sábado, 12 de enero de 2019

YO, JULIA. Santiago Posteguillo


La crítica literaria en general, o al menos su sector más purista, hace tiempo que valora con recelo el Premio Planeta. Sobre él pesa la acusación de primar el aspecto comercial sobre la calidad literaria, de buscar el probable superventas antes que una buena novela. Comparto esta opinión y de entrada sospecho de los lanzamientos publicitarios de esa editorial. En principio dejo pasar un tiempo antes de emprender la lectura de uno de estos premios y no me decido antes de comprobar que suma críticas positivas. Una excepción a esa regla ha sido esta novela, recientemente galardonada con el Planeta 2018, y eso por dos razones. Primero por mi gran afición a la antigüedad grecolatina. La segunda es cierta curiosidad hacia este escritor valenciano autor de varias obras sobre distintos momentos de la historia romana, al parecer con bastante éxito de ventas. En consecuencia, este último título me parecía una buena ocasión para conocerlo de primera mano y deshacerme de prejuicios previos.
Santiago Posteguillo (1967) es filólogo y profesor universitario. En los diez últimos años ha publicado dos trilogías, una sobre Escipión Africano y otra sobre el emperador Trajano. Con ambas ha conseguido fama en el ámbito de la novela histórica y ahora entiendo mejor las razones de su éxito. De una parte, fidelidad a las fuentes históricas antiguas y una documentación bibliográfica exhaustiva a la hora de perfilar sus personajes. De otra un estilo sencillo y directo que prima ante todo la intención didáctica y divulgativa. Con estos mimbres sus novelas resultan para el lector una forma fácil y amena de conocer la historia sin apenas pérdida de rigor y veracidad.
Yo, Julia (2018) no es en realidad una novela histórica. No estamos ante un relato o unos personajes de ficción con el ambiente de fondo en un determinado periodo histórico. Como el propio escritor explica en las notas finales, todos los personajes y los hechos narrados son reales y formaron parte de la historia romana de finales del siglo II d.C. Se trata pues de auténtica historia novelada, o sí se quiere biografía novelada porque está centrada en el personaje de Julia Domna, la esposa de Septimio Severo, el hombre que inició la última gran dinastía de emperadores romanos antes de la gran crisis del Imperio a finales del siglo III. Las fuentes históricas antiguas, particularmente Dión Casio, coetáneo de la emperatriz, la describe como una mujer ambiciosa. Posteguillo es fiel seguidor de esta fuente, así lo reconoce, pero se encarga de humanizar al personaje en los diálogos y en las actitudes que describen su valor, el amor a la familia y su decisión frente al peligro, que actúa como auténtica fuerza impulsora de su marido en la lucha por el poder. Este retrato psicológico de la protagonista es lo que podemos considerar como la parte de ficción, aunque verosímil porque las fuentes antiguas reconocen el papel decisivo de Julia en la política de su época. Si en algunos rasgos de este retrato se excede el escritor, habrá que achacarlo a lo políticamente correcto en nuestra actualidad, empeñada en destacar las figuras femeninas de la historia en aras de una justa equiparación de los roles de ambos géneros. 
No creo necesaria una sinopsis argumental de la novela. Sí decir que la acción se desarrolla en el espacio temporal de cinco años, desde el 193, año de la muerte de Cómodo, hasta el 197 con la victoria de Septimio Severo sobre los otros pretendientes al trono. Un periodo convulso en el que se suceden hasta cinco emperadores. En un ambiente de asesinatos imperiales, usurpadores y gobernadores de provincias autoproclamados por sus legiones, el Imperio estuvo al borde de la destrucción y se sucedieron las guerras civiles. La novela destaca bien algunos aspectos importantes de la política romana de esa época; La decadencia del Senado como institución residual republicana. La corrupción de la guardia pretoriana que impone emperadores y subasta el cargo. Y el papel emergente de los ejércitos de las fronteras, bien entendido por Septimio Severo que convirtió el imperio en una auténtica dictadura militar.
Quiero comentar también la esmerada edición de la novela, ilustrada con reproducciones de monedas de ese periodo. Bien estructurada cronológicamente sin saltos temporales que despisten al lector en una sucesión de hechos que deben ser seguidos de forma lineal. Al final del libro se aporta un esquema genealógico de la familia de los Severos, varios diagramas de las batallas decisivas y un amplio glosario de términos latinos. En fin, todo lo necesario para facilitar una lectura abundante en personajes  sin llegar a confundir al lector.
En resumen, me parece una buena novela, no en base a su calidad literaria sino por la intención divulgativa. Recomendable para aquellos aficionados a la Historia que huyen de las auténticas fuentes antiguas por su sobriedad o dificultad y prefieren la amenidad, aún sacrificando una pequeña dosis de rigor histórico. Si encuadramos la obra en esos valores le auguro un nuevo éxito de ventas.  


