miércoles, 1 de mayo de 2013

LA CRUZADA DE LOS NIÑOS. CORAZÓN DOBLE. Marcel Schwob























                           A propósito de estas lecturas diré que estamos ante un autor escasamente conocido en España. Su producción literaria ha sido poco traducida y editada en nuestro país y tampoco suele aparecer en los listados de clásicos franceses. Yo tuve la suerte de encontrar hace años, por casualidad, una de sus colecciones de cuentos, la titulada El rey de la máscara de oro (1892) y me gustó tanto que me interesé por su obra y leí a continuación Vidas imaginarias (1896) otra estupenda colección de relatos cortos basados en personajes históricos cuyas biografías, tratadas por la desbordante imaginación del escritor, resultan una mezcla de fantasía y realidad tan sabiamente administrada que el personaje literario recreado es tan verosímil como el real. 
          Marcel Schwob (1867-1905) fue un escritor francés, de origen judío, que en su corta vida tuvo tiempo suficiente para consolidar una obra singular y difícil de clasificar aunque la crítica lo considera próximo al movimiento simbolista que inició una serie de vanguardias literarias surgidas en Francia a finales del XIX como reacción al realismo. Escribió obras muy dispares pero destaca claramente como escritor de relatos breves y en este género no tiene nada que envidiar al gran maestro Edgar A. Poe. En sus cuentos combina erudición, experiencias propias, y una gran sensibilidad literaria. Escritos en una prosa casi poética, la estética simbolista es fácilmente detectable en ellos por el frecuente recurso a la metáfora y al mito como medios para la representación analógica de la realidad. También es patente en sus relatos una clara intención estética y el gusto por lo exotérico y las experiencias sensitivas extremas que inducen las drogas (el opio por aquél entonces), además de otros aspectos que definen a varios movimientos integrados en aquellas vanguardias literarias, parnasianismo, decadentismo, o modernismo, por citar algunos.
              La cruzada de los niños (1896)  es un  relato que por su duración puede ser clasificado como novela corta. Narra una leyenda medieval  que se configuró como tal a partir de hechos  reales, parciales, y no totalmente coincidentes en el tiempo. Parece que a principios del  siglo XIII dos niños, uno alemán y otro francés,  tuvieron visiones divinas que les incitaban a un viaje a Tierra Santa  para recuperarla de forma pacífica y convertir  a los musulmanes. Consiguieron  reunir a una multitud de niños peregrinos que viajaron de forma separada. La columna francesa llegó a Niza donde consiguieron embarcar aunque muchos barcos naufragaron y los supervivientes fueron vendidos como esclavos en El Cairo. La columna alemana fue mermada por la peste durante el camino y terminó desecha.  Según se dice parte de esta leyenda  sobrevive en el conocido cuento infantil El flautista de Hamelin.  Schwob  nos cuenta esta historia legendaria  recogiendo el testimonio de supuestos testigos de la misma; un goliardo, un leproso, un clérigo, un musulmán, el papa, tres de los niños, que en sus respectivos monólogos, y con su propio argot o forma particular de hablar,  nos ofrecen su visión personal de la historia.
         Corazón doble (1891) es una colección de algo más de treinta relatos que por su estética  recuerdan bastante  a  los  Cuentos crueles de Villiers de L'Isle-Adam, otro genuino representante del simbolismo.  Marcel  Schwob  despliega en ellos  toda su riqueza narrativa.  Están ambientados en distintas  épocas y la temática es muy variada  pero en base a estos dos parámetros podemos distinguir distintos grupos; cuentos de ambiente grecolatino como  Las estrigas o Cosecha sabina; relatos relacionados con espiritismo, visiones espectrales y extraños fenómenos de desdoblamiento; los basados en personajes literarios reales como Dante Gabriel Rossetti, Thomas de Quincey o Mark Twain; los ambientados en la guerra  fraco-prusiana y en el mundo rural  bretón;  los cuentos cómicos; y una serie que podemos definir como el bandolerismo francés a lo largo de los siglos. 
         El amor y la muerte es el tema que subyace en muchos de estos relatos en los que hasta el realismo más crudo de algunas historias es matizado por alucinaciones, fantasmagorías apenas insinuadas, y fenómenos paranormales, que las sumergen en un mundo onírico y  fabuloso, quedando así envueltas en un halo de misterio que las transforma hasta hacer especial lo vulgar y cotidiano. Puedo destacar entre  los cuentos algunos como Las estrigas, El zueco, Aracné o Los sin cara, pero casi todos  son de una gran calidad. 
       Terminaré señalando la influencia de Marcel Schwob en escritores posteriores como André  Gide o William Faulkner, reconocida por la crítica. Jorge Luis Borges escribió  que  Vidas imaginarias  fue el punto de partida de su narrativa ya que  lo tomó como modelo para su Historia universal de la infamia. Creo que son razones suficientes para intentar rescatar del olvido al escritor francés con esta modesta reseña.     
         


