sábado, 8 de agosto de 2020

ANTÍGONA. Sófocles

    

       Leí por primera vez Antígona hace muchos más años de los que me gustaría admitir. El libro formaba parte de mi primera colección, también una de las primeras de libros de bolsillo que se editaron en nuestro país, con encuadernación rústica y a precios muy populares. Era el volumen nº 35 e incluía otras dos obras de Sófocles (496-406 a.C), Ayax y Edipo Rey. Dado mi interés juvenil por la épica y mitología, resultaba lógico explorar la tragedia griega cuyos temas principales se inspiran también en los grandes mitos, si bien la dimensión psicológica de los personajes es mucho más importante en ésta. No sólo leí esas tres, que nunca he visto representadas, sino muchas más, casi todas las conservadas de los tres grandes dramaturgos del siglo V a.C, Esquilo, Sófocles y Eurípides, tan importantes que merecían capítulo aparte en nuestra educación literaria de bachiller. No obstante, fue Antígona la que más me impresionó sin que entonces pudiera dilucidar las razones de esa predilección. Por este motivo he vuelto a leerla y ahora, con mejor criterio, creo que puedo entenderlas mejor.

jueves, 30 de julio de 2020

LOS BESOS EN EL PAN. Almudena Grandes

       
   Almudena Grandes es una de mis escritoras favoritas y en este blog he tenido ocasión de glosar su figura literaria en varias ocasiones a propósito de algunas de sus novelas. Me gusta su realismo, que ella reconoce inspirado por Galdós, comprometido con la memoria y con lo social pero nunca frío reflejo de la realidad sino sensible y emotivo. En cuanto a su reconocida militancia política, que a veces le juega malas pasadas en sus vehementes declaraciones públicas, admiro la fidelidad a los ideales sin desaliento frente al paso del tiempo. No tengo claro si esa lealtad es defecto o virtud, porque dudo si el escepticismo que impone la madurez es sabiduría de vida o cobarde renuncia a nuestros principios de juventud. En cualquier caso, se compartan o no sus opiniones, pienso que su sinceridad y compromiso quedan fuera de duda.

miércoles, 22 de julio de 2020

SÁTIRAS. Juvenal


La sátira tiene su origen en la cultura grecolatina. En el mundo griego se pueden encontrar antecedentes remotos de la misma, pero fueron los escritores romanos quienes la consolidaron como un subgénero literario típicamente latino. Ennio (239-169 a.C) fue el primero en entenderla como un poema didáctico que trataba sobre una miscelánea de temas. Pero fue Lucilio (148-102 a.C) el auténtico creador de la sátira (satvura) como un poema con clara intención de crítica social. Horacio (65-8 a.C) y Persio (34-62 d.C) cultivaron y dieron su forma definitiva a esta especialidad literaria. Sin embargo, la historia de la literatura reconoce a Juvenal como el satírico latino más famoso, no sólo porque su obra se ha conservado casi íntegra, también porque supo unificar en un todo coherente los recursos estilísticos que ya habían aportado los autores antes citados.

viernes, 10 de julio de 2020

EL CORAZÓN CON QUE VIVO. José María Pérez "Peridis"


En los últimos años hemos visto crecer la polifacética figura de José María Pérez “Peridis” (1941). Se dio a conocer como humorista gráfico y alcanzó fama mediática gracias a sus tiras diarias de viñetas en "El País", durante más de treinta años. Después, como arquitecto, conocimos sus proyectos de rehabilitación monumental con la ayuda de las Escuelas Taller, y su pasión por el arte románico difundida a través de una serie televisiva. Por fin, como buen conocedor de la historia medieval castellana, ha escrito varias novelas históricas que han merecido premios de la crítica. Yo he leído una de las últimas, La reina sin reino (2018), y me pareció que unía  rigor con amenidad, gracias a un estilo literario sencillo  y un componente de ficción teñido de  atractiva épica caballeresca que no oculta la veracidad de los hechos  históricos.

