jueves, 25 de abril de 2019

ELISABETH. EMPERATRIZ DE AUSTRIA-HUNGRÍA. Ángeles Caso


La personalidad de Elisabeth de Wittelsbach (1854-98), duquesa de Baviera, más tarde emperatriz de Austria y reina de Hungría, Bohemia y una larga serie de títulos, ha fascinado por igual a historiadores y literatos. Es más conocida por su apodo de Sissi gracias a Ernst Marischka que dirigió en la década de los 50 tres películas sobre ella. Por causa de esa trilogía, muy popular en su época, su figura quedó unida a Romy Schneider, tanto que la actriz quedó encasillada en el personaje. Por otra parte, es curioso encontrar ciertas similitudes en la biografía de ambas, sobre todo en cuanto a sus pérdidas familiares y trágico final. En fin, el cine abusó de la imagen romántica de Sissi, en su significado más sentimental, rayano en la ñoña sensiblería.
Si nos ceñimos al rigor histórico, son multitud los estudios sobre la emperatriz. Por ellos conocemos que fue una mujer bella, inteligente y culta. Años después de su matrimonio con el emperador Francisco José se le reconoce una decisiva influencia política en la formación de la monarquía dual de Austria-Hungría, gracias a la simpatía mutua entre la reina y sus súbditos húngaros. Conocemos también las desgracias familiares que sufrió, entre otras la muerte de Sofía, la primera hija, y el suicidio del heredero al trono, su hijo Rodolfo. Finalmente el asesinato a manos del anarquista italiano Luigi Lucheni.
La vida pública de Elisabeth, y algunos aspectos de la privada, están muy documentados. Disponemos de muchos retratos fotográficos y pictóricos y podemos seguir el rastro de sus viajes. Sabemos de su obsesión por mantener intacta la belleza, la afición por la naturaleza, el ejercicio físico, los perros y la equitación. Todo ese cúmulo de información la convierten de alguna forma en el primer personaje mediático de la realeza europea contemporánea. Por todo ello no resulta extraño que la literatura haya fijado su atención sobre Sissi y que abunden las biografías más o menos noveladas en torno a su figura. Pienso que el atractivo de esta mujer radica en una vida romántica en el sentido más literario del término. Un carácter contradictorio, una vida agobiada por dramas personales y familiares y un trágico fin, en suma, todos los ingredientes que definen al perfecto personaje romántico. Cuanto más se estudia a la emperatriz o se intenta penetrar en su pensamiento o sentimientos reales, más nos alejamos de la realidad y nos acercamos al mito. ¿Fue una rebelde o simplemente inadaptada al papel que le tocó interpretar?, ¿progresista en lo político, adelantada a su tiempo, o solo conformista con un papel patriarcal y moderado de la monarquía austro-húngara?, ¿su melancolía era fruto de la insatisfacción y las desgracias, o la evolución natural de una enfermedad mental con antecedentes familiares?. La respuesta a estas y otras muchas contradicciones e interrogantes no es fácil, posiblemente fue todo eso y mucho más, o quizás menos. En la dificultad de penetrar la auténtica piscología del personaje, a pesar de la abundancia de datos biográficos, radica su mayor atractivo literario.
          Esta es la segunda novela que leo sobre Sissi. La primera fue Vals negro (1994) de la escritora catalana Ana María Moix. Aunque las comparaciones siempre son subjetivas me atrevo a señalar algunas diferencias sobre la que hoy nos ocupa. En ambas se intenta desmitificar y humanizar al personaje, alejándolo de la imagen simplista y dulzona que en su tiempo ofreció el cine. Vals negro es más depurada en cuanto estilo literario y lenguaje poético, quizás menos compasiva al destacar o justificar las contradicciones de la protagonista.
         Elisabeth de Austria- Hungría (1993) se editó un año antes que la anterior. Es una de las primeras novelas de Ángeles Caso, por el contrario, aquella fue una obra de madurez, pero ambas en la misma línea en cuanto a fidelidad a las fuentes históricas. En nuestro caso, la escritora asturiana resulta más descriptiva y mantiene la cronología en la línea argumental. La trama se desarrolla en una especie de diario personal con fechas y localización de las entradas, lo que resalta el aspecto biográfico de la narración y permite penetrar en los pensamientos y sentimientos de la protagonista, que alterna con breves citas de los hechos históricos que se van desarrollando a lo largo de su vida. Esa alternancia de historia y vivencias personales nos ofrece una visión del deterioro psicológico de la protagonista que resulta paralelo al ocaso del imperio austro-húngaro.
         El lenguaje aquí es más sencillo y asequible con menos recursos estilísticos lo cual facilita la lectura sin demasiada merma en la calidad que debe exigirse a una novela histórica. El único aspecto negativo a reseñar es la tentación sutil y ocasional de atribuir al personaje reflexiones de corte feminista o ecológico, claramente anacrónicos con la época pero muy efectistas en provocar la simpatía del lector actual.
         En definitiva, se trata de una novela amena que nos ayudará a comprender algo mejor a esta emperatriz privilegiada y desgraciada a un tiempo, enamorada de la vida e infeliz. Todo un mito romántico.
        

viernes, 5 de abril de 2019

RESURRECCIÓN Y CORPUS - LAS SIETE ÚLTIMAS PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ. R. Garay - J. Haydn


