lunes, 18 de agosto de 2014

LAS LEYES DE LA FRONTERA. Javier Cercas

El autor de esta novela ilustra bien la vinculación entre periodismo y narrativa cuyo paradigma más excelso fue sin duda Gabriel García Márquez, fallecido este mismo año. Sí he citado al genio del realismo mágico no es intentando establecer comparaciones valorativas con nuestro escritor, sino pretendiendo resaltar esa estrecha relación, casi a modo de vasos comunicantes, entre ambas especialidades, un trasvase que resulta evidente en estos dos casos y en otros muchos. A fin de cuentas el periodismo escrito, si es de calidad, merece la consideración de género literario.
        Javier Cercas (1962) se formó en filología y durante un tiempo ejerció como docente universitario de literatura española. Desde muy joven alternó las colaboraciones periodísticas con una temprana vocación por la narrativa. Triunfó como escritor con Soldados de Salamina (2001) y desde entonces ha ganado merecido prestigio y reconocimiento en ambas actividades, como novelista y articulista de prensa. Quizás sea esta doble faceta la que más ha condicionado parte de su producción literaria que se caracteriza por la mezcla de géneros en una estructura narrativa conocida como novela  testimonio. El título antes citado, su éxito más galardonado, y ésta última de sus novelas pertenecen a este subgénero en el que Cercas  ha confirmado sobradamente su maestría.
        Los anglosajones, en su afición por la síntesis lingüística, crearon un neologismo para este tipo de novelas a las que denominan faction (fact+fiction), literalmente (hecho+ficción). Porque, en efecto, son una mezcla de ficción literaria y realidad que se articula en torno al discurso testimonio, es decir, mediante el recurso a la entrevista de personajes reales, o ficticios inspirados en reales, con la intención de recabar información sobre hechos históricos o verídicos. El testimonio es la historia llevada al terreno de la subjetividad y por tanto colindante con la ficción, no en balde a la novela testimonio se la conoce también como relato real o meta-ficción. La entrevista es la que refuerza en este tipo de novelas el nexo de unión entre periodismo y literatura.
        Las leyes de la frontera (2012) es desde su propio título toda una declaración de intenciones. Porque la frontera, ese límite tan real como imaginario, es el leitmotiv, la idea directriz que subyace en todo el relato. Una delgada y porosa línea que separa realidad y ficción, la verdad de la mentira, el bien del mal; que traza difusos límites entre adolescencia y madurez, entre amor y sexo, entre orden burgués y marginalidad; tan sutil que apenas consigue distinguir entre persona y personaje, o entre la bienintencionada rehabilitación penal y la manipulación político-mediática de la misma.
        En cuanto al argumento, prefiero copiar lo más breve posible algún fragmento de las sinopsis promocionales de la novela para no desvelar demasiado, destriparla o hacer spoiler, dicho en argot más actual: “Durante el verano de 1978, el Zarco, Tere y el Gafitas se dedican a dar tirones, robar coches, desvalijar casas y atracar bancos, unidos por una atracción tan extraña como indestructible. Veinte años más tarde, el Gafitas se ha convertido en el abogado más notable de la ciudad y recibe el encargo de defender al Zarco, convertido en el delincuente más famoso de España”
        Como hemos adelantado, la narración gira en torno a unas entrevistas. Las hace un supuesto escritor que pretende escribir sobre Zarco, personaje ficticio inspirado en el Vaquilla, un delincuente juvenil que se hizo famoso en nuestro país durante los años 80, la época de la transición. Como el entrevistador solo hace preguntas o da breves respuestas, los diálogos son en realidad monólogos de los personajes entrevistados que enfocan la historia del Zarco desde su propia perspectiva subjetiva, contando su relación o sus impresiones sobre el mismo. En esa estructura de narradores múltiples que hablan en primera persona, destaca el verdadero protagonista que es Ignacio Cañas alias Gafitas, que mantiene una relación triangular con Tere y el Zarco que oscila entre la admiración, la amistad y el amor. Un protagonista con algunas similitudes de tipo autobiográfico con el escritor, que  también vivió su adolescencia en Gerona, tuvo contacto tangencial con las drogas blandas, y quizás soportó su misma condición de  charnego.
        La novela se divide en dos partes. En la primera el Gafitas cuenta sus vivencias con la banda del Zarco en el verano de 1978. La segunda se desarrolla treinta años después y relata la defensa del Zarco y su proceso de rehabilitación. El relato está escrito en un lenguaje claro y directo que sin embargo esconde verdades a medias, situaciones dudosas, y sentimientos ambivalentes que mantienen en todo momento el interés. Porque es la habilidad del autor lo que transforma una historia en apariencia simple, cruzando en ambos sentidos esa difusa frontera entre mito y realidad, para  desmitificar al personaje y mostrar los claroscuros y contradicciones sociales de aquella época de la transición española tan a menudo glorificada, y dejar un final abierto a la interpretación particular del lector.
        Para terminar, una estupenda novela que no dudo en recomendar.


