domingo, 30 de octubre de 2011

EL HEREJE. Miguel Delibes


Lo reconozco, en mis últimas lecturas he abusado del  llamado thriller histórico, ese subgénero novelesco tan de moda que aporta una ambientación histórica a una trama de misterio, suspense, o policiaca, casi siempre relacionada con tópicos como el Santo Grial, templarios, cátaros, masones, y otros grupos mas o menos heréticos o esotéricos. Saturado de este tipo de novelas he agradecido la lectura de ésta que hoy comento, simplemente una buena novela histórica, es decir, un relato bien construido, de lectura amena, con unos personajes cuya andadura  vital se inserta en un marco histórico determinado, que en cierto sentido los trasciende y  sirve para explicar y  justificar muchas de sus experiencias.  Este esquema, aparentemente fácil pero  no tanto, lo encontramos en  “El hereje” (1998), la última novela  de su autor y su primera y única incursión en la novela histórica.
          Miguel Delibes (1920-2010) fue escritor de larga trayectoria como periodista y novelista, reconocido con múltiples premios literarios y elegido miembro de la Real Academia Española.  Se le ha considerado como uno de los grandes escritores españoles de postguerra. Su obra literaria se caracteriza por la  profundidad psicológica con que retrata a sus personajes (Cinco horas con Mario), y por la crítica social de la España rural atrasada y pobre (Los Santos Inocentes). La naturaleza como inductora de la conducta y experiencia de sus personajes es otra de sus señas de identidad. Fue un gran enamorado del paisaje castellano y apasionado por la caza. Ambos temas  son tratados con frecuencia en sus noveles y artículos de prensa. Casi toda su obra fue escrita durante el régimen franquista. En su doble actividad como periodista y novelista tuvo frecuentes enfrentamientos con la censura, pero afortunadamente su talante conservador y su adhesión juvenil a la rebelión nacionalista  lo abrigaron contra una supuesta desafección. En cierta forma fue uno de los intelectuales que resistieron al régimen desde dentro, de una forma subliminal, con un status a medio camino entre elogiable y sospechoso.
          El argumento de “El hereje” está basado en un hecho real, el proceso de un grupo de reformistas luteranos de Valladolid a mediados del siglo XVI que culminó con la ejecución de muchos de ellos en el famoso Auto de fe de 1559, presidido en la plaza mayor de la ciudad por el joven rey Felipe II.  El personaje principal, Cipriano Salcedo, es uno de los miembros de este grupo, cuyo nacimiento en 1517 se hace coincidir simbólicamente con el comienzo de la reforma protestante, cuando Martín Lutero cuelga sus 95 tesis en las puertas de la iglesia de Witemberg. En el prólogo se presenta al personaje a la vuelta de un viaje por Alemania y mediante sus conversaciones con el capitán del barco se nos  pone al tanto de los principales hitos de la reforma protestante; sus antecedentes en las ideas teológicas de Erasmo de Rotterdam; la condena del luteranismo en las dietas alemanas de Worms y Spira; el apoyo político a las nuevas doctrinas de algunos príncipes alemanes, y el acuerdo final  de compromiso aceptado por el emperador Carlos basado en el principio de que la religión oficial de cada pueblo seria la aceptada por su príncipe (cuius regio, eius religio). También se consideran los aspectos sociales del luteranismo (guerra de los campesinos), la radicalización de reformistas como Calvino y Zuinglio y la contrarreforma iniciada en el Concilio de  Trento.  No se trata de una lección de historia sino de una puesta en escena de la narración posterior que comienza con una analepsis o  retorno retrospectivo  (flashback) a la infancia del protagonista nacido en el seno de una familia de  propietarios rurales rentistas, sin títulos de nobleza.
          No indicaré más detalles sobre la trama argumental pero si  quiero destacar  la perfecta ambientación histórica que refleja las costumbres y usos  de la época, la economía castellana basada en el trigo y el comercio de la lana con Flandes, las marcadas diferencias sociales, la pobreza del mundo rural y los abusos que soportan los pobres con el único recurso defensivo de la picaresca. Destacan aspectos curiosos como la praxis médica de escasa base científica, anclada en los antiguos presupuestos galénicos y con remedios como la sangría, más letales que curativos en la mayoría de los casos.  Es también una recreación histórica de Valladolid en la época de Carlos V, su frustrado intento por convertirse en la corte definitiva de los Austrias, la hipocresía social, la obsesión por la pureza de sangre y por los títulos nobiliarios, el aislamiento cultural impuesto por la censura y la prohibición de importar libros extranjeros, los escrúpulos religiosos, las controversias teológicas, y el opresivo ambiente de sospecha y delación fomentados por el Santo Oficio. Dentro de este interesante marco histórico, los personajes están descritos con profundidad en cuanto a su carácter, y sus vivencias son emotivas pero realistas, con pocas concesiones al heroísmo. La narración en su conjunto interesa desde principio a fin a pesar de que el final se presupone desde el comienzo.
          Esta época de la historia de España fue crucial por cuanto creo que condicionó en cierta medida nuestro carácter como pueblo, con virtudes y defectos algunos de los cuales aún mantenemos. La lectura de “ El hereje” inspira una pregunta a modo de distopía o futurible histórico ficticio: ¿Cómo hubiera sido España si la reforma protestante hubiera triunfado en nuestro país?.  Mi opinión subjetiva es que tendríamos menos patrimonio histórico, menos catedrales, menos imaginería y  tradiciones religiosas; pero quizás seríamos también mas emprendedores y comerciantes, menos rentistas, mas industriosos y menos agrarios; en fin, mas europeos y menos latinos. Lo que todo esto nos hubiera aportado de bueno o malo  no lo sabremos nunca.  