lunes, 7 de enero de 2019

DIARIO DE UN HOMBRE SUPERFLUO. Iván Turguéniev


Sobre Iván Turguéniev (1818-1883) tuve ya ocasión de  citar algunos aspectos de su narrativa en una anterior entrada. Me refiero a los comentarios sobre la novela que es considerada su obra cumbre Padres e hijos (1862).  Según la crítica literaria, y de manera resumida, estos son los rasgos que mejor definen al genial autor ruso: Estilo realista aún con cierta inspiración en la estética romántica de sus comienzos. Creador de personajes literarios arquetípicos. Perteneciente a la corriente más europeísta de los escritores rusos del XIX, frente a otros considerados eslavófilos entre los que podemos citar a Tolstoi.
Diario de un hombre superfluo (1850) es una de sus novelas cortas, quizás poco conocida y no de las mejores, aunque esto último puede ser un juicio gratuito ya que, como otros muchos lectores, sólo puedo compararla con aquella otra por la que es universalmente reconocido. Sin embargo, también en ésta es inconfundible ese lenguaje fluido, sencillo y elegante a un tiempo, que el autor sabe imprimir a todas sus narraciones y que para mí es su sello más peculiar. 
La trama argumental es simple. Se trata de un diario escrito en primera persona por el protagonista, Chulkaturin, un joven y modesto propietario rural, cuando se encuentra próximo a la muerte. El relato se centra en su fracaso sentimental con Liza, revestido de un cúmulo de tópicos románticos tales como: enamoramiento  platónico,  un aristocrático rival, despecho, reto a duelo, desengaño etc. En este caso desprovistos de todo sentido heroico o poético, porque en el trasfondo de la historia se vislumbran aspectos tales como el matrimonio de conveniencia y otros más plebeyos y prosaicos. 
Lo importante en la novela, ya lo destaca en el prólogo la traductora Agata Orzeszek, es la creación de un nuevo tipo psicológico que tendría continuidad en otros escritores rusos de la época. Sí con  Bazárov, en Padres e hijos, Turgéniev retrata al intelectual nihilista que rechaza todos los principios éticos y niega sentido o propósito a la vida; en esta y con Chulkaturin encontramos plasmada en la práctica aquella actitud vital. Aunque dado el orden cronológico entre las dos novelas sería más bien al contrario, es la vida anodina de éste la que se eleva a rango de filosofía en aquél, en ambos casos impregnadas de un sentido pesimista de la existencia. El hombre superfluo es sensible e inteligente pero indeciso y anodino. Chulkaturin presenta todos esos rasgos psicológicos, además de cierto grado de cinismo. Su indecisión es tal que a menudo le lleva a dudar sobre que contar en su diario e incluso si tiene sentido escribirlo. Y sus dudas las trasmite cuando con cierta frecuencia interpela al lector con preguntas más o menos retóricas, otra nota distintiva del estilo narrativo en Turgéniev.
Hay que resaltar, también lo hace la traductora, la importancia que tuvo el fracaso de la revuelta decembrista (1925) en la mentalidad de los jóvenes intelectuales que en ella habían cifrado sus esperanzas de renovación y democratización política de la autocracia rusa. No entraré en detalles sobre ese episodio histórico, pero debo insistir en destacarlo como antecedente y causa del pesimismo nihilista que reflejan muchos escritores de la época. Los decembristas fueron los primeros en intentar instaurar una monarquía de corte liberal frente al absolutismo de los zares. Las reformas de 1861 (emancipación de los siervos) se mostraron insuficientes, y cuando las propuestas reformistas fracasan la consecuencia suele ser la revolución o el golpe de estado. En 1917, el gobierno provisional de Kérensky fue el último intento de régimen liberal. Llegaba demasiado tarde, la revolución bolchevique de octubre estaba ya en marcha.
Esta digresión viene a cuento porque manifiesta la importancia histórica de los personajes literarios creados por Turguéniev, auténticos prototipos de la realidad social de su época. De otra parte, el escritor ruso tampoco era ajeno a ciertas ideas, tópicas y anticuadas, sobre los extranjeros, y eso a pesar de haber viajado por media Europa. Como curiosidad citaré una frase de esta novela, puesta en boca del protagonista que muestra su rabia contra el príncipe: “Me juraba que, envuelto en una capa como hacen los españoles, saltaría de detrás de una esquina sobre mi rival y lo apuñalaría”. Con ella Turguéniev se atiene al tópico de la novela de capa y espada del XVII, y olvida que un siglo antes el ilustrado marqués de Esquilache había cortado la capa a los españoles.
En fin, una novela interesante, no demasiado conocida y de agradable lectura.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