jueves, 18 de junio de 2020

LAS SEIS JORNADAS/LA CORTESANA. Pietro Aretino

Frente a los grandes escritores del renacimiento italiano, o precursores de ese nuevo estilo, tales como Petrarca, Dante, Boccaccio o Castiglione, la crítica literaria siempre consideró a Pietro Aretino (1492-1556) como un autor menor. Aún recuerdo que, en los textos didácticos de mi bachiller, tras el nombre de aquellos autores se citaba el título de sus obras más significativas, Divina Comedia, Decamerón o El Cortesano, junto a breves reseñas de las mismas. Por el contrario, nuestro autor de hoy era apenas un nombre en la cola de aquella nómina que había que memorizar. Y es que el escritor de Arezzo (Aretino) siempre fue considerado, por su vida y su obra, como un autor maldito, o al menos a contracorriente de las tendencias literarias de su época.

domingo, 14 de junio de 2020

CONTRATO CON DIOS. Will Eisner


En la corta historia del cómic moderno, al dibujante Will Eisner (1917-2005) se le considera como un pionero. A él se debe el concepto de novela gráfica formulado cuando se editó esta trilogía que hoy comento. Hasta entonces el cómic se había desarrollado en tiras cortas de viñetas de prensa que evolucionaron en la década de los 30 hacia el cómic book, es decir, una revista o cuadernillo con grapas y papel barato, con baja calidad de impresión y por entregas de una periodicidad determinada. Fue la época de los superhéroes como Supermán. El propio Eisner se consagró como historietista con la serie The Spirit (1939-1952), protagonizada por un enmascarado detective sin superpoderes, protector frente al crimen en la ciudad ficticia de Central City. Con ella tuvo ocasión de destacar como dibujante gracias a los originales encuadres de tipo cinematográfico y los efectos de luces y sombras. Durante casi 20 años estuvo apartado de la creación, y cuando sólo se esperaba su jubilación regresó con esta novela gráfica que supone la consagración del cómic como subgénero literario que fusiona dibujo y narrativa. Se define como una historia única y extensa que trata de temas profundos, con guion de un solo autor y en formato libro. Con este tipo de obras el cómic abandona el mundo infantil y juvenil y se introduce en la literatura de adultos.
         La primera novela, Contrato con Dios, se publicó en 1978 y fue elaborada lo largo de dos años. A esta le siguieron otras dos que comparten un espacio común porque son historias que se desarrollan en la Avenida Dropsie, una calle ficticia del barrio neoyorquino del Bronx. La mayoría de los protagonistas principales son judíos como el propio autor y comparten con él algunos rasgos de tipo autobiográfico. El marco temporal en que se ambientan es el de los años treinta, durante la gran Depresión, y muestran la miseria y el fracaso social de las clases bajas y marginadas, pero también su conciencia solidaria. Al final de su vida Will Eisner decidió editar las tres novelas juntas como una trilogía. El volumen que tengo en mis manos es la segunda edición del publicado en 2017 con motivo del centenario del nacimiento del autor.