viernes, 21 de octubre de 2011

FILARMÓNICA DE CÁMARA DE COLONIA


Dentro de una larga gira por España, la Filarmónica de Cámara de Colonia ha ofrecido recientemente un concierto en nuestra ciudad. Se trata de  una pequeña orquesta  de  cuerda de tan sólo ocho músicos, con un oboe como único instrumento de viento y tres solistas de gran calidad, un primer violín, un violoncelo y  algo menos el mencionado oboe.
Con una orquesta tan reducida el programa  suele estar diseñado para el lucimiento de los solistas y nada mejor  para alcanzar este objetivo que escoger piezas musicales escritas para uno o dos instrumentos con acompañamiento de orquesta. El concierto, y en particular el concierto barroco, es la pieza que mejor se adapta a esa finalidad.  Otra condición que  parece necesaria para realizar con éxito una gira internacional es  programar  obras muy populares que puedan ser reconocidas por un público amplio con distintos grados de formación musical. Si se incluye además la obra de un músico de la nación que se visita, el triunfo puede asegurarse.
          En este caso se dieron como es lógico todos los presupuestos anteriores.  La base del programa estaba formada por los conciertos para violín y orquesta de Vivaldi que componen la obra conocida como “Las cuatro estaciones” y otro concierto de Bach para violín y oboe, composiciones todas ellas muy conocidas. Se completó con un Divertimento de Mozart y  un Nocturno de Tschaikovsky, para violoncelo y orquesta, menos conocido.
No se interpretó una obra de Albéniz que figuraba en el cartel anunciador, pero en el bis final se  dio el toque español incluyendo  una pieza de Pablo de Sarasate. 
          La interpretación en conjunto resultó excelente. Sólo destacaré algo que en mi opinión resultó negativo, y es el tempo demasiado lento con que fueron ejecutados los conciertos de Vivaldi. No me refiero a los movimientos centrales de los mismos, los “largo” y los “adagio” que requieren una velocidad de interpretación lenta, sino a los movimientos más rápidos como los “allegro”. Esa lentitud afectaba  en general al acompañamiento orquestal pero no a los solos del violín. Era como si  se pretendiera resaltar el virtuosismo del instrumento solista reduciendo la brillantez del conjunto. Pero no debemos olvidar que muchos de los movimientos de “Las cuatro estaciones“ pretenden evocar escenas relacionadas con el devenir de las estaciones del año, tales como fiestas populares de carácter agrícola (vendimia, siega del trigo), o manifestar la alegría  por una naturaleza floreciente y llena de vida.  Estas escenas requieren  del  “allegro” interpretado con la necesaria velocidad rápida que les aporte esa brillantez y vivacidad que se pretende transmitir.  Mientras se desarrollaba la ejecución de estos conciertos no pude evitar compararla con la interpretación de los mismos por  otra orquesta de cámara de gran tradición, la italiana  I Musici. En dos ocasiones, hace ya muchos años, pude disfrutar de su audición y puedo asegurar  que la diferencia entre esta de ahora y aquellas va de lo bueno a lo excelente.
Quiero destacar por último las magníficas interpretaciones solistas  del violinista y el violoncelo que se lucieron especialmente en los bises finales. El primero con una composición de Sarasate, “Aires gitanos”, y el segundo con unas “Variaciones” de Paganini.
         
               

