar e incluir la obra en el  movimiento del realismo literario.
El autor, Stephen Crane (1871-1900), murió de forma prematura víctima de la tuberculosis y por este motivo su producción literaria fue reducida. “El rojo emblema del valor” fue su novela más afamada y por ella se le reconoció como uno de los iniciadores de un nuevo subgénero, la “novela de guerra”. Y es que las descripciones de los combates son minuciosas, de un realismo crudo que recuerda al naturalista Zola. Tal precisión narrativa es más destacable si cabe en un escritor que ni vivió la guerra civil ni tuvo experiencia militar propia.
Pero esta novela no es sólo una desmitificación, realista hasta lo brutal, de la guerra. Es además un estupendo retrato psicológico del soldado, el protagonista y víctima principal de la misma. Se describen y analizan  los sentimientos, a veces contrapuestos, que le asaltan antes, durante, y después de la batalla; patriotismo, valor casi siempre inconsciente y ciego, orgullo, miedo, vergüenza, insensibilidad ante el dolor ajeno.
El relato está narrado en tercera persona, por un narrador omnisciente que no sólo refiere los hechos y conoce el desenlace sino que penetra y describe los pensamientos de los protagonistas. En cuanto al lenguaje, se torna poético y lleno de lirismo cuando se describen los escenarios naturales o la indiferencia de la naturaleza frente a los actos humanos, y esto contrasta con el lenguaje frio y crudo utilizado en la narración de los combates.
En mi opinión, la Guerra de Secesión americana, considerada en cuanto a táctica militar, fue la última guerra al estilo napoleónico, con batallas de infantería de línea, descargas de fusilería, artillería en posiciones elevadas de retaguardia y cargas de caballería envolventes. Todos estos ingredientes le otorgaban un matiz romántico y anticuado. Un velo que se rompe, como aquel del templo, con la dura realidad que nos transmite esta gran novela. Un efecto muy parecido a la sensación visual que producen dos escenas sucesivas de la película “Lo que el viento se llevó”; la heroica carga de la infantería sudista y la posterior estación de ferrocarril de Atlanta sembrada de cadáveres y heridos agonizantes. 