         Contrato con Dios contiene cuatro relatos que se desarrollan en un viejo edificio de apartamentos de alquiler en la Avenida Dropsie. El primero, del mismo título, es la historia de Frimme Hersch, un judío devoto que, tras la muerte de su única hija, considera roto su particular contrato con el Creador y se convierte en casero usurero. En el siguiente, un cantante callejero desaprovecha, por su afición a la bebida, la oportunidad de alcanzar la gloria que le ofrece una vieja diva de la ópera. En El Super, una niñita inocente, Rosie, acaba con la reputación de un depravado casero. En Cookalein se nos muestra el veraneo de las clases humildes en una colonia de apartamentos, con derecho a cocina comunal, próxima a Nueva York. Es el pequeño reino de la falsa apariencia y de las esperanzas juveniles de encontrar un buen partido matrimonial. Las historias en su conjunto muestran la soledad de los personajes, la miseria ambiental y el fracaso del sueño americano
         La segunda novela, Ansias de vivir, la protagoniza Jacob Shtarkah, que en sus reflexiones, teñidas de matices existencialistas, personifica las inquietudes y la lucha que al parecer libró el propio Eisner a lo largo de su vida. Durante el relato interacciona con otros personajes que nos ilustran el Crack del 29, la Gran Depresión, o el auge del comunismo.
         Mientras que en la primera novela predomina el enfoque emotivo y dramático y en la segunda los temas sociales, la tercera, Avenida Dropsie, es un estudio histórico de la evolución de esa avenida, y por extensión del barrio del Bronx, a lo largo de casi tres siglos. Nos presenta aquí los cambios urbanos a consecuencia de las sucesivas oleadas de emigrantes europeos que lo fueron ocupando, desde los holandeses de la primitiva colonia de Nieuw Amsterdam a las casas señoriales de importantes familias inglesas. Después el continuo ciclo de muerte y resurrección con los irlandeses, judíos, italianos, afroamericanos y portorriqueños, siempre en un lento y progresivo deterioro urbanístico y social.
         En cuanto al dibujo, en Contrato con Dios predomina el rayado y el claroscuro que enfatiza el dramatismo. El texto está caligrafiado como parte del dibujo y no existen los tradicionales marcos de separación en viñetas, en tanto que son los edificios y las estructuras (puertas, ventanas) los que hacen este papel y refuerzan la verticalidad. Las figuras humanas tienen toques de caricatura, pero los rostros reflejan perfectamente las emociones. En la primera novela de la trilogía predomina lo visual mientras que las otras dos abundan en diálogos.
         En fin, una estupenda novela gráfica, interesante como crónica social de una época y de un distrito de Nueva York bien conocido por el autor que vivió allí gran parte de su vida. Los personajes extraídos de la vida cotidiana, emotivos y sencillos, humanizan dicha crónica y nos recuerdan que la historia no es solo un conjuntos de hechos más o menos objetivos, sino que se nutre de nosotros, de la suma de nuestras voluntades y a veces de la inconsciencia sobre las consecuencias de nuestros actos.