        
      

sábado, 20 de abril de 2013

ATALA. RENÉ. EL ULTIMO ABENCERRAJE. François René de Chateaubriand


De vez en cuando  la lectura de los clásicos nos hace retroceder en el tiempo y de forma paradójica la literatura antigua nos rejuvenece  aunque sólo sea al recordar, con mucha o poca nostalgia, según el caso, nuestra pasada adolescencia. Algo de esto me ha pasado al encontrar, después de tantos años, estas tres novelas de François Auguste René, vizconde de Chateaubriand _ con este largo nombre y título lo estudiábamos_  que me han devuelto al bachiller y a la asignatura de Francés, el idioma que entonces se enseñaba  y comprendía también arte y literatura  francesa.  Me llamaban la atención los  extraños nombres de algunos escritores galos, a  menudo  largos  y compuestos como el ya citado y otros como Jean Baptiste Poquelin, o  François Marie Arouet, que afortunadamente  se abreviaban con sus apodos, Molière o Voltaire, más asequibles a la memorización que era la base de la enseñanza de la época.  La obra  literaria  de la mayoría de los autores franceses  nos era desconocida porque nunca nos facilitaron  su lectura. Se editaban en colecciones las comedias de Molière, y alguna leí en su momento, pero eran poco recomendables las obras de Rousseau, Voltaire, Montesquieu,  o todo aquel que sonara a liberal, así que nos limitábamos a Alejandro Dumas  y como mucho Víctor Hugo.
         Chateaubriand (1768-1848) no pecó nunca de liberal. Fue un aristócrata que huyó de Francia con la Revolución, admiró primero  y  después se enemistó con Napoleón y terminó por defender la monarquía absoluta y ocupar cargos públicos durante la restauración de Luis XVIII. Su beligerancia política le obligó  a exilios y  largos viajes,  y como escritor ha sido  reconocido como el fundador del romanticismo en la literatura francesa.  Su  carácter  conservador  y apasionado lo llevó a defender  la religión cristiana frente al laicismo  de los ilustrados  y  su obra más conocida y polémica en su época fue  El genio del cristianismo, una especie de ensayo apologético  sobre el mismo.
         Atala (1801), René (1802), y Las aventuras del último abencerraje (1826), son tres de sus novelas  que por su corta duración suelen editarse  juntas en un mismo volumen (yo las encontré  en formato electrónico).  Las dos primeras datan de sus comienzos  literarios y fueron escritas después de un largo viaje por el norte de América. En Atala  describe la exuberante naturaleza  del profundo sur, en particular   del delta del Missisipi y los territorios  de Luisiana y Florida, y lo hace de forma minuciosa  pero también idealizada mediante un lenguaje poético que  nos remite al romanticismo. Describe también la vida de los indígenas americanos de la zona, en particular de la tribu de los natchez, a  la que pertenece la protagonista. Chateaubriand  no reconoce en los indios  la figura del buen salvaje, acorde a la naturaleza y gobernado por la ley natural, algo muy típico de los ilustrados; sólo se siente atraído por  lo exótico de sus costumbres siempre que sean atemperadas por la conversión al cristianismo. En René, el protagonista es un francés de carácter melancólico, atormentado por un amor imposible y culpable, que huye de la civilización y se refugia entre los natchez. Ambas novelas junto con una tercera forman una trilogía dedicada a este pueblo indígena.
         Las aventuras del último abencerraje es una novela más tardía, escrita después de un viaje por el sur de Europa y norte de África en el que  pasó por España y visitó Granada. Al parecer quedó impresionado por los palacios nazaríes que le inspiraron  este relato basado en una leyenda local, anticipándose en algunos años a los Cuentos del la Alhambra del norteamericano Washington Irving.  Narra los amores entre un moro de la tribu de los abencerrajes y una cristiana, ambientada después de la conquista de la ciudad, en época de Carlos V.  Como dato curioso señalaré  la visión tópica del carácter de los españoles, orgullosos, defensores a ultranza de su honor, y más preocupados por las pasiones que por la razón, según el escritor.
         Los tres relatos tienen elementos comunes muy del gusto de los románticos; son historias de amor imposible , en dos de ellos entre cristiana y pagano o musulmán, platónicos y castos por no consumados, en los que la religión siempre triunfa de forma trágica frente a la pasión. En  todos predomina el destino aciago considerado como una fuerza, quizás divina, contra la que es imposible luchar. En los tres subyace un elogio del cristianismo como único recurso del hombre para conseguir la paz espiritual. A estos se les puede añadir muchos otros detalles  típicos del romanticismo; combates épicos , cortesía medieval,  tristes ruinas, bosques umbríos, selvas impenetrables etc.  A propósito de estas últimas diré como nota curiosa  que  se las llama repetidamente  “desierto” por traducción literal del francés desert  termino que al parecer designa en ese idioma tanto  los territorios  áridos y sin vegetación como  el concepto de lugar o espacio no habitado  por humanos (la selva).
         En resumen y para terminar, son tres novelas de gran belleza  formal, algo ingenuas si las contemplamos desde nuestra perspectiva actual, interesantes como paradigma del romanticismo literario, y de agradable lectura.  Atala, René, y El último abencerraje  por fin han  dejado de ser para mí unos nombres memorizados  hace muchos años y  hasta ahora vacíos de contenido.
         

