martes, 29 de mayo de 2018

LA ESCALA DE LOS MAPAS. Belén Gopegui


Comentar ciertos libros puede suponer todo un reto. La síntesis argumental tiene que ser precisa, y debe evitar ante todo arruinar la sorpresa en el lector. Pero ¿cómo hacerla cuando la trama se te escapa de las manos como arena?. ¿Dónde encontrar la idea trascendente oculta entre la fantasía, encerrada en sí misma como en una matrioshka?. Algo así he pensado al terminar esta lectura, inquietante, inaprensible en su totalidad, pero de una belleza deslumbrante.
La escala de los mapas (1993) fue la opera prima de la escritora madrileña Belén Gopegui (1963) y en su momento recibió dos premios,  fue reconocida por la crítica literaria y avalada por escritores de prestigio. Es una de esas novelas difíciles que exigen al lector. El protagonista es Sergio Prim, geógrafo de profesión, que siente un amor platónico por Brezo Varela, una mujer que en su momento no le correspondió. Todo cambia cuando un buen día la encuentra, al bajar del autobús, y ella le toma del brazo, se muestra ilusionada y ríe.
Hasta ahí el resumen incompleto de una trama argumental que trascurre lentamente, interiorizada en el pensamiento de Sergio, y se acelera gracias al recurso de la analepsis, y a  unos capítulos deliberadamente breves, como cortes cinematográficos engañosos porque en realidad ocultan un largo plano secuencia literario. En realidad toda la novela gira en torno al espacio y al tiempo, o más bien a la distorsión de esas dos magnitudes en la mente del protagonista, en sus reflexiones, sentimientos y pasiones llevadas hasta la perturbación anímica rayana en la locura. De ahí las alegorías  relacionadas con la deformación espacio-temporal en la teoría de la relatividad o la paradoja del gato de Schródinger de la mecánica cuántica. Unas metáforas físicas y metafísicas –quizás un homenaje al padre de la escritora, reconocido astrofísico- que ilustran el profundo retrato psicológico de Sergio Prim y su búsqueda obsesiva del hueco, ese espacio irreal, o tiempo fuera del tiempo, en el que refugiarse de la realidad que le persigue, simbolizada en una dama con sombrilla roja, tacones altos y guantes largos, que aparece reiterativa en el relato. El ciervo enramado, otra imagen alegórica recurrente, es para el protagonista la luz y la continua renovación del amor ideal que siente por Brezo, un amor que intenta mantener en su pureza, alejado de toda contaminación por la realidad cotidiana. La consecuencia es la soledad y el aislamiento de la amada, aunque el lector intuye que es a la inversa, que en Sergio Prim es la soledad esencial y congénita la que le conduce hacia esa luz y a diluirse en ese amor quimérico.
Comparaciones geográficas tales como la escala de los mapas o las fracturas en el mapa mental refuerzan el retrato psicológico del protagonista, y su escapismo paranoico fijado en el hueco interior, el espacio y el tiempo, que se ilustran bien en frases como esta: “La música no está en las notas sino entre las notas” (Debussy), o en esta otra referida a los toques de tambor: “el ritmo espaciado disuelve el tiempo, el ritmo acelerado lo expulsa”.
Se ha dicho que esta novela es muy original en su planteamiento narrativo y estoy de acuerdo. El protagonista pasa alternativamente de la primera persona a la tercera cuando habla de sí mismo. Utiliza aquella para contarnos sus reflexiones y sentimientos, y ésta última para la historia de su relación con Brezo, en lo que parece una disociación entre pensamiento y acción. También interpela en segunda persona a su amada cuando la interroga con preguntas retóricas. Finalmente se dirige con frecuencia al lector para justificar sus sentimientos o incluso – acaso sea la propia escritora- para explicar aspectos estructurales del relato.
El desenlace es abierto, no podría ser de otra forma, y empeñado en mantener la duda hasta el final. El protagonista, en el más puro estilo de Pirandello, toma conciencia de sí mismo como ente literario, como creación de la escritora (… esa mujer de cuello largo) y duda de su existencia ficticia dentro de la propia ficción. En suma, el problemático conflicto y la frontera entre fantasía y realidad, en un delicado juego de metaficción.
Para terminar diré que estamos ante una novela complicada y bella en similar proporción. La historia destila sensibilidad  y en su estilo es pura prosa poética. No podemos identificarnos con las obsesiones de Sergio Prim, pero muchas de sus reflexiones  tocan nuestra fibra íntima.