martes, 15 de julio de 2014

INTEMPERIE. Jesús Carrasco

En anteriores comentarios creo haberme descrito como lector impulsivo, sin inclinaciones ni tendencias previas a la elección de una lectura. Añadiré además que procuro no estar demasiado al tanto de la actualidad de los premios literarios cuyos ecos me llegan tarde o nunca; y lo prefiero así porque cuando decido leer uno de esos libros, que estuvieron en la lista de superventas o fueron escaparate de librería, un cierto distanciamiento temporal me parece necesario para alejarme de los condicionamientos inducidos por las campañas promocionales y favorecer esa opción intuitiva que  conduce al descubrimiento propio, liberado en lo posible de inspiraciones ajenas.
         De acuerdo con esos criterios, esta obra me habría pasado desapercibida de no ser propuesta por mi club de lectura. Y no obstante debo reconocer que en esta ocasión me he dejado seducir por algunos aspectos del entorno mediático que la rodea; escritor joven y novel, éxito editorial, la sobriedad y ambientación rural que sugiere su portada, los elogios de la crítica que ha llegado a compararla con Los santos inocentes de Miguel Delibes.  En fin, todo esto atrajo sin duda mi curiosidad.
         Jesús Carrasco (1972) es un extremeño afincado en Sevilla donde trabaja como redactor publicitario. No es poco mérito que su primera incursión en la escritura haya sido elegida por el Gremio de Libreros de Madrid como el libro revelación del pasado año y su éxito haya rebasado nuestras fronteras con ediciones ya previstas en varios países europeos.
         Intemperie (2013) es una novela no demasiado extensa, poco más de doscientas páginas, que consigue interesar al lector de principio a fin y lo hace con una calculada sobriedad narrativa que nos sorprende y nos recuerda aquello de “lo bueno, si breve, dos veces bueno”. La historia es sencilla e inquietante. Un niño se esconde de su familia y huye de su pueblo, atravesando una llanura desolada por la sequía, perseguido por un alguacil. No conocemos la causa de esta huida desesperada, que no será explícita hasta el final del relato, pero tenemos indicios de su gravedad. Poco después encuentra a un viejo cabrero que lo acoge y lo ayuda a sobrevivir iniciándolo en el pastoreo, la búsqueda de agua, y la caza menor. Pronto se establece entre ellos una relación basada en la lealtad y mutua ayuda mientras el alguacil estrecha el cerco de su persecución y mantiene la tensión argumental hasta el desenlace final.
         El escritor ha pretendido y logrado mantener el foco de atención sobre los dos protagonistas y para ello ha procurado eliminar en lo posible las coordenadas temporales y espaciales que puedan distraer nuestra atención. No conocemos los nombres de los personajes, se evitan deliberadamente noticias históricas y topónimos que nos sirvan de referencia, aunque la descripción del paisaje nos sitúa en algún lugar mesetario y ciertas pistas sutiles parecen ubicar la acción en el primer cuarto del pasado siglo. Lo importante es centrarnos en las pasiones y emociones que agitan a los personajes; el miedo, el obstinado afán de supervivencia, la humillación, el embrutecimiento, la crueldad y la traición más abyecta, pero también la solidaridad, el socorro ante la necesidad, o la fidelidad abnegada hasta el sacrificio, sentimientos éstos últimos que transmiten una impresión de dignidad, la del ser humano que planta cara con valentía a las adversidades de la vida.
         La austeridad de la historia se extiende también a la  estructura narrativa lineal que recuerda las obras clásicas, sin los saltos temporales tan típicos de la novela actual. Está narrada en tercera persona por un narrador omnisciente que se centra en la figura del niño, aunque casi no penetra en sus pensamientos ni recurre al monólogo interior. Solo algunos recuerdos, sus reacciones ante el entorno, y la relación del protagonista con el pastor nos permiten adivinar sus sentimientos y emociones, porque los  diálogos son intencionadamente pocos y cortos, de esos en los que cuentan más los silencios que las palabras. El lenguaje es sencillo pero con cierta profundidad poética. Predomina claramente el elemento descriptivo que no se recrea en detalles nimios sino que es fundamental para mantener la tensión de la trama argumental y otorga  protagonismo al desolado y árido paisaje creando una atmósfera agobiante en torno a los protagonistas y reforzando el dramatismo de sus acciones.
         Me ha llamado la atención la presencia en el texto de muchos términos relacionados con el campo y el pastoreo que me eran totalmente desconocidos. Eso me ha hecho reflexionar sobre nuestra actual cultura, esencialmente urbana, que en pocas generaciones se ha distanciado de ese mundo rural con el que muchos de nosotros aún mantenemos remotos y casi olvidados anclajes infantiles. No quiero pecar de tajante o simplista, pero ese distanciamiento cultural puede ser una más de las causas que expliquen la decadencia de nuestros pueblos.
        Para terminar -salvando la anterior digresión- en mi opinión la novela supera las pretendidas comparaciones con el realismo social de los 50, o con la etiqueta de España negra tan típica de La familia de Pascual Duarte, aunque puedan establecerse algunas similitudes. Siguiendo con el juego de las semejanzas, a mí me recuerda un poco esos western de los 70, con terribles escenas de persecución a través de los áridos desiertos de Nuevo México (Tabernas). Es una opinión subjetiva y no quiero transmitir con ella una impresión peyorativa de dramatismo falso o trivializado, algo que era frecuente en aquellas películas. Nuestra novela es por momentos cruel y opresiva pero es auténtica y tan bien escrita que merece ser valorada entre las mejores que he leído en los últimos años. En cuanto al escritor, una gran promesa de futuro sí es capaz de mantener su narrativa a estos niveles de calidad.

