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martes, 7 de diciembre de 2021

LAS INTERMITENCIAS DE LA MUERTE. José Saramago

        Qué más puedo decir sobre José Saramago (1922-2010)? En varias entradas de este blog he destacado ya muchos aspectos de su biografía y las ideas que mejor definen la obra literaria de este escritor portugués, quizás más valorado en España que en su propio país, al menos desde que en plena madurez literaria fijó su residencia en la isla de Lanzarote a raíz de un incidente que no me resisto a contar: Ocurrió que la publicación de su novela El Evangelio según Jesucristo (1991) levantó una fuerte polémica en Portugal por ser considerada irreverente. Yo la leí y no me lo pareció en absoluto, pero el caso es que el gobierno portugués, en principio republicano laico, vetó su presentación a un premio europeo alegando que “ofendía a los católicos”. Al final, pocos años más tarde, Saramago recibió la consideración europea y mundial que merecía con el Premio Nobel de 1998.

jueves, 15 de agosto de 2019

EL CUENTO DE LA ISLA DESCONOCIDA. José Saramago


José Saramago (1922-2010) fue un escritor tardío y polifacético. Poeta, novelista, dramaturgo, periodista y ensayista, en su abundante producción no despreció ninguno de los grandes géneros literarios. Dentro de su extensa obra, la narrativa es la parte más destacable, la que le dio mayor consideración y fama entre los lectores. Creo haber leído la mayoría de sus novelas y es desde hace años uno de mis escritores favoritos. Su prosa saturada de piadosa ironía es inconfundible, y sus reflexiones trascendentes, expresadas en lenguaje sencillo y muy directo, contienen elementos lógicos y dialécticos que nos hacen evocar la filosofía socrática.
Por casualidad ha llegado a mis manos este cuento, uno de los dos únicos del escritor portugués. En este caso, lo conciso del relato no le resta ni un ápice de intensidad por lo cual me ha resultado tan atractivo como sus novelas.
El cuento de la isla desconocida (1998) tiene la estructura tradicional de los cuentos, aunque no comience con aquello de “Érase una vez…”. Sin embargo, también aquí es muy reconocible ese estilo y lenguaje propios, tan original en las novelas de Saramago. El narrador cumple la misión de introducirnos en el ambiente y los personajes para después diluirse y darles protagonismo en unos diálogos sólo interrumpidos ocasionalmente por breves aclaraciones y pensamientos que sirven para ilustrar el sentido alegórico de la trama argumental. Porque lo que se cuenta puede ser entendido como una historia de amor, pero es ante todo una metáfora con varias interpretaciones posibles. El viaje como fórmula para salir del propio aislamiento, para conocerse a sí mismo. Los sueños entendidos como utopía personal, como ilusión que da sentido a la existencia. En suma, la búsqueda de uno mismo en el viaje de la vida. Los protagonistas principales son dos; el hombre que pidió al rey un barco y la mujer de la limpieza. No tienen nombre, quizás porque sus ilusiones, emociones y sueños son comunes a todo el género humano. Ambos interaccionan en un diálogo que rehúye incluso el punto y seguido, separadas ambas voces sólo por comas y mayúsculas iniciales, unidos en el proyecto común, el hombre que persigue un sueño y la mujer que alivia su incertidumbre.
Al margen de lo aparente y lo trascendente en la historia, Saramago no desaprovecha la ocasión para deslizar la crítica hacia el poder político o los absurdos de la burocracia, como elementos accesorios de la misma. Siempre en ese tono irónico pero amable que huye de lo acerbo y más bien se compadece de los vicios que son casi inherentes a nuestra naturaleza.
En resumen, una lectura agradable y profunda a un tiempo.