Se acerca la Semana Santa y, como en años anteriores, las distintas agrupaciones musicales de nuestra ciudad se afanan en programar conciertos, amparados en el patrocinio de distintas instituciones culturales. Es una buena costumbre que esperemos se convierta en tradición. Menudean pues en esta época las audiciones de Misas de Réquiem, versiones del Stabat Mater y otras piezas de música sacra.
         En esta semana hemos asistido a uno de esos conciertos, organizado por la Universidad, que me ha sorprendido gratamente por un programa original en cuanto a las piezas interpretadas, bien diseñado en la oportuna selección de compositores y muy esmerado en la presentación del evento. En la parte coral ha sido interpretado por el Coro de la Universidad de Jaén apoyado por el Coro Santo Reino y en la parte instrumental por la Ensemble de la Orquesta de la misma universidad, un cuarteto de cuerda integrado por dos violines, viola y violonchelo.
         Un acierto ha sido el integrar a dos compositores, muy diferenciados en cuanto a notoriedad, pero coetáneos y unidos por un mismo estilo, el clasicismo. El primero es Joseph Haydn (1732-1809), máximo representante, junto a Mozart, del periodo clásico. Conocido como el padre de la sinfonía y del cuarteto de cuerda por sus aportaciones en ambos géneros. El segundo es uno de los compositores más desconocidos de la música española, el asturiano Ramón Garay (1761-1823) que fue durante 36 años maestro de capilla de la Catedral de Jaén y compuso aquí sus principales obras, principalmente música sacra, pero también diez sinfonías muy inspiradas por el compositor austriaco cuyas piezas musicales se habían difundido ampliamente por Europa, conocidas y admiradas por nuestro compositor local. Como otros músicos del XVIII, ha sido rescatado del olvido, en parte gracias a los trabajos de investigación de varios académicos de nuestra universidad. Fruto de ese esfuerzo son las dos piezas que se ejecutaron en la primera parte del programa, inéditas e interpretadas por vez primera en tiempos modernos.
         Eran dos secuencias de música sacra. La primera, Lauda Sion, compuesta para el domingo de Resurrección. La segunda, Victimae Paschali Laudes, para la fiesta del Corpus. La sequentia es un himno litúrgico que se cantaba entre el Gradual y el Evangelio. En principio precedía al Aleluya, que en la evolución de la composición musical terminó siendo recitado al final de la misma. Su estructura estaba basada en grupos de dos estrofas. En el caso de las secuencias de Garay, estuvieron cantadas por dos solistas, tenor y contratenor, a los que daban la réplica el coro y el acompañamiento instrumental del cuarteto de cuerda hasta finalizar con el Aleluya. La interpretación de los solistas y la agrupación coral fue notable. Me interesó sobre todo la del contratenor, la más aguda entre las voces masculinas, tanto que en el XVIII se encomendaba a los castrati porque se asimila a la de un niño o mujer. Actualmente no abundan los cantantes en esta tesitura y la interpretan habitualmente tenores. En fin, el contratenor tuvo una intervención destacada. A su lado la réplica del tenor en las estrofas sonaba por comparación como barítono.
         En la segunda parte se interpretó Las siete últimas palabras de Cristo en la cruz (1787). Joseph Haydn era el músico de moda en esa época y su fama llegó hasta Cádiz. Es una obra de encargo hecho por el Oratorio de la Santa Cueva para ser interpretada en Viernes Santo. Fue compuesta originalmente para una pequeña orquesta, pero el autor hizo posteriormente otras dos versiones, una para coro y otra para cuarteto de cuerda, y esta última fue la interpretada en nuestro concierto.
La obra está precedida por una introducción y le siguen siete sonatas, correspondientes a las siete palabras interpretadas en un tempo lento (adagio, largo y grave) como corresponde al dramatismo y gravedad de las frases. Por contra, la composición termina con una pieza llamada El terremoto, expresión de la intervención divina del Padre tras la muerte de Cristo, que se interpreta de forma rápida e intensa (presto e con tutta la forza). La obra fue brillantemente interpretada por el primer violín, que representa la voz de las palabras, con el contrapunto y réplica del segundo violín y el refuerzo armónico de viola y violonchelo, en general todos con una destacada actuación. Cada una de las sonatas estuvo precedida por dos recitadores que, tras las palabras en latín, desde pater, dimite illis… hasta consummatum est…, recitaron poesías de poetas de nuestro Siglo de Oro, alusivas a las mismas. A esto me refería cuando hablaba de la esmerada presentación.
En resumen, un concierto original por ser obras inéditas o poco interpretadas, al menos en nuestra ciudad.