lunes, 26 de diciembre de 2011

MANUSCRITO ENCONTRADO EN ZARAGOZA. Jan Potocki


La vida del conde Jan Potocki (1761-1815) fue en sí misma toda una aventura capaz de colmar las expectativas de una buena obra biográfica. Nacido el seno de una familia de la alta nobleza polaca recibió de desde joven una esmerada educación en Suiza, dominaba varios idiomas además de las lenguas clásicas. En Francia frecuentó los círculos ilustrados y enciclopedistas y desarrolló su afición por las ciencias. Hizo muchos viajes a Turquía, Egipto, Grecia, Túnez y España y todos le aportaron una cierto sentido cosmopolita. En su mentalidad política se alejó del  conservadurismo de la aristocracia y abrazó  ideas progresistas y liberales. Era partidario de una especie de revolución pacífica propiciada desde arriba por la monarquía polaca de Estanislao II, último rey de Polonia de mentalidad ilustrada y liberal. Jan Potocki vivió pues entre los siglos XVIII y XIX y de acuerdo con las tendencias culturales de aquella época fue una mezcla de racionalista ilustrado y aventurero romántico.  Mostró una entusiasta afición por los avances científicos pero también por el esoterismo y las ciencias ocultas. Fue escritor, historiador, etnógrafo, pero sobre todo viajero y aventurero. Su vida estuvo llena de contradicciones ya que siendo liberal y nacionalista polaco sirvió al zar ruso Alejandro I en el preciso momento en que los polacos se unieron a Napoleón para recobrar sus libertades, con el resultado final de sobra conocido. Quizás fue también víctima de estas contradicciones cuando puso fin a su vida al estilo romántico, disparándose una bala de plata que el mismo fabricó.
El “Manuscrito encontrado en Zaragoza” es la obra más famosa del escritor polaco. Se trata de una novela gótica, un subgénero que se puso de moda a finales del XVIII, a partir de la publicación de “El castillo de Otranto” de Horace Walpole, considerada la primera de este estilo. Eran novelas de suspense ambientadas en escenarios tales como ruinas de castillos, criptas y sótanos de monasterios, bosques tenebrosos habitados por seres fantásticos, fantasmas, demonios etc. En general mostraban un gusto desmedido por lo medieval (de ahí lo de gótico), pero también por lo exótico y oriental. Se ha considerado que la novela gótica fue el precedente de la novela romántica. Actualmente aún sobrevive el subgénero gótico aunque muy mermado en calidad literaria y con un componente de “terror” sobredimensionado.
En “Manuscrito encontrado en Zaragoza” el autor nos muestra su visión de España, y sobre todo de Andalucía que conoció bastante bien en el curso de sus viajes. Antes que los viajeros del XIX como Merimé, fue Potocki el primero en ofrecer la imagen tópica y típica de una España de contrabandistas, bandoleros, toreros, bailaoras,  gitanos, brujas, cabalistas, inquisidores etc. En fin, la España de “charanga, pandereta, y sacristía” que tanto ha perdurado en el tiempo.
La narración tiene una estructura parecida a “Las mil y una noches” o “El Decamerón”, es decir, historias y relatos incluidos a su vez dentro de otros relatos. La acción se desarrolla en un marco histórico y temporal concreto, la España de comienzos del siglo XVIII, durante el reinado del primer Borbón, Felipe V. A partir de ahí, el personaje principal, en viaje por Sierra Morena, vive toda una serie de experiencias fantásticas y contacta con otros personajes que le cuentan sus historias. A lo largo de la novela el escritor demuestra sus saberes enciclopédicos y su conocimiento de la España de aquella época, la mentalidad popular etc. Algunos relatos son la justificación para exponer sus ideas en torno a la ciencia y los avances científicos, otros muestran su gusto por el esoterismo, en particular por la cábala hispanojudía. La mayoría no obstante reflejan la afición del autor por  brujas, demonios, vampiros, muertos vivientes y toda una completa galería de seres fantásticos. En la narración se aprecian además otros aspectos tales como la concepción nobiliaria del honor y su salvaguarda mediante instituciones como el duelo. En fin, una obra amena y rica en matices. Como curiosidad destacar que Potocki solo comete un error geográfico de bulto cuando considera que Sierra Nevada es la prolongación de Sierra Morena.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

ANTOLOGÍA DEL CUENTO ESPAÑOL DEL SIGLO XVIII. Marieta Cantos Casenave


Una muy buena antología recopilada por Marieta Cantos Casenave una acreditada doctora en filología hispánica, especialista en literatura española de los siglos XVIII y XIX.
Los cuentos seleccionados fueron editados en distintos periódicos y colecciones a lo largo de todo el siglo XVIII, muchos de ellos ligados a la tradición oral y otros a la  literaria de estilo cervantino. En su conjunto resultan interesantes porque nos permiten conocer los gustos populares de aquella época en cuanto a temática, también por sus peculiaridades referidas al estilo literario, lenguaje etc. Por todo ello la lectura de estos cuentos debe asumirse con una cierta dimensión histórica, es decir, sin olvidar encuadrarlos en sus coordenadas temporal y espacial, en la España dieciochesca. Los relatos elegidos en este compendio pueden ser agrupados en tres tipos claramente diferenciados.
Una primera agrupación de historias que manifiestan una clara intención didáctica, de las que se deduce una lección ética, una especie de moraleja o enseñanza instructiva al estilo de aquellas fábulas morales que en este mismo siglo pusieron de moda el francés Jean de la Fontaine y los españoles Tomás de Iriarte y Félix María de Samaniego. En su conjunto estos cuentos reflejan bien la ética social e individual de este siglo.
Un segundo grupo es de temática oriental, al estilo de los cuentos de “Las mil y una noches”. Son la expresión de un gusto orientalista  compartido por la mayoría de los intelectuales ilustrados, españoles y europeos. Y es que en el XVIII, a medida que Europa abandonaba el espíritu de cruzada y conjuraba el miedo al peligro turco de siglos anteriores, comenzó a despertarse la curiosidad por el mundo oriental y los países islámicos como Persia, Egipto, o el imperio otomano.  Algunos autores de la Ilustración utilizaron el recurso literario del la mirada de un supuesto protagonista oriental para criticar los usos y costumbres occidentales; tal es el caso de las “Lettres persanes” de Montesquieu o las “Cartas marruecas” de nuestro José Cadalso. Comenzó también en este siglo la literatura de viajes a Egipto y Oriente Medio que culminaría a principios del XIX con los grandes viajeros europeos, entre otros Gustave Flaubert (Viaje a Oriente) o el español Domingo Badía (Los viajes de Alí-Bey).
Al tercer grupo de cuentos pertenecen una serie de relatos de amores imposibles y de resultado dramático, generalmente ambientados en un mundo caballeresco medieval habitado por personajes típicos como el guerrero cristiano, la princesa mora, el bandolero, la gitana; pleno de embrujos, figuras fantasmales etc. Este último tipo o categoría me parece un claro precedente de la literatura romántica que triunfó un siglo más tarde. Quizás algunos de estos cuentos fueron la fuente de inspiración de Gustavo Adolfo Becquer en sus Leyendas.
Para terminar, la edición de esta antología está muy cuidada para tratarse de un libro de bolsillo. Como en otros títulos de la colección “Letras Hispánicas” de Cátedra, la portada es austera pero la selección de cuentos se precede de un amplio estudio analítico de los mismos en la introducción, frecuentes anotaciones al texto y abundante bibliografía