ELLA, QUE LO TUVO TODO. Ángela Becerra


La breve reseña biográfica que ofrece la red sobre escritora colombiana Ángela Becerra (1954) nos muestra la imagen de una mujer emprendedora y comprometida con la causa del feminismo y la igualdad entre ambos géneros. Su vocación literaria fue tardía y ha escrito poesía y novela hasta un total de ocho obras, algunas de ellas premiadas. Se ha dicho de ella que es la representante actual de un estilo denominado idealismo mágico, que tiene sus inicios entre finales del siglo XVIII y principios del XIX con el poeta alemán Novalis. Los aspectos que definen este movimiento son poco claros para mí. Parece que aúna poesía y mística en una especie de correspondencia analógica entre el alma individual y el alma del Universo. Algunos lo definen de forma igual de ambigua pero resumida como: “poner la magia al servicio de las emociones”.
Suponemos que muchos de esos aspectos están presentes en esta novela que envuelve la trama argumental y a sus personajes en un aura de fantasía y misterio que pretende atraer la atención del lector. Ella, que todo lo tuvo (2009), es la historia de una escritora que pierde a marido e hija en un accidente del que se siente culpable y no vuelve a escribir desde entonces. El primer enigma es que los cuerpos de las dos víctimas nunca fueron encontrados. A partir de aquí se introducen en la exposición toda una serie de elementos y personajes igualmente misteriosos; Ella se siente atraída por la figura triste de Lívido, un librero que la ama a distancia. Tiene esporádicos encuentros nocturnos con una especie de vagabundo filósofo que adivina su tristeza y soledad mientras le recita pasajes de la Divina Comedia. Se dedica a la restauración de libros antiguos e investiga sobre un diario, de época renacentista, en la que un enamorado declara su amor imposible. En fin, con estos ingredientes se generan unas expectativas que intuimos de difícil resolución en un desenlace creíble, porque hay demasiados aspectos y líneas argumentales para ser cerradas con acierto en su totalidad.
No puedo avanzar más en la trama ante el riesgo de arruinar la sorpresa con esa anticipación. Sólo diré que la autora la refuerza mediante el recurso a una ambientación romántica, situando la acción en el melancólico paisaje toscano de brumas y cipreses y una Florencia invernal bañada por la lluvia, con el río Arno y el Ponte Vecchio como epicentro de la misma. La protagonista se pierde por sus calles y plazas, plenas de evocaciones históricas, en unos recorridos que parecen más divulgativos que cargados de intención, porque no inducen en el lector asociaciones alegóricas, implícitas o explícitas, que refuercen la acción que se desarrolla. Más bien parecen las descripciones de una turista impresionada por la belleza artística de la ciudad. El glamur y ciertos elementos de refinada sofisticación son otros ingredientes interesantes en la ambientación.
Los capítulos se suceden enfocados alternativamente en Ella y Lívido, dos seres solitarios y llenos de contradicciones porque, a fin de cuentas, es la soledad y la carencia afectiva lo que trasciende un relato que decae progresivamente en el nudo, cuando se alarga en exceso y reduce así la tensión dramática.
Quizás el aspecto más destacable en la novela sea un lenguaje poético que ilustra a la perfección las emociones y la psicología de la protagonista y consigue transmitirlas al lector. Es además el instrumento ideal para mantener ese ambiente de misterio que se pretende generar, por más que algunas frases nos parezcan una asociación de bellas palabras, con mayor contenido estético que significación profunda. Las reflexiones que la escritora pone en boca de la protagonista son en general muy acertadas con la sola excepción de una de ellas, referente a la diferencia entre los géneros, en la que manifiesta un feminismo tendencioso lleno de tópicos.
En resumen, se trata de una buena novela, aunque no excepcional. Que va de más a menos en interés, con un desenlace sorprendente pero incompleto. Con algo de menor extensión resultaría la agradable lectura continuada de una tarde y noche. 


sábado, 1 de diciembre de 2018

LA BELLA DURMIENTE. Piotr. I. Tchaikovsky


Este año, en el conjunto de espectáculos que ha ofrecido el XIX Festival de Otoño de Jaén, nos ha visitado de nuevo el Ballet Nacional Ruso bajo la dirección de Sergei Radchenko, el bailarín que fue pareja de la célebre Maya Plisetskaya en el Bolshoi de Moscú. Sí en las dos temporadas anteriores nos ofrecieron sendas representaciones de El Lago de los Cisnes y El Cascanueces, ahora se cierra el ciclo con La Bella Durmiente, que en orden cronológico es la segunda de las tres composiciones para ballet de Piotr I. Tchaikovsky.
         La obra está basada en un cuento de Charles Perrault en versión de los hermanos Grimm. El libreto es de Ivan Vsevolozhsky y la coreografía de Marius Petipa. Está estructurada en un prólogo y tres actos, fue estrenada en 1890 y actualmente es uno de los ballets más famosos del repertorio clásico.
Tras la breve exposición de la ficha técnica, debo decir que en mi opinión es la menos atractiva de las tres composiciones para ballet ya citadas. No llega al lirismo melódico de El Lago de los Cisnes ni a la riqueza en danzas de El Cascanueces. Los pasajes son menos conocidos, si exceptuamos el Vals de las Guirnaldas (II acto) muy popularizado por Disney en sus películas de animación. Todo ello sin cuestionar la intensidad y expresividad musical del genial compositor ruso.
En cuanto a la representación que nos ocupa y la actuación de los bailarines, en concreto los tres principales que interpretaron a la Princesa Aurora, el Príncipe Désiré y el Hada de las Lilas, fue buena en cuanto a la técnica, sobre todo en los pasos que requieren un cierto virtuosismo que pudiéramos llamar gimnástico e incluso de malabarismo. En ese aspecto, muy destacable el primer bailarín, algo menos la prima ballerina. En ambos noté una cierta brusquedad de movimientos y eché en falta una ejecución más armónica con la música. No sabría definir bien en que consiste esto último y mi opinión es desde luego cuestionable, porque no paso de ser un buen aficionado a este arte.
Muy bien otros aspectos secundarios como una cuidada escenografía y vestuario que remiten al periodo barroco en el que se ambienta la obra. También algunos pasajes musicales y pasos de baile están claramente inspirados en ese estilo artístico. Destacar además la teatralidad mímica de los interpretes de la bruja Carabosse y de Catalabutte, el maestro de ceremonias.
En fin, aún con las objeciones mencionadas, el espectáculo fue brillante en su conjunto y creo que el público salió satisfecho de la representación.