miércoles, 3 de abril de 2019

LLUVIA FINA. Luis Landero


Luis Landero (1948) es un escritor poco prolífico, nueve novelas y alguna obra más en treinta años, pero se ha convertido en una de las figuras esenciales de la narrativa española actual. La crítica ha reconocido su calidad literaria y la profunda penetración en el retrato psicológico de sus personajes. Se dio a conocer con la primera novela, Juegos de la edad tardía (1989). Le siguieron otras que han consolidado su fama y merecido muchos premios literarios. Esta que comento hoy es la última y me ha gustado tanto como la primera. Son las dos únicas que he leído de este autor. Reconozco en ambas su estilo tan personal y el recurrente análisis de los conflictos del alma humana, la indagación en la insatisfacción y frustraciones de sus personajes y en la manera de evadirse de ellas, que van desde la inocente fantasía al autoengaño. También detecto diferencias entre las dos obras y sus protagonistas, porque Gregorio Olías, en Juegos de la edad tardía, intenta superar su mediocridad desdoblándose en Faroni, una figura surrealista no exenta de rasgos humorísticos; en cambio los personajes de esta última novela parecen recrearse en sus rencores sin solución. Si ambas obras destilan un cierto pesimismo vital, la primera era, de alguna forma, ilusoria y luminosa y esta última más dramática y sombría. No sé, en qué medida pueda significar esto una evolución anímica del escritor.
Lluvia fina (2019) afronta la dificultad de las relaciones familiares. Una amalgama de experiencias de infancia y juventud que, tergiversadas por la memoria, condicionan nuestra personalidad. Recuerdos que duelen y sirven para justificar los fracasos personales. Olvidos parciales que alivian el sentimiento de culpa.
En el primer capítulo, un narrador en tercera persona expone la idea directriz que trasciende la historia y será reiterada en el último: que las palabras y los relatos nunca son inocentes porque recogen impresiones, conjeturas y sueños que la memoria modifica y una vez expresados verbalmente conforman una nueva realidad, reconstruida a base de mentiras y medias verdades. Un relato, una nueva verdad que no es inocente porque a menudo tiene una finalidad redentora o expiatoria que intenta liberarnos de nuestra responsabilidad. 
Al comienzo el narrador omnisciente nos presenta a los personajes de la trama argumental. Una familia, madre viuda y tres hijos, Sonia, Andrea y Gabriel. También a Aurora, la cuñada, una mujer que sabe escuchar, tolerante y receptiva a las confidencias de los demás, que poco a poco se vislumbra como la protagonista principal. Gabriel prepara y convoca a la familia a una fiesta en el ochenta cumpleaños de la madre. A partir de ahí se multiplican las voces narrativas en continuos diálogos telefónicos entre los hermanos y las confidencias de estos con Aurora, considerada por todos neutral, a la que explican distintas versiones de los mismos hechos.
En el marco de este enfoque narrativo múltiple, el relato se desarrolla de forma circular porque desde el presente de esa anunciada fiesta, se retrotrae a los recuerdos del pasado, configurando así la historia familiar. A medida que avanza la narración aumenta en dramatismo, desde los pequeños rencores entre hermanos hasta la cruda descripción de los traumas personales, en ocasiones de un naturalismo impactante. Por fin se retorna al presente, al cumpleaños, hasta el desenlace brusco y sorprendente, aunque un poco forzado y dudosamente creíble.
En ese juego de relatos cruzados, el narrador omnisciente (o el escritor) peca de cierto maniqueísmo porque concede a algunos personajes la posibilidad de desmentir o justificarse ante las versiones de los demás, mientras que a otros se la niega. Esa imposibilidad es manifiesta con la madre, un personaje que parece evocar La casa de Bernarda Alba. Más aún en el caso de Horacio, primer marido de Sonia, por más que sea una figura aborrecible.
En fin, Luis Landero es todo un maestro en ese subgénero narrativo conocido como novela psicológica y con ésta lo demuestra una vez más. Un libro estupendo, aunque su realismo y dureza produzcan cierto desasosiego. Porque en nuestras propias relaciones familiares casi todos tenemos pequeñas cuentas pendientes del pasado, quizás no tan dramáticas pero que están ahí, en el fondo de la memoria, tergiversadas, como un sedimento profundo que amenaza con aflorar a la superficie en un relato que nunca es inocente.  