lunes, 21 de mayo de 2018

EL HOMBRE DE ARENA. E.T.A. Hoffmann


A finales del XVIII, el romanticismo asumió entre sus principios la exaltación de lo sentimental, de lo irracional e instintivo, en clara oposición al racionalismo de la Ilustración. En este nuevo contexto literario, junto al dramatismo y lo épico, los relatos se impregnan de seres misteriosos, de visiones sobrenaturales e intervenciones diabólicas, y todo ello propició la aparición de un nuevo género narrativo; la novela de terror gótico, así llamada porque los relatos se ambientan en castillos y monasterios medievales. No es casual que la considerada primera novela gótica, obra de Horace Walpole, se titule precisamente El castillo de Otranto (1765).
A los escritores ingleses, los pioneros del género, le sucedieron otros muchos, franceses y alemanes, y entre ellos quizás sea E.T.A.Hoffmann (1776-1822) el más representativo de la narrativa gótica. Este autor prusiano, como otros románticos, tuvo una vida corta y agitada. Una infancia muy influenciada por prejuicios religiosos impuestos en su educación. En la juventud compaginó su trabajo como abogado con las más diversas tareas; director y tramoyista de teatro, director de orquesta, compositor musical y escritor. Su novela  más famosa y oscura es sin duda Los elixires del diablo (1815), con ella alcanza la fama literaria, y a partir de entonces se da a todo tipo de excesos que le hacen enfermar de alcoholismo y sífilis, que finalmente lo conducen a una muerte precoz.
La influencia de Hoffmann fue decisiva en escritores posteriores, entre otros Edgar A. Poe, el gran maestro  del género de terror. Sus composiciones musicales pasaron desapercibidas para los músicos de la época. Por contra, sus personajes literarios inspiraron a músicos famosos, tales como Wagner, Bellini o Donizetti. Particularmente Jacques Offenbach, en su ópera Los cuentos de Hoffmann, lo hizo protagonista de sus propios relatos de terror, entre otros del que hoy comentamos. También el compositor francés Leo Delibes utilizó este mismo cuento para su ballet Copelia. Para recalcar esta influencia literaria en lo musical, señalar que su relato El cascanueces y el rey de los ratones se hizo famoso gracias a su inclusión en el libreto del ballet Cascanueces de Tchaykovski.
El hombre de arena es el cuento más célebre de E.T.A Hoffmann. Fue publicado en 1817, incluido en una colección titulada Cuentos nocturnos (Nachtstücke), y está considerado como el más representativo de este género también conocido como romanticismo negro. Más que un cuento, es por su estructura, dividida en capítulos, una novela breve.
Es bastante original en cuanto a técnica narrativa. Los tres primeros capítulos tienen forma epistolar y los narradores se dirigen a los interlocutores en segunda persona. En dos de las cartas el protagonista, Nataniel, cuenta sus terrores infantiles centrados en la pesadilla del hombre de arena, un ser monstruoso que arranca los ojos a los niños que no quieren dormir. También su obsesión por la muerte del padre, supuestamente asesinado por un personaje con tintes diabólicos, el abogado Coppelius, al que encuentra años más tarde, con el nombre de Coppola. La segunda carta es de Clara para Nataniel. Frente a los obsesivos  e irracionales terrores de éste, Clara representa la racionalidad empeñada en encontrar explicaciones lógicas a los delirios de su prometido. En el último capítulo es un narrador, compañero de estudios de Nataniel, el que cuenta, en tercera persona, su desgraciada historia. Puede ser el propio escritor porque, en un ejercicio metaliterario, se dirige al lector para explicar el planteamiento narrativo del relato, cuyo objetivo reconocido es acaparar la atención desde el principio.
Las cartas operan como antecedente expositivo y después es el  narrador testigo el que desarrolla la trama argumental cuando enfoca la acción sobre Nataniel y su amor por Olimpia, una autómata a la que percibe como una mujer real, y la sucesión de acontecimientos que conducen al desenlace.
El relato no está exento de ambientes misteriosos ni elementos simbólicos siniestros, como la imagen recurrente de los ojos arrancados – Freud la analizó e interpretó como miedo a la castración-, ese fantasma de la infancia que retorna en Olimpia. El elemento diabólico está representado por Coppelius y Coppola (¿dos personajes o personalidad desdoblada?), descritos con rasgos físicos perversos. La alusión a los experimentos alquímicos refuerza la sensación de misterio, pero el tema central de la historia es el autómata, esa máquina animada, e inánime, que imita los movimientos humanos. En la época del escritor, la construcción de estos artificios, antecedentes de nuestros robots, alcanzó la máxima perfección gracias al desarrollo de los mecanismos de relojería. En su momento representaron el esfuerzo científico por reproducir el comportamiento de los seres vivos. En sentido simbólico, el autómata es creado por el hombre, que intenta, sin conseguirlo, alcanzar la perfección de la creación divina.
A pesar de todos los elementos inquietantes y misteriosos, las pesadillas y la ambientación, en ocasiones siniestra, lo que destaca en el relato es más bien un tipo de terror psicológico. Nataniel desde su infancia vive agobiado por una sensibilidad enfermiza que le lleva a una  distorsión de la realidad acuciada por imágenes fantasmagóricas. En medio de su obsesivo e idealizado amor por Olimpia presenta episodios de delirios paranoicos que, a la luz de antiguas creencias, pudieran entenderse como posesiones diabólicas, aunque el propio escritor, más racionalista que su personaje, los atribuye a  demonios interiores del mismo. En otros momentos recupera la razón y se refugia en Clara. En fin, presenta lo que hoy podríamos calificar como brotes esquizofrénicos y en uno de ellos se precipita hacia su trágico final. El que corresponde a un auténtico héroe romántico con todos sus estigmas distintivos: sensible y enfermizo, idealista y poético, angustiado y dramático.
           