miércoles, 14 de diciembre de 2011

UN DÍA DE CÓLERA. Arturo Pérez-Reverte


Arturo Pérez-Reverte comienza la introducción de la obra con esta frase: “Este relato no es ficción ni libro de historia”, y tras su lectura debo decir que estoy totalmente de acuerdo con esta afirmación. Se trata de un relato a medio camino entre la novela histórica y el ensayo histórico, y en esto precisamente radica su originalidad. Es la narración de unos hechos reales, protagonizados por personajes reales con nombre y apellido, pero  contados en forma novelesca. En mi opinión es historia con algunos toques de ficción.
Parece que el escritor ha indagado en los archivos históricos y recopilado  abundante documentación sobre los sucesos del 2 de mayo de 1808 en Madrid, y con este material ha escrito una crónica detallada de los mismos que nos recuerda un reportaje periodístico. Y es que Reverte cuenta los principales eventos del levantamiento popular como si estuvieran ocurriendo o hubieran ocurrido hace pocas horas, minuto a minuto y con profusión de detalles. La técnica narrativa utilizada es la del narrador omnisciente, es decir, un narrador que está fuera de la historia y la cuenta en tercera persona, no participa de la acción pero conoce el pasado y el futuro de los protagonistas de la misma. Este recurso narrativo le sirve para reforzar la sensación de crónica objetiva de los hechos al tiempo que le permite salir ocasionalmente de la misma y anticiparnos el destino final de algunos personajes que sobrevivieron a la tragedia.
          El libro se complementa con un mapa antiguo del Madrid de 1808 en el que podemos localizar y seguir el comienzo de la algarada popular, los puntos de resistencia y el despliegue de las tropas francesas. En fin, “Un día de cólera” es la historia vivida como un relato cercano. Igual que en otras de sus novelas, Pérez Reverte exalta el patriotismo ciego del pueblo español, de los madrileños en esta ocasión, malogrado por políticos corruptos y reyes ineptos. Frente a los afrancesados adopta una postura neutral; hubieran podido ser un núcleo de regeneración y modernización del país como portadores de los ideales ilustrados y liberales, pero el devenir histórico los convirtió en traidores.