viernes, 22 de marzo de 2019

MATAR A UN RUISEÑOR. Harper Lee


Es difícil comentar una lectura de la que se ha dicho prácticamente todo y se ha convertido por méritos propios en un clásico de la literatura norteamericana contemporánea. Su autora, Nelle Harper Lee (1926-2016), es un notable ejemplo de escritora de obra única, porque si bien es cierto que editó una segunda novela, ésta última no es más que una especie de precuela o borrador de la primera.
Comenzaré por destacar el importante elemento autobiográfico de la narración, nunca reconocido por la escritora, pero bastante evidente cuando encontramos multitud de coincidencias entre sus datos biográficos y cronológicos con los hechos que se relatan. Al menos habrá que admitir que los recuerdos de su infancia fueron la principal fuente de inspiración. Esto justifica en parte el carácter de obra única pero no la desmerece en absoluto porque el resultado final fue una magnífica novela.
Matar a un ruiseñor (1960) fue escrita a lo largo de varios años y desde su primera edición fue un gran éxito de ventas, ganó el Premio Pulitzer y dos años más tarde fue versionada al cine con el mismo título interpretada por Gregory Peck. De nuevo otro éxito de taquilla que ganó tres Oscar. Los que tenemos cierta edad quedamos impresionados en nuestra juventud con esta película. Ahora, en la madurez, la lectura de la novela me sigue impresionando por la expresión de unos valores morales que son intemporales, tales como sentido de la justicia, tolerancia y otros esenciales a la dignidad humana. Y, no obstante, quizás por un mayor sentido crítico, no dejo de apreciar en el protagonista principal, Atticus Finch, ideas y actitudes, lógicas y coherentes con la mentalidad de su época, pero no del todo admisibles como valores positivos en la actualidad si queremos considerarlo como un indiscutible referente moral.
Digo esto porque, además de su éxito en ventas prolongado en el tiempo, la novela ha sido objeto de multitud de ensayos analíticos y críticas a veces contradictorias. Se ha propuesto como lectura escolar educativa pero algunos dicen que uno de los asuntos que toca, la violación, no es deseable para la formación de los niños. Por el tratamiento del tema del racismo fue impactante y decisiva en formar a la opinión pública de Estados Unidos a principios de la década de los sesenta, cuando se inició la lucha política por la igualdad de derechos civiles entre blancos y negros. En este sentido fue muy bien acogida por la población blanca, pero no tanto por la de color que alegó razones críticas sobre las que no me interesa extenderme ahora. De cualquier forma, fue tan decisiva como otra novela, La cabaña del tío Tom, que un siglo antes fue el revulsivo que actuó en favor de la causa abolicionista previa a la guerra civil americana.
Matar a un ruiseñor debe su éxito a una inteligente mezcla de varias tramas argumentales relatadas en un lenguaje sencillo, sin apenas artificio literario. A fin de cuentas, es la visión de la narradora, una niña entre los seis y ocho años que relata sus experiencias, y la visión del mundo de los adultos. Se ha criticado que las expresiones y lo razonable de sus pensamientos no se corresponden con su edad, pero esto no me parece importante. Las aventuras de la protagonista, Jean Louise “Scout”, su hermano Jem y su amigo Dill (identificado con Truman Capote) ocupan casi la mitad del libro, conformando lo que se ha denominado novela de aprendizaje, porque los tres maduran a través de la experiencia vivida y del ejemplo del padre, el abogado Atticus Finch, que se enfrenta al rechazo social en aras de la justicia y de sus convicciones morales. En otro foco de la trama, Boo Radley, el misterioso vecino de los Finch, siempre recluido en su casa, produce en los niños una sensación entre miedo y curiosidad que les atrae. Esto provoca una serie de aventuras infantiles, en medio de un ambiente percibido como siniestro, en el que confunden apariencia con realidad. Es lo que califican los críticos como gótico sureño, cuando una novela está plagada de elementos extraños e incluso sobrenaturales no destinados a crear suspense sino a poner de manifiesto cuestiones sociales. Mark Twain fue un precedente de ese estilo en su obra Las aventuras de Huckleberry Finn.
El eje principal de la trama argumental es un caso policial. Se acusa a Tom Robinson, un hombre de color, de haber violado a una mujer blanca. En el juicio que sigue, se ponen de manifiesto todos los prejuicios raciales de la sociedad sureña. Esta es la parte más emotiva del relato, la que remueve conciencias y provoca la rebeldía de los niños que por vez primera se enfrentan a la injusticia. En la película, es el juicio y todas las incidencias del caso lo que hizo ganar el Oscar a la interpretación de Gregory Peck, en su papel de épico defensor de una causa justa pero perdida de antemano.
Por último, hay que destacar el perfecto retrato de la sociedad rural de un pequeño pueblo de Alabama durante los años 30, en plena gran depresión. El marco geográfico en el que se desarrolla la historia fue conocido como Deep South, que unos 50 años antes del relato fue el lugar de las grandes plantaciones esclavistas. Entenderemos entonces la marginación y el desprecio de los blancos hacia los negros y la estricta división en castas. En esa sociedad deprimida se aprecian tres grupos; los herederos de los grandes propietarios, arruinados pero conservando el orgullo de clase dirigente. Los pequeños granjeros blancos, incultos y empobrecidos por la depresión y los negros como grupo marginal que apenas subsiste en condiciones muy próximas a la explotación.
         En resumen, se trata de una gran novela en muchos sentidos, y por supuesto de recomendable lectura. En cuanto al libro y la película, recomendaría leerlo y visionarla en orden inverso al que yo lo hice. En la juventud leer el libro para que nuestra incipiente y escasa capacidad crítica nos impida apreciar sutiles detalles que arruinarían un tanto la emotividad y eficacia moralizante del relato. En la edad adulta, en mejor uso de esa facultad, se puede ver la película, que ha quedado limpia de esos mínimos elementos negativos, gozando así plenamente de sus grandes valores.