martes, 8 de mayo de 2018

HISTORIA DE MAYTA. Mario Vargas Llosa


Desde sus remotos orígenes en el mundo griego, la literatura occidental osciló entre dos polos muy definidos, mito e historia, o si se prefiere, fantasía y realidad. Una polaridad en continua tensión, pero también porosa e interconectada. La cólera del mítico Aquiles que vence al prudente Héctor frente a las murallas de Troya (Iliada), cuyas ruinas excavó Schliemann. Y también el histórico Leónidas, convertido en héroe legendario de las Termópilas por Heródoto. Ese conflictivo dualismo se mantiene en la narrativa moderna. Ya en el siglo XIX, los románticos europeos justificaron e ilustraron el auge de los nacionalismos destacando los mitos y leyendas de sus países; y el realismo naturalista, que le siguió como reacción, se empeñó en describir de forma minuciosa la sociedad de su época. Frente a esa polaridad, muchos escritores del siglo XX exploraron la delgada frontera que separa ficción y realidad. En esa línea, el realismo mágico latinoamericano se caracterizó por resaltar los aspectos fantásticos e irreales que se perciben en lo real y  cotidiano.           
Mario Vargas Llosa (1936) presenta, en sus obras ambientadas en el Perú, claros matices de ese estilo literario, pero en esta novela emprende el camino contrario. Frente a los que introducen ficción en la realidad o lo histórico, pretende aquí hacer la ficción históricamente verosímil. 
La historia de Mayta (1984)  es  un puro alarde literario, muy típico del genial escritor peruano, pero, en mi opinión, de una clara intencionalidad política. Y parece que no soy el único que piensa así, porque en el prólogo de esta obra, escrito seis años después de su primera edición, el propio Vargas Llosa se defiende de los que tachan la novela de diatriba política, argumentando que su intención ha sido poner de manifiesto aquello que se le critica; según sus propias palabras: “la ambivalente  naturaleza de la ficción, que, cuando se infiltra en la vida política, la desnaturaliza y violenta…”. Y esa intención meramente literaria sería creíble si no fuera porque esta historia se escribió en medio de un contexto político muy determinado; el momento de mayor actividad terrorista del grupo peruano Sendero Luminoso (los terrucos), y cuando Vargas Llosa entraba en la política activa de su país.
Desde el comienzo mismo del relato, el escritor asume el papel de narrador y nos cuenta que se interesó por el personaje de Alejandro Mayta a tenor de una breve noticia, aparecida en un periódico, sobre una pequeña rebelión rápidamente sofocada en la sierra peruana. A continuación construye al protagonista mediante una serie de entrevistas a ficticios personajes  que lo conocieron y se relacionaron con él en distintos momentos de su vida. La novela se estructura en dos planos temporales; en 1958, momento en que ocurrieron los hechos reales, y la actualidad fijada en 1983, el momento en que se escribe la novela y se hacen las entrevistas, que permiten no sólo una visión multifocal de Mayta sino también conjeturar sobre la evolución social e ideológica de los propios entrevistados. Estos dos planos temporales se suceden en párrafos breves, sin solución de continuidad, a lo largo de toda la narración, lo cual dificulta la lectura sólo en sus comienzos. El escritor narrador mantiene diálogos con los testigos a los que aclara a menudo el carácter ficticio de la historia que está escribiendo, y al mismo tiempo parece dirigirse al lector, en un claro ejercicio metaliterario, cuando explica la técnica de elaboración.
Vargas Llosa no nos engaña; mediante indicaciones claras, y a veces sutiles, nos pone sobre aviso para detectar la ficción que predomina en el relato. Pero la perspectiva múltiple que aportan los entrevistados, en un magistral juego de espejos, nos hace verosímil la figura del protagonista, poco a poco reflejada e intencionadamente deteriorada. En efecto, Mayta evoluciona; al comienzo es un niño impresionado por la miseria que le rodea, después un joven idealista utópico, hasta que abraza el radicalismo militante comunista y se empeña en inútiles diatribas ideológicas entre troskistas y estalinistas. Por fin se implica en un activismo revolucionario predestinado al fracaso. En medio de todo aparece su homosexualidad que se destaca en escenas de una deliberada crudeza. Al final del relato, el escritor encuentra a un Mayta, que pretende ser real aunque descrito con rasgos ambiguos, y lo confronta con su propia historia ficticia. En esta nueva versión ya no es homosexual sino un pobre hombre que, tras el fracaso de la conspiración, ha sido traicionado y convertido en un simple ladrón por un sistema político que lo encarcela, acusado de robos y secuestros que parece no haber cometido.
Los pocos personajes históricos que aparecen en la narración son aludidos de forma circunstancial sin que participen de la acción, solo para reforzar la impresión de verismo. El narrador sólo se detiene en el sacerdote y político nicaragüense Ernesto Cardenal, y lo hace para destacar  sus excesos al identificar comunismo con cristianismo.
No obstante, en el lado positivo, el relato adquiere un claro matiz social  cuando denuncia la pobreza del pueblo en los barrios marginales de Lima y su carácter de lumpen sometido a toda clase de abusos, o el hacinamiento y la miseria de las cárceles peruanas. Merece también destacarse en la obra  una estructura narrativa circular, cuando comienza y termina describiendo la suciedad y fealdad del barrio limeño de Miraflores, que no cambia con el paso del tiempo, quizás una metáfora del inmovilismo social y político.
Para terminar, una obra estupenda en cuanto a estilo literario, en ese aspecto quizás de las mejores del autor. Un exquisito juego dialéctico entre realidad y ficción que envuelve al lector en una maraña de dudosas certezas e invenciones verosímiles. Pero en el fondo, una novela claramente tendenciosa desde el punto de  vista ideológico. No me extraña que recibiera críticas y que sea uno de sus títulos menos valorados por el público lector. Un intelectual de la talla de Vargas Llosa no necesita poner su genialidad literaria al servicio de la ideología política. Y la democracia, como se vio en su momento, a veces no recompensa políticamente a un gran escritor. Espero que ahora, cuando de nuevo suenan para él las trompetas de la política y su seductora música, no vuelva a caer en la tentación. Amén 