domingo, 14 de abril de 2013

LOS ENAMORAMIENTOS. Javier Marías


Esta última novela del escritor y académico Javier Marías  recibió, tras su aparición en 2011, el elogio casi unánime de la crítica  especializada y parece que tuvo un notable  éxito de público. En el 2012  fue galardonada con el Premio Nacional de Narrativa  que el autor madrileño rechazó  dando pie con su actitud a la consiguiente polémica, ampliamente publicitada, lo  que sin duda ayudo a incrementar las ventas. Y  no obstante, después de su lectura, tengo la sensación de que se ha premiado aqui  la madurez narrativa del escritor  y su trayectoria literaria antes que la novela en sí misma.
         Para comenzar diré que la obra responde a  un cierto gusto por  la mezcla de géneros literarios, algo original y arriesgado pero muy de moda en la narrativa actual. Esto me resulta tan claro que no sabría decir  si  me parece más una novela fracasada por su tendencia a la digresión ensayística o  directamente un ensayo camuflado bajo la estructura de una novela, entendido  aquel no es su aspecto informativo sino en cuanto al tratamiento  y reflexiones sobre unos temas  de forma libre, subjetiva, y con voluntad de estilo literario. 
         Los enamoramientos  se enuncia desde el principio como una ficción narrativa que se puede incluir en el subgénero detectivesco. Para empezar, en las primeras frases se nos avisa ya de la comisión de un asesinato absurdo, una muerte por apuñalamiento “por confusión y sin causa”; una introducción que recuerda mucho  por cierto  al comienzo de “Crónica de una muerte anunciada”, quizás un homenaje premeditado al escritor colombiano.  A partir del delito consumado, María Dolz, la narradora y protagonista nos cuenta  en primera persona su relación con los otros personajes al tiempo que se desarrolla la trama argumental.  Pero también desde el principio el relato se ve interrumpido por  abundantes digresiones de tipo ético o filosófico en torno a varios temas que superan  la ficción narrativa  al tiempo que imprimen un ritmo lento y fragmentario a la acción.  En ocasiones estas divagaciones  casi metafísicas son tan extensas que nos cuesta seguir el hilo del relato. En estas condiciones la historia pierde tensión narrativa y tiende a provocar el cansancio del lector. Afortunadamente, y de forma paradójica,  el libro se salva gracias a  estas   reflexiones que son en realidad el núcleo del mismo y giran en torno a varios ejes temáticos: el estado de enamoramiento, esa enajenación que pone en evidencia lo mejor y lo peor de nosotros; la muerte considerada desde un óptica con matices existencialistas; o los difusos límites de la realidad y la imposibilidad de conocer la verdad o de tener certezas porque hasta nuestras propias verdades cambian con el paso del tiempo.  Estos son los temas que trascienden el argumento y que aprovecha el escritor para envolvernos con su prosa y su estilo elegante y sencillo al mismo tiempo, que toca nuestra experiencia y sensibilidad más que  nuestra razón y nos hace cómplices de lo que dice porque en ocasiones todos hemos sentido lo mismo. Son estas  reflexiones  las que mantienen nuestro interés  y no la ficción que parece destinada sólo a ser  la excusa que las motiva y las justifica. Una ficción además relativamente previsible incluso en su final.  La única crítica que se me ocurre es  la evidencia de cierto grado de reiteración  en estas divagaciones  y por tanto la sensación de que a la novela le sobran  cien páginas.
         No quiero ser más explícito  en lo referente a la trama  novelesca, si diré que gira en torno a dos triángulos amorosos que se superponen.  Tampoco conviene serlo en cuanto a  los temas que son motivo de reflexión subjetiva e intimista y que el autor pone en boca de la protagonista.
         En resumen, teniendo en cuenta lo dicho hasta aquí, pienso que se trata de un interesante experimento narrativo  a condición de que el lector quiera y consiga superar los esquemas  tradicionales  de la novela, porque considerada exclusivamente  como ficción novelesca me parece un  rotundo fracaso.