domingo, 17 de febrero de 2019

JUEGO Y DISTRACCIÓN. James Salter


Frente a los grandes títulos de la narrativa, los de fama imperecedera, aquellos que no pierden valor con el paso del tiempo, hay otros que para ser apreciados han de estimarse con un estricto sentido histórico. Son novelas que, leídas mucho tiempo después de su publicación y al margen del contexto social y cultural de su época, pierden gran parte de su significación si no las situamos en sus precisas coordenadas cronológicas.
El libro que hoy comentamos pertenece, en mi opinión, a ese tipo de obras. Cuando fue editado recibió una crítica muy favorable y aún hoy se la considera como una de las grandes novelas de la literatura norteamericana de la posguerra mundial. Sin embargo, el lector actual puede sentirse desilusionado porque lo que en su momento fue novedosa ruptura de valores tradicionales y un tipo de contracultura capaz de escandalizar a los conservadores de la década de los 60, ahora, desde nuestra perspectiva, pudiera ser catalogado como simple novela erótica. Esta lectura me hace evocar otra de mi juventud, Trópico de Cancer, del norteamericano Henry Miller. Este último fue el precursor de la llamada beat generation, integrada por autores como William Burroughs y Jack Kerouac. James Salter(1925-2015) aunque no inscrito en esa nómina, conoció a dichos autores y me parece claramente inspirado por ellos, al menos en esta novela.
El grupo de escritores beat (cansado), conocidos posteriormente con el peyorativo beatnik, apareció en Estados Unidos entre mediados de los 50 y 60, su influencia cultural se plasmó en el movimiento hippie y muchos de sus postulados aún inspiraron el Mayo del 68. Se definían por el rechazo a los valores tradicionales estadounidenses, el uso de drogas, el interés por las filosofías orientales y una gran libertad sexual.
En Juego y distracción (1967) se aprecian claramente algunos elementos que definen aquella generación. En primer lugar, un fuerte componente de crítica social, en este caso la hipocresía de la alta burguesía parisina. En segundo, la cruda descripción de las relaciones sexuales, tan explícitas que bordean el estrecho y difuso límite entre erotismo y pornografía, algo sin duda escandaloso para la moralidad de la época.
La novela narra la historia de amor entre Phillip Dean, un estudiante norteamericano que visita Francia, y Anne Marie Costallat, una joven de provincias. Un amor liberado de prejuicios y entregado en exclusiva al puro placer. La historia de los amantes la cuenta un compatriota de Phillip, narrador testigo sin nombre que, a medida que trascurre el relato, va tomando cuerpo hasta convertirse en un personaje más. Lo conocemos a través de sus reflexiones que nos muestran a un ser solitario y sensible, fascinado por el carisma del protagonista. Bajo su atenta mirada se desarrolla la trama amorosa que, en cierta medida, reconoce como fruto de su imaginación. Al final interesa tanto el desenlace como aclarar los sentimientos del relator.
Desde el punto de vista literario, la obra tiene facetas que conviene destacar. La utilización de la analepsis o flashback entre dos planos temporales, la actualidad del narrador situada en Paris y el año 1967, y la aventura de los protagonistas, cinco años antes en Autun. No se cita ninguna de las dos fechas, pero se deducen de algunos comentarios marginales a modo de indicio.  En cuanto al estilo, las frases son cortas y elípticas, como un flash visual casi cinematográfico, en un estilo directo y realista que sólo se rompe en las descripciones del paisaje de la Borgoña francesa, abundante en comparaciones próximas a lo poético.
Conviene destacar también la figura del viajero americano en Europa. Personaje muy literario, siempre persona acaudalada, que en el XIX acudía al viejo continente en busca de sus raíces culturales. Algo de eso queda en el narrador que se siente atraído por la melancólica belleza de la Francia profunda, auténtica y rural, frente al París cosmopolita. En cambio, Phillip, estudiante dependiente del dinero paterno, es la figura del rebelde indolente que solo busca el puro disfrute del momento. En mi opinión, el apellido Dean evoca intencionadamente a James Dean, el actor convertido en mito por su prematura muerte, que simbolizó muchos de los valores contraculturales de la siguiente generación.
Para terminar. Estamos ante una buena novela, pero nuestra capacidad de asombro está limitada por la evolución de los valores sociales y culturales. Un ejemplo puede ser más ilustrativo de lo que digo: En 1967 el “Je t’aime…moi non plus” de Jane Birkin y Serge Gainsbourg, o después “El último tango en París” de Bertolucci, nos parecían de una provocadora sensualidad en nuestra juventud, para escándalo de nuestros padres. Ahora, de nuevo oído el tema musical, visionada la película y leída esta novela, la sorpresa decae bastante. Y es que hay obras que no resisten bien el paso de los años.


miércoles, 30 de enero de 2019

LOS QUE ESPERAN. Miguel Torres López de Uralde


El malagueño Miguel Torres López de Uralde (1966) es un escritor poco conocido a pesar contar en su haber con varios premios de ámbito local o regional. Quizás por esa razón esta novel novela ha sido una propuesta de mi club de lectura, patrocinado por una institución autonómica empeñada en la difusión y promoción de estos autores.
Los que esperan (2008) trata un tema que puede resultar muy próximo a cualquier lector. Se trata de los sentimientos, a veces contradictorios, que provoca la pérdida de un familiar. Esa mezcla de esperanza ilusoria y de angustia e impotencia ante una muerte que parece inminente. La novela está ambientada en la sala de espera de UCI de un hospital. El narrador en primera persona, acude allí a visitar a su padre que agoniza en situación de coma. El relato evita el fácil recurso melodramático y se centra en los sentimientos del protagonista, o más bien en la ausencia de los mismos, porque se trata de una persona carente de empatía hacia los demás, en mi opinión una especie de anti-héroe. Las descripciones del ambiente hospitalario son tan precisas que hacen pensar en experiencias vividas por el propio escritor. La trama argumental se enfoca hacia otros personajes secundarios, Camacho en particular, un hombre que se resiste a admitir la pérdida de su hijo en un accidente de tráfico. La tensión narrativa apenas se mantiene gracias a circunstancias inquietantes cuya resolución se va dosificando a lo largo de la historia para mantener la atención del lector.
Lo que más llama la atención en la novela es la casi total ausencia de estilo literario, es decir, esa mezcla de lenguaje definido, figuras retóricas y otros recursos, que son la forma en relación al contenido. En resumen, lo que convierte un simple relato en literatura. El estilo aquí es tan sobrio que empobrece lo narrado hasta el punto de hacer algo tediosa la lectura.
 Y no obstante, de forma paradójica, debo reconocer que este libro animó bastante el debate entre los asistentes a nuestro club de lectura, no en cuanto al análisis literario sino por los sentimientos que despierta en el lector y porque estimula un mirada introspectiva sobre nuestra propia experiencia en torno a la pérdida y la muerte, además de fomentar la polémica sobre la eutanasia y otros temas tratados de forma tangencial en la novela.
En resumen, una obra que podría resumirse en una frase: Mucha experiencia vital y menos literatura.    