sábado, 15 de octubre de 2011

ANTOLOGÍA POÉTICA. Constantino Cavafis


Constantino Cavafis (1863-1933)  ha sido, hasta hace poco, un poeta desconocido para mí.  Leí ocasionalmente algunos de sus poemas históricos y  ahora encontré esta amplia antología que recoge la totalidad de sus “poemas canónicos”, es decir, aquellos de publicación autorizada por el escritor, junto con algunos otros inéditos. Tras su lectura debo de reconocer mi sorpresa ante la calidad de los mismos, y eso es decir mucho porque admito ser un mal lector de poesía, y  es que, aunque  aprecio bien la belleza formal de un poema,  a menudo me cuesta mucho comprender  o sintonizar con la sensibilidad del poeta, algo que suele ser tan individual e íntimo del mismo.
          Cavafis  tampoco fue muy conocido en su época. En vida editó una mínima parte de su obra y su fama  no trascendió el ámbito local de Alejandría, su ciudad natal y en la que vivió casi toda su vida.  A partir de la segunda mitad del siglo XX comenzó a ser reconocida su aportación al griego moderno y terminó por consagrarse como gran figura literaria. En su juventud recibió la influencia de los movimientos literarios de las vanguardias francesas de finales del siglo XIX,  parnasianismo, decadentismo y simbolismo. Algunos de los rasgos  heredados de éstos, reconocibles en su obra, son  el anhelo de perfección formal, casi obsesivo en Cavafis, un esteticismo manifiesto en la temática relacionada con el arte y la belleza y en particular el gusto por los temas exóticos, orientales y de la antigüedad clásica; propio del decadentismo es su pesimismo vital, la exaltación de la individualidad, y el refugio y evasión  en el refinamiento, el erotismo, y otros paraísos  más o menos artificiales.
          El propio poeta dividió su obra en tres grupos; poemas eróticos, filosóficos e históricos. Pero esta división no está del todo clara porque muchos de los filosóficos y eróticos tienen además una clara ambientación histórica. Sus poemas homoeróticos lo  hicieron famoso entre la comunidad gay a partir de los años 60. La homosexualidad del poeta  es explicita y manifiesta en estos poemas que son mas estéticos y éticos que sensuales por cuanto se exalta en ellos la belleza física y el amor vivido como experiencia única, pero también los conflictos que genera, tales como el sentimiento de culpa asociado a la mentalidad cristiana, los celos,  o la impotencia ante el paso del tiempo.
          Los poemas filosóficos tratan una amplia variedad de temas, entre otros, la muerte como destino fatal del hombre, reflexiones sobre la soledad, sobre la identidad cultural, la añoranza de la juventud, la relatividad de los valores humanos y el escepticismo  vital , el goce estético por la belleza, el arte y la cultura como forma de superar nuestros miedos.
          Se ha llegado a calificar a Cavafis como poeta histórico y aunque resulta indudable su dominio sobre las fuentes clásicas grecolatinas y su amplios saberes sobre periodos históricos poco conocidos por el público en general, no creo que su pretensión sea hacer historia sino escoger determinadas épocas de la antigüedad como marco para ilustrar sus ideas acerca de  la vida y del arte.  A este fin elige deliberadamente periodos de decadencia política o de  profunda crisis, tales como los reinos helenísticos después de Alejandro, en continuo proceso de descomposición política frente al naciente poderío romano, pero famosos por sus riquezas y refinamiento cultural. El conflicto entre el paganismo y el creciente poder político del cristianismo que terminó por debilitar al imperio romano. El intento de Juliano por restaurar el paganismo en un imperio ya oficialmente cristiano, una causa perdida de antemano. El imperio bizantino como lento y esplendoroso declive de la cultura grecolatina en Oriente. Algunos de estos momentos históricos le sirven  para elogiar la cultura helenística, de la que se siente orgulloso heredero, como fuente de mestizaje cultural entre oriente y occidente, o destacar  la tradición cosmopolita y multicultural de la ciudad de Alejandría que aún perduraba en época del poeta.
          Los poemas históricos son desde luego mis preferidos. La historia ofrece al poeta la oportunidad de mostrar  claramente la ironía subyacente por lo demás en toda su obra. Un claro ejemplo de esto es el poema titulado “el plazo de Nerón” en el cual el tirano descansa tranquilo al escuchar el  ambiguo oráculo de Delfos que aparentemente le augura un reinado prolongado, cuando, interpretado en otro sentido, le está anunciando en realidad su próximo derrocamiento por Galba.
          En fin, además de la temática histórica, me gusta su lenguaje, sencillo y conciso al tiempo que elegante y simbólico. Para terminar quiero destacar la importante influencia de Cavafis en poetas posteriores tales como Luis Cernuda y también en el ambiente literario anglosajón. En particular su presencia es constante en la novela “El cuarteto de Alejandría” del británico  Lawrence Durrell. Como dato curioso añadiré que uno de sus poemas más emblemáticos “Esperando a los bárbaros” ilustra bien una de las teorías de los historiadores actuales que piensan que las invasiones bárbaras, aunque provocaron la deposición del  último emperador, no fueron la causa directa de la caída de imperio romano que por entonces estaba ya totalmente agotado, más bien vinieron a vivificar y animar  a la  sociedad romana ya que esencialmente mantuvieron sus instituciones y legislación además de su cultura mediante el uso de la lengua latina, al menos en los ambientes palatinos. Otro  más,  el novelista catalán Terenci  Moix debió ser gran admirador de Cavafís  porque tituló una de sus novelas más conocidas  “No digas que fue un sueño”, con un fragmento del poema titulado “El dios abandona a Antonio”.
          