domingo, 4 de diciembre de 2011

LO QUE ESCONDE TU NOMBRE. Clara Sánchez


             “Lo que esconde tu nombre” es un buen ejemplo de thriller psicológico en el que la intriga y el suspense no están ligados a  una gran intensidad de la acción o los efectos impactantes sino más bien  a la inquietud  que se genera en el lector ante lo oculto y misterioso disfrazado de una apariencia de normalidad. El trasfondo argumental es de por sí inquietante, aunque basado en lo  real y de sobra conocido; la impunidad de antiguos jefes nazis refugiados en distintos países, entre ellos  España, donde vivieron muchos años sin ser molestados bajo la apariencia de una  total normalidad.  El desarrollo de la trama da pie a la escritora Clara Sánchez para reflexionar sobre las atrocidades del nazismo, la memoria histórica, el sentimiento de responsabilidad o su ausencia en muchos de los verdugos, la justa necesidad  de expiar  la culpa, la  sed de venganza y la autocompasión de las víctimas.
          La estructura del relato está soportada en dos personajes que  son ambos narradores en primera persona. Julián es un octogenario  republicano superviviente del campo de exterminio de Mauthausen, antiguo colaborador de una organización que persigue a los nazis ocultos, que acude a un pueblo de la costa alicantina siguiendo a una pareja de ancianos noruegos  apaciblemente retirados en una urbanización de lujo, que son en realidad dos antiguos nazis. Sandra es una joven embarazada, solitaria, con pocos medios económicos, que no sabe bien  a dónde dirigir su vida, retirada una temporada en el mismo pueblo y que traba amistad con la pareja de noruegos y se ofrece a  prestarles cuidados y hacer de acompañante  por un sueldo. Este es el nexo de unión de los dos personajes principales que entran a su vez en contacto. Sus relatos se yuxtaponen y alternan  permitiendo de esta forma contraponer dos visiones  distintas de los hechos  basada en la distancia generacional; la experiencia  de la maldad  en uno, frente a la ingenuidad y el distanciamiento de quién ni vivió ni guarda memoria de lo ocurrido. A medida que Julián pone  a Sandra en contacto con la cruda realidad del pasado se produce en ella un cambio gradual, desde la incredulidad y la duda hasta la madurez y una asunción de responsabilidad que la pone en situación de peligro.  A partir de un cierto momento se entra en un juego de sospechas y de apariencias engañosas en el que los personajes  son a la vez perseguidores y perseguidos. La tensión y la intriga se dosifican sabiamente para mantener el suspense durante toda la novela.
          En algunos momentos se aprecian en el argumento influencias cinematográficas, en particular de las películas  “Encadenados” de Hitchcok  y “La semilla del diablo” de Polanski, lo cual no es de extrañar si consideramos que la autora fue  durante un tiempo crítica de cine.  El estilo de la narración es sencillo y directo, sin veladas insinuaciones la trama se va revelando progresivamente. El lenguaje es funcional y correcto  aunque con algunas imperfecciones evidentes para un lector medio. La novela consigue atrapar la atención aunque es cierto que ha recibido críticas por el desenlace de la trama que algunos consideran  algo frustrante  y poco expeditivo. Hubieran preferido quizás un final de justicia ejecutiva o venganza plenamente satisfecha. Yo disiento de esta opinión porque hay que considerar que tanto verdugos como víctima se encuentran, por la edad, a un paso de la muerte  que en alguna  medida supone una liberación.  La forma de venganza del protagonista es más sutil, pretende mantenerse con vida el tiempo suficiente para  desequilibrar por el miedo y la sospecha  las mentes criminales de sus verdugos  al tiempo que  obliga a enfrentarse con su pasado a aquellos que aparentemente carecen de sentimiento de culpa.
          Se ha dicho  que Clara Sánchez  ha recibido  cartas amenazantes por esta novela. No ignoro que este hecho se hace público con claras intenciones de marketing y que puede aumentar un éxito de ventas. No obstante he podido leer bastantes críticas negativas en  Internet, algunas claramente ideológicas, otras criticando el estilo literario o los déficit de la trama argumental con tal radicalidad que hacen sospechar otras razones menos claras.  Esto me lleva a una pregunta: ¿qué tiene la memoria que ofende tanto, no solo a los protagonistas  de la historia, casi desaparecidos, sino a sus descendientes biológicos o ideológicos?. Está claro que es una pregunta retórica que no necesita contestación.
          Para resumir, una novela con algunos defectos formales pero interesante y que atrapa en la lectura.   