martes, 20 de noviembre de 2018

MIAU. Benito Pérez Galdós


En cuanto a la narrativa, mantengo una idea recurrente que me importa destacar aún a riesgo de resultar reiterativo. Y es que, a los aficionados a este género literario nos conviene fijar la atención, de vez en cuando, sobre los clásicos del XIX. Su lectura siempre resulta enriquecedora y supone un agradable retorno a los orígenes de la novela actual. En efecto, fue en el periodo decimonónico cuando se establecieron las bases de la misma, cuando surgen nuevos subgéneros e incipientes cambios en técnica y lenguaje narrativo que después serán plenamente desarrollados en el XX. En particular los escritores adscritos al estilo literario del realismo fueron grandes innovadores en este sentido. Gracias a su empeño por reflejar la realidad actuaron además como testigos fieles de una época histórica y de unos conflictos existenciales en los que nos seguimos reconociendo plenamente porque están en la base y son el origen de nuestra modernidad literaria y vital.
Los mejores representantes de estos clásicos modernos los encontramos en los escritores realistas y naturalistas franceses y rusos. Y en nuestro país, Benito Pérez Galdós (1843-1920), gran admirador de aquellos, se ha definido como el máximo exponente del realismo en lengua castellana. Se ha dicho de él que fue tan popular como Lope de Vega y está considerado como el mayor novelista español después de Cervantes. Fue casi autodidacta pero con unos saberes enciclopédicos que logró ocultar  utilizando siempre un estilo directo y natural exento de todo academicismo. Su producción literaria es abrumadora por extensa, e incluye teatro, ensayo, libros de viajes y cuentos, pero es aún más destacable en la novela. Con los Episodios Nacionales, un conjunto de 46 libros agrupados en cinco series, construyó una auténtica crónica política y social de la España del siglo XIX, comenzando por Trafalgar y terminando en la Restauración Borbónica; y la edificó a través de la vida íntima y cotidiana de unos personajes marcados por los acontecimientos históricos. Fue uno de los novelistas que mejor profundizó en la psicología de sus personajes, especialmente los femeninos y ahí están para probarlo obras como Fortunata y Jacinta (1886) y Misericordia (1897) dos de sus títulos más conocidos.
Miau (1888) quizás no sea una de las mejores novelas del escritor, canario por nacimiento y madrileño de adopción. Desde luego no se encuentra en la nómina de las más conocidas, pero merece ser leída porque resulta coherente con el resto de su obra y reúne en sí misma todos los elementos estilísticos que mejor definen a su autor. Es la historia de don Ramón Villaamil, prototipo de cesante en espera de un destino burocrático que nunca llega, y de su familia formada por tres mujeres apodadas las Miau, obsesionadas con la apariencia social y acosadas por la miseria de una casa sin apenas ingresos económicos. El protagonista, funcionario honrado, tiene algo de quijotesco, e incluso cervantino, empeñado en mantener la dignidad en la pobreza, inmerso en un ambiente de corruptos, vagos y pícaros que medran en los entresijos de una Administración pública tan clientelar y abultada como ineficaz. Villaamil, ante el fracaso de sus pretensiones y el olvido de sus amigos, inicia una caída progresiva hacia la depresión y la locura, que alterna con reflexiones de extrema cordura. El contrapunto a este personaje lo ofrece su nieto, Luisito Cadalso que simboliza la inocencia de la infancia, en la cual encuentra consuelo su abuelo.
La novela pertenece a una serie titulada Novelas españolas contemporáneas, porque reflejan fielmente el ambiente social del momento en que vive el escritor. En este caso, lo trascendente del relato es una sátira de la burocracia madrileña con el telón de fondo del régimen político de la Restauración, en el que se intuye la aberración democrática del turno en el poder entre conservadores y liberales, el caciquismo provincial y el clientelismo. En suma, la corrupción que invade todas las esferas de la política y la administración, algo que nos resulta muy actual -nihil sub sole novum- en nuestro contexto presente.
La trama argumental trascurre de forma lineal sin solución de continuidad entre los capítulos. Esta unidad de tiempo y de acción no es lo único que nos recuerda el drama teatral sino los frecuentes diálogos entre los personajes, en los que se refleja el carácter y el nivel cultural o social de los mismos, desde la pedantería romántica y oratoria de Victor Cadalso, hasta el lenguaje popular de las calles de Madrid. También evoca lo escenográfico los frecuentes paréntesis intercalados, que indican gestos o actitudes de los personajes en sus parlamentos. Todo ello nos hace pensar que la novela podría ser versionada fácilmente a las tablas del teatro.
El narrador de la historia lo hace en tercera persona. Las descripciones de los rasgos físicos y del carácter de los personajes son perfectas. En algunos casos, como el ataque histérico de Abelarda, tan vívidas que nos parece estar presenciando la escena. Las referencias al ambiente en las calles madrileñas, el retrato de distintos tipos sociales, la hipocresía de las clases medias y la picaresca popular, todo contribuye para ofrecernos un enorme fresco de la época y, aunque no está catalogada como tal, me atrevería a decir que estamos ante una estupenda novela histórica.
El lenguaje, como se ha dicho, es sencillo y directo, con algunas palabras y frases que ahora nos resultan arcaísmos pero de plena actualidad en la época del escritor. No alteran la compresión del texto y por contra estimulan nuestra curiosidad, porque la mera indagación sobre las mismas no sólo enriquece en cultura sino que nos ubica mejor en la mentalidad de aquellos tiempos no tan remotos, y contribuye a valorar nuestra propia evolución, no siempre a mejor.
Aunque en algunos momentos el relato se impregna de una cierta ingenuidad, siempre entendida desde nuestra óptica actual, lo que predomina es la ironía y el humor, amargo en ocasiones, pero en general crítico y amable antes que cruel. La introducción progresiva de los personajes conforme avanza la acción, y la introspección psicológica en sus vidas aligera la trama argumental, algo carente de intriga, hasta desembocar en un final esperado pero sorprendente por lo tragicómico.
En resumen, una excelente novela que no defrauda en su lectura.