sábado, 23 de marzo de 2013

STABAT MATER. Giovanni Battista Pergolesi


A pocos días antes del comienzo de Semana Santa  hemos asistido en la Sacristía de la Catedral a un recital de música sacra. Si esta especialidad musical parece la más adecuada al lugar, la composición principal del programa, la que lo titulaba, era sin duda la más acorde a la festividad religiosa que se aproxima.  El Stabat  Mater es el himno gregoriano al que  más veces le han puesto música diferentes compositores, en distintas  épocas y estilos a lo largo de la historia, desde que fue escrito por un monje franciscano a finales del siglo XIII.  Se trata de un  poema  compuesto en estrofas rimadas y en latín medieval que medita sobre  el dolor de María ante Cristo crucificado y termina en una  invocación o plegaria a la Virgen. El título le viene del verso que inicia el canto “Stabat Mater dolorosa” y como otras oraciones termina con el tradicional Amen. De las casi doscientas composiciones musicales sobre este tema mi preferida hasta ahora es la del checo  Antonin Dvorak  pero  la más popular y quizás la más interpretada es la que hoy nos ocupa, la de Pergolesi, un compositor italiano del XVIII que  formó una importante escuela musical  napolitana  y renovó  el género lírico introduciendo en Europa la nueva ópera bufa italiana  frente a la tradicional ópera francesa. Se admite que partiendo del barroco musical  fue también un precursor del clasicismo.
         El Stabat Mater de Pergolesi fue elegido para ser representado en Nápoles precisamente el Viernes de Dolores. Fue compuesto, con acompañamiento de orquesta de cuerda, para soprano y contralto, es decir la voz más aguda y la más grave entre la escala femenina. Como en aquella época las representaciones musicales y teatrales estaban prohibidas  a las mujeres,  fue interpretada por  castrati que cubrían  esos dos registros vocales. Posteriormente con la desaparición de este tipo de cantantes, y dada la escasez de contraltos, la pieza se  representó de nuevo con dos voces femeninas, soprano y mezzosoprano, la pareja de solistas más frecuente en la actualidad.  Yo asistí hace pocos años a esta misma representación cantada por soprano y contratenor, este último un tipo de cantante masculino que tiene un registro muy agudo y utiliza voz de falsete, tesitura muy parecida a la de los antiguos castrati  que finalmente fueron prohibidos por la Iglesia Católica.
         En esta ocasión, el acompañamiento instrumental estuvo reducido a sólo tres instrumentos, piano, violín y violonchelo. Las dos solistas Alfonsi Marín (soprano lírica) y Constanza Ávila (mezzo)  tuvieron una buena interpretación  aunque  en mi opinión  con un cierto desequilibrio a favor de la primera que oscureció un tanto la segunda voz aún admitiendo que  la brillantez de los agudos  consigue habitualmente este predominio.
         En fin, una velada musical agradable  que mereció la pena a pesar de la noche desapacible y lluviosa que tuvimos que afrontar los asistentes. Muy de agradecer el patrocinio  de este tipo de conciertos  desgraciadamente escasos en la actualidad.
         Por cierto, en las artes plásticas se conoce también con el nombre de Stabat Mater  las representaciones  de  Cristo crucificado  con la Virgen Dolorosa a su derecha y San Juan  a la izquierda, tal y como aparecen en las imágenes  que ilustran el cartel anunciador.  


domingo, 17 de marzo de 2013

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA. Gabriel García Márquez


He leído por segunda vez Crónica de una muerte anunciada (1981) algo poco habitual entre mis costumbres lectoras. La primera fue hace más de treinta años, en los siguientes a su publicación, y debo admitir que en aquella ocasión, aun reconociendo la originalidad de esta novela corta, no sintonicé demasiado con el peculiar estilo literario de su autor. Años más tarde inicié la lectura de El general en su laberinto, una novela histórica que abandoné desalentado por razones que ahora no es el caso aclarar. Esa relativa desafección hacia la obra de Gabriel García Márquez  explica porqué aún no he leído su novela más famosa y representativa Cien años de soledad, lo que puede parecer imperdonable pero en cierta forma justificable por mi inexperiencia de entonces. Ahora mi ingreso en un club de lectura ha propiciado esta segunda oportunidad, más analítica  y profunda que la anterior, pero sobre todo bajo la perspectiva que me ofrece una mayor experiencia lectora, uno de los aspectos positivos de esos años que, como se suele decir, no pasan en balde. Este nuevo encuentro con la novela ha sido gratificante  porque he descubierto en ella aspectos y matices que  antes había ignorado, me he reconciliado en cierta medida con el escritor colombiano y eso me animará a leer al menos lo más representativo de su producción literaria.