miércoles, 2 de mayo de 2018

OBRAS MORALES. Plutarco


Plutarco (50-120) fue uno de los últimos representantes del helenismo, aquella corriente cultural que, tras la muerte de Alejandro Magno, expandió la cultura griega hasta Egipto y Oriente Medio al tiempo que actuó como argamasa y nexo de unión con el mundo latino, conformando así la cultura clásica que es la base de nuestra civilización occidental.
Vivió entre los siglos I y II de nuestra era, principalmente durante el reinado de Trajano, la época de mayor expansión del Imperio romano. Hombre de gran cultura y muy cosmopolita, viajó por todo el mundo mediterráneo, ejerció el cargo de sacerdote en el oráculo de Delfos, tuvo amistad con algunos senadores muy influyentes y desempeñó varias magistraturas en su ciudad natal de Queronea. Al margen de la actividad política se dedicó a la filosofía, fundó una escuela de retórica y dejó plasmado su pensamiento en multitud de escritos. La posteridad lo valoró más en su faceta de historiador gracias a su obra más conocida, Las Vidas paralelas, un conjunto de biografías de personajes célebres, griegos y romanos, emparejados por similitudes en su dedicación, sus hechos o virtudes. De ellas se han conservado un total de cuarenta y ocho biografías, veintidós pares y cuatro desparejadas. Más que el rigor histórico destaca en ellas la amenidad, las anécdotas y la intención moralizante, al resaltar las virtudes y vicios de los grandes hombres a fin de servir como ejemplo. No obstante algunas biografías son consideradas como única fuente histórica y son citadas de continuo, aunque con recelo, en los modernos estudios sobre la antigüedad grecolatina. Esta obra tuvo una gran influencia en los escritores del Renacimiento. Shakespeare utilizó las Vidas paralelas como fuente para algunas de sus tragedias y, a través de las mismas, ciertas frases atribuidas a personajes históricos se han hecho célebres; pura literatura convertida en historia.
En Plutarco lo más destacable, y menos conocido por el público lector, es su faceta como  filósofo moralista y educador. Durante toda su vida escribió y publicó multitud de trabajos sobre ética, filosofía, política, ciencia, pedagogía e historia. Según se dice, muchos de ellos fueron recogidos por su hermano Lamprias, en un catálogo que lleva su nombre, y algunos se han perdido. En el siglo XIII un monje bizantino recopiló buena parte de esos trabajos y les añadió otros que actualmente se consideran apócrifos. El conjunto de estos últimos forman un corpus que actualmente se conoce con el título de Moralia, traducido como Obras morales y de costumbres.
El volumen que hoy comento forma parte de una colección, editada por Planeta-De Agostini  por concesión de Editorial Gredos, expertos en autores clásicos grecolatinos. Es una antología que recoge bajo el mismo título solo ocho trabajos u opúsculos de los Moralia, la mayoría de carácter didáctico o pedagógico destinados a la educación de la juventud, y dos de ellos tratan  de los deberes del matrimonio y sobre la superstición. En general son una serie principios expresados como consejos e ilustrados con refranes populares o frases de filósofos y autores griegos. Cuando se habla de las virtudes se busca continuamente la comparación y el ejemplo de los grandes hombres de la antigüedad. En su mayor parte, las ideas que se expresan son  eclécticas, una mezcla de moderado estoicismo ético, con rechazo de algunos postulados radicales, y de filosofía aristotélica en todo lo referente a la ciencia y la moderación de justo medio. La virtud en Plutarco, igual que en el resto de escritores paganos,  tiene poco que ver con el concepto judeo-cristiano de la misma. Es más bien el conjunto de valores éticos que definen al ciudadano romano (vir bonus) de acuerdo a ideales como el bien, la verdad, la justicia y la belleza. Y no obstante, tanto Plutarco como Séneca, fueron criticados positivamente por los primeros apologistas cristianos y los llamados Padres de la Iglesia, quizás por ese matiz ético estoico tan acorde con la mentalidad religiosa.
Naturalmente estos pequeños tratados, muy parecidos en esencia a lo que hoy llamamos ensayo, deben ser ubicados en su contexto histórico, liberándonos de prejuicios derivados de conceptos que, siendo los nuestros, son el fruto de la evolución social e histórica. No obstante es bastante sorprendente la actualidad de algunas ideas. Así cuando destaca la importancia de la lactancia materna en la crianza de los hijos, o el rechazo de los castigos físicos en la educación infantil. También cuando indica que no es la procreación la primera finalidad del matrimonio sino el amor y la sintonía entre los esposos.
 Las obras morales, con las adulteraciones y pérdidas ocasionadas por el paso del tiempo, no son en mi opinión una obra menor. Sin duda menos amena que Las vidas paralelas, pero a cambio nos muestran a un Plutarco más íntimo y nos aproxima a su mentalidad y la de su época.
Puede parecer extraño si digo que esta lectura es de alguna manera refrescante y entretenida. Lo puede ser sí, estimulados por la curiosidad, queremos conocer conceptos e ideas que forman parte de nuestra  genética cultural, gracias a los cuales somos lo que somos. Sí valoramos la evolución del pensamiento en su justa medida y entendemos que en lo fundamental, parodiando el tango, “… veinte siglos no es nada”.


Antigua región griega de Beocia


















jueves, 26 de abril de 2018

EL EXTRAÑO CASO DEL DR. JEKYLL Y MR. HYDE. Robert Louis Stevenson


La vida de Robert Louis Stevenson (1850-1894) fue corta pero intensa y con matices biográficos que nos recuerdan vivamente a otros artistas y escritores del periodo romántico. Una constitución física enfermiza; infancia atormentada y un carácter impresionable; afectado por la tuberculosis desde muy joven; viajero impenitente en busca de balnearios o  climas favorables a su enfermedad, y una muerte prematura, en la exótica isla de Samoa, que acrecentó su carácter de mito literario.
La producción del escritor escocés es amplia e incluye narrativa, ensayo, libros de viajes y poesía, pero ha pasado a la historia de la literatura como uno de los creadores de la moderna novela de aventuras, y es básicamente recordado por tres títulos muy populares: La isla del tesoro (1883), La flecha negra (1888) y ésta que hoy nos ocupa, probablemente la novela del autor más versionada a teatro, cine y televisión. Y quizás sea por el agotamiento que produce lo tantas veces visto, que no la he leído hasta ahora, mientras que las dos primeras integraron mis lecturas de juventud.
El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886)  fue un éxito editorial ya en el mismo año de su publicación casi simultánea en Reino Unido y en los Estados Unidos. Desde su aparición quedó envuelta, deliberadamente o no, en un aura de misterio pues los familiares de Stevenson aseguraron que la escribió de corrido en sólo tres días, tras despertar de una pesadilla nocturna. Aludiendo a su título podemos decir que se trata de un extraño relato que no se deja encuadrar claramente en el género de aventuras al que pertenecen los otros dos títulos ya citados. Para ser una novela de entretenimiento ha sido muy analizada por la crítica literaria y se ha dicho que es una alegoría moral o religiosa, un novela psicológica, se la ha clasificado en el género  policíaco y en la  novela gótica o de terror. Incluso se ha definido como ciencia ficción ya que el protagonista desdobla su personalidad gracia a una mezcla de drogas.
Ciertamente la obra participa, en distinta proporción, de todos esos géneros y, en mi opinión, hay diferencias significativas entre la novela y sus versiones audiovisuales. En efecto, en la primera, escrita en diez capítulos, los nueve primeros están narrados por un personaje, el abogado Utterson, amigo del Dr. Jekyll, que describe en tercera persona su indagación en torno a las misteriosas apariciones y desapariciones del misántropo y odiado Mr. Hyde. Y lo hace en el más puro estilo policíaco de la escuela inglesa (Agatha Christie, A. Conan Doyle), es decir, mediante el análisis empírico de las pruebas y las pertinentes deducciones, en una trama complicada que sólo al avanzar muestra elementos terroríficos propios de la novela gótica. En el capítulo final es el protagonista, el Dr. Jekyll, quien toma la palabra, a través de cartas póstumas, y nos aclara su personalidad desdoblada, en un entorno de consideraciones morales entre las que destaca el dualismo maniqueo del alma humana, el conflicto interno entre el bien y el mal, y la ambición como la causa de ese desdoblamiento en el que poco a poco predomina la lujuria y el vicio sobre la razón, los vicios privados sobre la virtud pública; en fin unos temas éticos muy propios de la época victoriana. En resumen, la novela es una trama principalmente policíaca con elementos góticos, que pretendía mantener la intriga del lector decimonónico hasta el final.
En cambio las versiones audiovisuales que todos conocemos son bien distintas. Para empezar, en casi todas se abrevia el título en Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Y esto no es casual porque ya no se trata de un extraño caso a investigar sino que, obviando ese aspecto fundamental, nos muestran directamente la monstruosa transformación del protagonista. En ellas desaparece el matiz policíaco y se convierten en películas de terror. Y con la desaparición del suspense también decae el interés del espectador actual por la lectura de la novela.
De cualquier forma, esta narración corta merece ser leída porque nos muestra aspectos muy característicos y hasta curiosos. Analizada  en su estilo literario, destacan los elementos propios del romanticismo, pero en algunas descripciones se insinúan otros más típicos del realismo naturalista que le sucedió. Así, el detalle minucioso de los elementos químicos que componen la pócima elaborada por Jekkyll  nos indica el interés de los literatos del XIX por la experimentación que dio lugar a importantes avances científicos, paralelos a la revolución industrial de ese siglo. En cuanto a la descripción de los rasgos perversos y viciosos de Mr.Hyde, parecen muy influenciados por la fisiognomía, una pseudociencia, muy de moda en esa época, que pretendía conocer el carácter de una persona, incluso adivinar sus vicios, a través de su constitución, su aspecto físico y principalmente de sus rasgos faciales.
Para terminar, una gran novela y un claro ejemplo de cómo el cine  puede llegar desalentar o arruinar una  lectura interesante.  