domingo, 9 de octubre de 2011

CONCIERTO LÍRICO


Cuando me ofrecieron la invitación para este nuevo concierto en la Sociedad Económica me sorprendió la extraña asociación de instrumentos musicales que acompañaban a la cantante. Más tarde, cuando revisé el programa, comprendí  que no existía tal asociación sino que cada uno de ellos acompañaba en solitario los distintos temas interpretados por la soprano. 
Se elaboró un recital con carácter antológico, y en cierto modo didáctico, que pretendía ofrecer una visión general de la evolución del canto a través de la historia y, con ese objetivo, se precedió la interpretación de los distintos temas con explicaciones al público sobre sus características particulares. Entre estas se destacó  el predominio mayor o menor de la voz sobre  la instrumentación, el grado  de libertad o rigidez en el canon interpretativo, y otros aspectos relativos a la lírica en distintas épocas.
          El programa estaba dividido en bloques bien definidos, correspondientes a otros tantos estilos. En el primero se cantaron tres canciones sefarditas según arreglos musicales acompañados por el saxo y otros instrumentos de viento que aportaron el  toque orientalista propio de estas  composiciones populares, tan particulares de la España medieval.  El  bloque dedicado al renacimiento era también hispánico, integrado igualmente por canciones populares acompañadas a la guitarra. En los apartados dedicados al barroco, clasicismo, y romanticismo el programa se hizo europeo y se interpretaron fragmentos de obras de Haendel, Mozart, y Puccini, con el  piano como principal instrumento acompañante. Fue entonces cuando la soprano se ganó al público gracias al volumen de voz que requieren algunas arias de la ópera romántica. Y sin embargo, al margen de los espectacular,  fue este aspecto el menos destacado entre las dotes de la cantante que  mostró mejores cualidades, tales como una gran extensión de registros dentro de su tesitura y el dominio de técnicas  como el vibrato y otras modulaciones de la voz. El apartado final, dedicado a la música atonal del siglo XX, despertó menos entusiasmo quizás por  la incomprensión que  generalmente mostramos hacia este tipo de música que requiere una determinada sensibilidad y educación musical.
          Tras las disonancias finales, la cantante supo recuperar el favor del público, mayoritariamente vetusto y conservador, interpretando en el bis “Ojos verdes” de Valverde-León-Quiroga, una copla especialmente sensual y emotiva que tradicionalmente ha formado parte del repertorio de todos los grandes de la canción española, en cuya letra se dice que también participaron García Lorca y Miguel de Molina.