domingo, 27 de noviembre de 2011

MÚSICA POLICORAL DE JUAN MANUEL DE LA PUENTE


Acabamos de asistir y disfrutar de un concierto coral  incluido en la programación  del  XV Festival de Música Antigua de Úbeda y Baeza que este año ha  superado el marco de sus sedes habituales para distribuir las actuaciones por distintas localidades de la provincia, incluida ésta en la capital. El concierto que nos ocupa puede considerarse original y único en muchos aspectos. En primer lugar las obras interpretadas son inéditas y resultado de lo que podemos llamar “arqueología musical” concretada en el Proyecto Atalaya, promocionado por las universidades andaluzas, cuya finalidad es investigar y rescatar del olvido parte del patrimonio musical andaluz oculto en distintos archivos históricos. Uno de los frutos de este proyecto cultural ha sido el rescate de la obra musical de un autor hasta ahora desconocido, Juan Manuel de la Puente, compuesta en la primera mitad del siglo XVIII.  Es además la primera vez que parte de la obra de este autor se interpreta en el mismo espacio para el que fue concebida hace ya 300 años, el Coro de la Catedral de Jaén y sus aledaños; y esto tiene especial importancia si se considera que su música tiene una especial dimensión espacial y arquitectónica ligada a la sonoridad natural de las catedrales.
          Juan Manuel García de la Puente (1692-1753) era natural de Guadalajara,  se  formó como clérigo y músico en la Catedral de Toledo y en 1711, a la temprana edad de 19 años, fue elegido  maestro de capilla  de la nuestra, cargo que desempeñó  hasta su muerte.  Durante  más de 40 años fue maestro de músicos y  compuso en torno a  un millar de obras que reunió en varios volúmenes; parte de la misma es la que ha sido encontrada e investigada en los archivos diocesanos. La sede episcopal de Jaén seguía siendo rica  a principios del siglo XVIII, pero la ciudad  había perdido ya importancia estratégica desde la caída del reino de Granada y a partir del siglo XVII inició un lento declinar económico  que la  alejó también de los grandes centros artísticos y de poder. Quizás por este motivo la fama de nuestro músico no traspaso la barrera local a pesar de que su obra presenta ciertos rasgos originales. En la misma destaca la abundancia de composiciones policorales en las que se contraponen distintos coros o grupos de voces, apoyadas por instrumentos, que se alternan y responden  hasta reunirse en grandes bloques sonoros totales. Esta alternancia se reforzaba al combinar solos o arias con estribillos del coro. La policoralidad se enfatizaba con distintos efectos sonoros de  retardo y eco; en ocasiones se separaban los coros  ubicándolos en distintas alturas y lugares, con sus instrumentos, aumentando así el efecto espacial en el diálogo entre los mismos y contribuyendo en suma a una especie de sonido  estereofónico  que resaltaba el dramatismo  de la música y su capacidad para despertar emociones. No debe olvidarse que en general son composiciones de música sacra y su interpretación en el marco de la catedral evocaba en los fieles  el poder y la suntuosidad de la Iglesia  al tiempo que les reforzaba en su fe y los motivaba a la contemplación religiosa. Todos estos aspectos mencionados, sin ser exclusivos de nuestro autor, si contribuyen en conjunto a singularizar su obra y dotarla de una cierta originalidad.
           El programa monográfico sobre  Juan Manuel de la Puente estaba integrado por  un miserere y cuatro villancicos, entendiendo estos últimos no en su acepción actual de canción navideña, sino como composiciones musicales típicas españolas y portuguesas, con letras basadas en la tradición popular, que tuvieron su máximo auge en el  renacimiento, se extendieron a Latinoamérica, y que a partir del siglo XVIII fueron gradualmente sustituidas por la cantata barroca. Podían ser de tema profano o religioso y estaban compuestos  por  coplas y estribillos que se iban alternando, las primeras cantadas por solistas y los segundos por el coro.  El canto se apoyaba con instrumentos generalmente en tono grave. Como música sacra podían estar dedicados a la natividad pero también a otros temas religiosos, en concreto estos cuatro incluidos en el programa exaltan el dogma de la Inmaculada Concepción, el Santísimo Sacramento, o la Asunción de la Virgen, advocación de la Catedral jiennense.  Como dato curioso debemos destacar en estas piezas la profusa utilización del  bajón, un instrumento de viento-madera que data de la etapa renacentista, muy utilizado en la música eclesiástica, que con su tesitura grave reforzaba los bajos del canto polifónico, y que a partir del barroco fue sustituido progresivamente por el fagot. De los cuatro villancicos interpretados el mejor y más espectacular fue el primero, titulado “Oid, infelices  moradores”. El recital terminó con la interpretación del  “Miserere  mei, Deus”, un salmo que se interpretaba en Semana Santa. Si los villancicos pueden considerarse como una transición entre formas musicales renacentistas y barrocas, este Miserere representa el triunfo del barroquismo musical. De la Puente lo compuso para  siete coros situados en distintos puntos del presbiterio, crucero y coro.  El salmo está integrado por veinte versos que alternan y contrastan, los impares  cantados por  los coros con gran acompañamiento musical y los pares  cantados por  un solista en un estilo que recuerda al canto gregoriano. A su vez las partes corales son interpretadas alternativamente por los solistas y  por toda la masa coral. Todos estos recursos reforzados por efectos de ecos y temblados aportan a la obra un dramatismo y teatralidad muy típicos del barroco.
          En resumen un recital que me ha sorprendido por  su carácter inédito y por la originalidad de los recursos musicales y corales  que también se pueden encontrar en músicos no consagrados con los laureles de la fama.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