martes, 1 de julio de 2014

EL BANQUERO ANARQUISTA. Fernando Pessoa

Con Fernando Pessoa (1888-1935)  he mantenido hasta ahora una curiosa relación que oscila entre dos extremos, el absoluto desconocimiento de su obra y un interés creciente por el escritor. Lo primero puedo explicarlo en base a mi relativo desafecto hacia la lectura de poesía, quizás algo injustificable en cuanto a este poeta portugués reconocido como uno de los mejores de la moderna literatura europea. Lo segundo, porque he  tenido acceso, de forma más o menos casual, a  muchos artículos de prensa especializada, ensayos, o alusiones de otros escritores, que glosaban su compleja e incluso contradictoria personalidad. Sin duda enfocaron mi atención hacia esta persona - curiosamente la traducción de pessoa -  que trascendió su vida discreta de corresponsal comercial  desdoblándose en personajes que acabaron por convertirlo en esa figura literaria misteriosa que sigue suscitando multitud de estudios en torno a su vida y obra.
Pessoa fue en efecto el creador de sus heterónimos; nombres como  Ricardo Reis, Alberto Caeiro, o Álvaro de Campos, entre otros muchos. No eran simples pseudónimos sino auténticos personajes que van naciendo como alter ego del escritor a lo largo de su vida. Personajes con rasgos biográficos y carácter definido, con tendencias estéticas, filosofía, y pensamiento político propio que condicionaban su poesía y escritos; a los que criticaba a veces, o hacía enfrentarse entre ellos. Los heterónimos fueron en suma el instrumento que permitió al poeta luso multiplicarse y despersonalizarse, manifestando así la amplitud y multiplicidad de su visión del mundo y la complejidad  conceptual y estética de su poesía. Mediante esos escritores de ficción descubrimos a un Pessoa estoico y epicúreo, decadentista y simbolista, monárquico sebastianista, pagano y cristiano gnóstico, místico y ocultista, entre otras muchas facetas, algunas en aparente contradicción.
Este relato breve, de los pocos publicados en vida del escritor en una revista portuguesa, pone fin a mi aislamiento de su obra literaria. El banquero anarquista (1922) es ya desde su mismo título un oxímoron conceptual o más bien una paradoja retórica, es decir, una contradicción. La narración gira en torno a dos amigos o contertulios que cenan juntos y conversan en los postres. El ambiente de simposio y la estructura de diálogo entre los dos interlocutores, uno de ellos centrado en plantear preguntas y dudas frente al otro que expone sus ideas, recuerdan vivamente los diálogos platónicos y es sin duda un homenaje a la literatura clásica.
El enfrentamiento dialéctico de los dos protagonistas se centra en la pretensión del banquero de ser también un anarquista, no sólo teórico sino en la práctica. Para demostrarlo inicia un proceso de razonamiento que partiendo de unas premisas previas pretende deducir las conclusiones que confirman el aserto inicial. Se trata de un juego lógico con matices falaces porque es de sobra conocido que a partir de premisas dudosas o falsos axiomas se pueden obtener todo tipo de conclusiones, incluso las más absurdas, manteniendo no obstante una línea de razonamiento acertado. Bajo la aparente racionalidad de la argumentación subyace una sutil ironía. Así cuando se concluye, rozando lo absurdo, que  la búsqueda individual de la riqueza conduce a la ansiada libertad anarquista, no sólo se establece una nueva paradoja sino que se confirma lo utópico de la filosofía libertaria en su aplicación a los movimientos sociales.
         En mi opinión el relato es una sátira contra el anarquismo en particular y contra la dictadura revolucionaria en general. No debe olvidarse el contexto histórico en que fue escrito, tras la revolución rusa de 1917 que ya mostraba su tendencia al totalitarismo comunista, y la oleada de atentados anarquistas en España y Europa occidental.
         En fin, este cuento ha sido  un primer encuentro con la obra de Fernando Pessoa, una lectura no elegida pero sí una propuesta acertada, una especie de aperitivo previo al abordaje del plato fuerte, su poesía que intuyo atractiva y  sugerente pero también compleja.



miércoles, 25 de junio de 2014

FAHRENHEIT 451. Ray Bradbury

A estas alturas Fahrenheit 451 puede considerarse todo un clásico de la ciencia ficción que, en su momento, ayudó a consolidar la novela distópica como un nuevo modelo o tipo dentro de ese género narrativo. Debe aclarase que la distopía es una anti-utopía, una utopía negativa, un término que sirve para describir una sociedad ficticia e indeseable, todo lo contrario al ideal establecido en la Utopía del inglés Thomas More. Este fue el instrumento utilizado por algunos escritores de la primera mitad del siglo XX para criticar las ideologías y tendencias sociales de su época además de avisar sobre sus consecuencias nefastas o apocalípticas, si se extrapolaban al futuro.  No les faltaban motivos para manifestar esa especie de pesimismo profético. El pasado siglo contempló el nacimiento de ideologías y movimientos políticos que prometían ideales como la acracia, la solidaridad internacional del proletariado, la igualdad, el espacio vital y la pureza racial, y todo ello más o menos apoyado en el progreso científico. Todo concluyó con la tiranía de los regímenes totalitarios y una trágica segunda guerra mundial, con el epílogo de Hiroshima y la amenaza de hecatombe nuclear. Entre las novelas distópicas de esa época deben destacarse dos; Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley, y 1984 de George Orwell publicada en 1949 al inicio de la guerra fría. Ambas, junto a la que comentamos hoy, gozaron de gran popularidad y se reeditaron con regularidad hasta inicios de los años 70.
Ray Bradbury (1920-2012)  fue desde su juventud un ávido lector, le gustaban las bibliotecas y fue desde muy joven escritor aficionado y autodidacta. En su dilatada carrera escribió multitud de cuentos, principalmente fantásticos, de misterio, o ciencia ficción, que agrupó en colecciones, la más conocida de las cuales fue Crónicas marcianas (1950), pero fue esta novela corta la que lo hizo más famoso.
         Fahrenheit 451 (1953) describe una sociedad futurista basada en  principios nada razonables pero prácticos en apariencia, a saber: “La cultura produce insatisfacción individual y provoca el caos social”, y su corolario a contrario sensu: “La ignorancia conduce a la felicidad”. De acuerdo a éstos, la autoridad política controla a los ciudadanos y los mantiene en una especie de nirvana acrítico basado en el control de los medios audiovisuales y las drogas tranquilizantes. Los libros, como instrumento y vehículo del conocimiento, han de ser localizados y destruidos por incineración. A esa tarea se dedican los bomberos, de forma paradójica y con fanática vehemencia. Guy Montag, el protagonista, es uno de ellos, inicialmente convencido, después dudoso e incitado por la curiosidad, y finalmente en franca rebeldía. En la trama argumental lo acompañan toda una serie de personajes secundarios que representan distintas opciones frente al sistema; desde los sumisos e incluso alienados hasta los resistentes en la clandestinidad.
         Es interesante situar esta distopía en el contexto histórico en que fue creada. Allá por el año 1953 triunfaba en los Estados Unidos la caza de brujas del senador MacCarthy que afectó a muchos escritores y  cineastas, Charles Chaplin y Elia Kazan entre otros, acusados de filo-comunistas  en el  tenso ambiente posbélico de la guerra fría. Sin duda esta campaña de represión política debió influir en Bradbury que introdujo en la novela veladas referencias cómplices, tales como la despedida “Buenas noches y buena suerte”, alusiva a la frase con que terminaba sus alocuciones radiofónicas el  periodista Edward  R. Morrow, famoso por su enfrentamiento con MacCarthy y firme defensor de la libertad cultural.
         Volviendo a la novela, lo importante de Fahrenheit 451 no reside en sus cualidades literarias. Su lenguaje es claro, sencillo, y exento de artificio. La narración en tercera persona es lineal y no acude a los habituales recursos literarios que prestan brillantez a la narrativa actual. Su principal valor es provocar la reflexión del lector. A este respecto son importantes dos discursos en la trama argumental; el del jefe de bomberos Beatty, personaje ilustrado que cínicamente aporta la justificación ética e ideológica  de la quema, frente a otro del profesor Faber , defensor del libro como instrumento indispensable para la transmisión del conocimiento.
         Muchos pensamos que, después de 60 años, hemos logrado bastantes de los avances tecnológicos que aparecen en la narración. Lo mismo que ocurrió con Julio Verne, gran parte de la ficción científica es ya una realidad. Lo dramático, lo que impresiona de esta distopía futurista, es que ha resultado ser una profecía que casi se ha cumplido. Porque, si dejamos al margen la obsesiva bibliopiromanía de los bomberos en la ficción, también ahora el poder político intenta controlar a los ciudadanos y la cultura audiovisual predomina en detrimento de la lectura. Los resultados los estamos notando ya. El libro ciertamente no ha perdido prestigio, pero cuando me muestran esas entrevistas de políticos en sus despachos, siempre con una buena biblioteca como fondo de imagen, y a la vista de sus actos, me hago siempre una pregunta que me produce cierto desasosiego: ¿los habrá leído?            