jueves, 6 de octubre de 2011

PODER Y AUTORIDAD



En el idioma castellano “autoridad” y “poder” son términos prácticamente sinónimos, más aún si se aplican a la política. Si dudamos de lo que es obvio, podemos asegurarnos consultando estos vocablos en el diccionario de la Real Academia Española. Pero las palabras, como los seres vivos, nacen, cambian, se enriquecen o corrompen, y en ocasiones mueren;  y esta especie de andadura evolutiva se manifiesta claramente en las dos que encabezan el título.
Marco Tulio Cicerón
Ambas tuvieron su  origen latino, en los remotos tiempos de la re publica romana. Se entendía entonces como potestas  la facultad que tenían los magistrados para ejercer sus funciones de gobierno; la de los pretores para emitir edictos legislativos, o las decisiones ejecutivas de los cónsules. La potestas tenía su máxima expresión  cuando se ejercía cum imperio, es decir, con derecho a decidir sobre la vida o muerte de los ciudadanos, poder extremo limitado por fortuna a los cónsules en campaña de guerra o a los dictadores en momentos de grave riesgo para el estado. El significado de auctoritas era entonces bien distinto. No era un poder sino el prestigio que la experiencia otorgaba a los ancianos (seniores) y les capacitaba para servir de modelo ético a la comunidad y para dar consejos políticos. Era una capacidad que se reconocía a los senadores para aprobar dictámenes consultivos y la cualidad exigible a los magistrados que desempeñaban funciones religiosas como los miembros de los colegios sacerdotales encabezados por el pontifex maximus. En resumen, la potestas era un derecho político reconocido al magistrado, mientras que la auctoritas era el poder moral que otorgaba el prestigio personal.
Julio Cesar, en los momentos de peligro durante las batallas, solía desmontar de su caballo y se colocaba entre las filas de sus legionarios asumiendo junto a ellos el riesgo de la derrota, y con este tipo de gestos se ganó la autoridad militar y la fidelidad de sus tropas, pero no consiguió una autoridad política suficiente, y esto le costó la vida. En cambio su sobrino Octavio disfrutó de una auctoritas precoz la cual le permitió reformar el caduco régimen republicano dando paso así al imperio y eso de forma paulatina, mediante el respeto aparente de las antiguas instituciones. Es significativo a este respecto que rechazara el título de rex, odioso para los romanos, y adoptara el de princeps senatus, es decir, príncipe o primero entre los senadores, aquellos que gozaban de prestigio o autoridad política.
En el devenir histórico ambos términos, “poder” y “autoridad” han llegado a equipararse desde el punto de vista conceptual, incluso han ampliado su significado. Así, además de cualidad o facultad política han pasado a designar de forma genérica a quienes ejercen la función de gobierno, y hablamos en este sentido de “autoridad municipal” o de “poderes públicos”. Pero la evolución semántica de estos vocablos ha sido bien distinta. En el caso del “poder”, se ha enriquecido progresivamente con distintos calificativos como “absoluto”, “dictatorial”, “popular”, “democrático”, “legislativo”, “judicial”, y otros muchos que han multiplicado su significado. En cambio el término “autoridad” ha ido perdiendo su acepción primigenia, quizás porque el prestigio personal, basado en la moralidad y la experiencia, es cosa rara en política. En este empobrecimiento paulatino tuvo que buscar el emparejamiento sinonímico con el poder para sobrevivir como palabra, y aún así no pudo evitar corromperse en el camino. Un ejemplo; no hace mucho que un académico de la historia, de reconocida autoridad intelectual, calificó de forma eufemística como “régimen autoritario” lo que fue una de las dictaduras más crueles de nuestro país. Claro está que se puede alegar en su defensa que la corrupción conceptual de la autoridad ya lleva mucho tiempo instalada en nuestro idioma. Así decimos “padre autoritario” para referirnos no al que educa a sus hijos con la experiencia y la rectitud moral de la antigua auctoritas, sino al que abusa del poder paternal, no en balde llamado institucionalmente patria potestad.
Manuel Azaña
Tan rara virtud es la autoridad en política que en su original acepción ha quedado restringida solo al campo de la ciencia y de la cultura. Cuando revisamos nuestra historia reciente solo recuerdo un político con auténtica autoridad, el republicano Manuel Azaña que sin embargo, y por los sucesos dramáticos de todos conocidos, tuvo un poder legítimo que se demostró insuficiente. En ocasiones la autoridad se ejerce una sola vez. Tal fue el caso de nuestro rey que, limitado en poderes por la Constitución, impuso su autoridad la noche del 23 de febrero de 1981 y por esto muchos españoles aún se declaran “juancarlistas” antes que monárquicos.
Actualmente, “carisma” es el  término más cercano en contenido semántico a la antigua autoridad. Pero el carisma es más bien atractivo personal del político, también hace referencia a  su capacidad de liderazgo. Carismáticos fueron en su momento Adolfo Suarez y Felipe González. Cuando ahora miramos a nuestro alrededor vemos políticos “populistas”, “posibilistas”, “cortoplacistas”, pero no políticos con autoridad, ni siquiera con carisma. Y es precisamente, ahora, inmersos en una crisis económica que nos amenaza con la ruina de varias generaciones, actuales y futuras, cuando necesitamos políticos con autoridad, auténticos hombres de Estado, que nos exijan si es preciso “sangre, sudor y lagrimas” en forma de impuestos y austeridad pero que con su rectitud, ejemplo, y amplitud de miras, nos ofrezcan  a cambio la confianza de saber que el timón del gobierno está en buenas manos. Políticos que renuncien a retoricas baratas y sean capaces de explicarnos con sencillez la actual coyuntura evitando disfrazar la verdad atendiendo a cálculos electoralistas. Que apliquen medidas, por drásticas que sean, que atiendan a la salvación del Estado sin desmontar por ello el estado del bienestar que  tanto nos ha costado conseguir.
Dentro de muy poco, el pueblo volverá a delegar en la urnas la potestas a nuevos políticos pero lo que realmente necesitamos es la auctoritas, porque es la AUTORIDAD con mayúsculas la mejor legitimación del poder.

viernes, 23 de septiembre de 2011

RECITAL LÍRICO


Este año vivimos inmersos en la desaceleración, o la crisis, como se quiera llamar a  la actual depresión económica que nos amenaza con la  quiebra del país.  En esta situación  la  cultura suele ser la primera víctima ofrecida en el altar  de los sacrificios que imponen las políticas de austeridad. Y aún así  nos sentiremos aliviados si  los recortes  no deterioran  demasiado la educación de  nuestros hijos, ya de por sí deficiente, porque sabemos que ésta es condición previa de aquélla. 
          Esta introducción viene a cuento porque  los efectos de la crisis  ya se comienzan a notar sobre  la programación de espectáculos y actos culturales  de nuestra ciudad.  Por lo pronto se han suprimido dos festivales de música tradicionales en la temporada estival, uno de jazz y otro de música antigua. Me temo que el conocido como “Festival de otoño”, que incluye en su programación conciertos musicales y teatro, será el siguiente en desaparecer a falta de las habituales subvenciones de la administración municipal   y las cajas de ahorro, que han renunciado a sus obras sociales al reconvertirse en bancos.
          En medio de este desierto  cultural es grato  disfrutar ocasionalmente del  pequeño oasis que representa el recital lírico que hoy nos ocupa, ofrecido por una  sociedad privada de larga evolución histórica,  desde sus orígenes ilustrados y  de vanguardia hasta posiciones más tradicionales y conservadoras, en lo que tienen de positivo y noble estos términos, en cuanto a conservar, promover, y mantener la inquietud cultural  de sus socios.
          Los intérpretes fueron en esta ocasión una pareja de soprano y tenor, ambos  de reconocida trayectoria profesional, que interpretaron un programa a base de arias de ópera y canción napolitana en la primera parte  y  fragmentos de zarzuela en la segunda.  La interpretación fue brillante y amena por la popularidad de algunas de las piezas escogidas. Para mi gusto destacó más el tenor y  tras la audición creo saber  la razón.
          En el folleto de presentación  se le calificaba como tenor lírico-spinto y esto me ha dado ocasión de  documentar mi escasa cultura musical. Resulta que este tipo de tenor llega a su tesitura de agudos con una exagerada presión subglótica de aire y esto le presta un canto más potente. En realidad desde el punto de vista técnico parece que es más defecto que virtud ya que  la potencia de la voz  se tiene a costa de renunciar a  otros virtuosismos basados en inflexiones o modulaciones de la misma. Este tipo de tenor se pudo de moda en el XIX cuando las óperas románticas impusieron una mayor orquestación y el spinto (empuje) permitía al cantante sobreponerse a la orquesta e interpretar papeles de personajes más dramáticos y emotivos. Fue, en suma, esta  fuerza y emotividad de la interpretación del tenor la que apagó un tanto  a la soprano. 