DIEZ DÍAS QUE ESTREMECIERON AL MUNDO. John Reed


“Diez días que estremecieron al mundo" no es estrictamente un ensayo histórico, entendiendo historia en su sentido de ciencia, como análisis e interpretación de los hechos históricos utilizando criterios de objetividad. No obstante, esta obra tiene, en mi opinión, valor y consideración de auténtica fuente histórica referida a la revolución rusa de octubre de 1917.
           El norteamericano John Reed (1887-1920) no es desde luego un historiador objetivo. Era periodista, poeta, y desde joven simpatizó con las ideas marxistas militando en algunos grupos activistas de su país. Como corresponsal de guerra siguió los principales eventos de la revolución mexicana iniciada en 1910 y después de 1914 los acontecimientos de la Gran Guerra europea. En 1917 llegó a Rusia justo a tiempo para ser testigo de la revolución bolchevique en octubre de ese año. Acreditado como periodista hizo un seguimiento diario y minucioso de  aquellas jornadas revolucionarias y las dejó plasmadas en la obra que nos ocupa. El propio autor reconoce en la introducción sus simpatías por el movimiento de los soviets pero eso no menoscaba la objetividad del relato de los sucesos de esos diez días en Petrogrado; una narración detallada, que se pretende lo más objetiva posible y apoyada por abundante material de discursos, proclamas y artículos de prensa insertados en el texto o como notas en el apéndice final. Son escasas las opiniones personales del autor, testigo directo de los acontecimientos. Con la perspectiva histórica actual podemos criticar un cierto grado de ingenuidad idealista respecto a los logros futuros de la revolución, pero hay que recordar que en aquellos momentos el movimiento comunista fue la gran esperanza de las sociedades oprimidas. El triunfo bolchevique fue el segundo acto de la Revolución Rusa que pasó de ser antimonárquica a anti-burguesa. No es este el sitio donde analizar las causas profundas y complejas de esta revolución, pero los hechos de octubre del 17 pusieron de manifiesto algo que me parece claro, la burguesía rusa estaba poco desarrollada como clase y su implicación con el zarismo hubiera hecho casi imposible la instauración de una democracia de tipo occidental.
Insisto en la idea inicial, esta crónica periodística, tiene el interés de la experiencia histórica, de los hechos vividos personalmente, en este caso con cierto grado de entusiasmo y emoción. Para mí es también historia. A fin de cuentas, la objetividad e imparcialidad total es una pretensión casi utópica de la historia, una cualidad valorable en el escritor; pero es sin duda el lector quien, en última instancia, debe utilizar su capacidad crítica para discernir sobre el grado de imparcialidad de cualquier historia. Y a fin de cuentas, se pueden obtener conclusiones válidas incluso de la parcialidad de una fuente histórica.