martes, 3 de junio de 2014

EL ASOMBROSO VIAJE DE POMPONIO FLATO. Eduardo Mendoza

Cuando hablamos de libros es frecuente diferenciar entre dos tipos de literatura, la seria y la divertida. Una división quizás demasiado simple pero fácil de entender y asumir por su rotundidad. Aunque no fue siempre así, ahora prefiero los libros que enseñan algo o dan que pensar frente a los que sólo entretienen,  por más que aquellos precisen de un mayor esfuerzo o puedan parecer aburridos. Y aún así pienso que ambas categorías no son excluyentes sino complementarias, y en muchas ocasiones pueden ser amenas y relajantes esas obras cuya única pretensión es la de distraer al lector, justamente calificadas por ello como literatura de evasión.
         En este tema comparto la opinión de nuestro escritor de hoy que, en una entrevista de prensa en el pasado año, se declaraba partidario de “una dieta literaria equilibrada” que combine libros serios y divertidos. Por eso, después de varias lecturas, complejas por su dificultad, he aceptado con agrado esta propuesta cuyo título y portada sugieren un contenido humorístico confirmado por la breve sinopsis promocional.
         Eduardo Mendoza (1943) sin duda ha sido fiel a ese equilibrio que recomienda a los lectores, porque casi la mitad de su producción narrativa son novelas en clave de humor. En efecto, sí bien es cierto que se dio a conocer y se consagró como escritor con títulos como La verdad sobre el caso Savolta (1975) y La ciudad de los prodigios (1986), ficciones históricas con toques de realismo social, entre estas dos escribió, a modo de divertimento, El misterio de la cripta embrujada (1978) (entrada de 9/7/2012), mezcla de novela gótica y policiaca cuyo protagonista es un detective anónimo que vive en un manicomio. El éxito de esta novela le indujo a seguir esa línea de humor y a escribir otras tres más que formaron una tetralogía dedicada al mismo personaje. En todos esos títulos, y en otros como el que hoy comentamos, el escritor catalán se ha revelado un maestro de la parodia y la sátira humorística utilizando como instrumento la mezcla de géneros narrativos.
         A este mismo patrón se ajusta El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008). En la sinopsis antes mencionada se califica de: “Cruce de novela histórica, novela policíaca, hagiografía  y parodia de todas ellas” y ciertamente participa de todos esos elementos este relato corto ambientado en Nazaret, a principios de nuestra era, que tiene como eje argumental un crimen del que se acusa a José el carpintero, padre del niño Jesús. El protagonista, implicado en la investigación del mismo, es una especie de filósofo, o fisiólogo, de cómico nombre alusivo a una dispepsia que le aqueja y a sus desagradables consecuencias.
         En la primera parte de la novela, que se corresponde con la exposición de la trama, percibimos ya toda una serie de recursos humorísticos que van desde lo fácil y escatológico –en su acepción peyorativa- hasta la más fina ironía. Entre los primeros, la comicidad implícita en los nombres de personajes, tanto romanos como judíos, a menudo relacionados con la tipología de los mismos; o la parodia del latín en frases originales aplicadas a contextos cómicos, o simplemente inventadas,  en la línea y estilo de Golfus de Roma, aquella antigua comedia interpretada por Buster Keaton. El protagonista, Pomponio Flato, cuenta la historia en presente histórico, es decir, utilizando el presente al narrar hechos pasados, para reforzar y enfatizar la misma. Utiliza un lenguaje retórico plagado de cultismos y alusiones mitológicas que denotan  pedantería. Tanto él como el resto de personajes, usan en los diálogos frecuentes paráfrasis, tanto evangélicas como clásicas grecolatinas, muy evidentes las primeras por nuestra educación cristiana, y algo menos las segundas que parodian el estilo de los antiguos himnos homéricos o epopeyas griegas,  todo con pretensión satírica que afecta tanto a parábolas (el rico Epulón y el pobre Lázaro) como a mitos o fábulas esópicas (la zorra y el cuervo). El relato está dirigido a Fabio, paródica alusión al interlocutor  de Rodrigo Caro en su Elegía a las ruinas de Itálica, y también una clara sátira del género epistolar.
         En la segunda mitad de la obra, el nudo y desenlace de las comedias, el humor deriva de la propia investigación que se torna  disparatada hasta el esperpento en una trama que va sumando personajes hasta llegar incluso a los marginales de ficción como Ben-Hur, y termina con la feliz resolución del caso, la epifanía mitológica apolínea -la pedantería es contagiosa- y la despedida del protagonista que prosigue su viaje por los confines del Mare Nostrum.