jueves, 15 de septiembre de 2011

LA AVENTURA EQUINOCCIAL DE LOPE DE AGUIRRE. Ramón J. Sender


La figura del conquistador vasco Lope de Aguirre parece haber ejercido una fuerte atracción en la literatura y el cine. Además de la presente novela, hay otras cuatro más, escritas por autores muy conocidos, entre otros el venezolano Arturo Uslar-Pietri. Hay además dos buenas películas sobre su aventura amazónica, “Aguirre, la cólera de Dios” de Werner Herzog, y “El Dorado” de Carlos Saura.
Lope de Aguirre (1510-1561), de origen vasco, hijo de hidalgos pobres, pasó al Perú atraído por las riquezas  del recién descubierto imperio inca. Participó en las luchas civiles entre Pizarro y Almagro y despues se enroló en la expedición de Pedro Ursúa que, a través del río Amazonas, partió a la búsqueda de “El Dorado”. Finalmente se rebeló contra la corona española declarándose independiente  y fue derrotado en Venezuela. Lo que hace interesante la figura de este conquistador y aventurero es la multiplicidad de matices  de su personalidad, orgullo herido, resentimiento, rebeldía,  ambición de riqueza pero más aún de poder, traición pero teñida de ansias de libertad e independencia, anticlericalismo en un católico confeso, asesino cruel pero padre amante.  Muchos de esos aspectos se insinúan en la carta que dirigió a Felipe II.
Sus contemporáneos lo llamaron “el loco” y él a si mismo se llamó traidor y se apodó “el peregrino” y “príncipe de la libertad”. Esta compleja y contradictoria personalidad se manifestó en la aventura  de “el Dorado”. La búsqueda del mítico país del oro que fue el sueño y el  ambicioso motor de los conquistadores españoles en América. En su caso, el sueño se disolvió en las aguas del río Amazonas y en el inacabable infierno verde de la selva tropical, en un dramático viaje que recuerda mucho al de Kurtz, el personaje de la novela “El corazón de las tinieblas” de Joseph Conrad.  Es la inmensa selva la que conduce a la locura de este personaje literario y parece que tuvo el mismo efecto sobre el conquistador vasco. 
La novela de  Ramón J. Sender nos aproxima de forma bastante creíble a los hechos históricos y a la figura del personaje. Para ello se ha basado en su biografía y en la carta remitida a Felipe II que, en mi opinión, es como un fiel autorretrato de Aguirre. Siguiendo esta misma senda está  la película de Carlos Saura que, aunque fiel a los datos históricos, deja algo difuminada y sin personalidad la figura del protagonista. En cambio la del alemán W. Herzog, con la soberbia interpretación de Klaus Kinski, se aparta bastante de lo verosímil histórico pero acrecienta al personaje e incide en la visión de Conrad, en la selva que enloquece al hombre, en el viaje hacia la muerte. Un efecto letal que puede resumirse en la frase final de Kutz en “Apocalypse Now” (inspirada en la novela de aquel), puesta en boca de  Marlon Brando  “… ¡¡ el horror ¡¡ ”.