viernes, 16 de noviembre de 2018

SERGIO ALBACETE. FLAMENCO PROJECT


El II Festival Flamenco Ciudad de Jaén, de corta trayectoria que deseamos exitosa, se ha iniciado este año con un recital de jazz fusión a cargo de Sergio Albacete Flamenco Projet, un grupo encabezado por el conocido saxofonista e integrado además por un percusionista,  un guitarra bajo y un tercer músico a cargo de guitarra flamenca y otros tipos de guitarra acústica. El evento forma parte de un nuevo proyecto interpretativo de este músico jiennense que se ha convertido en figura indiscutible del jazz en nuestra provincia. He tenido la suerte de asistir a muchos de sus conciertos en los últimos años y creo que ha alcanzado una encomiable madurez interpretativa. Me llama la atención su curiosidad a la hora de indagar en nuevos terrenos musicales y la capacidad para fusionarlos con el jazz. En ese aspecto es un músico versátil, capaz de versionar a Tchaikovsky cuando incide en la clásica o, como ahora, al enfrentarse a Camarón en la fusión con el flamenco.
         El concierto comenzó con piezas que ilustran la inspiración flamenca, o española en las composiciones de músicos de jazz internacionales, con títulos tan sugerentes como Pasionaria o El Quijote. Le sucedieron después piezas de fusión, con temas de Paco de Lucía, Camarón o Chano Dominguez, y terminó con un arreglo del tema central de la película Cinema Paradiso, un homenaje al músico italiano Ennio Morricone.
         El recital resultó muy equilibrado en la alternancia de temas melódicos con otros de predominio rítmico, y todos los interpretes destacaron en sus correspondientes solos, con un mayor papel de la guitarra acústica. En esta ocasión Sergio Albacete abandonó el saxo en favor de la flauta y el clarinete. Y fue en los solos de éste último instrumento cuando no dejó literalmente asombrados ante una ejecución magistral, tan brillante que supo transmitir al público esa vibración emocional indefinible de quien siente profundamente el jazz, lo que él tradujo a términos coloquiales como el subidón. 
      Otra grata sorpresa fue el auditorio del Museo Ibérico, de pequeña capacidad, en torno a 150 asientos, pero diseñado con un estupenda acústica, muy adecuada para este tipo de eventos. Porque el jazz, en mi opinión, se escucha mejor y llena más en ambientes recogidos antes que en los grandes aforos.

lunes, 8 de octubre de 2018

AUTOBIOGRAFÍA DE UN YOGUI. Rafael Álvarez "El brujo"