         Se ha dicho que El asombroso viaje de Pomponio Flato es una parodia de las novelas pseudo-históricas al estilo de El código Da Vinci de Dan Brown. En mi modesta opinión lo es del mundo clásico grecolatino, pero más aún del judaísmo mesiánico y de la historia evangélica sin que esto deba interpretarse como burla rayana en lo blasfemo sino más bien como un ejercicio de irónico escepticismo que recuerda en mucho aquella película de los años 70, La vida de Brian del grupo inglés Monty Python. En resumen, un libro ameno y muy divertido.

domingo, 18 de mayo de 2014

NOCHES ÁTICAS. Aulo Gelio

Dentro de la literatura grecolatina, la obra que hoy comentamos no deja de ser una mera anécdota histórica, al menos para mí, carente de formación académica especializada y solo motivado por la curiosidad de aficionado a los clásicos. Desde  mi perspectiva Aulo Gelio era un autor casi desconocido frente a otros como Homero, Cicerón, Tucídides, Tácito, o Plutarco, quizás los más célebres entre los de aquella remota antigüedad que fue el germen de nuestra cultura occidental.
         Poco es lo que sabemos de este escritor romano del siglo II d.C; que vivió entre los principados de Adriano y Marco Aurelio, viajó por  Grecia y se educó con los mejores maestros y filósofos de su época,  y en fin nos dejó esta obra fruto de su gran erudición. A priori, y a falta de información, su título me sugería una colección de poesía lírica. Nada más alejado de la realidad.
         Las Noches áticas pertenecen a un tipo de literatura clásica conocida como libros de misceláneas, es decir, colecciones de temas variados, expuestos sin un orden preconcebido, con afán divulgativo o de simple entretenimiento. Esta es al menos la intención que el escritor proclama en el prefacio. En cuanto al título, lo justifica cuando explica que hizo una recopilación de notas recogidas previamente y les dio forma literaria durante las largas noches de un invierno que pasó en Atenas. Así llegó a reunir 20 libros –equivalentes en extensión a nuestros capítulos-  de los que se han conservado todos menos el octavo. Como se ha dicho, los temas tratados no están ordenados por materias pero al principio de cada libro se hace una lista de los mismos a modo de  resumen. En lo referente al contenido, es muy variado aunque casi una tercera parte trata de gramática latina y griega. Como es natural ese bloque temático, capaz de entusiasmar a estudiosos y filólogos latinos, es bastante tedioso para los simples aficionados y en mi caso he pasado por alto la mayoría de sus entradas, salvo las referidas a etimología ya que siento un interés especial por el origen de las palabras. La parte dedicada a literatura interesa por cuanto da noticias de escritores antiguos cuya obra se ha perdido. Sobre la historia incide en aspectos biográficos y hechos de personajes, la mayoría del periodo republicano. En derecho comenta muchas leyes e instituciones políticas y nos muestra su admiración por la primitiva Ley de las XII Tablas, y es gracias a sus comentarios que actualmente conocemos el contenido de  estas leyes que fueron el origen del ius civile  romano y por tanto de nuestro actual Derecho Civil.  En cuanto a filosofía, nos muestra su afinidad con Cicerón y los filósofos neo-platónicos y estoicos, al tiempo que es un claro detractor de las ideas de Séneca que intenta desacreditar siempre que puede. En geografía resume los conocimientos de su época, y en medicina destaca aspectos tan actuales como los beneficios de la lactancia materna. En fin, la temática es tan variada que resulta imposible de clasificar. Va desde cuestiones serias como la organización del ejército, las funciones políticas de las magistraturas, o la elección de las vestales, hasta asuntos de apariencia trivial como la moda en vestido y calzado, la organización y desarrollo de un banquete, e incluso llega a niveles de puro cotilleo cuando critica las túnicas de manga larga que considera indecorosas en los hombres.
         Los estudiosos suelen dividir la evolución intelectual de una determinada cultura en tres periodos. En el primero, llamado arcaico, se establecen los fundamentos religiosos, institucionales, y artísticos mediante la recepción de tradiciones orales y su fijación por escrito. El segundo, llamado clásico, supone el cenit cultural y en cuanto a creación literaria. El tercero, el post-clásico, viene representado por la erudición, la casi ausencia de creación, y la recopilación de los saberes clásicos en códices. A este último periodo de la cultura romana pertenece Aulo Gelio y otros escritores de su época. Admiradores del lenguaje arcaico, de las primitivas virtudes del pueblo romano, de las instituciones republicanas, cuando el Imperio había llegado a su máxima extensión con Trajano y amenazaba hundirse tras Marco Aurelio, y después que Horacio, Virgilio, y Ovidio, lograran alcanzar la cima de la literatura latina. No son creadores sino estudiosos interesados en la arqueología cultural, que plasman sus conocimientos en recopilaciones de leyes, tratados de historia natural o misceláneas como ésta. Los pocos literatos de este periodo, como Apuleyo, abandonan la elegancia clásica y se tornan barrocos en su estilo. Este es el contexto histórico en el que se inscribe esta obra.
         Lo dicho no debe ser motivo para menospreciar estas Noches áticas. Gracias a Aulo Gelio tenemos noticias de escritores, filósofos, e historiadores casi desconocidos. También de instituciones políticas, costumbres, y otros muchos aspectos sociológicos. Su valor como fuente histórica es pues fundamental para los estudiosos y, a través de sus ensayos y trabajos, también para los aficionados a la cultura grecolatina.
         Una advertencia final. Por más que la obra abunde en curiosidades y anécdotas, no deja de ser algo parecido a una enciclopedia, y además desordenada. No es pues un libro para leer de un tirón, ni siquiera en varias etapas. Es más bien un plato para degustar a pequeños bocados y distanciados en el tiempo, a ratos perdidos. Si no lo hacemos así corremos grave riesgo de indigestión.