jueves, 8 de septiembre de 2011

EL RECURSO DEL MÉTODO. Alejo Carpentier


          Es la tercera novela que leo de este autor cubano y, como las dos anteriores, “El Siglo de las Luces” y “¡Écue-Yamba-O¡”, esta tampoco me ha defraudado. Me gusta su estilo barroco exuberante en sinónimos, su gran  erudición, las frecuentes alusiones marginales a personajes, acontecimientos políticos, movimientos literarios o artísticos, que te sitúan claramente en un momento histórico determinado sin necesidad de recurrir a fechas o citas explícitas.
          Alejo Carpentier (1904-1980) fue un escritor cubano que recibió desde la infancia una educación esmerada y cosmopolita; sus padres, un arquitecto francés y una profesora de origen ruso, le imprimieron un cierto mestizaje cultural, y su formación posterior se  enriqueció con viajes frecuentes y estancias prolongadas en Venezuela, Haití, y Francia. En este último país entró en contacto con el surrealismo y posteriormente se integró en las vanguardias latinoamericanas del “realismo mágico” siendo reconocido como uno de los miembros de este movimiento. Aún así, los críticos reconocen discretas diferencias conceptuales entre “realismo mágico” y lo que entiende Carpentier como lo “real maravilloso”, es decir, un sentimiento de sorpresa ante lo inusual o inesperado, una sensación que el escritor hace extensiva a la realidad de toda América latina, como comunidad cultural, sin distinción de países. Es lo que podría considerarse como un “surrealismo suramericano”  
                En “El recurso del método” el escritor cubano  trata la figura del “dictador bananero” que, como se indica en la introducción de la contraportada del libro, constituye todo un subgénero de la literatura latinoamericana con novelas como “El Señor Presidente” de Miguel Ángel Asturias, “Yo el Supremo” de Roa Bastos y “El Otoño del Patriarca” de García Márquez. Se olvida, no sé si deliberadamente, otro título de este subgénero que a mi entender es el precursor de todos ellos, me refiero a “Tirano Banderas” de Valle Inclán.
          Aunque Carpentier introduce en su obra elementos surrealistas en relación a sueños o ideas del personaje, nada tienen que ver con el “realismo fantástico” llevado al extremo por García Márquez o el  excesivo localismo saturado de mitología  de Miguel Ángel Asturias, que con tanta frecuencia hacen tediosa y dificultan la lectura a los europeos. Es mi opinión personal, supongo que muy discutible. Lo cierto es que Carpentier, con ser cubano hasta la médula, es para mí el autor latinoamericano más europeo, de ahí la facilidad para asimilar su obra literaria. El barroquismo, tan propio del escritor, enriquece el lenguaje y el estilo de sus novelas sin perder por ello claridad.

Finalmente quiero destacar el  juego que Carpentier mantiene desde principio a final de la obra en cuanto a mantener incógnita la localización y el nombre del país gobernado por el Primer Magistrado. Por supuesto todos los nombres de ciudades (Nueva Córdoba, Puerto Araguato, Ciudad  Moreno) son ficticios, pero sucesivamente se aportan datos que te hacen pensar en distintos países reales sin que podamos concretar ninguno, reforzando así una total ambigüedad al respecto. Por el contrario, las coordenadas temporales de la acción están claramente establecidas entre finales del XIX y primer tercio del siglo XX, ya que alude a dictadores reales de ese período como Porfirio Díaz o Estrada Cabrera. Pienso que esta ambigüedad es deliberada y supone el reconocimiento de la figura del “dictador bananero” como fenómeno generalizado en aquella época, que pudo afectar a cualquier país hispanoamericano, el  “patio trasero” de los yanquis. Después vendrían las sangrientas dictaduras militares del cono sur, pero estas tienen claros aspectos diferenciales  con respecto a las anteriores.

jueves, 1 de septiembre de 2011

LOS PUENTES DE LONDRES. James Patterson


Otra novela de la serie negra, entretenida y liviana, ideal para refrescar las neuronas entumecidas por la solanera estival. Es obra de  James Patterson, un escritor norteamericano especializado en novelas de acción y suspense. En las reseñas biográficas consultadas destaca la abundante producción de best sellers con todos los records en su haber, diecinueve números uno consecutivos, y en ventas superior a autores tan renombrados como Stephen King o Dan Brown.  En lo negativo, se le acusa  de que su prolífica obra literaria se debe al trabajo asociado de muchos coautores lo que en el argot literario se conoce como “negros”.
          Los puentes de Londres es la décima novela de un total de diecisiete que constituyen una grupo dedicado por el autor al personaje de Alex Cross, un psicólogo del FBI. Como no he leído ninguna de las otras, espero que esta no sea una de las mejores porque, en tal caso, el conjunto de la serie merecería el justo castigo del “dios de las letras” al estilo de las bíblicas Sodoma y Gomorra.
          El “malo” de la trama argumental, un terrorista internacional, frio, vengativo, sádico, todopoderoso, y altamente tecnificado, recuerda un poco a los personajes malvados de la serie de James Bond (Ian Fleming) tales como el Doctor No, o Goldfinger, unos malos de perversión inútil y algo ingenua. En nuestro caso, el siniestro personaje conocido como “El Lobo” dispone además de medios de destrucción masiva desproporcionados y un sistema de autoprotección que roza lo ilusorio. En cuanto al personaje central, el detective psicólogo Alex Cross, se manifiesta como una persona familiar, con hijos de varias mujeres repartidos entre las dos costas, que vuela en avión de continuo para verlos y por requerimiento de su trabajo. Aparte de hacer turismo a costa del contribuyente, se limita a observar y sufrir impotente los sucesivos ataques terroristas, sin molestarse en hacer el menor análisis deductivo o inductivo que permita descubrir  la identidad del Lobo al que descubre finalmente gracias al azar.
          La estructura narrativa está muy fragmentada, con frecuentes flashback, aunque la amenaza terrorista, que es la base del argumento, impone una cierta unidad de tiempo al relato.
          En fin, espero no desanimar a nadie con esta crítica negativa. Repito que este tipo de literatura intrascendente cumple bien su función de entretener y  no hacer pensar demasiado. Eso si, en mi opinión estas novelas no deben de buscarse  en los mostradores de “los más vendidos” de las librerías. Es preferible encontrarlas en ediciones de bolsillo o incluso como regalo de algún periódico o revista; una fórmula mucho más barata que atenúa la sensibilidad crítica y hace más tolerable su lectura.