El XIX Festival de Otoño de Jaén ha tenido este año un estupendo estreno con esta representación teatral interpretada por Rafael Álvarez “El Brujo”. No voy a glosar la brillante y larga trayectoria profesional de este dramaturgo y actor que ha sido reconocida con múltiples premios. Sí quiero señalar el éxito y la popularidad de sus últimas creaciones dramáticas, estructuradas en base al  monólogo, que armonizan el humor y la parodia inteligente con reflexiones en torno a temas de mayor calado intelectual, más trascendentes si se quiere. Asuntos y pensamientos que parecen recurrentes en el autor, tales como la esencia del teatro o la literatura, y sobre todo la mística como indagación o respuesta a sus propias inquietudes espirituales
Hace años asistí a uno de estos espectáculos protagonizado por el Brujo, titulado Misterios del Quijote, y quedé muy impresionado por la versatilidad de sus recursos dramáticos y la capacidad de improvisación. Ha producido otras obras con el mismo esquema interpretativo. En ellas aporta su visión personal en torno a la tragedia clásica, la picaresca española o grecolatina y la poesía mística de San Juan de la Cruz. El secreto de su éxito lo explica el propio autor cuando reconoce:¡Yo solo soy un cómico y un comediante¡. El humor es en efecto el instrumento que utiliza para introducirnos en un mundo en el que se aúnan en un todo coherente simbolismo y mito, ciencia y espiritualidad, filosofía y arte. Un humor sabiamente dosificado que aligera la densidad o la profundidad de sus reflexiones y rompe la tensión dramática cuando conviene.
Con Autobiografía de un yogui, el Brujo parece haber rizado el rizo en su original y ya clásico planteamiento dramático, porque en esta ocasión nos remite al territorio de la mística hinduista, en general bastante alejado de nuestra mentalidad occidental. El título alude a un libro de Paramahansa Yogananda, el yogui que introdujo el raja yoga en Occidente, la ciencia de la meditación que conduce a la realización del ser. Al comentar pasajes de la autobiografía, el actor entreteje su monólogo con distintos mimbres que nos conducen desde el materialismo científico hasta la espiritualidad oriental, desde la relatividad de Einstein, pasando por  la transmigración de las almas, hasta llegar a la luz como símbolo de energía pura desligada de la materia.
Y una vez más, con esta obra, el actor consiguió el milagro de mantener intacta y elevada la atención en torno a esa amalgama de misticismo filosófico, gracias no sólo al humor y la ironía improvisada que despliega cuando intuye momentos bajos en el espectador, sino amparado por una serie de recursos, la mímica y modulaciones en el tono o volumen de la voz, los acordes de una especie de guitarra hindú, y una escenografía sobria y elegante, elementos todos ellos capaces de crear el clima apropiado para interesar a una audiencia que estuvo totalmente entregada al cabo de dos horas de representación.
Respecto a esta obra he leído una crítica moderadamente elogiosa que concluye en la frase: “Más de lo mismo”. Puede que lleve parte de razón, pero en mi opinión, lo mismo es una fórmula genial del Brujo y un despliegue interpretativo que una vez más dejó muy satisfecho al público de Jaén que colmó el aforo del teatro y agradeció la representación con un prolongado y cálido aplauso, desmintiendo así el dicho de nadie es profeta en su tierra.   