         Del libro se pueden decir muchas cosas. Está a medio camino entre novela y crónica porque  la trama argumental está basada en un hecho real aunque modificado por la fértil imaginación narrativa del autor. La investigación  del suceso se presenta, ya desde el mismo título, como una crónica que es también un homenaje al periodismo, otra de las ocupaciones del escritor. Y para reforzar esa sensación de realismo narrativo y verosimilitud el narrador  es del tipo llamado narrador testigo, es decir, cuenta los hechos y  es personaje de la novela al mismo tiempo  pero no es protagonista de los mismos  sino solo un testigo que se limita a describir lo que ve y lo que le cuentan. Abundando en lo mismo, el narrador es además el propio escritor, algo que no se  admite de forma explícita  pero queda implícito en el texto cuando de forma colateral cita a su madre, a sus hermanos, y hasta su futura esposa, Mercedes Barcha, que también son personajes menores de la historia.  El cronista utiliza la primera persona sólo para referirse a sí mismo o a su familia y una voz más objetiva en tercera persona para relatar los pormenores del suceso. A partir de un hecho, anunciado y constatado desde el principio, la muerte de Santiago Nasar  a manos de los hermanos Vicario, García Márquez construye todo un espléndido mosaico narrativo basado en  la multiplicidad de personajes, casi todo el pueblo, que han sido testigos del asesinato o conocen  la vida de los protagonistas principales y con sus testimonios  y comentarios  al narrador  reconstruyen progresivamente unos hechos observados desde un punto de vista múltiple y en ocasiones contradictorio, de una veracidad que por eso mismo no es absoluta sino relativa. La historia del crimen y la indagación sobre el mismo es también una aproximación al subgénero de la novela negra y aunque aquí no se busque el suspense  y conozcamos de antemano  el crimen y el criminal, no por ello  pierde el relato atractivo sino que atrapa  al lector  hasta el final  y eso gracias a la genialidad del escritor que  con un lenguaje  casi siempre coloquial, directo y conciso, consigue desplegar ante nosotros todo un universo narrativo que va más allá  de los hechos y  nos muestra un perfecto retrato social, enmarcado por precisas coordenadas históricas, temporales, ambientales, y geográficas; el de  la sociedad colombiano-caribeña de los años 50, con sus leyes de honor,  religiosidad, fatalismo, machismo y violencia. Y todo impregnado de  realismo mágico, esa estética literaria  que introduce en la realidad, en la normalidad cotidiana, lo extraño y sobrenatural contado como lo más normal y natural.
         En cuanto al desarrollo argumental  hay que decir que  aunque  el relato carece de divisiones en capítulos o partes, se pueden distinguir  claramente dos bloques  narrativos. El primero  comienza con el anuncio del  asesinato  y termina en la frase ¡¡mataron  a Santiago  Nasar¡¡, de trágica resonancia operística, y constituye una indagación testimonial sobre  las motivaciones  del crimen y  los aspectos psicológicos o biográficos  de los protagonistas que nos ayudan si no a comprenderlo  al menos a explicarlo.  El segundo bloque comienza con la necropsia del cadáver y termina en la consumación del crimen relatandose los hechos como una  sucesión de fatales  casualidades. Es fácil comprobar  que en ambos bloques el tiempo narrativo no es lineal  sino circular  y pienso que se trata aquí de una velada alusión a la rueda de la fortuna, una representación simbólica  de la inestabilidad de la vida humana sometida a las variaciones del azar. Porque el tema principal  que subyace en el relato es la oposición dialéctica entre  azar  y destino. En este caso el azar  o la casualidad  entendida como instrumento  del destino y éste  como manifestación  fatalista, bien sea de la voluntad de los dioses sobre los hombres, al modo de la tragedia griega, o en todo caso de alguna forma de  predestinación sobrenatural.
         No seguiré comentando la riqueza  argumental, estilística, o estructural de la novela para no alargar este comentario. Si terminaré diciendo que  es difícil  encontrar  relatos  que en tan pocas páginas  y con tan pocas palabras logren desarrollar una  historia  simple en apariencia pero con tal variedad de matices narrativos. Algo que solo pueden conseguir los escritores de la talla  de Gabriel García Márquez.