                          Un cartel de la década de 1880


jueves, 5 de abril de 2018

EL TULIPÁN NEGRO. Alejandro Dumas


No hace mucho que he recuperado mi biblioteca, perdida hace tiempo por circunstancias que ahora no vienen al caso. La encontré desubicada de sus estanterías originales, en un triste y caótico rimero de libros amontonados junto a la pared; un desorden que he procurado corregir. Y en eso estaba cuando, en una lluviosa y deprimente tarde de este invierno invasor de primaveras, me topé con esta novela de aventuras, pura literatura de evasión que me hizo evocar mi etapa juvenil y leí con verdadero deleite de un tirón.
Firmada nada menos que por Alejandro Dumas (1802-1870), autor de obras tan populares como El conde de Montecristo o Los tres mosqueteros, y auténtico maestro en este subgénero literario. Digo firmada, y supuestamente escrita, porque en la nómina  del escritor francés figuran nada menos que unas trescientas novelas, pero se sabe que, a fin de aumentar las ventas, se le atribuyeron obras de otros autores menos conocidos; algo similar a lo que ocurrió con Lope de Vega y su enorme producción teatral. También está confirmado que ocasionalmente contrató a profesionales para escribir bajo su nombre; lo que ahora se conoce coloquialmente como un “negro”.
El tulipán negro (1850) –perdón por la redundancia-  fue escrita por Dumas sólo seis años más tarde que aquellas dos novelas que le dieron la fama. No debe ser confundida con la película del mismo título, que protagonizó Alain Delon en 1964, interpretando a un espadachín enmascarado al estilo del Zorro, que repartía entre los pobres lo que robaba a los ricos. Ninguna coincidencia argumental entre una y otra, salvo pertenecer ambas al género de aventuras.
En nuestro caso, la novela tiene todos los ingredientes básicos en esta modalidad narrativa de acción y misterio. El protagonista es el holandés Cornelius Van Baerle, un joven botánico tan honrado como ingenuo, que se ve envuelto en una intriga política que pondrá en riesgo su vida. En el papel de malo, su vecino Isaac Boxtel, malvado rival en el cultivo de tulipanes y envidioso de su fortuna. Las desgracias del primero se suceden hasta salir finalmente victorioso gracias a la decisiva  ayuda de Rosa, una belleza rubia, compasiva y también más inteligente y práctica que su enamorado Cornelius. Como suele ocurrir en este tipo de novelas, la acción se complica y agrava hasta el final cuando de forma providencial aparece el príncipe que imparte justicia y pone a cada cual en su sitio. Este último papel está reservado a un personaje histórico, Guillermo III de Orange, al que Dumas apoda el Taciturno confundiéndolo con un antepasado de mismo nombre que vivió un siglo antes.
Hago esta aclaración porque el relato tiene una ambientación histórica bastante definida que sirve de marco perfecto y justificación de la aventura. Desde las primeras páginas se traslada al lector a Holanda y a la ciudad de la Haya en una fecha muy concreta, el 20 de agosto de 1672, el día que la plebe enfurecida linchó y despedazó los cuerpos de los hermanos Johan y Cornelius de Witt, dos políticos admiradores de la antigua república romana, cuyo trágico destino tiene cierta similitud con el de los Gracos. Johan de Witt, jurista y matemático, fue líder indiscutible de la República de las Provincias Unidas desde 1650, el periodo de mayor hegemonía holandesa en Europa. Durante su mandato se abolió el cargo de estatúder, una especie de principado republicano que había ostentado hasta ese momento la casa de Orange. La guerra con Francia arruinó su prestigio y fue aprovechada por el partido orangista que instigó la revuelta popular que terminó con su vida.
Desde esa fecha y de esos sucesos históricos descritos en los primeros capítulos, parte la aventura de Cornelius van Baerle, obsesionado con la búsqueda de un tulipán negro que debería ser el premio a su larga carrera botánica, en la feria de Haarlem. La llamada tulipomanía, que es otro punto referencial en el relato, fue un periodo de euforia especulativa que se produjo en Holanda en torno a los bulbos de tulipán y su hibridación en distintos colores, lo que llevó a la primera burbuja económica conocida en la historia moderna. En este caso Dumas se permite la licencia del anacronismo porque dicha crisis ocurrio unos cuarenta años antes de los hechos narrados.
El relato tiene el formato típico de las novelas del XIX, publicadas en prensa y por entregas. El narrador en tercera persona, que puede ser el propio escritor,  se dirige al lector mediante preguntas retóricas destinadas a estimular su curiosidad. En el final de cada capítulo la acción  mantiene el suspense necesario que incite a proseguir la lectura en el siguiente.
Para terminar, se trata de una buena novela de aventuras. Obra menor del autor pero muy entretenida. Interesante por la ambientación. Los comentarios y juicios de valor del narrador en torno a los personajes históricos revelan a un Alejandro Dumas de clara simpatía republicana, lo cual no dejaba de ser peligroso en un escritor que vivió gran parte de su vida bajo el régimen dictatorial del Segundo Imperio francés de Napoleón III.
        