miércoles, 29 de agosto de 2018

CANCIÓN DE SANGRE Y ORO. Jorge Molist


El escritor barcelonés Jorge Molist (1951) ha recibido por esta obra el Premio Fernando Lara. No es el primero que obtiene en la especialidad de novela histórica, también ganó el Premio Alfonso X el Sabio por La reina oculta (2007) y fue finalista de ese mismo certamen con El anillo, la herencia del último templario (2004). En cuanto a la novela que nos ocupa, además de gozar de una estupenda promoción publicitaria, ha sido favorablemente acogida en las revistas de crítica literaria y se ha convertido en una de las más vendidas de este año.
A menudo he puesto de manifiesto mi desconfianza hacia los best sellers porque éxito editorial y calidad literaria no siempre van juntos. Como muestra bien vale un botón, Cincuenta sombras de Grey de la británica E.L. James, una clara ilustración de ese recelo. Por suerte, en esta ocasión debo admitir que no está justificado en absoluto.
Canción de sangre y oro (2018), sin alcanzar el nivel de las mejores del género, es una estupenda novela histórica que además recrea unos episodios poco conocidos, hasta ahora porque, al rebufo de su éxito entre los lectores, alguna revista de divulgación histórica se ha apresurado a editar artículos sobre el mismo tema pero, en mi opinión, no aportan más objetividad frente a la novela que es bastante fiel a los hechos históricos y, sin menoscabo de la ficticia línea argumental, consigue recrear de forma colateral los antecedentes y los intereses  de los bandos en conflicto.
La trama narrativa se inicia con un matrimonio político, el de la princesa Constanza con el príncipe Pedro de Aragón, hijo de Jaime I el Conquistador, que reinó con el nombre de Pedro III. Era la alianza entre una dinastía real que llegaba a su ocaso, la de los Hohenstaufen de Sicilia y la casa real de Aragón, una pequeña potencia hispana, que casi había perdido todas sus posesiones transpirenaicas ante el creciente poderío del reino de Francia. Se iniciaba así un conflicto que enfrentó a dos reinos que aspiraban a la hegemonía en el Mediterráneo occidental. Los franceses, comandados por Carlos de Anjou y apoyados por el Papa ocuparon el reino de Sicilia tras derrotar a Manfredo y Conradino, los dos últimos representantes de la dinastía alemana. En una especie de Juego de Tronos de alianzas y traiciones, el rey Pedro III supo maniobrar con habilidad, paciencia y algo de suerte hasta que, veinte años después de su boda con la legítima heredera de Sicilia, el pueblo siciliano se rebeló contra el dominio tiránico de los angevinos en las conocidas como Vísperas sicilianas y ofreció el trono a Pedro y Constanza, iniciando así la incorporación del reino de Nápoles y Sicilia a la corona aragonesa, que duró dos siglos y fue seguido del dominio español otros dos más.
Casi todos los personajes que aparecen en el relato son históricos, pero en la ficción inherente a este tipo de novelas se les reviste de todos los elementos que puedan suscitar el interés del lector, incluso con el recurso a ciertos tópicos medievales un tanto románticos como el amor cortés, o el concepto aristocrático del honor y la venganza como forma recuperarlo. También parece una cierta concesión la distribución maniquea de los papeles entre los personajes; la fuerza de Pedro III y la nobleza de Roger de Lauria  frente a la crueldad de Carlos de Anjou o las perversas maquinaciones del Papa francés. Pero entre el relato lineal que se desarrolla en el trascurso de esos veinte años (1262-1282), se vislumbra una perfecta ambientación medieval; los abusivos usos señoriales con respecto a los siervos de la gleba; el carácter levantisco de la nobleza y el apoyo de los reyes en las ciudades libres para contrarrestar a los nobles, lo que a la postre acabaría con el régimen feudal y sería la base de las monarquías absolutas europeas. Estos y muchos otros aspectos configuran un perfecto retrato de época, dibujado con trazos certeros y un lenguaje directo y sin artificios que refuerzan el carácter divulgativo y ameno de la novela. Una forma agradable y fácil de  aprender historia para los lectores, de ahí su gran éxito. Porque al margen de esa cobertura ficticia que anima a los protagonistas en sus sentimientos y emociones más humanos, sus actos son rigurosamente históricos. Tan solo con Saurina, un personaje secundario que fue hija del noble Berenguer de Entenza, se permite el escritor la licencia de convertirla en una almogávar libre y guerrera que exhibe su lesbianismo con descaro, añadiendo un guiño anacrónico más acorde con nuestra época. A cuento de esto último, se destaca el decisivo papel de los almogávares en la conquista del Reino de Sicilia.
Toda la historia está narrada bajo la óptica de la protagonista femenina, la reina Constanza, que cuenta los hechos en tercera persona pero recurre a la primera cuando habla de sus emociones personales y la relación de amor y celos con el rey. Este toque intimista que aporta la narradora pone en evidencia dos temas universalmente aceptados en la Edad Media pero muy cuestionados en la actualidad, me refiero a la ley sálica y a los matrimonios políticos en las monarquías.
Resumiendo, una novela histórica que reúne todos los elementos necesarios para triunfar; amenidad aún a costa de ciertas concesiones; estilo claro y directo no exento de cierta elegancia; divulgación de una historia no demasiado conocida; rigor y buena documentación histórica. Me parece pues muy recomendable. A los lectores que hayan visitado Nápoles y Sicilia, y visto en esos lugares los restos monumentales del periodo aragonés o español,  e incluso haya notado costumbres y tradiciones que identificamos con las nuestras, la novela les aportará además un valor añadido.