domingo, 10 de marzo de 2013

EL PROCESO. Franz Kafka


Sobre la vida y la obra de Franz Kafka (1883-1924) se ha escrito mucho y se seguirá escribiendo. En general se le reconoce como uno de los autores más influyentes de la literatura universal y sus admiradores son multitud entre los grandes escritores. El argentino Jorge Luis Borges fue uno de los más notables y  como dato significativo señalaré que el libro que hoy nos ocupa viene introducido nada menos que por el premio Nobel  José Saramago. En este punto poco se puede decir  sobre la biografía y la obra  del escritor checo  que no haya sido ya estudiado y analizado por biógrafos, escritores, y críticos literarios, así que limitaré mis pretensiones a destacar algunos aspectos generales sobre ambas. 
         Nacer  en Praga a finales del XIX, de origen judío, y educado en la cultura alemana  hasta el punto de  escribir casi toda su obra en esa lengua, es de por sí  una combinación  cuando menos conflictiva, como  también lo fue la relación con un padre autoritario que condicionó su carácter y su literatura, algo admitido por el propio escritor. Los estudiosos de su obra han destacado la fuerte influencia del existencialismo en la misma. También del marxismo y del judaísmo respecto al cual mantuvo una relación difícil ya que alejado de la tradición judía en su juventud se interesó por la misma en los últimos años de su corta vida. La biografía del autor y su peculiar estilo literario han sido incluso analizados bajo una óptica freudiana. En resumen, Franz Kafka fue un hombre atormentado y de compleja psicología, y esto se refleja en sus escritos y en unos personajes caracterizados como seres ansiosos obsesivamente enfrentados a un mundo complejo y de absurdas reglas, unos rasgos tan típicos que el adjetivo  kafkiano se ha incorporado a nuestra lengua como sinónimo de una situación angustiosa y absurda.
         No he leído aún La metamorfosis, el relato  más conocido del escritor, pero puedo asegurar que El proceso (1925), otra de sus obras más populares, es un buen ejemplo  para ilustrar todo lo peculiar de la literatura de Kafka.  Se trata de una novela inacabada, que fue  publicada de forma póstuma por su amigo Max Brod desatendiendo la voluntad  del escritor que  estipuló que todos sus manuscritos fueran destruidos. En una breve sinopsis  diremos que el protagonista, Josef K, es detenido sin acusación ni cargos concretos y se le instruye un proceso judicial  del cual el acusado desconoce prácticamente todo. A partir de ese momento, y en medio de situaciones que rayan lo absurdo, el proceso se convierte progresivamente en la obsesión del personaje que, angustiado por su defensa, abandona  su trabajo  y termina por asumir  la culpabilidad  y la pena por un delito  que aún desconoce. La historia la cuenta un narrador omnisciente  que conoce los pensamientos del protagonista. La utilización de la tercera persona parece indicar la intención de un frio distanciamiento objetivo  de los hechos  que relatados en primera persona  ganarían en emotividad pero quizás tornasen la historia excesivamente angustiosa y obsesiva. La novela es abundante en diálogos, tanto que casi se podría teatralizar. También son frecuentes los monólogos del protagonista pero, quizás en relación al tipo de narrador y la estructura del relato, carece del llamado monólogo interior. El absurdo es una constante en todo lo referente al proceso judicial y en ello se ha querido ver una crítica a la burocratización de la justicia en el imperio austro-húngaro. También se ha interpretado que en  El proceso, la ley suprema a la que se enfrenta Josef K simboliza la autoridad paterna  y el antagonismo padre-hijo. 
Hasta  el momento he resumido mucho de lo que dice la crítica sobre  Kafka y algunas  apreciaciones personales sobre la novela.  Es la segunda que leo del mismo; hace años leí  América, otra de sus novelas inconclusas,  y tengo que admitir que respecto al escritor checo, tan consagrado y admirado en la actualidad,  me pasa algo parecido  a lo de aquel cuento  de Hans Christian Andersen, “El traje nuevo del emperador”. Y es que, consciente de mi deficiente capacidad crítica aunque reticente a admitirlo, siento la tentación de unirme al coro de admiradores y elogiar lo que ellos elogian, pero la ingenuidad derivada de esa misma incapacidad  me hace intuir que el rey va desnudo. Por supuesto  el dilema no es tan radical como lo he plateado pero algo me dice que por un exceso de análisis e interpretaciones  la obra literaria de Kafka  ha podido ser sobrevalorada y no debemos olvidar, a fin de cuentas, que el propio escritor quiso que fuera destruida.  Para ser sincero  a mí  no  termina de gustarme  lo leído  hasta ahora.
Para terminar contaré una anécdota que puede ilustrar la ambivalente actitud de los checos frente a Kafka. Cuando estuve en Praga, su ciudad natal, me enseñaron el palacio Kinsky, donde estudió bachiller, o la pequeña casa  de la calle de Oro, en el castillo, donde vivió y escribió algunos años, pero en las librerías del centro histórico no vi expuestas ninguna de sus obras y no pude encontrar  un ejemplar de La metamorfosis  que quise llevarme de recuerdo.  No lo había, ni en el alemán original ni traducido al checo.  Hay que comprenderlos y ponernos en su lugar.  Ya es bastante soportar que Colón fuera genovés, pero ¿cómo nos sentiríamos los españoles si Cervantes hubiera escrito el Quijote en francés?. 

        

domingo, 3 de marzo de 2013

EL JARDÍN DE HUMO. G.K. Chesterton


El inglés G.K. Chesterton (1874-1936) alcanzó la popularidad como escritor  con una serie de relatos policíacos que tienen como principal protagonista al padre Brown, publicados inicialmente en prensa, recopilados posteriormente en cinco libros y llevados a la pantalla en varias ocasiones. Además del género narrativo cultivó otros muchos como poesía, ensayo, y periodismo. Su biografía es algo insólita ya que, nacido en una familia de librepensadores y con una etapa juvenil agnóstica y racionalista, evolucionó hacia postulados conservadores, se reconcilió con la religión anglicana de su infancia y terminó por abrazar el catolicismo con una actitud de compromiso militante  que provocó escándalo social en su época.
En este volumen, titulado El jardín de humo, se recogen hasta cuatro de sus   relatos cortos, también de intriga policíaca pero no de la serie antes citada. Los tres primeros son muy buenos, el último en cambio, quizás por defectos de traducción, resulta un tanto oscuro y farragoso.
El autor británico fue un maestro en el uso de la paradoja la cual también se evidencia en estas historias que reflejan la oposición entre una mentalidad racionalista, encarnada en los personajes que realizan el análisis detectivesco, y el gusto por el misterio y por lo inexplicable, que le enlaza con el romanticismo de principios del XIX. En ciertos momentos de los relatos da la impresión de que esta afición por lo trascendente y esotérico es más una cuestión estética, algo en lo que no cree realmente el narrador.
         Este ha sido mi primer contacto con la narrativa de Chesterton, porque las aventuras del padre Brown solo las conocí en antiguas películas en blanco y negro de los años 50. Puedo asegurar que son relatos entretenidos que no defraudan. 
               