jueves, 1 de mayo de 2014

CINCO RELATOS SOBRE LA FALTA DE SUSTANCIA. Álvaro Pombo

Las historias cortas objeto de este comentario pertenecen a una colección más amplia titulada Relatos sobre la falta de sustancia (1977) de la que se seleccionaron posteriormente estos cinco, siendo editados por separado a partir de 1985. Fueron, según creo, la primera experiencia en  narrativa de Álvaro Pombo (1939), un autor que se inició en la poesía y dice sentirse poeta, pero alcanzó más reconocimiento como novelista y  se consagró como tal con El metro de platino iridiado (1990), considerada su obra maestra. No voy a bosquejar los rasgos biográficos de este polifacético escritor y académico porque ya lo hice en una entrada anterior (ver 6 de agosto de 2012). Solo quiero destacar su inclinación homosexual, alejada de estridencias militantes y públicamente reconocida, porque me parece uno de los ejes directrices que configuran su obra literaria. Así es que la homosexualidad aparece con frecuencia en sus novelas, tratada de manera directa o tangencial, pero siempre de una forma sutil,elegante e implícita, más sentimental que carnal, en ocasiones tan intelectual que parece asexuada.
         Los Cinco relatos… han supuesto mi segunda incursión en la narrativa de Álvaro Pombo. La primera fue - como he adelantado más arriba - hace dos años, con una de sus últimas novelas, El temblor de héroe (2012) que fue Premio Nadal. Tengo pues una cierta perspectiva de su obra, al menos, considerada en unas coordenadas temporales, entre el comienzo y lo más actual de la misma. Y con base en tan reducida experiencia mi impresión, lo que acierto a intuir, es la coherencia lógica y consecuente con los principios del escritor, también lo homogéneo de su producción literaria en cuanto a temáticas y estructura narrativa, dibujadas por unos rasgos que la definen. Uno de ellos ha sido ya señalado. Destacaré además el estilo realista veteado de reflexiones filosóficas, unas veces profundas y otras algo crípticas. Su prosa elegante y culta, de rico vocabulario, en la que introduce ocasionales neologismos. El gusto por lo metafórico y el humor irónico son otros de esos rasgos esenciales.
         En Cinco relatos sobre la falta de sustancia, el escritor convierte este concepto -entendido en su acepción ontológica como esencia o naturaleza de algo o alguien- en la idea unificadora de todas las historias. Un concepto que complementa con otros derivados del mismo  cuando propone la ilusión y las vivencias como elementos de sustancialización, o lo retuerce en su aspecto negativo al destacar lo insustancial de algunas vidas, hasta llegar en este juego a excesos como poner de relieve la pirueta teológica de la transustanciación.  
         En efecto, los personajes principales de los cinco relatos son seres apocados, saturados de complejos, con temor a enfrentar la vida, en suma vacíos y sin sustancia, que se refugian en la rutina como medio de superar sus carencias afectivas y alcanzar la necesaria estabilidad emocional. En algún momento de esas vidas aparece alguien que aporta una ilusión, que despierta en el protagonista pasiones escondidas, nuevas ganas de vivir, en resumen, como una luz que le da sentido y sustancia. Y después llega  el abandono o la renuncia, por  capricho, traición, o cobardía, y la vuelta al refugio de lo cotidiano, como una luz que se apaga y les hace retornar al oscuro vacío.
         Los relatos son muy ricos en matices tanto en el perfil psicológico de los personajes como en las descripciones de ambientes y época, que parecen remitirnos de forma implícita  a los años 60 del pasado siglo. Los dos que más me han gustado han sido; Luzmila, quizás el más tierno y emotivo por la bondad esencial de la protagonista, y Un relato corto, porque me hace evocar mi propia infancia en un colegio privado y el opresivo ambiente de aquellos internados, que afortunadamente solo percibí  desde la cómoda lejanía de alumno externo.   