lunes, 8 de junio de 2020

LEONORA. Elena Poniatowska


Este libro me ha ofrecido la oportunidad de disipar dudas en torno a dos subgéneros literarios cuyos límites conceptuales no siempre son claros. Me refiero a la biografía, derivada del ensayo, y la novela biográfica, una especialidad del género narrativo. Ambas tratan sobre la vida y hechos de un personaje histórico contados por el biógrafo o novelista. Se diferencian en algo fundamental; la primera tiene una clara pretensión de objetividad aunque el juicio del escritor sea a menudo un factor subjetivo a considerar; por contra, en la novela biográfica predomina el elemento de ficción. Por sus características, ésta última puede ser más amena, en cambio el interés por la biografía dependerá de nuestra curiosidad hacia el personaje y/o el conocimiento previo de su ubicación histórica.
         Pues bien, en base a lo dicho hay que aclarar que estamos ante una biografía, por más que en la sinopsis promocional se califique de novela sin añadir ningún epíteto aclaratorio. Y debo reconocer que mi interés era ciertamente escaso al comienzo de la lectura porque de Leonora Carrington (1917-2011) desconocía hasta el nombre, y del mundo de la pintura y literatura surrealista en que vivió tengo escasas nociones. En cambio, la escritora Elena Poniatowska (1932) está ampliamente documentada sobre el personaje y su entorno, como lo demuestra la extensa bibliografía final. Además ambas coincidieron en México en la época comprendida entre las décadas de los 40 y 60 del pasado siglo, un periodo de especial esplendor cultural en ese país gracias a la generosa acogida que procuró a muchos intelectuales y artistas españoles exiliados de la guerra civil, y después europeos que huyeron de las atrocidades del régimen nazi durante la guerra mundial.
         Como se ha dicho, Leonora (2011) cuenta la historia de Leonora Carrington, una rica heredera inglesa, rebelde ante las convenciones de su familia y clase social, lo que le llevó a rechazar todo tipo de ataduras religiosas y políticas. Con una imaginación desbordante y muy influenciada por la mitología celta, gracias a los cuentos infantiles de su niñera irlandesa, entró en el círculo de los surrealistas franceses cuando con 20 años se enamoró del pintor Marx Ernst que tenía 47. Ambos fueron amantes hasta 1939 cuando él fue deportado a un campo de concentración a principios de la guerra. El carácter inestable de Leonora y el choque emocional al sentirse abandonada la llevó a un brote esquizofrénico y a su confinamiento en un sanatorio de Santander donde fue tratada con los medios de la época, en particular la terapia convulsiva con Cardiazol, un hecho que marcaría un punto y aparte en su vida. A partir de ahí, la huida a México, el reencuentro con los exiliados surrealistas, dos matrimonios y dos hijos y sobre todo su consagración como pintora con un estilo muy especial que tiene distintas influencias; la mitología celta y maya, las pinturas del Bosco, el mundo de “Alicia” de Lewiss Caroll, la interpretación onírica propia del psicoanálisis y la exaltación del subconsciente o inconsciente típica de los surrealistas.
         El personaje de Leonora, tal y como nos lo muestra la escritora, tiene pues dos periodos bien definidos. Una infancia y juventud rebelde pero también caprichosa y extravagante y siempre protegida por el dinero de su familia en los momentos difíciles. Más que pintora fue la bella musa de los surrealistas. Sintió una admiración casi sumisa en su relación con Max Ernst. Es en su etapa mejicana cuando adquiere su auténtica dimensión, se hace responsable de su vida, se libera de ataduras en su producción pictórica y  gana experiencia gracias a su relación con un sinfín de artistas y literatos. En sus relaciones amorosas pasa de la alocada exaltación de la juventud a un plácido escepticismo en el que ella lleva las riendas. Por cierto, si hemos de creer a la biógrafa, Leonora siempre tuvo una fijación simbólica con el caballo, ella misma decía ser una yegua, algo que puede tener una interpretación psicoanalítica, como no, de tipo sexual.
         Una de las especialidades de Elena Poniatowska es la biografía de reconocidas mujeres quizás como expresión de su compromiso con la causa del feminismo, entre otras opciones progresistas sociales y políticas. Su faceta como periodista le hace experta en un tipo de literatura calificada como testimonial y marcada por la entrevista y eso se nota en la estructura de esta obra. El narrador es en tercera persona para resaltar la objetividad. En el relato hay una total ausencia del recurso al monólogo interior lo que disminuye la profundidad psicológica del personaje. Aunque no hay constancia de la fórmula de preguntas y respuestas, las reflexiones que se recogen, al igual que los hechos relatados, aportan una sensación de recuerdos personales obtenidos en una entrevista.
         Como telón de fondo ambiental en la vida de Leonora, aparecen los hechos más destacables en el México de esas décadas. La progresiva corrupción de los herederos de la revolución mejicana, el sincretismo religioso de los indígenas, la revuelta estudiantil y la matanza de Tlatelolco en el 68 o el terremoto de 1985.
         En fin, la biografía va de menos a más. Desde un personaje que parece algo odioso al principio, hasta la plenitud final con una interesante reflexión en torno a la muerte que se presenta de forma surrealista como una joven y nueva amiga de la anciana pintora. Una advertencia para los interesados en este libro, poco versados como yo en el entorno artístico de la historia. Conviene informarse de forma paralela a la lectura sobre el surrealismo y algunos de los personajes que influyeron en su vida, además visualizar las pinturas de Leonora. Algo fácil con nuestros actuales medios telemáticos.
        