domingo, 24 de febrero de 2013

BÁRBAROS Y ROMANOS EN HISPANIA. Javier Arce


Interesante estudio  referido a una de las épocas menos conocidas en la historia de Hispania, el siglo V, cuando se produce el derrumbe definitivo del imperio romano y comienzan las invasiones bárbaras en nuestro país. Está firmado por Javier Arce, un historiador y arqueólogo catalán muy reconocido en los medios académicos tanto nacionales como  europeos, actual profesor de la universidad de Lille y especialista precisamente en este periodo histórico que, dada la escasez de fuentes escritas, precisa de un importante apoyo sustentado en la epigrafía y los restos arqueológicos.
Al comienzo del trabajo, unos versos del poema de Cavafis “Esperando a los bárbaros” sirven al autor para introducir una teoría original, desarrollada después a lo largo del mismo, que viene a desmontar el mito tradicional de las invasiones bárbaras como una conquista a sangre y fuego que condujo a un apocalíptico caos destructor. Y es que tras minucioso análisis de las fuentes deduce que las tribus germánicas de suevos, vándalos, y alanos no invadieron Hispania sino que entraron desde las Galias respondiendo a la petición de ayuda de uno de tantos usurpadores del poder imperial, en concreto uno llamado Máximo apoyado militarmente por el general Gerontius. Además estos bárbaros estaban ya parcialmente romanizados y las luchas y saqueos que se produjeron no fueron superiores a los de otras épocas de supuesta estabilidad,  porque la finalidad última de esos pueblos no era la destrucción sino el asentamiento  en la provincia hispánica y aprovechar las estructuras sociales, económicas, y políticas de los hispanorromanos. De otra parte, permanecieron menos de un siglo en el territorio hasta el definitivo asentamiento de los visigodos por lo que su influencia fue escasa.
A lo largo del libro se analizan múltiple aspectos que caracterizan al periodo objeto de estudio, entre los que podemos destacar; la inexistencia de poder militar romano en Hispania, con total ausencia de ejércitos estables y la sola presencia de pequeñas guarniciones privadas de protección de las villas rurales; la descomposición del poder político durante el imperio de Honorio, con especial énfasis en el fenómeno de los usurpadores; la economía provincial autárquica, totalmente desvinculada ya de las redes comerciales del imperio; la persistencia de la cultura urbana, con municipios dirigidos ahora por los obispos cristianos que sustituyeron a los antiguos magistrados; el auge creciente del mundo rural con las villae, castella, y castrum, precursores de la futuras estructuras feudales; la paulatina desaparición del paganismo, el dominio del cristianismo y las luchas entre la ortodoxia católica y movimientos heréticos como el priscilianismo. 
Tras la lectura de Bárbaros y romanos en Hispania, se concluye que  las invasiones bárbaras no produjeron la destrucción y desaparición de la decadente sociedad hispanorromana sino que fueron más bien un acicate que la modificó parcialmente y en cierto sentido la revitalizó.  El siglo V  fue pues un periodo de transición entre dos mundos, el clásico latino y el medieval.
Tengo que admitir que esta extensa sinopsis del libro sería inadmisible de tratarse de una novela. Pero en historia, el desarrollo y desenlace de los acontecimientos suele ser muy conocido y lo importante para el lector es profundizar en la génesis de los mismos y en sus consecuencias, y esto basado en la fiabilidad de las fuentes históricas consultadas. En este sentido, el trabajo de Javier Arce es riguroso, por bien documentado, y ameno. No me cansaré de repetir esto último porque rigor y amenidad no deber de ser cualidades contrapuestas y porque en general mis lecturas en esta materia son siempre divulgativas y destinadas no a expertos sino aficionados. Y digo esto con ánimo de incentivar a la lectura de historia que es a fin de cuentas la memoria colectiva de la humanidad y terreno donde hunde sus raíces nuestra sociedad actual.