sábado, 12 de enero de 2019

YO, JULIA. Santiago Posteguillo


La crítica literaria en general, o al menos su sector más purista, hace tiempo que valora con recelo el Premio Planeta. Sobre él pesa la acusación de primar el aspecto comercial sobre la calidad literaria, de buscar el probable superventas antes que una buena novela. Comparto esta opinión y de entrada sospecho de los lanzamientos publicitarios de esa editorial. En principio dejo pasar un tiempo antes de emprender la lectura de uno de estos premios y no me decido antes de comprobar que suma críticas positivas. Una excepción a esa regla ha sido esta novela, recientemente galardonada con el Planeta 2018, y eso por dos razones. Primero por mi gran afición a la antigüedad grecolatina. La segunda es cierta curiosidad hacia este escritor valenciano autor de varias obras sobre distintos momentos de la historia romana, al parecer con bastante éxito de ventas. En consecuencia, este último título me parecía una buena ocasión para conocerlo de primera mano y deshacerme de prejuicios previos.
Santiago Posteguillo (1967) es filólogo y profesor universitario. En los diez últimos años ha publicado dos trilogías, una sobre Escipión Africano y otra sobre el emperador Trajano. Con ambas ha conseguido fama en el ámbito de la novela histórica y ahora entiendo mejor las razones de su éxito. De una parte, fidelidad a las fuentes históricas antiguas y una documentación bibliográfica exhaustiva a la hora de perfilar sus personajes. De otra un estilo sencillo y directo que prima ante todo la intención didáctica y divulgativa. Con estos mimbres sus novelas resultan para el lector una forma fácil y amena de conocer la historia sin apenas pérdida de rigor y veracidad.
Yo, Julia (2018) no es en realidad una novela histórica. No estamos ante un relato o unos personajes de ficción con el ambiente de fondo en un determinado periodo histórico. Como el propio escritor explica en las notas finales, todos los personajes y los hechos narrados son reales y formaron parte de la historia romana de finales del siglo II d.C. Se trata pues de auténtica historia novelada, o sí se quiere biografía novelada porque está centrada en el personaje de Julia Domna, la esposa de Septimio Severo, el hombre que inició la última gran dinastía de emperadores romanos antes de la gran crisis del Imperio a finales del siglo III. Las fuentes históricas antiguas, particularmente Dión Casio, coetáneo de la emperatriz, la describe como una mujer ambiciosa. Posteguillo es fiel seguidor de esta fuente, así lo reconoce, pero se encarga de humanizar al personaje en los diálogos y en las actitudes que describen su valor, el amor a la familia y su decisión frente al peligro, que actúa como auténtica fuerza impulsora de su marido en la lucha por el poder. Este retrato psicológico de la protagonista es lo que podemos considerar como la parte de ficción, aunque verosímil porque las fuentes antiguas reconocen el papel decisivo de Julia en la política de su época. Si en algunos rasgos de este retrato se excede el escritor, habrá que achacarlo a lo políticamente correcto en nuestra actualidad, empeñada en destacar las figuras femeninas de la historia en aras de una justa equiparación de los roles de ambos géneros. 
No creo necesaria una sinopsis argumental de la novela. Sí decir que la acción se desarrolla en el espacio temporal de cinco años, desde el 193, año de la muerte de Cómodo, hasta el 197 con la victoria de Septimio Severo sobre los otros pretendientes al trono. Un periodo convulso en el que se suceden hasta cinco emperadores. En un ambiente de asesinatos imperiales, usurpadores y gobernadores de provincias autoproclamados por sus legiones, el Imperio estuvo al borde de la destrucción y se sucedieron las guerras civiles. La novela destaca bien algunos aspectos importantes de la política romana de esa época; La decadencia del Senado como institución residual republicana. La corrupción de la guardia pretoriana que impone emperadores y subasta el cargo. Y el papel emergente de los ejércitos de las fronteras, bien entendido por Septimio Severo que convirtió el imperio en una auténtica dictadura militar.
Quiero comentar también la esmerada edición de la novela, ilustrada con reproducciones de monedas de ese periodo. Bien estructurada cronológicamente sin saltos temporales que despisten al lector en una sucesión de hechos que deben ser seguidos de forma lineal. Al final del libro se aporta un esquema genealógico de la familia de los Severos, varios diagramas de las batallas decisivas y un amplio glosario de términos latinos. En fin, todo lo necesario para facilitar una lectura abundante en personajes  sin llegar a confundir al lector.
En resumen, me parece una buena novela, no en base a su calidad literaria sino por la intención divulgativa. Recomendable para aquellos aficionados a la Historia que huyen de las auténticas fuentes antiguas por su sobriedad o dificultad y prefieren la amenidad, aún sacrificando una pequeña dosis de rigor histórico. Si encuadramos la obra en esos valores le auguro un nuevo éxito de ventas.  