jueves, 21 de mayo de 2020

DON JUAN. Gonzalo Torrente Ballester


Entre los grandes mitos de la literatura cristiana occidental hay dos que simbolizan el conflicto entre salvación y condena, entre el bien y el mal y su personificación dualista en Dios y Satanás; me refiero a Fausto y Don Juan. Este último es uno de los personajes arquetípicos de nuestra literatura que, por su fuerza dramática, ha pasado a serlo también de la universal. Se dice que fue inspirado por una persona real y tuvo algunos precedentes literarios pero fue Tirso de Molina, a principios del siglo XVII, quien dramatizó por vez primera al burlador sevillano. A partir de entonces su figura ha sido tratada por multitud de literatos y músicos. Entre los primeros, Moliere, Goldoni, Puhskin, Lord Byron, Espronceda y la muy conocida versión de Zorrilla. Entre los segundos destaca la ópera Don Giovanni de Mozart. Eso sin contar la multitud de escritores que han tratado al personaje y al donjuanismo en sus ensayos, Américo Castro y Ortega y Gasset entre otros. 
De Don Juan se ha dicho pues casi todo, se le ha salvado o condenado a los infiernos, se han estudiado sus rasgos psicológicos y la supuesta misoginia, hasta se ha dicho que podría ser impotente. Por eso sorprende que Gonzalo Torrente Ballester (1910-1999) nos diera una nueva versión en su Don Juán (1963), justo después de ser reconocido como autor consagrado gracias a su trilogía Los gozos y las sombras.
         La trayectoria editorial de esta novela que hoy comento es bastante curiosa y no me resisto a reproducirla. Para empezar, fue un relativo fracaso de ventas, sin embargo Gonzalo, hijo del escritor, consideró que era la mejor novela de su padre. Tuvo problemas con la censura franquista porque se le atribuyó una considerable carga teológica y se propuso suprimir grandes párrafos. Para evitar esas amputaciones, el escritor tuvo que recurrir al ministro del momento, Manuel Fraga Iribarne. En una carta rebatía cada una de las objeciones al texto y por fin consiguió una nueva revisión y que se editara con la supresión de unas pocas frases no importantes.  Según dijo el propio autor, la obra fue concebida inicialmente como un drama, pero tuvo dificultades para traducir sus ideas a este género y finalmente se decidió por la novela.
La versión de Torrente Ballester es totalmente opuesta al mito romántico. No importa tanto la salvación o condenación del personaje. No destaca en Don Juan el desprecio a la figura femenina ni la mera carnalidad de sus acciones. Parece condenado a seducir, pero se resiste a dejar víctimas como secuela. Su concepción moral del amor se aproxima mucho al éxtasis religioso. El asesinato del Comendador no es producto de su orgullo sino del odio a la hipocresía social de su época. En suma, es un personaje más conceptual que mundano en el que destaca su rebeldía ante Dios. En los motivos entran en juego el libre albedrío frente a la predestinación, además de otros conceptos éticos y teológicos como la salvación por arrepentimiento final.
No se crea por todo lo dicho que la lectura de la novela ha de ser densa y pesada en base a esa profundidad conceptual. Por el contrario, el relato es fluido y está planteado en tono de farsa humorística plena de ironía. Además el cambio de narrador y plano temporal, sin abusos, imprime a la trama el dinamismo propio de una novela actual.
De comienzo un narrador testigo, quizás el propio escritor, se introduce  en la trama argumental. En un viaje a París encuentra a un personaje curioso, un italiano llamado Leporello (de la ópera Don Giovanni) que dice ser criado de Don Juan. El narrador se implica en la vida y aventuras de unos personajes fantásticos que mantienen la duda entre realidad y ficción, entre farsantes y fantasmas del pasado.  En el desarrollo de la trama del presente se producen dos incisos en los que Leporello y Don Juan narran en primera persona sus aventuras en la Sevilla del siglo XVII, y es en ellas donde cambia nuestra visión de ambos personajes gracias a sus propias reflexiones en torno al amor y la seducción, entre otras cuestiones y digresiones, como la original versión del pecado original en el paraíso. El desenlace queda indefinido cuando Don Juan y Leporello se reintroducen en el presente como actores, no muy buenos, del acto final en una representación teatral del Tenorio, sin que desaparezca esa sensación de irrealidad fantasmagórica de los mismos
En resumen, se trata de una novela divertida. Un juego y una elucubración sobre la figura de Don Juan, con altas dosis de humor, ironía y escepticismo que no esconden cierta profundidad conceptual. Tras leerla con agrado entiendo que el mito es como una cebolla a la que siempre se le pueden añadir, o desprender, nuevas capas.      
        