martes, 22 de abril de 2014

NADA. Carmen Laforet

Casi todos los lectores habituales tenemos en nuestro debe -usando el símil contable-unas cuantas lecturas postergadas. Son libros de los que tuvimos noticia hace ya mucho tiempo, recomendados en manuales de literatura, antologías, y estudios críticos. Títulos disponibles, que nos interesaron en su momento, pero reposan en nuestra biblioteca aún inéditos, pendientes de elección y preteridos ante otros más actuales. En ocasiones  es la mirada caprichosa del lector la que los recupera y en otras, como en este caso, retornan a nosotros propuestos por un club de lectura. Puede ocurrir entonces que, tras ser rescatados de esa especie de ostracismo, comprendamos que teníamos olvidada una pequeña joya literaria, y esa es mi impresión con la novela que comento hoy.
         Nada (1944) fue desde su edición un importante éxito de crítica y ventas, que además ganó la primera edición del prestigioso Premio Nadal ese mismo año. Es la primera novela de Carmen Laforet (1921-2004), por la que alcanzó fama entre los lectores hasta el punto de quedar  tan ligada al título que parece autora de un solo libro. Su obra literaria posterior no fue desde luego abundante pero quedó eclipsada, como la propia escritora, por razones que no alcanzo a comprender. 
         Lo primero que impresiona de esta obra  es su calidad, propia de de la madurez literaria, que sin embargo fue escrita por la autora a los 23 años. Quizás fue la tragedia de nuestra guerra civil, y las duras condiciones de vida posteriores, lo que hizo madurar de forma anticipada a toda una generación de aquellos jóvenes escritores que produjeron lo que después se conoció como narrativa de posguerra, un subgénero que se consolidó en la década de los 50. La de Carmen Laforet fue una de las primeras obras de este tipo. Ha sido muy analizada por la crítica y se ha dicho que pertenece de lleno a la corriente literaria del existencialismo, posiblemente por la angustia vital y el pesimismo que reflejan los personajes y el opresivo ambiente en el que desarrollan sus dramas personales. El expresivo y breve título del libro alude tanto a ese vacío existencial en la vida de los protagonistas como a la incomunicación entre los mismos, ya que “nada” es la respuesta que dan con más frecuencia ante preguntas tales como ¿qué te pasa?, o ¿qué piensas?.
         La novela cuenta las experiencias de Andrea, una joven de 18 años que acude a Barcelona, recién terminada la guerra civil,  para  cursar el primer año de sus estudios universitarios, y se aloja en casa de su abuela en la calle Aribau. Allí convivirá con sus tíos y otros miembros de la familia, en un ambiente de miseria no sólo económica sino también moral, derivada de las frustraciones y dramas personales que soportan los protagonistas. El pasado es para ellos como una molesta cadena que les ata unos a otros y les genera una tensión emocional que aflora con violencia en su convivencia diaria dentro de ese microcosmos lóbrego y cerrado del piso del Ensanche barcelonés; un ambiente saturado de celos y recelos, de opresión y mezquindad, de soberbia y humillación. Pasiones negativas que inflaman a unos personajes que, sin embargo, tienen en ocasiones momentos de ternura y son capaces de gestos de generosidad y entrega, mostrando así las contradicciones inherentes a la naturaleza humana. La relación de Andrea con su amiga Ena y sus vivencias en el ambiente universitario ofrecen el contrapunto de otro mundo, más alegre y despreocupado, más luminoso en suma. Se muestra así el contraste entre la alta burguesía catalana, emergente tras la guerra, frente al hundimiento de la clase media, la burguesía liberal que aún siendo católica y conservadora quedó arruinada y marginada, enfangada a la orilla del turbulento río de la victoria, en aquella España autárquica de gasógeno y estraperlo.
         La historia está contada por la protagonista principal en primera persona y desde una perspectiva de tiempo futuro a los hechos relatados. Se ha insistido mucho en el  carácter autobiográfico del relato, algo que siempre desmintió la escritora, que sólo admitió pequeñas coincidencias tales como ser de edad aproximada a la protagonista y  haber cursado parte de sus estudios universitarios en Barcelona. De cualquier forma es inevitable pensar que la mirada de Andrea es la propia de la autora, y sí las vivencias no son personales al menos debemos suponerle la cualidad de testigo de otras similares. En suma, Carmen Laforet, igual que Andrea, pudo ser esa joven que madura en una época difícil, rodeada de historias parecidas, conocidas y casi susurradas, en un ambiente de pobreza apenas revestida de dignidad, en un mundo de derrotados y supervivientes.
         La prosa utilizada es sencilla y directa, en un estilo que se ha calificado de impresionista que  se manifiesta en el carácter subjetivo y personal de la visión que la protagonista proyecta sobre el resto de personajes y su entorno. En efecto, las descripciones de lugares y ambientes son claramente sensoriales, saturadas de olores, colores, y sonidos, abundantes en comparaciones, y claramente condicionadas por la emotividad de Andrea. En cuanto a los personajes, se nos van desvelando poco a poco, en detalles apenas insinuados de su pasado, en gestos y comportamientos aparentemente inconexos que adquieren pleno sentido conforme avanza el relato. Algo parecido a las manchas de color en una pintura impresionista que apreciamos en su conjunto cuando nos retiramos del cuadro.
En fin, no me extenderé más en el comentario. Sólo decir que la novela merece la pena y más aún si conseguimos sintonizar con la psicología de la protagonista-testigo, posible trasunto de la escritora, y penetrar con ella en ese mundo angustioso y triste que fue nuestra posguerra.    

sábado, 12 de abril de 2014

MISA DE REQUIEM. W. A. Mozart

La Semana Santa es siempre un tiempo propicio para disfrutar con las audiciónes de  música sacra y este año, en vísperas de la festividad, hemos tenido oportunidad de asistir a este concierto ofrecido en la Iglesia de Santa María Magdalena, una de las más antiguas de nuestra ciudad, situada en  el primitivo núcleo urbano medieval de la misma. Una iglesia que, a pesar de haber soportado sucesivas restauraciones, aún conserva en su estructura las huellas de la antigua mezquita sobre la que fue construida, entre otras el patio de las abluciones y una torre que fue alminar árabe. Todo esto y el entorno de leyenda que la rodea le prestan un especial encanto. En el ámbito de sus naves de arcadas ojivales y en un ambiente cofrade y procesional, rodeados de tronos e imágenes, nos dispusimos a gozar de esta popular obra.
         Entre las composiciones musicales litúrgicas hay alguna quizás más apropiada para esta festividad religiosa. Me refiero en concreto al Stabat Mater, aquel himno que  describe el sufrimiento de la Virgen ante su hijo crucificado. También son propios de este tiempo los oratorios de la Pasión, el más famoso de los cuales es La Pasión según San Mateo de J. S. Bach. En cuanto a la Misas de Requiem, si hubiera que ubicarlas en una determinada época del año o festividad sería sin duda la de Santos y Difuntos en el mes de noviembre, pero es frecuente encontrar esta pieza musical en la programación de Semana Santa, quizás por identificación simbólica de la muerte y resurrección de Cristo con la de los fieles cristianos.
El  Requiem de Mozart es  seguramente el más popular y en mi opinión también el más espectacular, junto con el de Verdi. No voy a comentar aspectos divulgativos relacionados con este tipo de obra musical, ni otros concretos referidos a ésta del genial músico y compositor de Salzburgo, para no repetir lo dicho en una entrada anterior (ver  9 de abril de 2011).
         La novedad del concierto que hoy nos ocupa, sobre otras interpretaciones a las que asistí con anterioridad, es que el  acompañamiento se redujo a un piano. En principio esto restó brillantez a la audición, pero afortunadamente la fuerza coral de este Requiem y el predominio de lo vocal sobre la parte instrumental es tan evidente que durante el desarrollo del concierto pronto olvidamos esa limitación. Aún sin orquesta, pasajes como el Dies Irae o Confuntatis Maledictis resonaron con potencia en las bóvedas del templo evocando dramatismos de juicio final y divino castigo de pecadores.
         Es necesario reconocer la meritoria actuación de solistas y coro del Taller de Canto Coral y elogiar la labor de su director que ha conseguido formar las voces de interpretes aficionados y cohesionarlas en un conjunto armónico capaz de enfrentar una pieza musical tan ambiciosa y exigente como ésta. En cuanto a los solistas, me pareció más brillante el tenor, que se adornó con efectos de vibrato y destacó sobre las otras voces a pesar de que siempre he pensado que los solos de esta obra son más favorables al lucimiento de bajo y soprano. Esa es mi opinión, siempre cuestionable por  mi escasa formación en materia musical. En el coro me pareció apreciar un moderado desequilibrio entre voces graves y agudas a favor de estas últimas. Estuvieron muy bien en algunas partes como el  Dies Irae  y fueron conscientes de ello cuando lo repitieron en el bis final.