domingo, 13 de noviembre de 2011

CUENTOS BLANCOS. Manuel Vázquez Montalbán


De la vida y obra de Manuel Vázquez Montalbán (1936-2003) se pueden resaltar  muchos aspectos. En primer lugar su gran erudición y el  carácter polifacético que le llevó a cultivar como escritor diversos  géneros literarios, poesía, novela, cuento, y ensayo; pero también a destacar en  periodismo como articulista y crítico literario. Una de sus pasiones fue la gastronomía y toda su obra está salpicada de referencias a recetas culinarias  además de dedicar a este tema alguna monografía.
Pero en mi opinión, lo más destacable de la obra de  este autor es su dimensión política y sociológica. Son muy conocidos sus orígenes humildes y republicanos y su  militancia juvenil comunista y antifranquista que le llevó a pasar tres años en la cárcel. Después le llegó el desencanto, con el fracaso de los ideales del mayo francés del 68, y la progresiva renuncia ideológica de la izquierda española en aras del  “posibilismo” y de la “modernidad”. Aunque finalmente escéptico, nunca renunció a una cierta coherencia ideológica a la hora de denunciar y criticar las deficiencias  de nuestro sistema democrático. En los ensayos y narraciones de los años 60 y 70 utilizó lo que él llamaba “escritura subnormal”, una especie de subterfugio o recurso al surrealismo para poner de manifiesto las contradicciones entre una sociedad ansiosa de libertad y un régimen franquista agotado y sólo sustentado en la caduca supervivencia del dictador; una situación muy similar a la de Cuba en la actualidad.
A finales de los 70 le llegó el éxito editorial y la fama cuando inició  la serie de novela negra que tiene como protagonista principal al detective  Pepe Carvalho, un personaje con algo de autobiográfico, de origen izquierdista, buen gastrónomo, que a pesar de estar “de vuelta de todo” en  política, intenta mantener unos mínimos éticos que le aportan  una cierta dignidad.  El recuso al género policiaco, de lectura entretenida y amena, sirvió a Vázquez Montalbán como instrumento y excusa para realizar un profundo análisis sociológico y una crónica de la transición española a la democracia, con todos sus claroscuros.  A partir de los años 90 el escritor  se plantea nuevos retos en la expresión literaria, con obras de tipo experimental  mezcla de  periodismo o ensayo con novela. En algunas de sus obras reflexiona sobre el sentido de la historia y el compromiso en la sociedad actual que es esencialmente ahistoricista, y propugna el retorno a la memoria histórica.
          Los “Cuentos blancos” son una antología de relatos cortos editados en diversos medios  entre los  años 1982 y 2000.  El interés de los mismos es variable y siempre en función de los gustos  de cada lector. En general son bastante buenos y su temática variada. Algunos tienen un marcado tinte surrealista, como “Bestiario” donde se ridiculiza a las autoridades  deportivas y políticas del año 82, presentándolos  como una banda mafiosa en torno al pastel de los Mundiales de Futbol. De este mismo estilo es “El festín de Pierre Ebuka” donde el juicio a un caníbal da pie a reflexionar sobre la decadencia europea.  En “La piedad peligrosa” se critica el posibilismo progresista del “felipismo” que supuso el abandono de los ideales de izquierda.  En “El niño y el perro”, uno de los mejores, se pone de manifiesto la contradicción entre el discurso político y económico progresista y la dura realidad de los marginados por el sistema. “… y en invierno viajar hacia el sur” refleja  a la perfección  la mentalidad de los hijos de emigrantes en Cataluña, su dicotomía económica y cultural, su conflictiva añoranza del sur. En unos relatos  se critica  la televisión basura o la trasnochada dialéctica marxista; en otros se reflexiona sobre la memoria histórica, el sentido de la vida, los ideales perdidos y otros muchos temas.
          En resumen podemos decir que estos cuentos son un compendio de las ideas y obsesiones recurrentes a lo largo de toda la obra literaria de Manuel Vázquez Montalbán. Pequeños relatos que aúnan la capacidad crítica y satírica del escritor con un estilo siempre emotivo que puede llegar a ser tierno y hasta poético. Por cierto, y para terminar, la portada elegida por la editorial "Círculo de lectores" me parece, como poco, desafortunada.
  