domingo, 17 de febrero de 2013

V DE VENDETTA. Alan Moore y David Lloyd


V de vendetta es ya un clásico del cómic. Fue publicado a principios de los años 80 integrando una serie de diez revistas que después fueron recopiladas y editadas  como novela gráfica. Tanto el guionista como el dibujante son británicos. El primero, Alan Moore, es un escritor curioso por su actitud misantrópica y tendencia a lo caótico, simpatizante político con el anarquismo, se hizo famoso desde joven como guionista de este trabajo, que él considera como obra de juventud, y muchos otros muy conocidos entre los que citaremos Wachtmen. Por ellos ha sido reconocido mundialmente  como innovador en las técnicas narrativas del cómic. En cuanto al dibujante, David Lloyd, se dio a conocer con esta obra en la que muestra un gran  dominio del claroscuro y la técnica del zoom, ambas de clara inspiración cinematográfica. Para intentar reforzar esta impresión recomendó a Moore que evitara en lo posible las leyendas, los efectos de sonido, y los globos de pensamiento. En base a esto, era previsible que en 2006 se produjera la película del mismo título dirigida por el australiano James McTeigue, que como suele suceder ha suscitado división de opiniones entre los lectores del cómic. En mi caso particular creo que la novela gráfica supera con mucho al filme que es mediocre y desvirtúa el guión original en muchos aspectos. En eso coincido con el escritor que según parece no quedó muy satisfecho. En cambio Lloyd ha sido un firme defensor de la adaptación.
La trama argumental de V de vendetta se puede considerar como una distopía, un concepto tomado del inglés que designa lo contrario de una utopía, es decir, una sociedad ficticia e indeseable en sí misma. En este caso el guionista situó la acción en un futuro distópico que ya es pasado porque se desarrolla en Inglaterra y en la década de los 90 del siglo XX, tras una guerra nuclear parcial cuya consecuencia es la instauración de un régimen político neofascista. El protagonista principal es “V”, el héroe que se rebela contra el gobierno totalitario y protege su anonimato bajo una máscara y disfraz de Guy Fawkes, un católico inglés que en 1605 participó en la conspiración de la pólvora que pretendía derrocar al rey Jacobo I; intentó volar el Parlamento pero fue detenido y ejecutado antes de llevar a cabo su plan. La letra V tiene un doble sentido en este personaje marcado psicológicamente por su pasado; venganza sobre los que lo sometieron a tortura en un antiguo campo de concentración, pero también victoria final sobre el totalitarismo mediante provocación terrorista del caos y la anarquía de la que pretende que surja un nuevo régimen político de libertad y paz.
Se ha dicho que en la obra subyace una velada crítica a la política de  Margaret Thatcher durante los 80. No podría asegurar en que medida el conservadurismo de la premier británica condicionó o inspiró el guión, pero si encuentro dos claras inspiraciones literarias. De una parte, la estética del personaje recuerda mucho al Fantasma de la Ópera de Gastón Leroux. En cuanto al trasfondo político tiene importantes similitudes con “1984” la novela de George Orwell, que es también una distopía totalitaria aunque la intención del escritor fuera en este caso una crítica del estalinismo comunista.
Quiero destacar un detalle curioso de esta novela gráfica. Aunque la acción trascurre a finales de los años 90, los personajes visten a la moda de los 50 y la estética de los objetos, los edificios. y los decorados, son de esos años. Un anacronismo que parece intencionado, quizás un guiño nostálgico en relación a las lecturas infantiles de cómic ya a que, tanto el guionista como el dibujante, nacieron en esa década. Y por último señalar que la máscara de V ha trascendido al personaje y se ha popularizado actualmente entre los miembros del movimiento conocido como "15M" y creo que no sólo con intención de anonimato frente a las cámaras de vídeo de la calle, que nos traen a la mente de nuevo el "gran hermano" de Orwell, sino por lo que tiene de símbolo de rebeldía ácrata frete a los abusos de poder de un sistema económico y político, en una sociedad en crisis con claros aspectos distópicos, no por ficticios sino por indeseables. 

domingo, 10 de febrero de 2013

EL PIRATA. Joseph Conrad


Mi admiración por la obra de Joseph Conrad (1857-1924)  crece a media que voy leyendo sus novelas, en especial las de aventuras y viajes que son la mayoría. Me gusta en ellas la potencia psicológica de  los personajes, el dramatismo contenido de  las historias, y esa capacidad narrativa para   ambientar la acción y encuadrarla en sus correspondientes coordenadas temporales con pocas y precisas referencias espaciadas, a menudo implícitas antes que claramente expresadas, que demanda la complicidad y el interés del lector hasta hacerlo introducirse de lleno en la narración. El pirata (1923) fue la última novela del genial escritor polaco, inglés de adopción, e ilustra a la perfección esa mezcla de narrativa realista y drama romántico tan típico de sus relatos.
 Ya he comentado otras veces que las  historias de ambientación marinera son muy frecuentes en Conrad, no en vano fue navegante durante muchos años y se dice que firme defensor de la navegación a vela en unos tiempos en que estaba ya irremediablemente condenada por el vapor  y los barcos de acero. Ésta que comentamos es una más de sus novelas de mar.
El protagonista principal es un viejo marino de turbio pasado como corsario en los mares del sur que, en 1794, vuelve para jubilarse a su ciudad natal de Tolón y presencia en 1802 el bloqueo de la flota napoleónica en su puerto por parte de la armada inglesa al mando del almirante Nelson. Su vida retirada en una fonda próxima al mar se verá alterada por los acontecimientos del momento que le obligarán a implicarse. Los otros protagonistas son seres marcados por la revolución francesa, en particular por la sublevación realista de Tolón, el cerco de la ciudad por las tropas francesas de Napoleón en 1793, y la posterior represión de los sublevados por parte de los revolucionarios. La acción se desarrolla entre estos hitos cronológicos y desde el presente son frecuentes los saltos al pasado (flashback). El marco geográfico está descrito con absoluta precisión, tanta que hasta los lugares más recónditos, las pequeñas villas, o los accidentes geográficos costeros, son fácilmente identificables en los mapas actuales.
Los personajes están delineados en los aspectos fundamentales de su personalidad pero se nos oculta facetas de la misma lo cual les aporta un cierto aire misterioso aunque poco a poco nos sean desveladas. El protagonista, como otros muchos de Conrad, es un hombre endurecido por su propia experiencia vital, descreído y escéptico frente a la autoridad y los poderes instituidos pero aún sensible a valores éticos, románticos de alguna forma, como el honor, la dignidad, y el patriotismo, por los que es capaz de ofrecer hasta su propia vida sin titubear.           
Pero lo importante de esta novela, como otras muchas del escritor, es que te engancha no tanto por la acción trepidante sino por un argumento inteligente que te mantiene interesado hasta el desenlace final no siempre previsible. Su lectura entretiene y enriquece a un tiempo y es todo un deleite para los buenos lectores.