lunes, 2 de abril de 2018

AMAPOLAS VERDES. Ildefonso Morillas Pulido


Ildefonso Morillas (1974) es un escritor aún no favorecido por las técnicas de marketing editorial. Bajo esa perspectiva podría considerarse un autor incipiente y no reconocido, a pesar de tener publicadas hasta ahora dos novelas, dos volúmenes de relatos cortos, y haber sido galardonado con varios premios de ámbito local y regional. En cuanto a este tipo de escritores casi desconocidos, pienso que los clubs de lectura cumplen una decisiva función  divulgativa de su obra que tiende a hacerlos visibles ante el público lector. Gracias a mi club, y con este libro, he descubierto a un nuevo escritor, un paisano jiennense al que sinceramente deseo una pronta consagración en el panorama literario español.
Amapolas verdes (2017)  es su tercer libro de cuentos. Un volumen integrado por diez relatos, incluido el que le da el título. La mayoría están ambientados en lugar y tiempo indefinidos, que el lector localiza a veces por los nombres de algunos personajes, o pequeños detalles que le remiten a un pasado no muy remoto. La excepción son los titulados Fiona Glenn, con escenario en la Irlanda  de mediados del pasado siglo, y Niños, moscas y ferragosto, ubicado en la región  italiana de Las Marcas. La localización es aquí importante, porque sitúa a los personajes en un medio rural opresivo que refuerza la impresión de soledad de los mismos. 
Casi todas son historias narradas en primera persona por los protagonistas principales, en un tono que nos revela sus sentimientos más íntimos. Son relatos que no buscan el efectismo de la fantasía sino la emotividad que emana de hechos cotidianos o experiencias y sensaciones que dejan su impronta en la vida de los personajes.
El tema que trasciende la mayoría de estos relatos es el amor y sus manifestaciones o secuelas. Un amor ni idealizado ni afectivo sino  entendido más en su faceta venérea, en ocasiones con descripciones de una carnalidad explicita. El amor, y también su ausencia, que deja heridas permanentes. El despertar al sexo de un adolescente egoísta y celoso; el amor desigual  y el abandono de la amada; el fracaso de la vida conyugal; la nostalgia y la frustración sexual en  una violación poco menos que consentida; el amor roto antes de consumarse. Historias narradas a menudo por mujeres marcadas por la pobreza o un entorno agobiante, amores que las señalan y concluyen en soledad. Unos pocos relatos rompen esta supuesta unidad temática y nos muestran los terrores nocturnos infantiles, o el dolor contenido pero insuperable por la pérdida de un hijo.
Los personajes evidencian sus sentimientos con un lenguaje sencillo y directo, desprovisto de artificio pero emotivo, que puede ser vulgar si la ocasión lo requiere. Las historias, con la excepción de la titulada Fuego, no tienen un final sorprendente como suele ocurrir en este tipo de relatos cortos. Pero todas tienen matices inquietantes o establecen relaciones simbólicas que mantienen la atención del lector.     
En resumen, una colección de cuentos de lectura fácil. Quizás les falte algo que no sabría definir bien, pero tienen aspectos interesantes que evidencian a un escritor que, utilizando un término taurino, apunta maneras y habrá que seguir en el  futuro.