lunes, 11 de mayo de 2020

LA GLORIA DE LOS NIÑOS. Luis Mateo Díez


El escritor leonés Luis Mateo Díez (1942) es miembro de la Real Academia Española y cuenta en su haber con una extensa producción narrativa, sin embargo, no me parece que disfrute de la potencia mediática de otros académicos como Antonio Muñoz Molina o Arturo Pérez Reverte, escritores tan prolíficos como él. Con esa apreciación no pretendo minusvalorar su obra, ya que ésta es la primer que leo de sus novelas, solo evidenciar que la calidad literaria no siempre va emparejada con una amplia difusión editorial.
Por la trama argumental, la obra que hoy comento me hace recordar otra posterior, Intemperie (2013), la opera prima de Jesús Carrasco. Ambas tienen como protagonista principal a un niño y son novelas cortas, de las llamadas iniciáticas, no en el sentido esotérico del término sino el de iniciación mediante las experiencias que favorecen la evolución desde la infancia a la vida adulta. Los alemanes incluso acuñaron el término Bildungsroman para este tipo de novelas.
La gloria de los niños (2007) cuenta la historia de Pulgar, un niño al que su padre moribundo, en la posguerra, encomienda la búsqueda de sus tres hermanos desaparecidos tras el conflicto. A partir de ahí, Pulgar acepta una responsabilidad que supera con mucho sus fuerzas e inicia esa misión que siente como su destino. En el proceso encontrará a varios personajes que lo ayudarán en su empeño, pero también lo utilizarán para sus propios fines.
La ambientación de la historia se inscribe en unas coordenadas temporales y espaciales deliberadamente imprecisas. Estamos en una posguerra, pero nunca se refiere a la española. El protagonista inicia su peregrinaje por los barrios de la ciudad de Borenes desde el suyo propio, el de Larmina, con sus casas evacuadas por amenaza de derrumbes. Todos los topónimos son ficticios, pero las referencias a la ciudadela y sus murallas, además de otras, nos dirigen vagamente a la ciudad de León. Las continuas alusiones al frio y brumoso ambiente, por la confluencia de dos ríos, remiten al mismo lugar reforzando la impresión tristeza, de imagen en blanco y negro de aquellos años de caos y miseria.
Los personajes que acompañan a Pulgar en su aventura son variopintos, todos supervivientes, angustiados, desorientados y hambrientos. Sus historias se cruzan y entrelazan con las vivencias del niño y en algunas ocasiones los sucesos, dentro de su crudo realismo, adquieren un tono que nos hace evocar ciertos episodios de la novela picaresca.  Algunos personajes son claramente surrealistas, como Armunia, una anciana que ha perdido a su hijo y tiene siempre la puerta abierta esperando su regreso. O Rita, romántica y obsesiva acosadora de sus amantes que, con inesperado sentido pragmático, termina aceptando la declaración amorosa de tres panaderos mutilados: “mejor tres panaderos que vestir santos”.
El narrador es omnisciente en tercera persona. Sus reflexiones en torno a Pulgar son demasiado profundas para recurrir al monólogo interior del protagonista ya que serían impropias de un niño. Algunas las pone en boca de otros adultos como su madrina. Los capítulos son cortos, como escenas filmográficas, sin que me conste que exista la versión al cine. La acción se desarrolla mediante el continuo recurso a la analepsis, con saltos desde el presente durante el proceso de búsqueda, hacia el pasado y la evocación de los recuerdos y sueños del niño.
Si la parte descriptiva y los diálogos, no demasiado abundantes, son esclarecedores, no lo son tanto las reflexiones del narrador, de cierta complejidad sintáctica, con largas oraciones en las que a veces se oponen o se coordinan términos casi sinónimos, con escasos y poco perceptibles matices diferenciales. No seré yo quien se atreva a criticar por eso a todo un académico de la lengua. También es posible que me equivoque en lo dicho, porque son aspectos que percibo intuitivamente sin que pueda razonarlos con claridad. Sólo digo que, para un lector medio, esa relativa densidad conceptual dificulta la lectura y la hace algo tediosa, en tanto que contrasta claramente con la sencillez de los hechos narrados.
De cualquier forma, estamos ante una historia emotiva en la que lo trascendente es la pérdida de la inocencia en aras de la necesidad, lo que es lo mismo que la pérdida de la infancia, una evidencia dramática que sufrió casi toda la generación de posguerra. Esa que ahora sufre de nuevo, a la que habrá que agradecer sus méritos y honrar su sacrificio cuando termine esta pandemia que nos acosa.
En resumen, una buena novela. Merece ser leída a pesar esos inconvenientes antes citados que siempre dudo sí serán subjetivos e infundados, más fruto de mi impericia que reales y objetivos. 
        