domingo, 19 de agosto de 2018

IDIOTAS Y HUMILLADOS. Félix de Azúa


Este libro, propuesto por mi club de lectura, reúne, bajo el título Idiotas y humillados, dos novelas del autor que se editaron sucesivas en un corto espacio de tiempo: Historia de un idiota contada por él mismo (1986) y Diario de un hombre humillado (1987). No es muy frecuente esta agrupación en un mismo volumen, salvo en el caso de compilar la obra completa de un escritor o una antología del mismo. No sé a ciencia cierta los motivos de esta adición, pero reconozco mi recelo previo a la lectura porque en ocasiones se reúnen dos novelas cuando ninguna de ellas ha tenido buena venta por separado. Un fracaso editorial no cuestiona necesariamente la calidad de una obra, pero ahí queda la sospecha. Hasta el mismo título parece un refrito indicativo de la fusión, y la agresividad de los términos del mismo parece destinada a despertar el interés del lector. En fin, demasiada sospecha que ha resultado justificada a la postre.
Es lo primero que leo de Felix de Azúa (1944), un escritor de intachable currículum académico, literario e institucional, pero también una figura polémica por sus declaraciones públicas y posicionamiento ideológico. En el indudable haber, sus méritos universitarios como doctor en Filosofía y Letras, catedrático de Estética y Teoría de las Artes y su condición de miembro de la Real Academia Española. Con una extensa producción literaria en la que predomina el ensayo, también la novela y menos la poesía, que algunos consideran fría y hermética. También muy conocido por sus editoriales de prensa en importantes periódicos del país. En un debe controvertido, señalar  sus polémicas agresiones verbales que le han propiciado la etiqueta de machista, o la evidente filiación política que cuestiona en ocasiones su objetividad.
En cuanto al volumen que nos ocupa cabe destacar la notable similitud entre ambas novelas. Las dos están narradas por el protagonista en primera persona, que cuenta su vida  desde la infancia a la edad adulta en la primera, y en la segunda sus experiencias plasmadas en un diario. Lo importante en ambas no es la trama argumental, sin tensión narrativa y bastante escasa de interés, sino el motivo que ofrecen para un cúmulo de reflexiones críticas, impregnadas de ironía y un cierto grado de humor mordaz y hasta cruel.
En Historia de un idiota contada por él mismo, el protagonista traza su biografía personal, con probables matices autobiográficos, en la que podemos reconocernos aquellas generaciones de españoles que vivimos la infancia y juventud en el periodo franquista y nos hicimos adultos con la transición democrática, incipiente y esperanzada, que nos condujo progresivamente al escepticismo. Se critica todo, los convencionalismos sociales, la educación, la religión, el arte y la política, pero lo que trasciende todo eso es una feroz crítica de la felicidad concebida como objetivo y meta inexistente, como la trampa que el sistema pone en la mente del individuo para oprimirlo mejor. Una felicidad consagrada por la ortodoxia en el respeto a los usos sociales.
En Diario de un hombre humillado el protagonista nos describe sus experiencias que giran en torno a la anhelada y obsesiva búsqueda de la banalidad, entendida como una vida sin aspiraciones, sin éxito ni fracaso, una especie de nihilismo que lo aboca a la soledad y a una progresiva degradación hasta el delirio etílico.
Porque en resumen es el nihilismo  existencialista y negativo la idea trascendente en ambas novelas. Es el rechazo a todo tipo de principios, religiosos éticos, sociales o políticos, la creencia de que la vida no tiene sentido, lo que a menudo conduce a la negligencia y la autodestrucción. Lo que viven los protagonistas de estas novelas es una especie de nihilismo militante, tan empeñado en convencer como la propia fe religiosa que se sitúa en el extremo opuesto del espectro filosófico y ético. El término medio entre ambos polos es el escepticismo, la duda positiva motor de la ciencia y los cambios sociales. En mi opinión, la postura intermedia entre el determinismo existencial de la religión y el nihilismo destructivo, entre el fanatismo de la fe y ese otro de la nada.
En cuanto al estilo literario me gustaría destacar la frecuente e inteligente utilización de la analogía, a veces tan rebuscada y culta que no está alcance de un lector medio, lo cual añade a estas novelas un tinte elitista conscientemente buscado. Y es que la crítica literaria incluye al escritor en la moderna estética del culturalismo, una corriente derivada del antiguo gongorismo que tuvo un segundo brote en algunos escritores de finales del XIX como Cavafis y en España, ya en la década de los 70, en la llamada generación de los novísimos. Esta tendencia se caracteriza por la concentración en el texto de abundantes referencias culturales.
El elitismo del autor no es sólo literario. También las reflexiones se ven a menudo afectadas de un cierto elitismo social. Así cuando a la crítica constante de la alta burguesía española y catalana, los llamados amos, opone un cierto desprecio por el pueblo llano al que considera un colectivo desclasado y alienado, los esclavos.
Como aspectos positivos, la defensa de la literatura en su puro sentido estético, algo que comparto. También las reflexiones en torno a la muerte en los ensayos de Montaigne, un escritor que me impresionó por su clarividencia, sencillez y mesura.
En resumen, estamos ante unas novelas de calidad literaria pero saturadas de un agobiante nihilismo y de un exceso de esteticismo elitista capaz de desalentar al lector incluso experto.

jueves, 5 de julio de 2018

EL ORDEN DEL DÍA. Eric Vuillard


Cuando casi se cumple un siglo de la fundación del partido nacional socialista alemán, el nazismo, la ideología política que autoproclamó el Tercer Reich, sigue siendo fuente inagotable de estudio histórico e inspiración literaria. Ahora, cuando parece que no hemos aprendido nada o lo hemos olvidado todo, surgen de nuevo con fuerza los nacionalismos en el centro y norte de Europa. Este contexto ha propiciado la aparición de una corriente de revisionismo histórico, peyorativo y subsidiario de estas ideologías, que pretende hacer pasar por mitos verdades tan evidentes como el holocausto. A esta aberrante tendencia se quiere oponer otro revisionismo, más académico, que indaga, a la luz de nuevos datos, en las causas del ascenso al poder político del partido nazi, el expansionismo alemán previo a la guerra o el antisemitismo y la sistemática aplicación de la eufemística solución final.