miércoles, 28 de marzo de 2018

MESSA DA REQUIEM. Giuseppe Verdi


En fechas recientes la Universidad de Jaén celebró su 25 aniversario con la programación del Requiem de  Giuseppe Verdi en la Catedral. Se trata de una obra de gran exigencia interpretativa, que tradicionalmente ha supuesto un enorme reto para solistas, coros y orquesta. En esta ocasión fue interpretada por  un coro mixto, el de la Universidad de Jaén y el de la Ópera de Granada, con la Orquesta de la Universidad de Jaén en la parte instrumental, y con los solistas Carmen Solís (soprano), Mirouslava Yordanova (mezzosoprano), Pancho Corujo (tenor) y Francisco Crespo (bajo), dirigidos por Ignacio Ábalos Ruiz.
         Sí el de Mozart es quizás el más popular de los Requiem, el de Verdi es el más espectacular, en mi opinión. Se ha dicho del mismo que es una ópera con formato de música sacra y que Verdi, reconocido anticlerical y agnóstico, no pretendía expresar en su obra la confianza en la salvación sino su angustia y rebeldía ante la muerte. De ahí el énfasis musical en los pasajes más dramáticos del texto litúrgico, tales como el Dies Irae, ese terror de las almas ante el Juicio Final que se repite como leitmotiv durante el desarrollo de la obra hasta el último pasaje, cuando reaparece como una terrorífica explosión poco antes de que la angustiada e insistente súplica de la soprano, libera me, quede en el aire mientras se apaga la música, en un final inquietante que parece mantener la duda sobre la salvación que se pide en el primer pasaje: “Requiem aeternam dona eis, Domine”.
         Como aficionado a este tipo de música coral no pretendo analizar y criticar la actuación de los solistas, coros y orquesta, en la interpretación que nos ocupa; y además sería muy osado, dada mi escasa o nula cualificación técnica en todo lo referente a canto e interpretación musical. Sí puedo decir que me pareció en su conjunto un espectáculo grandioso; a señalar el brillante y dramático predominio de los instrumentos de viento en la parte instrumental, también el equilibrio y armonización entre coros y orquesta. En cuanto a los solistas, creo que estuvieron a la altura del reto. En particular quiero destacar al bajo, y la soprano de voz clara y brillante, aunque no estoy seguro que se sobrepusiera en volumen a los coros en el pasaje final, tal como lo exige la composición verdiana, si bien es cierto que la mala acústica de la Catedral pudo tener alguna culpa en ese sentido. También eché de menos un poco de más énfasis dramático en la primera frase de ese último movimiento, el “Libera me, Domine, de morte aeterna”, que en otras audiciones la soprano canta casi como una demanda angustiada antes que humilde súplica. 
         En fin, creo que  el público quedó  muy satisfecho con la interpretación de este Requiem de Verdi. Por mi parte añadiría mi deseo de poderlo disfrutar de nuevo en un futuro no muy lejano, a ser posible en un teatro o sala de conciertos. Perderíamos en cuanto al típico marco incomparable lo que ganaríamos en mejor acústica.
          Al margen de lo dicho hasta ahora, quiero criticar la pésima organización del evento. Es verdad que la entrega previa de entradas de invitación parecía indicar un intento de organizar el caos que reiteradamente sufrimos en este tipo de conciertos gratuitos. Por desgracia no fue así. Algunos asistentes estuvimos en cola hasta una hora antes con la esperanza de conseguir un asiento más cercano a la orquesta y coros, y tuvimos que ver como se abrían tres puertas de la Catedral al mismo tiempo, apenas se solicitaba la entrada, y el público entraba en tromba sin respetar turno alguno. La solución parecía fácil, una sola puerta abierta y algunas vallas para establecer un orden de acceso, pero una vez más la improvisación y el mal hacer de los responsables frustraron cualquier intento de orden.
         Comprendo que la gratuidad de un espectáculo es un elemento fundamental para divulgar la cultura, musical en este caso. Pero en aquellos que por su popularidad convocan a gran cantidad de público debería establecerse un precio de entrada, aunque fuera pequeño, como forma de discriminar el verdadero interés de los asistentes. Puede parecer ésta una opinión elitista, pero la comprendería quien hubiera tenido que contemplar y soportar, a su lado o delante, los arrumacos de una pareja de novios desentendidos del Agnus Dei, o los esfuerzos de una madre por distraer con un muñeco a su niña pequeña  mientras se cantaba el Ingemisco.
         Lamento terminar el comentario con esta amarga crítica de aspectos ajenos al magnífico Requiem que disfrutamos y agradecimos todos los buenos aficionados a la música clásica.
        


martes, 13 de marzo de 2018

LA GUERRA DEL GENERAL ESCOBAR. José Luis Olaizola


Hasta el momento no he conseguido encontrar una definición clara del subgénero literario conocido como novela biográfica. Tampoco puedo asegurar que biografía novelada sea un término sinónimo del anterior. Incluso no parece haber acuerdo en cuanto a su encuadre en un determinado género, aunque algunos la incluyen dentro de la novela histórica. En cualquier caso, este tipo de narraciones, en torno a un personaje real, suelen mezclar la ficción y la interpretación libre sobre determinadas actitudes o aspectos de su personalidad, con la veracidad de los hechos históricos que protagonizó. Si nos atenemos a estas dos características, estamos ante una muy buena novela biográfica, quizás la obra más conocida del escritor vasco José Luis Olaizola (1927), ganadora del Premio Planeta el mismo año de su publicación.
La historia del coronel de la Guardia Civil Antonio Escobar Huerta (1879-1840) fue intencionadamente ocultada durante el periodo franquista. En los comienzos de la democracia se inició una tímida reivindicación de su dimensión histórica en publicaciones como “Cambio16” y alguna que otra revista de historia. Pero no fue hasta 1983, dos años después del intento golpista de Tejero, cuando esta novela rescató del injusto olvido a Escobar, quizás como antítesis del anterior, y popularizó su figura entre los lectores, tanto que un año más tarde fue seguida de su versión cinematográfica, interpretada por Antonio Ferrandis.
El coronel Escobar, luego ascendido a general, fue sin duda, frente a la traición de los sublevados, un ejemplo de lealtad al gobierno de la II República. Su decisiva intervención a favor del orden legítimo, en Barcelona durante la jornada del 19 de julio del 36, evitó el triunfo del golpe militar en Cataluña aunque no pudo evitar el caos impuesto por las milicias anarcosindicalistas en los meses siguientes. Una lealtad republicana que mantuvo hasta el final de la guerra y  le costó la vida, tras la derrota de 1939. Lealtad tanto más meritoria, si cabe,  por ser hombre de ideas conservadoras y fuerte convicción católica, con hermanos e hijos guardias civiles en ambos bandos, e incluso un hijo falangista que murió luchando en el bando nacionalista. A pesar  de esos antecedentes, las autoridades republicanas no dudaron de su profesional imparcialidad y le asignaron sucesivas misiones durante el curso de la guerra, a resultas de las cuales fue herido gravemente en dos ocasiones. Terminada la contienda  se negó a huir por creer que sólo había cumplido con su deber. Fue jugado por los vencedores en consejo de guerra, acusado paradójicamente  de rebelión militar, y fusilado en el castillo de Montjuic meses antes que el presidente de la Generalitat, Lluis Companys. También resulta una injusta paradoja que el nacionalismo catalán convirtiera en mártir a éste último y olvidara al hombre que le salvó la vida al comienzo de la sublevación militar.
La guerra del general Escobar (1983) está narrada en primera persona por el propio protagonista, que escribe unas ficticias memorias durante su prisión en espera de ejecución de sentencia. El lenguaje es austero y sencillo, sin florituras literarias, el que correspondería a un militar. En sus opiniones y juicios de valor no oculta sus ideas pero manifiesta una estricta neutralidad respecto a los que deberían ser sus contrarios políticos, siempre amparado en el cumplimiento del deber y una cierta piadosa comprensión. Y sin embargo, el relato no resulta frío como pudiera pensarse por lo dicho, bien al contrario, desprende una emotividad contenida y hasta cierta dosis de humor.  Todo ello tiende a destacar en el personaje la serenidad frente a un destino dramático, amparado en el fervor religioso que parece ser su refugio y consuelo.
Aunque es imposible desligar al protagonista de los hechos históricos que vivió, no estamos ante una novela de guerra. Es la historia de un hombre que sufre la guerra enfrentado a conflictos éticos, conciencia o deber, lealtad o traición, en unos tiempos en  que la trágica lucha fratricida convertía en imprecisos los límites entre esos principios y un error de cálculo podía ser fatal.
El retrato del personaje que nos ofrece el escritor, aún con cierto tinte hagiográfico, es verosímil y convence al lector. En el plano histórico el relato es riguroso y sin sospecha de parcialidad. En suma, se trata de una buena novela que se lee con agrado, y un merecido homenaje a un hombre de mérito que había sido injustamente olvidado.