domingo, 3 de mayo de 2020

LA CIUDAD ESCARLATA. Hella S. Haasse


En la historia de la civilización occidental hay pocos casos en que  se confundan realidad y mito desde el mismo momento en que ocurrieron los hechos históricos. El más conocido es el de Felipe II y la leyenda negra que su secretario, Antonio Pérez, y el príncipe holandés Guillermo de Orange, crearon con la complicidad de ingleses y luteranos. Otro caso típico fue el de la familia Borgia y sus más famosos miembros, Rodrigo Borgia, futuro papa Alejandro VI, y sus hijos Cesar y Lucrecia. Los Borgia dominaron la política pontificia, y por ende la italiana, en la segunda mitad del siglo XV y primeros años del XVI, una época de esplendor cultural en pleno auge del humanismo renacentista, pero de gran complejidad política, con Italia convertida en un gran mosaico de pequeños estados, algunas florecientes repúblicas como Florencia y Venecia, además de los Estados Pontificios y el reino de Nápoles. Con Francia, bajo el reinado de los reyes Valois, y el imperio de los Habsburgo disputándose el dominio de la península. En este complicado contexto, Alejandro VI y su hijo Cesar Borgia supieron maniobrar, según principios maquiavélicos, utilizando el nepotismo, la corrupción política, la diplomacia, la traición y posiblemente el crimen, como instrumentos para acrecentar su poder. Eran los medios que utilizaron casi todas las grandes familias italianas, los Médici, los Farnese, los Sforza, los Colonnna y muchos más. El problema de los Borgia era su origen aragonés y valenciano por lo que fueron considerados como extranjeros advenedizos  y odiados por el resto de sus enemigos. La auténtica víctima fue Lucrecia, utilizada por su padre y hermano como pieza determinante en una política matrimonial que cambiaba según soplaban los aires del momento. Fue casada en tres ocasiones; con Giovanni Sforza cuyo matrimonio fue anulado con el alegato de impotencia; con Alfonso de Aragón, del que Lucrecia estaba enamorada, que fue mandado asesinar por Cesar en  el marco de un cambio de alianzas; y finalmente con Alfonso de Este, duque de Ferrara. Entre los dos primeros se le supuso un embarazo ocultado y un hijo ilegítimo. Tras el último matrimonio llevó una vida dedicada a la religión, obras de caridad y mecenazgo cultural y fue muy amada por el pueblo. Pero ese misterioso hijo la hizo objeto de las acusaciones más aberrantes, incesto con su padre o su hermano, lasciva seductora y experta en venenos. Desde entonces la leyenda negra ha sido inseparable de su figura.
La literatura y el cine han explotado el morbo histórico de esta familia. Entre muchas novelas destacaré Los Borgia (2001) de Mario Puzo, en la que se les presenta como un auténtico clan mafioso, y O Cesar o nada (1998) de Manuel Vázquez Montalbán, más en la línea de ésta que comento hoy. Entre la extensa filmografía destacaré uno de los episodios de la película Cuentos Inmorales (1974) de Walerian Borowczyk, que se ceba en las relaciones incestuosas en un tono a mitad de camino entre lo erótico y pornográfico.