jueves, 25 de agosto de 2011

LA CONJURACIÓN DE VENECIA. Francisco Martínez de la Rosa


 Debo de reconocer que mi inclinación hacia los sucesos históricos dramáticos  fue muy anterior al interés que, tiempo después, sentí  por la Historia, escrita con mayúsculas. Aunque, bien pensado, era lógico que una cosa condujera a la otra.  Ya desde niño me impresionaban episodios tales como la traición y muerte de Viriato, o el asesinato de  Cesar en el Senado romano. El dramatismo de éstos se solía reforzar con frases de dudosa historicidad, aquello de: “¡Roma no  paga a traidores¡” o “¡Tu también, Bruto, hijo mío¡”, conduciendo de esta forma lo histórico hacia lo melodramático. Años después reconocí todos los ingredientes de mis gustos juveniles en el “drama histórico” un subgénero teatral que alcanzó su máxima expresión de calidad con Shakespeare y su serie de dramas sobre los reyes ingleses. En el siglo XIX, el romanticismo europeo, y el español en particular, puso de nuevo de moda este tipo de dramas que se adecuaban bien a los postulados y gustos de aquel movimiento cultural y literario.
          Sirva lo dicho como prólogo a los comentarios sobre  “La conjuración de Venecia” de Francisco Martínez de la Rosa; un autor que evolucionó desde su educación neoclásica hasta asumir los principios del romanticismo francés  que introdujo en nuestro país, siendo por ello considerado como  precursor y primer representante de este movimiento en  España.
          Martínez de la Rosa (1787-1862), fue diputado liberal en las Cortes de Cádiz, por ello sufrió cárcel durante la restauración absolutista de Fernando VII. Ocupó cargos en el gobierno durante el llamado Trienio Liberal (1820-23) y evolucionó hacia un liberalismo moderado. Con el restablecimiento del absolutismo se exilió en Londres y París y en ésta última entró en contacto con los autores románticos franceses. Durante la regencia de María Cristina fue  jefe de gobierno durante el periodo 1934-35 pero pronto se vio superado por posturas más progresistas al tiempo que el partido moderado, del que fue líder y fundador, evolucionaba a posiciones cada vez más conservadoras.
          Esta breve e incompleta semblanza biográfica es importante por dos razones. La primera es la valoración negativa de la actividad política del personaje por parte de la crítica histórica contemporánea, lo que repercutió en un injusto menosprecio de su obra como dramaturgo. La segunda se refiere a la importancia que la ideología política del escritor tuvo en “La conjuración de Venecia”, un drama histórico cuya trama tiene un alto contenido simbólico; a saber, la lucha por la libertad y contra la tiranía. Pero no nos engañemos, se trata de una lucha al modo ilustrado del XVIII, “todo para el pueblo pero sin el pueblo”. En el argumento se deja claro que es una conjuración nobiliaria en la que se rechaza la participación del pueblo por miedo a una revolución. Esta lectura simbólica de la obra tuvo bastante que ver con el gran éxito obtenido en su estreno en 1834, un momento de triunfo de los liberales frente a los absolutistas.
Al margen de la lectura en su contexto histórico. El drama tiene aspectos que merecen ser destacados. Está basado en un hecho real, una conjuración de nobles  venecianos contra el dux  Gradénigo en 1310. El rigor histórico está respetado al máximo si bien se cometen algunos anacronismos intencionados para reforzar el dramatismo argumental. Lo más destacable en este sentido es la excelente ambientación histórica en cuanto al exotismo orientalista del lugar, el tiempo de carnaval, las costumbres, trajes de época, juegos de luces y sonidos etc. Otro aspecto importante es el conflicto dramático que gira entre dos polos; el amor secreto y desgraciado de la pareja Laura- Rugiero, y  el desconocido origen de éste que se aclara precisamente antes de su muerte, cuando descubre a su padre que resulta ser precisamente su juez y ejecutor.
El lenguaje de los diálogos es sencillo, con momentos más retóricos que no obstante se adaptan bien a las vicisitudes del drama sin excesivo histrionismo. En fin, la obra contiene casi todos los elementos esenciales del drama romántico; amor, conflictos íntimos, tensión, sufrimiento y el destino. Este último, tema favorito de los románticos, es entendido aquí no a modo del romanticismo escéptico que conduce inevitablemente al fatalismo, sino desde del humanismo cristiano como la interacción del libre albedrío del hombre con la Providencia Divina frente a la existencia del mal.
          “La conjuración de Venecia” debe resultar espectacular en una representación teatral  pero  también es interesante para ser leída, porque la lectura pausada nos hace descubrir matices en los diálogos que pueden pasar desapercibidos en la escena. Esto es, si cabe, aún más importante en los dramas de Shakespeare, que por cierto tuvieron una clara influencia en Martínez de la Rosa y su obra dramática.