martes, 7 de marzo de 2017

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA. José Saramago

Casi todos sentimos cierta preferencia por escritores concretos, aquellos que mejor sintonizan con nuestra sensibilidad o modo de pensar. Esos autores favoritos dicen mucho de nosotros, y de alguna manera nos definen como lectores. Quizás por eso nos alegramos al coincidir en gustos con personas afines y, en cambio, sentimos cierta inquietud al compartirlos con aquellos que nos caen mal. 
José Saramago (1922-2010) ingresó en mi particular lista de escritores predilectos cuando, hace bastantes años, leí  Historia del cerco de Lisboa (1989) y quede impresionado por su forma de narrar. Desde entonces he leído más de la mitad de sus novelas que, con distinto grado de intensidad, siempre me han enganchado. No sabría explicar con  precisión las razones de esa afinidad, pero me sumo a las que dio la Real Academia Sueca cuando, al concederle el Nobel en 1998, destacó su capacidad para “volver comprensible una realidad huidiza, con parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”. De la biografía del autor portugués llama la atención su carácter de escritor tardío que, partiendo de una formación autodidacta y superando condiciones adversas, consigue fama y reconocimiento en una edad muy madura. También su utópica idea pan-ibérica, basada en una identidad cultural común a españoles y portugueses, que ha defendido en entrevistas y abordó en su novela La balsa de piedra (1986). Quizás por esto último no ha sido aceptado de forma unánime en su país. Tampoco ayudó su ateísmo públicamente reconocido, ni su militancia política comunista. En particular su novela El Evangelio según Jesucristo (1991) provocó el escándalo entre los círculos católicos y conservadores de Portugal. En fin, con Saramago se cumple aquello de “nadie es profeta en su tierra”.
Ensayo sobre la ceguera (1995) es una de sus obras más conocidas. El título, que no es casual sino preciso, parece indicar una aparente contradicción entre dos géneros literarios que no es tal. Es indudable que se trata de una ficción narrativa, con la estructura argumental típica, exposición, nudo y desenlace, de una novela. Pero en este caso, el narrador omnisciente, que puede ser  la voz del propio escritor, tiene un papel decisivo porque, al tiempo que nos cuenta la historia, introduce sus propias reflexiones en torno al fenómeno de la ceguera, las sensaciones que produce, las reacciones psicológicas de los afectados, y sobre la naturaleza humana en general. Esas impresiones subjetivas trascienden el relato y nos obligan a pensar que haríamos puestos en esa situación, y todo eso queda implícito en el concepto de ensayo.
El argumento es sencillo, una extraña e inexplicable epidemia de ceguera blanca afecta progresivamente a la población. El relato se centra en unos pocos personajes que son aislados en cuarentena en un antiguo manicomio. A ninguno se le da nombre propio sino que son descritos por sus cualidades o rasgos; el  médico, el primer ciego, la joven de gafas oscuras o el niño estrábico, y esto paradójicamente no los despersonaliza sino que acentúa sus rasgos individuales. Entre ellos destaca como principal, la mujer del médico, la única que no está ciega, auténtica personificación de la generosidad  y solidaridad humana  y  válvula de escape en las tensiones que se generan, que tienen la virtud de implicar al lector emocionalmente hasta el punto de sentir cierto grado de angustia. La historia alcanza un intenso clímax dramático y después avanza y nos da un relativo respiro hasta el brusco desenlace.  La trama pone de manifiesto todo tipo de vicios y virtudes del ser humano en situaciones extremas; el egoísmo, el afán de sobrevivir a toda costa, la satisfacción de los instintos más básicos, pero también el generoso sacrificio y el amor. El narrador no juzga a los protagonistas sino que, sin justificarlos, extiende sobre ellos esa mirada compasiva que antes se citaba.
El lenguaje es claro y sencillo, abundante en refranes y dichos populares. Destaca la ironía pero siempre en un tono amable. El relato destila un cierto humor agridulce cuando pone de manifiesto las paradojas del lenguaje corriente en torno a la ceguera y la visión. Las frases siguientes, dichas por los personajes ciegos, pueden ilustrarlo bien: “una epidemia de ceguera es algo que nunca se ha visto”, o “no voy a recetarle nada, sería recetar a ciegas”.
La novela es en realidad una parábola sobre la sociedad actual, sobre lo que disfrutamos y no valoramos. Se trasciende la ceguera en su significado puramente físico para incidir en otros tipos de ceguera, la ignorancia o la inmoralidad entre otras. Lo que el escritor quiere decirnos puede resumirse en dos frases. La primera en el prólogo: “Si puedes mirar, ve. Si puedes ver, repara” (Libro de los Consejos). La segunda la dice un personaje en el epílogo: “Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que, viendo, no ven”.
En resumen, una magnifica novela, de las que atrapan al lector y le hacen pensar. Sin duda una de las mejores de Saramago.