lunes, 7 de enero de 2019

DIARIO DE UN HOMBRE SUPERFLUO. Iván Turguéniev


Sobre Iván Turguéniev (1818-1883) tuve ya ocasión de  citar algunos aspectos de su narrativa en una anterior entrada. Me refiero a los comentarios sobre la novela que es considerada su obra cumbre Padres e hijos (1862).  Según la crítica literaria, y de manera resumida, estos son los rasgos que mejor definen al genial autor ruso: Estilo realista aún con cierta inspiración en la estética romántica de sus comienzos. Creador de personajes literarios arquetípicos. Perteneciente a la corriente más europeísta de los escritores rusos del XIX, frente a otros considerados eslavófilos entre los que podemos citar a Tolstoi.
Diario de un hombre superfluo (1850) es una de sus novelas cortas, quizás poco conocida y no de las mejores, aunque esto último puede ser un juicio gratuito ya que, como otros muchos lectores, sólo puedo compararla con aquella otra por la que es universalmente reconocido. Sin embargo, también en ésta es inconfundible ese lenguaje fluido, sencillo y elegante a un tiempo, que el autor sabe imprimir a todas sus narraciones y que para mí es su sello más peculiar. 
La trama argumental es simple. Se trata de un diario escrito en primera persona por el protagonista, Chulkaturin, un joven y modesto propietario rural, cuando se encuentra próximo a la muerte. El relato se centra en su fracaso sentimental con Liza, revestido de un cúmulo de tópicos románticos tales como: enamoramiento  platónico,  un aristocrático rival, despecho, reto a duelo, desengaño etc. En este caso desprovistos de todo sentido heroico o poético, porque en el trasfondo de la historia se vislumbran aspectos tales como el matrimonio de conveniencia y otros más plebeyos y prosaicos. 
Lo importante en la novela, ya lo destaca en el prólogo la traductora Agata Orzeszek, es la creación de un nuevo tipo psicológico que tendría continuidad en otros escritores rusos de la época. Sí con  Bazárov, en Padres e hijos, Turgéniev retrata al intelectual nihilista que rechaza todos los principios éticos y niega sentido o propósito a la vida; en esta y con Chulkaturin encontramos plasmada en la práctica aquella actitud vital. Aunque dado el orden cronológico entre las dos novelas sería más bien al contrario, es la vida anodina de éste la que se eleva a rango de filosofía en aquél, en ambos casos impregnadas de un sentido pesimista de la existencia. El hombre superfluo es sensible e inteligente pero indeciso y anodino. Chulkaturin presenta todos esos rasgos psicológicos, además de cierto grado de cinismo. Su indecisión es tal que a menudo le lleva a dudar sobre que contar en su diario e incluso si tiene sentido escribirlo. Y sus dudas las trasmite cuando con cierta frecuencia interpela al lector con preguntas más o menos retóricas, otra nota distintiva del estilo narrativo en Turgéniev.
Hay que resaltar, también lo hace la traductora, la importancia que tuvo el fracaso de la revuelta decembrista (1925) en la mentalidad de los jóvenes intelectuales que en ella habían cifrado sus esperanzas de renovación y democratización política de la autocracia rusa. No entraré en detalles sobre ese episodio histórico, pero debo insistir en destacarlo como antecedente y causa del pesimismo nihilista que reflejan muchos escritores de la época. Los decembristas fueron los primeros en intentar instaurar una monarquía de corte liberal frente al absolutismo de los zares. Las reformas de 1861 (emancipación de los siervos) se mostraron insuficientes, y cuando las propuestas reformistas fracasan la consecuencia suele ser la revolución o el golpe de estado. En 1917, el gobierno provisional de Kérensky fue el último intento de régimen liberal. Llegaba demasiado tarde, la revolución bolchevique de octubre estaba ya en marcha.
Esta digresión viene a cuento porque manifiesta la importancia histórica de los personajes literarios creados por Turguéniev, auténticos prototipos de la realidad social de su época. De otra parte, el escritor ruso tampoco era ajeno a ciertas ideas, tópicas y anticuadas, sobre los extranjeros, y eso a pesar de haber viajado por media Europa. Como curiosidad citaré una frase de esta novela, puesta en boca del protagonista que muestra su rabia contra el príncipe: “Me juraba que, envuelto en una capa como hacen los españoles, saltaría de detrás de una esquina sobre mi rival y lo apuñalaría”. Con ella Turguéniev se atiene al tópico de la novela de capa y espada del XVII, y olvida que un siglo antes el ilustrado marqués de Esquilache había cortado la capa a los españoles.
En fin, una novela interesante, no demasiado conocida y de agradable lectura.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