    Como única nota discordante quiero comentar la introducción del  sacerdote, creo que párroco titular de la iglesia. Comenzó por destacar el  carácter religioso de la misa de difuntos y  asoció la música sacra con la meditación religiosa pero terminó por distinguir entre los asistentes  creyentes y no creyentes, y amonestar a unos y otros sobre la  necesidad de guardar silencio y el respeto debido al lugar sagrado. Discriminación y advertencia que me parecieron improcedentes en una velada musical que por lo demás resultó muy agradable para los buenos  aficionados a la música clásica.

martes, 1 de abril de 2014

ROJO Y NEGRO. Stendhal

Mi primera lectura de este clásico francés fue, hace muchos años, una  colección de sus relatos cortos, reunidos y editados a partir de 1929 con el título de Crónicas italianas. Mucho después leí La cartuja de Parma (1839), que los críticos consideran su mejor novela; aunque a mí me impresionaron más aquellos cuentos italianos escritos con una sensibilidad estética que se amoldaba mejor a mi percepción juvenil de la Historia que, por aquel entonces, se recreaba en aspectos épicos y dramáticos, es decir, en lo romántico, antes que en los analíticos y objetivos de la misma que podríamos calificar de realistas. Y si me atrevo a establecer estos símiles es porque, en mi opinión, nadie como Stendhal supo narrar las grandes pasiones y sentimientos humanos e insertarlos con acierto en el marco social e histórico de su época, reuniendo así en su obra lo mejor de ambas corrientes literarias, básicamente antagónicas, una como reacción frente a la otra, que se sucedieron en Francia y Europa durante casi todo el siglo XIX.
Henri Marie Beyle (1783-1842) firmó sus escritos con varios seudónimos. Stendhal fue el más popular y con él pasó a la historia de la literatura. Era de origen burgués y en su juventud participó en las guerras napoleónicas. Sus cargos diplomáticos le permitieron viajar por Europa. La admiración por el arte y la cultura italiana quedó reflejada en sus novelas. De carácter alegre y seductor se le reconocieron una decena de amantes. En política fue anticlerical y bonapartista pero su muerte, diez  años antes, le impidió conocer el Segundo Imperio francés. Nunca sabremos si su militancia ideológica hubiera sido favorable al gobierno de Napoleón III, tan diferente a su tío.
         Los tratados didácticos no son unánimes al encuadrar a nuestro escritor de forma absoluta en los movimientos literarios y artísticos de su época. La mayoría lo considera un autor de transición entre romanticismo y realismo aunque en el libro que hoy comentamos hace un alegato a favor de este último cuando afirma: “una novela es un espejo que se pasea por un ancho camino”.
          Rojo y negro (1830) es una de sus obras maestras y  quizás el mejor ejemplo de esa armónica combinación de estilos. Porque la de Julián Sorel es una historia romántica en una época, la Restauración borbónica, que ya no lo es. La de un régimen político que pretendió anular los logros sociales de la Revolución y después de la épica imperial, arrasada en la debacle de Waterloo, renunció a la  “grandeur” para refugiarse en un pasado caduco. En este marco histórico coloca Stendhal su espejo para reflejar la realidad del momento, enfocándolo hacia dos sectores sociales muy concretos y representativos; la pequeña nobleza y alta burguesía provincianas, y la  aristocracia parisina, obsesionada ésta por  conservar unos privilegios de clase ya imposibles. A lo largo de la trama argumental desfilan ante nosotros toda una serie de personajes secundarios prototípicos; políticos arribistas, nobles orgullosos y superficiales, campesinos tacaños, y curas ambiciosos, que intentan medrar en un mundo saturado de intrigas de salón, fraudes electorales y corrupción política, que en algunos momentos nos parece muy actual.  Y para conseguir este retrato, el autor recurre a un narrador en tercera persona, que de vez en cuando enfrenta directamente al lector para contarle sus opiniones personales o se disculpa por las mismas, al tiempo que con lenguaje elegante y preciso va dibujando los perfiles de los personajes, mediante diálogos cortos y sin abusar de elementos descriptivos o ilustrativos. Es en este último aspecto donde la novela alcanza una relativa complejidad ya que el escritor se dirige a unos lectores contemporáneos a los que supone enterados de la actualidad política y social de su tiempo, así que suele referirse a los acontecimientos mediante alusiones indirectas de nombres o lugares relacionados con los mismos. Para un lector actual, alejado de los hechos, esto no afecta a la comprensión de la trama argumental pero sí es un inconveniente que de alguna forma puede mermar la riqueza del relato, de ahí que resulte recomendable leer este clásico en una edición bien anotada.
         Retornando al narrador; su carácter omnisciente  le permite penetrar los flujos de pensamiento de los protagonistas principales y mostrarnos de esta forma un profundo análisis psicológico de los mismos, en particular de Julián  y sus amantes, Madame de Rênal y Matilde de la Mole. No voy  a insinuar siquiera las peripecias del joven Sorel en su intento de ascenso en una sociedad dominada por la hipocresía, ni adelantar nada de sus aventuras sentimentales. Si diré que es éste el  núcleo esencial del relato y es aquí donde se despliegan las pasiones de los protagonistas y  la novela se convierte en un drama romántico.
         Quiero comentar finalmente dos cuestiones anecdóticas. Según señalan las notas del traductor de mi edición, en el carácter y vivencias del protagonista hay muchos aspectos, más bien secundarios, pero coincidentes  o paralelos a experiencias propias del autor o de sus amantes, y nos  remite para confirmarlo a sus libros autobiográficos, en concreto Vida de Henry Brulard  y Recuerdos de egotismo.  La segunda anécdota se refiere a los epígrafes que encabezan cada capítulo, atribuidos a escritores reales y en ocasiones ficticios que, en opinión de los expertos en el escritor, son en su mayoría inventados. Pienso que bien se pueden perdonar estas sutiles travesuras en un escritor de la talla de Sthendal.
En resumen, la novela es una de las clásicas de la literatura que no debería ser obviada por los buenos lectores aunque suponga un pequeño esfuerzo adicional de documentación.