domingo, 4 de marzo de 2018

GABRIELA, CLAVO Y CANELA. Jorge Amado


Las primeras frases de esta novela son rotundas: “Esta historia de amor por curiosa coincidencia…, comenzó el mismo día claro, de sol primaveral, en que el estanciero Jesuíno Mendonza mató a tiros de revólver a doña Sinházinha Guedes Mendonza, su esposa”. Como no recordar, desde el principio mismo de la lectura, los comienzos en las novelas de Gabriel García Márquez, potentes y sugerentes, capaces de atraer la curiosidad del lector desde las primeras líneas. Y, sin embargo, Jorge Amado (1912-2001) no fue un imitador del genial escritor colombiano, a la inversa, la crítica literaria le reconoce como uno de los precursores del realismo mágico en la moderna literatura latinoamericana. Es verdad que en esta novela  no se aprecia esa intención de hacer verosímil y otorgar carácter común y cotidiano a lo fantástico e irreal, el rasgo más definido de este movimiento estilístico. Pero sí podemos encontrar aquí esas descripciones intensamente sensoriales que apelan a la sensualidad, o la sensación de detención del tiempo cronológico mientras fluyen los pensamientos de los personajes, rasgos igualmente típicos del realismo mágico.
         Gabriela, clavo y canela (1958) es la obra más popular entre la extensa producción del escritor brasileño. La más premiada, más traducida y más versionada en cine y televisión. Desde el mismo comienzo del relato, el narrador omnisciente nos aclara que estamos ante una historia de amor, la del sirio Nacib y la mulata Gabriela, de una belleza agreste y cautivadora. Queda claro que esa relación y sus peripecias  es uno de los hilos conductores de la trama argumental, pero en mi opinión no es el eje principal de la  misma. Tampoco me parece que sea Gabriela la principal protagonista, tal y como sugiere el título, sino más bien Nacib, un personaje sensible, entrañabe y pragmático que, en su condición de comerciante que regenta el principal bar en el puerto de Ilhéus, está al tanto de todos los chismes, murmuraciones  y noticias de la vida ciudadana, y en cierto sentido hace de nexo de unión entre el resto de personajes. Desde el principio el narrador nos describe sus inquietudes y penetra en sus pensamientos. En cambio Gabriela entra en escena a mitad de la historia, con bastante fuerza, es verdad, gracias a una desbordante sensualidad y a su naturaleza sencilla y libre de prejuicios, con una alegría y energía vital que arrastra tras de sí a casi todos los personajes, y la convierte en centro de atención del lector. El narrador también nos cuenta en su momento la crisis de la protagonista pero, aún así, el retrato psicológico de Gabriela es menos profundo y perfilado que en caso de Nacib.
         El verdadero protagonista de la novela es la propia Ilhéus, ciudad costera del estado brasileño de Bahía, en torno a 1925, cuando el cultivo del cacao  está en pleno auge y produce el  enriquecimiento rápido de la ciudad. Es entonces cuando aparecen tensiones sociales, llevadas al terreno político, entre los antiguos propietarios, los llamados coroneles, y los hombres nuevos. Los primeros representan el conservadurismo más retrógrado, incultos y poderosos, anclados en una mentalidad patriarcal y en el espíritu de los primeros colonizadores que, revolver en mano, nos recuerdan vivamente los tiempos de Far West tan divulgados por el cine americano. Los segundos son  empresarios y exportadores de la segunda ola migratoria, gente con mentalidad moderna y ansias innovadoras, partidarios de cambios sociales y políticos acordes con la nueva realidad económica. En suma, el conflicto entre tradición y progreso, un concepto que aparece con insistencia a lo largo de la narración. Los dos personajes que mejor representan esas dos tendencias antagónicas son el viejo cacique Ramiro Bastos y el emprendedor empresario Mundinho Falcao.
         En mi opinión estamos ante una estupenda novela histórica. Por la narración desfila todo un coro de personajes arquetípicos de esas dos mentalidades, y en sus actitudes y opiniones vislumbramos la evolución social inducida por el progreso económico. La intención crítica del escritor no pretende ser agria ni incisiva sino más bien amable e irónica, más centrada en el retrato costumbrista que en la profundidad analítica. Un retrato de época enfocado en la clase social dirigente, la de los blancos enriquecidos y favorecidos por toda clase de privilegios políticos. El pueblo llano aparece de forma marginal, representados en toda una cohorte de negros y mulatos, campesinos del cacao y pistoleros, sin capacidad de decisión, refugiados en sus bailes y tradiciones ancestrales. Algunos dicen que Gabriela representa el nexo entre ambas capas sociales y es el símbolo de ese progreso y evolución que se quiere poner de manifiesto en la sociedad de Ilhéus. Yo pienso que, frente a la encorsetada e hipócrita buena sociedad, representa la espontaneidad y la alegría de vivir de los afroamericanos. En mi opinión son dos mundos intercomunicados que aún podemos percibir en la sociedad brasileña; el poder político y social para los blancos, el carnaval y la samba para los mulatos.
         En resumen, una magnífica novela, que se lee con interés de principio a fin, retrato histórico de una época y una sociedad  que a mí me parece atractiva por lo exótica, aunque esos mismos cambios sociales, entre finales del XIX y principios del XX, son extrapolables a otras naciones. Los amores de Nacib y Gabriela insertos en la trama narrativa aportan la amenidad que toda buena novela histórica debe tener si quiere mantener su intención divulgativa. La historia que comienza con un crimen de honor, impune según la tradición, termina en el epílogo con el moderado castigo penal del mismo; todo un símbolo de cambio.