domingo, 6 de noviembre de 2011

ÉTICA Y POLÍTICA. José Luis López Aranguren


En este tiempo que nos ha tocado vivir, inmersos en la crisis económica, cuando la corrupción social y política nos resulta tan habitual que no nos impide votar a los corruptos mientras se tambalea nuestra fe en la democracia, puede resultar atractiva la lectura de este ensayo que pretende estudiar las relaciones entre ética y política y  las posibilidades de moralizar ésta última. A priori sospechamos que  este enfoque ético del mismo situará la  cuestión en un plano  utópico o ideal, alejado  de soluciones pragmáticas, pero esto no es del todo cierto como luego se verá. Sí podemos adelantar que  no se trata de una obra de lectura fácil  porque la especulación filosófica requiere un lenguaje técnico y un razonamiento lógico que exige toda nuestra atención. Además este ensayo sobrepasa en cierta medida la intención divulgativa puesto que es el resumen de un curso monográfico que el  autor dio en 1960-61 dirigido  a estudiantes de Filosofía.
          José Luis López Aranguren (1909-1996), como muchos otros de  los intelectuales que vivieron nuestro pasado reciente, tiene una biografía con matices contradictorios. De educación conservadora, durante la guerra civil fue militante de Falange, pero después de la misma perteneció, junto con Dionisio Ridruejo y otros, al grupo de intelectuales falangistas que se distanciaron del nuevo régimen.  En los años cincuenta obtuvo la  cátedra de  ética y sociología en la universidad madrileña y  en los  sesenta  participó, junto a Tierno Galván, en una protesta estudiantil por la falta de libertad de asociación. Fue sancionado y se autoexilió dando clases en varias universidades extranjeras. En política evolucionó progresivamente hacia posiciones  próximas a la socialdemocracia y su labor intelectual y humanista  fue reconocida  con la instauración del nuevo régimen parlamentario.
          El título del presente ensayo expresa claramente el objetivo del autor que no es otro que buscar una síntesis entre el ideal ético y la realidad política englobadas ambas en el concepto de eticidad. Previamente estudia las complejas relaciones  históricas de la política con la ética, entendida esta última no como individual sino en su dimensión social. Unas relaciones que oscilan entre dos extremos; desde el realismo político (“el fin justifica los medios”) hasta la ética apolítica propia de la burguesía liberal que propugna una moral privada y reducción de la política al mínimo. Se analizan también los ejemplos prácticos que ilustran el intento de moralizar la política  como forma de control del poder político; la división de poderes de Montesquieu que intenta preservar la libertad individual, el contrato social de Rousseau que tiende a la democracia y la soberanía popular, o la ética social  marxista centrada en  la conciencia de clase.
          Aranguren propone que las complejas relaciones ético-políticas deben de estar presididas por la alteridad, una especie de religioso amor al prójimo pero en sentido laico, es decir, una justicia social inspirada en el hecho de superar el egoísmo y ponernos en el lugar del otro (alter ego). Para el autor el Estado debe tender hacia la aliedad, un concepto que implica  institucionalizar  la moral en la política.  Entiende el autor que sin una buena base económica es imposible la democracia, que la importancia creciente de la economía predomina sobre la ideología política y que el estado social del bienestar tiene sus limitaciones porque en aras del utilitarismo tiende a manipular la información política y  convertir  al ciudadano en un productor y consumidor sin opinión, que tiende al materialismo.  Como forma de superación propone el estado de justicia social que concreta en un Estado que, mediante mecanismos reguladores, controle los abusos del libre mercado (democratización económica y social); que fomente los servicios públicos frente al consumo privado y promueva la salud, la instrucción y los servicios de protección social; que convierta los medios de comunicación en un servicio público que sirva no para manipular al ciudadano sino para informarle y formarle en su opinión.
          Se puede objetar que estos argumentos son en parte los propios de la socialdemocracia que triunfaron en los países escandinavos y no tanto en otras naciones, pero debe destacarse el carácter innovador que tuvieron si el ensayo “Ética y política” se sitúa en sus coordenadas precisas de tiempo y espacio, la España franquista de los años 60.  Aún ahora, en la proximidad de unas elecciones desalentadoras, nos resultan actuales y apropiadas algunas de las ideas que contiene la obra: Los partidos no son buena fuente de información política. La democracia representativa exige la responsabilidad del ciudadano. La educación política del mismo debe de ser racional y nunca emotiva. La responsabilidad política exige no elegir entre líderes sino entre programas políticos.  En democracia debe de existir una cierta tensión diferencial entre los programas generados por los partidos políticos.
          Ahí quedan esas ideas tan obvias, tan lógicas,  que no obstante hemos terminado por considerar utópicas en el actual estado de nuestra democracia. Por eso es tan importante leer de vez en cuando a los filósofos, aunque nos exijan un esfuerzo intelectual adicional, para recordarnos lo que debería ser, para remover nuestra conciencia y sacarnos de la pasividad, para convertirnos en ciudadanos y no en consumidores , antes satisfechos y ahora preocupados por nuestro bienestar.