La ciudad escarlata (1952) de la holandesa Hella S. Haase tiene un subtítulo engañoso “La novela de los Borgia” quizás destinado a explotar el morbo al que antes me refería. En realidad, la trama argumental se centra en Giovanni Borgia (1498-1548) un hijo ilegítimo cuya paternidad se atribuyeron sucesivamente Cesar Borgia y su padre Alejandro VI, en sendas bulas. Las sospechas de maternidad recayeron en Lucrecia, pero nunca se pudo demostrar. Las habladurías señalaron al incesto con alguno de los dos anteriores, pero también hubo sospechas hacia un lacayo, Pere de Calders, o incluso un cardenal de la familia Farnese. Lo cierto es que, el llamado infante de Roma, fue protegido por distintos miembros de la familia y llevó una vida totalmente anodina. En la novela se nos presenta como acosado por las dudas sobre su origen, del cual todos opinan pero nadie se atreve a demostrar o asegurar.
En realidad, el protagonista, que cuenta su vida en primera persona, es una mera excusa para relatar los acontecimientos históricos que sucedieron tras la muerte de los principales Borgias, el papa Alejandro VI y su hijo Cesar. Los recuerdos de infancia se dirigen tangencialmente hacia ellos, pero es el presente de Giovanni lo que constituye la trama argumental. La cronología se centra en el periodo que va de 1525 con la victoria de Carlos V en Pavía y la prisión de Francisco I, hasta 1527 con el Saco de Roma por las tropas imperiales. Además del protagonista hay más voces narrativas. Las cartas en segunda persona entre Nicolás Maquiavelo y Francesco Guicciardini, político florentino y gobernador pontificio, que ponen de manifiesto el idealismo del primero frente al pragmatismo del segundo en cuanto al objetivo fallido de la unidad italiana. Un tercer narrador omnisciente en tercera persona se enfoca alternativamente sobre distintos personajes: Vittoria Colonna marquesa de Pescara, poetisa, humanista e impulsora de un movimiento reformista dentro la iglesia católica. Su marido Ferrante de Ávalos, general de Carlos V y principal artífice de la victoria de Pavía. También desfilan ante el lector personajes como Miguel Ángel Buonarroti, siempre malhumorado y en conflicto con su propia obra, o Pietro Aretino, apodado el “flagelo de príncipes”, escritor satírico, pícaro, conocedor de los entresijos del poder y de los bajos fondos de Roma. Se personifica a Tulia de Aragón, una cortesana que inspiró una de sus comedias. Estos y otros personajes secundarios configuran todo un mundo de intrigas políticas, diplomacia secreta, cambios de alianza, espionaje, traiciones y crímenes. En resumen, una compleja partida de ajedrez en el tablero italiano.
La novela está bien escrita y cumple su objetivo como ilustración divulgadora de ese complejo periodo histórico, pero no se recrea en detalles o explicaciones superfluas, por lo que es recomendable tener algunos conocimientos previos de la historia italiana y el ambiente cultural de esos dos periodos que van desde la segunda mitad del siglo XV a la primera del XVI. Los conocidos por los italianos como Quattrocento y Cinquecento.