ELLA, QUE LO TUVO TODO. Ángela Becerra


La breve reseña biográfica que ofrece la red sobre escritora colombiana Ángela Becerra (1954) nos muestra la imagen de una mujer emprendedora y comprometida con la causa del feminismo y la igualdad entre ambos géneros. Su vocación literaria fue tardía y ha escrito poesía y novela hasta un total de ocho obras, algunas de ellas premiadas. Se ha dicho de ella que es la representante actual de un estilo denominado idealismo mágico, que tiene sus inicios entre finales del siglo XVIII y principios del XIX con el poeta alemán Novalis. Los aspectos que definen este movimiento son poco claros para mí. Parece que aúna poesía y mística en una especie de correspondencia analógica entre el alma individual y el alma del Universo. Algunos lo definen de forma igual de ambigua pero resumida como: “poner la magia al servicio de las emociones”.
Suponemos que muchos de esos aspectos están presentes en esta novela que envuelve la trama argumental y a sus personajes en un aura de fantasía y misterio que pretende atraer la atención del lector. Ella, que todo lo tuvo (2009), es la historia de una escritora que pierde a marido e hija en un accidente del que se siente culpable y no vuelve a escribir desde entonces. El primer enigma es que los cuerpos de las dos víctimas nunca fueron encontrados. A partir de aquí se introducen en la exposición toda una serie de elementos y personajes igualmente misteriosos; Ella se siente atraída por la figura triste de Lívido, un librero que la ama a distancia. Tiene esporádicos encuentros nocturnos con una especie de vagabundo filósofo que adivina su tristeza y soledad mientras le recita pasajes de la Divina Comedia. Se dedica a la restauración de libros antiguos e investiga sobre un diario, de época renacentista, en la que un enamorado declara su amor imposible. En fin, con estos ingredientes se generan unas expectativas que intuimos de difícil resolución en un desenlace creíble, porque hay demasiados aspectos y líneas argumentales para ser cerradas con acierto en su totalidad.
No puedo avanzar más en la trama ante el riesgo de arruinar la sorpresa con esa anticipación. Sólo diré que la autora la refuerza mediante el recurso a una ambientación romántica, situando la acción en el melancólico paisaje toscano de brumas y cipreses y una Florencia invernal bañada por la lluvia, con el río Arno y el Ponte Vecchio como epicentro de la misma. La protagonista se pierde por sus calles y plazas, plenas de evocaciones históricas, en unos recorridos que parecen más divulgativos que cargados de intención, porque no inducen en el lector asociaciones alegóricas, implícitas o explícitas, que refuercen la acción que se desarrolla. Más bien parecen las descripciones de una turista impresionada por la belleza artística de la ciudad. El glamur y ciertos elementos de refinada sofisticación son otros ingredientes interesantes en la ambientación.
Los capítulos se suceden enfocados alternativamente en Ella y Lívido, dos seres solitarios y llenos de contradicciones porque, a fin de cuentas, es la soledad y la carencia afectiva lo que trasciende un relato que decae progresivamente en el nudo, cuando se alarga en exceso y reduce así la tensión dramática.
Quizás el aspecto más destacable en la novela sea un lenguaje poético que ilustra a la perfección las emociones y la psicología de la protagonista y consigue transmitirlas al lector. Es además el instrumento ideal para mantener ese ambiente de misterio que se pretende generar, por más que algunas frases nos parezcan una asociación de bellas palabras, con mayor contenido estético que significación profunda. Las reflexiones que la escritora pone en boca de la protagonista son en general muy acertadas con la sola excepción de una de ellas, referente a la diferencia entre los géneros, en la que manifiesta un feminismo tendencioso lleno de tópicos.
En resumen, se trata de una buena novela, aunque no excepcional. Que va de más a menos en interés, con un desenlace sorprendente pero incompleto. Con algo de menor extensión resultaría la agradable lectura continuada de una tarde y noche. 


sábado, 1 de diciembre de 2018

LA BELLA DURMIENTE. Piotr. I. Tchaikovsky


Este año, en el conjunto de espectáculos que ha ofrecido el XIX Festival de Otoño de Jaén, nos ha visitado de nuevo el Ballet Nacional Ruso bajo la dirección de Sergei Radchenko, el bailarín que fue pareja de la célebre Maya Plisetskaya en el Bolshoi de Moscú. Sí en las dos temporadas anteriores nos ofrecieron sendas representaciones de El Lago de los Cisnes y El Cascanueces, ahora se cierra el ciclo con La Bella Durmiente, que en orden cronológico es la segunda de las tres composiciones para ballet de Piotr I. Tchaikovsky.
         La obra está basada en un cuento de Charles Perrault en versión de los hermanos Grimm. El libreto es de Ivan Vsevolozhsky y la coreografía de Marius Petipa. Está estructurada en un prólogo y tres actos, fue estrenada en 1890 y actualmente es uno de los ballets más famosos del repertorio clásico.
Tras la breve exposición de la ficha técnica, debo decir que en mi opinión es la menos atractiva de las tres composiciones para ballet ya citadas. No llega al lirismo melódico de El Lago de los Cisnes ni a la riqueza en danzas de El Cascanueces. Los pasajes son menos conocidos, si exceptuamos el Vals de las Guirnaldas (II acto) muy popularizado por Disney en sus películas de animación. Todo ello sin cuestionar la intensidad y expresividad musical del genial compositor ruso.
En cuanto a la representación que nos ocupa y la actuación de los bailarines, en concreto los tres principales que interpretaron a la Princesa Aurora, el Príncipe Désiré y el Hada de las Lilas, fue buena en cuanto a la técnica, sobre todo en los pasos que requieren un cierto virtuosismo que pudiéramos llamar gimnástico e incluso de malabarismo. En ese aspecto, muy destacable el primer bailarín, algo menos la prima ballerina. En ambos noté una cierta brusquedad de movimientos y eché en falta una ejecución más armónica con la música. No sabría definir bien en que consiste esto último y mi opinión es desde luego cuestionable, porque no paso de ser un buen aficionado a este arte.
Muy bien otros aspectos secundarios como una cuidada escenografía y vestuario que remiten al periodo barroco en el que se ambienta la obra. También algunos pasajes musicales y pasos de baile están claramente inspirados en ese estilo artístico. Destacar además la teatralidad mímica de los interpretes de la bruja Carabosse y de Catalabutte, el maestro de ceremonias.
En fin, aún con las objeciones mencionadas, el espectáculo fue brillante en su conjunto y creo que el público salió satisfecho de la representación.